El arte del regateo, por Alberto Salcedo Ramos

13 noviembre, 2013

url

Si compras sin pedir rebaja, no eres colombiano. Si vendes sin concederla, tampoco. Todos en nuestro país tenemos una tía o un abuelo expertos en regatear precios.

– Pero ¡cómo se le ocurre venderme ese aguacate en cinco mil pesos! ¿Usted está loco?

El vendedor – muy digno, muy astuto – conservará la calma.

– Es que el aguacate se ha puesto caro, patroncita. Le doy dos en siete mil.

La tía solterona morderá el anzuelo. A continuación, tanto ella como el vendedor quedarán con la sensación de que salieron ganando.

La escena podría tener otro desenlace: la tía finge que se marcha enojada, así que el comerciante se la alcanza y le vende el aguacate en cuatro mil pesos. En ese caso el final es idéntico: ambos se sienten vencedores.  Cualquier rumbo que tome la historia nos conducirá a este mismo remate.

Los colombianos empezamos a ser víctimas desde el momento mismo en que nacemos: de las empresas prestadoras de servicios, de los malos gobernantes, del Estado que desaparece cuando nos va mal y nos chupa la sangre cuando nos va bien, de los delincuentes, de los violentos de diverso pelambre, de la exclusión.  Frente a los comerciantes formales, que nos imponen sus condiciones a rajatabla, siempre estaremos en desventaja. Así que cuando llega el momento de comprar algo en el comercio informal, regateamos los precios porque necesitamos sentir, por fin, que podemos ganarle a alguien.

También se regatea para repartir las estrecheces y así poder sobrellevarlas. A muchos les resulta imposible adquirir una botella de aceite vegetal en el gran almacén de cadena. La única opción de esa gente es comprar el aceite al menudeo en la tienda del barrio: un cuarto, un octavo o, incluso, una cucharada. Toda tarifa es negociable: yo tiro un poco para acá, tú tiras un poco para allá, y al final partimos la diferencia.

El pobre no comercia en millones sino en centavos. Está obligado a ser sobrio y a dividir las penurias para humanizarlas, lo mismo cuando compra que cuando vende. Regatear precios es entonces una forma del malabarismo, es atravesar el precipicio caminando sobre una cuerda floja.

Para multiplicar los panes, el pobre tiene que aprender a comprarlos en rebaja. Luego debe hacer rendir todo lo demás: corta en cuadritos la servilleta de papel, reutiliza la caja vacía de chocolates como cofre de sus baratijas, y así.

Este largo adiestramiento como administrador de su propia escasez le lleva a declarar que donde come uno, comen dos, o que cuando se cierran las puertas de la casa todo el piso de adentro sirve como cama.

McLuhan decía que la única tarjeta de crédito de los pobres es el dinero. Regatear los precios es hacerla rendir para procurarse un cierto desahogo. Lo paradójico es que de tanto intranquilizarse por el dinero, los pobres en Colombia terminan, tarde o temprano, por no intranquilizarse en absoluto. Nuestro refranero popular lo expresa de manera muy elocuente: “¿para qué preocuparse por plata, si plata es lo que no hay?”

 

 

albertosalcedo, blogs

One Comment → “El arte del regateo, por Alberto Salcedo Ramos”

  1. Maria de la Mar 9 months ago   Reply

    Como siempre buena pluma del maestro Salcedo Ramos, pero en Colombia el regateo no es solo de los pobres. Es más, son mucho más expertos en este arte algunos con suficiente para dar y convidar.

Leave a Reply