Qatar: sede del Mundial 2022, cárcel de los inmigrantes que la construirán, por David Bollero

4 febrero, 2013

 

 

 Qatar

 

Chirari Mahato tenía 51 años en 2012, cuando murió en uno de los campos de trabajo qataríes. Trabajaba para la empresa Al Hasan Transport que ha participado en el proyecto estrella de OHL en Doha, la capital: la construcción del  Centro Médico y de Investigación Sidra por el que recibió más de 900 millones de euros.

Kabiraj Chaudhary, compañero de Mahato, relató que trabajaban de seis de la mañana a siete de la tarde. Mahato limpiaba y distribuía mercancías en un garaje, “una habitación sin ventilación, con mucho calor”. En Qatar, la temperatura puede llegar a los 50 grados. Tras la dura jornada laboral, dormían varios en la misma cama en una habitación si aire acondicionado, donde “costaba mucho respirar”.

Una mañana, Mahato no despertó; había muerto.

“Cuando se llevaron el cuerpo, nos prohibieron ir al hospital Ahmad, donde descansaban sus restos”, recordó Chaudhary. “Solicitamos a la compañía una compensación para la familia, pero nos dijo que no recibiría nada, puesto que había muerto mientras dormía”.

 

 

 

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Qatar es un pequeño estado del Golfo Pérsico – ni siquiera alcanza los 12.000 kilómetros cuadrados de extensión-, una ex colonia británica que se independizó en 1971 y que desde 1995, cuando el jeque Hamad Al Thani depuso a su propio padre tras un Golpe de Estado, ha vivido una etapa de aperturismo comercial. Así lo atestiguan sus numerosos Acuerdos de Libre Comercio y de Promoción y Protección de Inversiones suscritos con media Europa, China, Corea, India o Cuba entre muchos otros.

Gracias a sus enormes reservas de hidrocarburos, se ha convertido en uno de los países más ricos del mundo (más de 170.000 millones de dólares de PIB), creciendo a ritmos que han llegado a superar el 15%. En 2011, el FMI le declaró el país más rico en términos de PIB per cápita, con una tasa de desempleo inferior al 1%.

Así las cosas, no sorprende que muchos de los países occidentales cuyas economías han sido golpeadas en su línea de flotación tras el estallido de la burbuja inmobiliaria estén mirando a los países del Golfo y sus petrodólares como una fuente de recursos. Más aún con el horizonte que abre ante sí la celebración del Mundial de Fútbol en 2022. España no es una excepción y empresas del IBEX 35 como OHL o Iberdrola, o constructoras como la alicantina Ecisa ya se encuentran trabajando en la región (aunque ante la invitación de participar en este reportaje optaron por el silencio).

Si el sector de la construcción absorbe el 40% del empleo, según la Oficina de Estadística de Qatar, con las obras planificadas para el Mundial la cifra se disparará: se habla de inversiones por encima de los 125.000 millones de dólares en los próximos seis años. Un aeropuerto internacional, cuyo coste rondará los 7.000 millones de dólares; un puerto marítimo de 5.500 millones de dólares; más de 20.000 millones en nuevas carreteras y autopistas; 12 nuevos estadios ecológico por más de 32.000 millones de dólares…

Con tanto dinero en juego no sorprende que la revista francesa France Football denunciara hace unos días lo que ha denominado el Qatargate, esto es, la supuesta compra de votos del Emirato para hacerse con la Copa del Mundo. Según la publicación, Michel Platini, presidente de la UEFA, habría votado a favor del Emirato a cambio de ciertos acuerdos con el Gobierno francés (Platini lo ha negado). Francia es, de hecho, uno de los principales socios comerciales de Qatar, junto con Japón, Corea del Sur, EEUU y Singapur.

 

El crecimiento explosivo de Qatar demanda gran cantidad de mano de obra. Se estima que el número actual de trabajadores inmigrantes supera el millón de personas –es decir, más del 90% de su fuerza de trabajo.

La inmigración, de hecho, explica el significativo aumento de su población en los últimos años, pues en 2007 apenas superaba los 900.000 habitantes y hoy suma 1,7 millones, de los que únicamente 300.000 son ciudadanos qataríes.

La cifra podría dispararse aún más: ya se habla de que hará falta un millón más de trabajadores extranjeros para dar abasto con el boom del Mundial.

