Cuba sin Chávez: nuestro enfermo en La Habana, por Albinson Linares

7 marzo, 2013

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Todo vuelve al inicio. En esta saga del delirio y la tragedia de Hugo Chávez, el 8 de diciembre de 2012 se ha convertido en un hito. Pasó a la historia como la jornada triste cuando, con un semblante pálido y despojado de su firmeza natural, el presidente anunció que debía partir a La Habana para someterse a la nueva operación: “Este proceso político, esta revolución, gracias a Dios, no depende ya de un solo hombre”, dijo.

Ese mismo día los cubanos vieron en directo cómo se interrumpía la telenovela para transmitir estas declaraciones, hecho inédito entre los telespectadores de la isla: “Eso nunca había pasado ni con la Unión Soviética, China, ni con líderes latinoamericanos como Kirchner, Evo, Zelaya, Correa, Lugo o Lula. Es más no recuerdo que haya pasado con la enfermedad de Fidel mismo”, explica Ignacio Estrada, periodista y activista de la Comunidad GLBT en La Habana.

El anuncio de una nueva operación sorprendió a la ciudadanía, que en Venezuela no dispone de tiempo para sobrellevar la complejidad emocional que conlleva todo proceso eleccionario para sumergirse en otra vicisitud, otra crisis o las frecuentes denuncias del gobierno acerca de conspiraciones y componendas en su contra. Podría inferirse que, como suele suceder en los casos de cáncer, nunca se tuvo la certeza absoluta de la salud de Chávez. Visto en frío fueron escasos los días saludables del mandatario.

Tres días después Maduro anunció que la operación había culminado “de forma exitosa”. Y entonces empezó la tensión mediática del posoperatorio. El 14 de diciembre el ministro de Comunicación e Información, Ernesto Villegas, leyó un comunicado que rezaba: “El sangramiento ocurrido en el transcurso de la intervención fue atendido en forma oportuna y el paciente ha respondido en forma favorable al tratamiento aplicado. La recuperación ha sido lenta pero progresiva, de su condición general y de sus condiciones vitales”.

Estrada se define como un “ratón de los noticieros cubanos”. Le encanta ver cómo se contradicen, cambian versiones, suspenden transmisiones u omiten hechos que pasan en la capital cubana. Como los sucesivos cambios de sede diplomática de Venezuela o la vez que en 2010 los estudiantes venezolanos de medicina protestaron todo un día frente a la embajada por ausencia de pagos, o los militantes del Psuv, ataviados de rojo de pies a cabeza, que amanecen y anochecen cantando, gritando consignas y marchando en los cursos de instrucción política que se dictan en una casa de la calle 16 entre 1a y 3a.

Los canales estatales cubanos, los diarios y las radios bombardean permanentemente a sus ciudadanos con informaciones provenientes de Venezuela. Las figuras de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Elías Jaua y, obviamente, Hugo Chávez, son tan familiares como los funcionarios nacionales.

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La Habana vivía una actividad incesante a fines de 2012, fruto de las medidas económicas tomadas por Raúl Castro que permitieron el surgimiento de los “cuentapropistas”, eufemismo cubano para definir a los emprendedores. Buhoneros, dueños de quincallas, bazares, paladares (pequeños restaurantes) y taxistas suelen entrar en esta nueva categoría.

Luis Valladares es un ex militar que maneja un viejo Lada desvencijado. Corría por las avenidas habaneras casi sin mirar, giraba por instinto trazando la geopolítica binacional en cada semáforo: “Nosotros pensamos, como dijo Chávez, que ese es un proceso revolucionario que está bien hecho. Maduro es una gente bien capaz, claro, no es Hugo. Una cosa es ser líder y otra ser estadista. Chávez tiene liderado al pueblo de Venezuela, donde él se para no se puede parar Maduro. Como donde se para Fidel no se puede parar Raúl”.

Es uno de los cuatrocientos mil “cuentapropistas” que dinamizan la incipiente microeconomía de la isla. Con los mismos brazos gruesos con que cortaba lianas en el Congo y Angola durante la guerra, ahora corta las curvas de Marianao a velocidades insólitas: “Podemos decir que Chávez le debe la vida a Cuba y se va a recuperar porque una de las cosas que hace que el paciente se recupere, te lo digo como militar porque he recibido soldados y oficiales heridos, es la voluntad. No es lo mismo la gente cobarde. Vi a Chávez cuando dijo que venía y vi el valor que tiene. Acá lo vamos a salvar”.

La capital cubana vive un respiro económico que es patente en las calles de la ciudad. Abundan los pequeños negocios y empresas de servicios, el tráfico de autos y transporte público evidencia un abastecimiento regular de combustible. Para otro chofer independiente llamado René Pardo, la cooperación venezolana es fundamental.

