De Ucrania a Venezuela: adónde irán a terminar estas protestas, por Jon Lee Anderson

26 febrero, 2014

 

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Esta es una era de protestas y volatilidad. Enfrentados con cerrados gobiernos autoritarios, parlamentos inconducentes e insuficiente imperio de la ley, cierta crónica inestabilidad se está convirtiendo en la norma. Primero fue Egipto y Libia y Siria; y en días recientes, han sido Ucrania y Venezuela –y Turquía y Tailandia también. En la mayoría de los casos, los manifestantes  y la policía entran en batalla como si estuvieran en el teatro Kabuki, sin aparente conclusión. El movimiento de Tailandia es como las mareas: sube y baja pero no tiene fin, y la fuerza colectiva que deja detrás es tan amorfa como unida.

En todos, la fórmula es bastante parecida: manifestantes salen a las calles de a miles para protestar contra diversos grados de corrupción, inseguridad y falta de transparencia democrática –quejas ciudadanas justificables. La respuesta de los líderes atacados ha sido deshumanizar a sus opositores (llamándolos “fascistas” a sueldo de la CIA en el caso de Ucrania y Venezuela, y “terroristas” en Egipto, Libia y Siria), atrincherarse y resistir, y, en algunos casos, desatar el terror. Su lógica es que unos cortos y agudos espasmos de violencia atomizarán a la oposición, asustando a los manifestantes en tal grado que renunciarán y se irán a casa.

En Egipto –este Egipto, donde los generales “salvaron” al país de los “terroristas” islamistas derrocando a un gobierno libremente elegido-, la táctica tuvo éxito. Cada vez menos egipcios se oponen abiertamente al nuevo gobierno por miedo a ser calificados como terroristas y terminar torturados en una celda. En Libia, la táctica falló. La violencia con que Gadafi se defendió sólo provocó que la rebelión en su contra se extendiera –y a la OTAN a involucrarse- hasta que, eventualmente, el levantamiento se lo tragó. En Siria, de modo similar, la decisión del régimen de Assad de abrir fuego contra multitudes pacíficas llevó a una cruenta guerra civil que ha destruido buena parte del país y matado a 140.000 personas. Pero la intransigencia de Assad ha resultado bien a Assad y su camarilla en el poder –aunque no a su país-, en tanto sigue allí, en el cargo. La moraleja de esta historia no tiene nada de moral: es una lección brutal y fría para aquellos que ejercen el poder y esperan conservarlo: si pueden endurecerse, sin importar qué, puede que sobrevivan a sus enemigos –y no deben temer represalias de unos Estados Unidos y una OTAN que muestran una reciente indecisión.

En Ucrania, el presidente Viktor Yanukovych, respaldado por Rusia, cuyos francotiradores y esbirros bajaron a tiros a multitude de opositores en la Plaza Independencia en Kiev la semana pasada, todavía está huyendo, tras abandonar el palacio presidencial en la noche del último viernes. Las especulaciones sobre su escondite van de un monasterio a una base militar en la Crimea ocupada por Rusia, y hasta incluyen a su yate de lujo, bautizado muy adecuadamente “Bandido”. En su ausencia, el parlamento de Ucrania lo ha depuesto y ha emitido una orden de arresto en su contra por asesinato masivo. Antes de desaparecer, Yanukovych denunció la movida en su contra como un golpe de Estado y afirmó que todavía era el presidente electo. Los rusos, aunque evidentemente desprecian la incompetencia de Yanukovych como gobernante (y probablemente también su cobardía), se han hecho eco de esos sentimientos. Putin todavía puede hacer alguna operación militar, como hizo en Georgia en 2008, o, más probablemente, apoyar un intento secesionista en Crimea (Rusia tiene una base naval en Sebastopol, sobre el Mar Negro). Hay algo de verdad en lo que dice Yanukovych, aunque rebelión, más que golpe es probablemente un término más adecuado para lo que ocurrió en Maidan: fue el humor público de buena parte del país ante su gobierno y su corrupción y sus lazos con Rusia el responsable del levantamiento.