 

 

Inmigrantes en Qatar_Sam Tarling (HRW)

 

 

El Gobierno qatarí afirma que “está comprometido con el mantenimiento de los estándares internacionales en materia laboral para hacer de Qatar uno de los mejores lugares para trabajar y vivir”. Pero la realidad es bien distinta. La legislación de Qatar no sólo no contempla un salario mínimo, sino que considera ilegal la constitución de sindicatos o la convocatoria de huelgas.

Dicho de otro modo, los intereses de los trabajadores no tienen protección alguna ante los abusos de las empresas, que el Gobierno qatarí elige ignorar. Qatar se ufana de pertenecer a organismos como el Banco Mundial, el FMI, la Organización Mundial de Comercio o el Consejo de Cooperación del Golfo, pero jamás ha ratificado la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares de la ONU.

La Confederación Sindical Internacional (CSI) ha denunciado reiteradas veces la dramática situación de los trabajadores en Qatar ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Su secretaria general, Sharan Burrow, señala que, sólo en 2012, el Departamento de Relaciones Laborales del Ministerio de Trabajo de Qatar recibió 6.000 quejas de trabajadores, una cifra que sería muy superior si aquellos que no hablan ni inglés ni árabe pudieran acceder al proceso de presentación de quejas.

Ambet Yuson, secretario general de la Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera, confirma que “muchos trabajadores soportan la explotación por miedo a las represalias” y lamenta que “el Gobierno no se asegure de que sus 150 inspectores de trabajo cumplan con su cometido”.

 

 

Uno de los principales problemas de la legislación laboral qatarí se encuentra en su sistema de kafala: ningún trabajador extranjero puede conseguir visado si no está patrocinado por un empleador. Burrow afirma que “los empleadores tienen un control casi absoluto sobre los trabajadores con este sistema, puesto que son sólo ellos los que deciden si un trabajador puede cambiar de empleo, abandonar el país o quedarse en Qatar”.

A pesar de que el Gobierno estableció el año pasado una comisión para revisar esas reglas no se ha producido ningún cambio significativo. El trabajador todavía no puede cambiar de empleo sin el consentimiento de la empresa e, incluso –según denuncia Human Rights Watch (HRW)–, no puede dejar el país, pues es la empresa la que concede el visado de salida (También Arabia Saudí, donde ansían operar grupos empresariales españoles como Spanish Gulf Project –acaba de abrir oficinas- , exige un visado de salida para abandonar el país).

Benjamín Cruz es un técnico de aire acondicionado filipino que ha tenido que cambiar de oficio por órdenes de su empleador: ha hecho de carpintero, fontanero, mecánico y, en los últimos tiempos, cortador de mármol. A los cuatro meses de iniciar el trabajo, en julio de 2011, la empresa decidió rebajarle el sueldo sin previo aviso: de 440 dólares mensuales a 275. “Decidí llevarlo a los tribunales”, explica Cruz. En la primera audiencia, en febrero de 2012, el empleador no se presentó. Un mes más tarde, “la empresa me retiró el pasaporte y me prohibió ir a ninguna parte, ni siquiera al hospital”, contó. Le ha costado 17 meses recuperar su pasaporte.

 

 

Esta es una práctica habitual de las empresas en Qatar. La OIT clasifica la confiscación del pasaporte como uno de los indicadores del trabajo forzado. Se pueden añadir las falsas promesas por parte de contratistas y patrocinadores sobre la naturaleza y el tipo de trabajo, el incumplimiento de las obligaciones respecto de salarios y condiciones laborales, la violación de los contratos firmados antes de que el trabajador abandone el país de origen, y el endeudamiento de los trabajadores con contratistas o prestamistas que exigen pagos abusivos.

Narayan Nepali, es un electricista de 25 años que trabajó durante casi tres años en Qatar: “El día que llegamos nos confiscaron el pasaporte. Estábamos obligados a trabajar más de 12 horas, bajo un sol abrasador, y había trabajadores que caían al suelo, desmayados”.

Nepali denuncia que no hay seguridad alguna: uno de sus amigos cayó de un andamio con una carretilla de desechos y murió. “Las autoridades qataríes deben darse cuenta de que los trabajadores inmigrantes han desempeñado una función muy importante en el desarrollo del país y, por lo tanto, deberían pagarles mejor, tratarles con más respeto”, reclamó.