Al volante de un Thunderbird ruinoso, corre por el Malecón inundado. Como muchos, tiene una estampa de Fidel y otra de Chávez en el tablero de su carro. “Mi hermano, nosotros no vamos a dejar que ese comandante se muera. En el Cimeq hacen milagros. Si Chávez se muere volvemos al período especial, volvemos a los noventa donde no había comida, agua ni luz. Ese hombre no se puede morir”.

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Corrían tiempos de cambio en las calles de La Habana. Los que la visitaron en los noventa e inicios del siglo se topaban con novedades en cada esquina como la iluminación, mortecina pero constante, y el tráfico automotor, no sólo de taxis, sino de largos autobuses bielorrusos y chinos. El rumor pesado del tráfico es música para los oídos de muchos cubanos. Si en otras ciudades es sinónimo de tormento, allí significa movimiento y trabajo. Una economía que despierta.

En el corazón de El Vedado, en un pequeño estudio clandestino, sonaban las guitarras frenéticas del punk. Al ritmo de una falsa marcha militar varios jóvenes ensayaban gritando: “Raúl, Raúl, tira los tanques. Raúl, Raúl, para que el pueblo se levante”. Al rato resuenan los coros sincopados de otro tema que le espeta a Fidel: “El Comandante quiere que yo trabaje pagándome un salario miserable (…); quiere que yo lo aplauda después de escuchar su mierda delirante. No coma tanta pinga, Comandante”.

Se trata de la voz gruesa de Gorki Águila, líder y frontman de “Porno Para Ricardo”, la banda punk más contestataria de Cuba. En uno de los descansos jugueteaba con una Fender Stratocaster que reza: “¡Maleconazo, ahora!”. Entre acordes, decía: “A mí no me interesaba la política. Yo sólo quería tocar mi música pero por eso me metieron dos años en el tanque (la cárcel). Ahora sí soy anti- castrista y antichavista. Chávez quiere perpetuar el modelo inventado por Fidel. Eso te lo machacan todos los días, en todos los canales de televisión de aquí”.

A los 30 minutos se revienta un amplificador al que, literalmente, se le salen los tornillos. Sudando a chorros, Ciro Díaz lo compone armado de un destornillador y teipe: “Por culpa del chavismo es que se mantiene este gobierno. Antes era por culpa de la URSS. La economía socialista siempre ha sido una porquería, por eso el gobierno necesita de alguien que le dé cosas para mantenerse”.

Es el primer guitarrista de la banda y vive de dar clases de música y ser técnico de grabación en La Paja Recold, el estudio que tiene junto a Gorki.

Mientras el amplificador chispea y bota humo blanco, recuerda que la Unión Soviética le “daba” cinco mil millones de rublos al año a su país más la ayuda militar; “ahora Chávez regala petróleo a 20 dólares que se paga con intercambio de médicos, lo cual es ilegal. No se negocia con mano de obra, en fin. El fin del chavismo en Venezuela significa que se acabaron los regalitos para Cuba”.

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El 30 de diciembre la escritora y periodista independiente Yoani Sánchez reunió a varios amigos en su casa en la cima de un vasto bloque de apartamentos construido por ingenieros yugoslavos con mano de obra cubana en los 80. Impersonal y carente de gracia como toda la arquitectura inspirada en Europa Oriental, es el hogar de la bloguera más famosa e influyente de toda Cuba.

Con 363.828 seguidores, un historial de detenciones enorme y el talento agudo necesario para desentrañar la compleja realidad cubana “tuit a tuit” o mediante críticos posts en su blog “Generación Y” es una de las protagonistas del pujante movimiento de blogueros en Cuba y comenta sobre la situación de ambos países: “Ahora mismo el cubano tiene un dilema: por una parte quiere que su país sea más soberano por tanto quiere que termine la ‘era Chávez’, pero por otra sabe que si esa era política y económica termina vendrán los cortes eléctricos, la hambruna y la precariedad. Este pueblo no podría aguantar todo eso de nuevo”, explicó Sánchez con desaliento.

Mientras mira a su ciudad dormida, bosqueja una aproximación a cierta mentalidad cubana que nunca ha sido independiente, que pasó por las manos de España, Estados Unidos, la Unión Soviética y ahora, económicamente hablando, de Venezuela. “Para el subsidiado local siempre es muy importante quién pone el billete. Es triste y quisiera que eso terminara ya por ambas naciones para que los vínculos se restablecieran de manera ciudadana”, dice.

Sánchez entiende que algunos venezolanos sientan que la injerencia política, militar y estratégica del gobierno de Cuba en Venezuela es excesiva: “Pero tengo la esperanza de que los venezolanos puedan separar la hojarasca del grano, en el fondo hay dos naciones con muchas similitudes culturales e históricas, con empatías que van más allá de dos caudillos, y eso se puede salvar”.