En el último año, desde que reemplazó a Hugo Chávez en el poder en Venezuela, Nicolás Maduro ha tratado de –y fracasado en- gobernador imitando a su carismático predecesor. Al enfrentar a sus oponentes, Maduro, si es que acaso sabe lo que hace, parece estar siguiendo el manual autoritario. Recientemente, ha intentado cortar el oxígeno de lo que queda de medios independientes en el país al obstruir canales de televisión demasiado libres y rehusar el permiso a la importación del papel necesario para que los periódicos sigan funcionando. También ha puesto en prisión a un prominente y popular líder de la oposición, Leopoldo López. López, en respuesta a la espiral de descontento público ante una economía que se hunde y una inseguridad que trepa al cielo, convocó manifestaciones de protesta. En ellas, varias personas fueron muertas; y otras han muerto en continuo goteo en días posteriores. Las protestas continuaron y ahora, a raíz de esas muertes, es probable que continúen.

Maduro culpó inicialmente a unos no especificados “fascistas” y a Leopoldo López, en particular, tanto de las protestas como de la violencia. Fueron, dijo, parte de un “continuo intento de golpe de Estado” en su contra. Pero las filmaciones muestra que los disparos fueron, en realidad, obra de miembros de la policía venezolana y de agentes de civil que trabajan para ella (La Policía también operó en tándem con milicianos de los colectivos radicales que funcionan en las favelas de la ciudad y también atacaron a los manifestantes). Maduro ha reconocido que miembros del Servicio de Inteligencia infiltraron las protestas y despidió a su director ante la evidencia filmada de que los policías habían disparado contra los manifestantes.

Maduro habla constante, incesantemente, sobre los Estados Unidos. En una conferencia de prensa realizada el viernes en Caracas en la que habló durante tres horas, invitó en forma grandilocuente al presidente Obama a un “diálogo” cara a cara. En un aparente intento de hacer de camarada, contó cuándo le gusta “el blues” y qué tan a menudo ha sentido que había venido “de Mississippi en una vida pasada”. Pero ayer designó a Maximilien Arveláiz, un consejero altamente capacitado, como su candidato a nuevo embajador en Washington (La visa del último embajador fue revocada por los Estados Unidos en 2010, después de que el embajador norteamericano designado por Obama fuera rechazado por Venezuela; no ha habido enviados de alto nivel entre ambos países desde entonces). Es una movida inteligencia y un buen comienzo. La matonería de la semana pasado mostró que de qué es capaz el régimen de Maduro si decide quitarse los guantes –o pierde el control (Cualquiera sea la culpa que se atribuya a los quince años de “revolución bolivariana”, rara vez fue, bajo Chávez, violento hacia sus opositores en el sentido clásico de la palabra. Chávez prefería socavar las instituciones públicas de Venezuela y gobernaba dando discursos a multitudes que lo celebraban). Puede ser que Maduro mismo se haya asustado por lo que vio y busque un modo de retroceder del borde del abismo. Los más capaces diplomáticos de América latina –incluyendo a los cubanos, que tienen un rol consejero en Venezuela- deberían hacer ahora exhaustivos esfuerzos. También los diplomáticos de Washington deben ayudar.

Como en Ucrania, Venezuela, a su modo, se tambalea hoy al borde a algo tanto nuevo como peligroso. También Ucrania necesita la atención total de los diplomáticos regionales. Ambos países enfrentan las decepciones y desilusiones de revoluciones alguna vez vertiginosas.

Poco más de un año atrás, cuando Hugo Chávez agonizaba por el cáncer escribí: “Después de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas muchas preguntas sin respuesta y una sola certeza: la revolución que intentó realizar nunca tuvo lugar. Comenzó con Chávez y con él, muy probablemente, terminará”.- No hay duda de que su revolución se acabó, y no es la única. Lo que hace falta encontrar es un camino de salida del intríngulis actual de modo que, poco a poco, Venezuela, Ucrania y otros países al filo del abismo pueden regresar a alguna clase de normalidad. Deben volverse Estados gobernables con economías que funcionen y algo que se aproxime a un orden cívico –pero también deben ser inclusivos y mostrar respeto por la ley. Si no, las consecuencias serán probablemente catastróficas. En 2001, Chávez me dijo que si no era capaz de lograr una “auténtica revolución”, según lo puso, como presidente del país, “el pueblo” saldría a las calles, como él mismo había hecho, “con armas, a medianoche”.

 

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