 

 

Habitación de Campo de Trabajo_Sam Tarling (HRW)

 

 

Otra práctica habitual de las empresas que operan en el Emirato es obligar a los trabajadores inmigrantes a pagar las tarifas de contratación, a pesar de que legalmente son responsabilidad del empleador. Son tarifas que van de los 726 a los 3.651 dólares, muy lejos del alcance de los empleados, que se ven obligados a solicitar préstamos con tasas de interés abusivas, lo que les ata aún más a su explotador. “Si no pago mi deuda”, explica Mahmud N., un trabajador de 27 años de Bangladesh que debe casi 3.300 dólares, “echarán a mi familia de casa”. Dinesh P., un nepalí de 20 años, se encuentra en las mismas circunstancias. Con otros 15 compañeros que quieren dejar el empleo, afirma: “Nos sentimos estafados, no es el empleo que esperábamos”.

Sarah Leah Whitson, directora de HRW en el Oriente Medio, apunta que “tanto el Gobierno de Qatar como las compañías de la industria de construcción tienen que asegurarse de que son los empleadores, y no los trabajadores pobres, quienes pagan estas tasas de reclutamiento. Hasta que el Gobierno no refuerce seriamente sus leyes para asegurarse que son los empleadores quienes las pagan, e impone sanciones ejemplares a la compañías que miran a otro lado, el problema no desaparecerá”.

Mientras, Himal K., un nepalí de 18 años, admite: “No nos quejamos porque, si lo hacemos por cualquier cosa, la compañía nos castiga”.

 

 

Pabellón de Campo de Trabajo_Sam Tarling (HRW)

 

 

Las empresas albergan a los trabajadores inmigrantes en campos de trabajo precarios y abarrotados. En cada habitación duerme hasta una docena de personas sin ventilación, en un país donde la temperatura puede llegar a superar los 50 grados centígrados y con tasas de humedad del 60%.

Uno de los colectivos de inmigrantes más maltratados es el nepalí. Según señala Equal Times, se estima que mueren al año alrededor de 200 trabajadores nepalíes en Qatar. Lo confirma Narayan Nepali: “A los nepalíes se nos trata como esclavos”.

Pralhad Acharya es asistente de fontanero y, tras su paso por Qatar, sostiene que “sólo el 10 por ciento de las empresas son correctas, el otro 90 por ciento no son honradas”. Acharya tenía “muchas esperanzas en la Copa del Mundo de 2022, en que las empresas serían correctas y que volvería a casa con dinero –se lamenta–. Sin embargo, la empresa para la que trabajaba no era buena”. El fontanero se encontró, según contó, “con jóvenes que no habían comido durante tres días porque no les habían pagado.”

Lo mismo le sucedió a Tika Bahadur Kamal, un jornalero con cinco hijos, que llegó a Qatar “pensando que podía ganarme la vida –dice–, pero la empresa me pagó dos meses de salario y luego dejó de pagarme durante once meses”. Intentó recuperar su dinero en los tribunales pero fue imposible: “Después de haber pagado la costas judiciales –para lo que tuvo que pedir un préstamo-, me quedé sin el dinero. Sobreviví un mes comiendo solo papas cocidas”.

 

 

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Sharan Burrow, de la Confederación Sindical Internacional, ha declarado: “A lo largo de los próximos meses se van a anunciar las licitaciones para la construcción de los nuevos estadios e infraestructuras para la celebración de la Copa del Mundo. Estamos advirtiendo a las multinacionales que vayan a participar en estas licitaciones que cumplan el derecho internacional y respeten los derechos de los trabajadores”.

Pero Nicholas McGeehan, investigador en Qatar para HRW, no alberga muchas esperanzas: “Nadie tiene interés en la demanda de derechos para estos trabajadores, mezcla de la ignorancia de la gravedad y la magnitud del problema, de la indiferencia hacia estos trabajadores y de la apabullante riqueza de Qatar y sus intentos exitosos de presentarse como progresista”.

 

 

 

 

 

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  1. No Mundial do Qatar já há derrotados: os imigrantes | O Informador - 1 year ago

    [...] O outro lado desta moeda brilhante e apetitosa é a exploração a que os trabalhadores são sujeitos. No Qatar não há salário mínimo, os sindicatos estão proibidos e a convocação de greves é ilegal. Para além disso, como 90% da mão de obra – mais de um milhão de pessoas – é constituída por imigrantes, as empresas locais implementaram práticas como o confisco dos passaportes ou o alojamento de trabalhadores às dúzias em salas sem ventilação. Muitos morrem. É o que revela esta reportagem do jornal argentino el puercoespín. [...]

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