Activista, profesora de redes sociales, autora del libro Cuba Libre y guía turística de La Habana, Yoani se ha convertido en un dinamo creativo que solivianta todo lo que toca. Desgrana sus días analizando la realidad de su país y no pocas veces piensa en Venezuela: “Hay muchos cubanos allá porque aman su profesión y quieren ayudar, pero, fundamentalmente, porque quieren resolver un camino económico para sus vidas. Conozco cubanos que están allá para poder hacer el techo de su casa o tener un ordenador, y eso me gustaría que el pueblo venezolano lo entendiera también”.

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Para los habaneros hay pocos secretos de su ciudad. Chávez no es inmune a la curiosidad cubana. Se sabe que vive o se queda en el selecto reparto de El Laguito, número 32. No se pueden tomar fotos ni quedarse al frente bajo ninguna circunstancia.

Cerca del fin del año 2012, un escritor y periodista cubano quien prefirió no revelar su identidad se acodó sobre una terraza de Miramar. Mirando desde lejos a la embajada suiza, explicó que en esas calles siguen estando las casas más bellas de La Habana, ahora devenidas sedes diplomáticas. “Casas porque las mansiones continúan allá en Siboney y el Laguito, donde vive Chávez”. Montado en un taxi habla sobre las avenidas frondosas de El Laguito, sector donde dicen que el líder venezolano vive en sus frecuentes estancias habaneras. El pavimento regular, las jardineras perfectas y la simétrica sucesión de alcabalas y controles señalan que en esa urbanización vive gente importante.

“Antes se podía pasar por acá. Ahora mira — señala una verja negra imponente custodiada por seis soldados—, dicen que por ahí está la casa de Chávez. Los cubanos somos los que menos sabemos, pero la gente habla en las calles todo el día. Dependemos tanto de él que ya ni se nombra a Fidel”.

Como todo el mundo, los habaneros también saben que el mandatario venezolano suele tratarse en el Cimeq, exclusivo centro de investigaciones médicas creado en los ochenta, que es el corazón del “Polo científico del Oeste”, donde dicen con reverencia que “se conjuran milagros”. A mediados de enero de 2013 dijeron que, por las constantes filtraciones sobre la enfermedad del mandatario venezolano, lo trasladaron a un complejo búnker subterráneo ubicado bajo la Plaza de la Revolución y que sólo es usado por Castro en sus crisis de salud.

Pero pocos saben que también se trata en el Hospital Oncológico de La Habana por lo que una caravana de vehículos diplomáticos venezolanos solía inundar El Vedado por la calle Paseo hasta la Plaza de la Revolución. Siempre a las 8 o 9 de la noche. Pero después de la reciente operación esto no ha vuelto a pasar, por eso muchos dicen que “está malito, el compañero”.

Para escritores como Orlando Luis Pardo, agudo observador de los medios y el ambiente de la ciudad, algo “pesado” estaba pasando en diciembre: “Desolación total, cero festividades, cero fanfarria mediática, disparos al aire ocasionales, como de costumbre en los barrios, calles vacías desde las 9 am del 31 de diciembre hasta las 12. En mi barrio no vi tirar agua hacia la calle como es costumbre”.

Según Pardo las cosas no mejoraron el primero de enero, que fue un día “hueco, clueco”, casi sin transporte y muy caluroso. Sin celebraciones  grandes por el aniversario de la Revolución Cubana. Algo que también le llama poderosamente la atención es la poca información sobre el presidente venezolano en estos días: “De Chávez ni una palabra, la gente ni se inmuta tampoco, de vez en cuando alguien comenta que el dúo de Maduro y Raúl sí se van a poner para meter en orden toda la corrupción y el desbarajuste que hay”.

Al filo de la medianoche del 31 de diciembre uno de los últimos tuits de Yoani Sánchez reflejaba la intensidad de las expectativas sobre el estado de salud del mandatario venezolano: “#Cuba Termina el último noticiero estelar de #2012 y no dice ni una palabra sobre el estado actual de #HugoChavez #Venezuela”.

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Por primera vez en nuestra historia Cuba y Venezuela se encuentran unidas por la misma espera. Parece que el sino de Chávez sellará el destino político de ambas naciones. La Habana aguarda inquieta, al igual que Caracas, aunque por razones distintas: en la isla impera el pavor por la sobrevivencia y en Venezuela la vieja zozobra por el destino político del país.

 

Fragmentos del ebook Nuestro enfermo en La Habana, publicado por la editorial española eCícero. Se puede descargar entero aquí.

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