Santos, Uribe y la farsa del poder, por Alberto Salcedo Ramos

4 diciembre, 2013

 

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¿Se acuerdan de aquella propaganda radial en la cual una voz idéntica a la del presidente Álvaro Uribe nos informaba que creía en el entonces candidato Juan Manuel Santos?

En su momento fue uno de los episodios más indecorosos de la publicidad electoral en Colombia. Hoy es casi el único suvenir que queda del matrimonio Santos-Uribe.

Como entonces varios críticos estimaron que la propaganda no era ética, Santos trató de justificarse: “nuestra idea es ponerle un poco de humor y pimienta (a la campaña) con propaganda alegre y simpática”, declaró a Caracol Radio.

Uribe, entre tanto, permanecía en silencio.

Al no poder usar la voz original del Presidente de la República – porque hubiese sido una participación indebida en política – Santos apeló a un actor imitador de voces, es decir, un simulador, un farsante, y de ese modo el mensaje publicitario adquirió un tono de caricatura.

La propaganda buscaba convencer al país de que Santos garantizaría la continuidad del legado de Uribe. El matrimonio, así se notara a leguas que era por conveniencia, pintaba para rato.

Los dos contrayentes lucían radiantes. El uno pregonaba en público su lealtad al otro, el otro lo avalaba quedándose callado cuando aquel le suplantaba la voz.

Aunque la propaganda de Santos perteneciera a los dominios de la comedia bufa, no era precisamente un chiste inofensivo. Representaba un estilo de entender el poder que ha hecho carrera en Colombia: el del “todo se vale”.

Todo se vale, hasta clonar al presidente que no puede participar en política, con tal de conseguir el propósito deseado. Si eres una persona que consigue sus fines, ¿para qué diablos te vas a detener en los principios? He allí el punto central de esta manera maquiavélica de ejercer la política.

Ninguno de los dos se habría quedado cruzado de brazos si quien hubiera utilizado la falsa voz del presidente hubiese sido el publicista del candidato Antanas Mockus. Eran consortes que tiraban para el mismo lado.

Uribe, hombre de olfato, seguramente sabía que Santos no era uribista sino santista. Santos, hombre calculador, seguramente sabía que Uribe pretendería monitorearlo desde su torre de control. Pero fueron juntos al altar porque se necesitaban.

Eso sí: en cuanto Santos llegó al poder los desposados empezaron a pelar el cobre. Se distanciaron, se agriaron, rompieron el compromiso.

Uribe comenzó a verle a Santos los defectos que no le vio cuando lo nombró ministro. Santos comenzó a verle a Uribe los defectos que no le vio cuando le juró lealtad. Y ahora lo único que les queda es aquella propaganda. Como para recordarnos que todo era una farsa, como para recordarnos que de eso se trata nuestra política.

En su película “El gran dictador”, Chaplin imita a Hitler para burlarse de él. Esta historia me hace acordar de aquella película. No porque Santos hubiese pretendido mofarse de Uribe, ni porque Uribe hubiese pretendido mofarse de Santos, sino porque ambos, con su parodia, nos han permitido ver una vez más las miserias del poder.

 

 

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