Petraeus: ascenso y caída de un mito norteamericano, por Jon Lee Anderson

14 noviembre, 2012

 

 

Los norteamericanos aman una buena historia de ascenso y caída, y también las resurrecciones. Nuestra historia está compuesta de ese material redentor: es parte de nuestro folklore, nuestra auténtica esencia nacional. Así como Douglas MacArthur se convirtió en nuestro soldado Salvador en la campaña del Pacífico de la II Guerra Mundial, pocos años después, en Corea, cuando sobrepasó su autoridad, fue despedido de su mando y enviado a casa. El legado de MacArthur quedó manchado, pero no demasiado, porque en esos días patrióticos de la Guerra Fría y de la Fortaleza América, se le permitió mantener sus anteriores laureles y bañarse en esa gloria. A los norteamericanos no les gusta deshacerse de los héroes que han contribuido a pergeñar.

El motivo de la renuncia de David Petraeus como director de la CIA –la puesta al descubierto de un romance—parece una cosa tanto menor que la de MacArthur, pero su ofensa está mucho más en consonancia con nuestra empequeñecida era, en la que lo íntimo y lo escabroso se han escurrido, inexorablemente, a la esfera pública, aun cuando la exaltación pública de las celebridad se ha magnificado y distorsionado.

La caída de Petraeus es tan grande como decidimos que fuera. Era un militar excepcional y contribuido a dar un giro a lo que era un lío sangriento y sin esperanzas, la guerra de Irak. Pero su enaltecimiento a manos de políticos admirativos y oportunistas, y por periodistas y biógrafos adulones –como Paula Broadwell, la mujer con la que se involucró—ha sido cobarde y sin límites: Petraeus como el Prometeo de América. En parte se derivaba de nuestro hábito de convertir a hombres de carne y hueso en Paul Bunyans, pero también era producto de una gigantesca campaña oficial de manipulación con la que la administración Bush buscó contar la guerra de Irak como un a historia de éxito.

Esa guerra fue un error geoestratégico de proporciones históricas, pero hacia el fin de su tenida, liderando el surge (NdR: campaña de aumento de tropas) y el Despertar Sunita, Petraeus contribuyó a mitigar un poco las cosas y permitió que la retirada norteamericana tuviera lugar sin papelones excesivos. Nació una leyenda. Petraeus dio a los norteamericanos un nuevo general-héroe al que adorar en una época en que sus líderes civiles les habían fallado. Pero a cambio permitimos que su épica ocupara el lugar del recuerdo de esa guerra o, incluso, de aquellos que ayudaron a Petraeus a “ganarla”. ¿Qué otros nombres de generales de Irak recordamos? Apuesto que pocos norteamericanos que vive fuera de Beltway o el Pentágono puede nombrar a uno solo. ¿Qué recordamos de Irak mismo? Sospecho que poco más que una desagradable nebulosa de instantáneas retenidas a medias: Shock and Awe (Impacto y Pavor), Misión Cumplida, Abu Ghraib, Fallujah y, quizás, la captura y posterior ejecución de Saddam. ¿Qué más? ¿Blackwater?

La retirada final de nuestras tropas tuvo lugar el año pasado prácticamente sin que se notara, pero durante varias años los triunfos iraquíes de Petraeus han llegado las páginas de las revistas y horas de televisión y el contenido de unos libros, también –virtualmente todo en términos laudatorios. El fenómeno Petraeus contribuyó a que los norteamericanos desplazaran el amargo recuerdo de todos los muertos en Irak para que pudiéramos dejar atrás un Estado que hoy es liderado por un régimen más cercano a Teherán que a Washington –donde hay una estabilidad sólo en comparación con los peores días de la guerra que provocamos. Un país donde los bombarderos suicidas estallan con la regularidad con que los tornados golpean los parques de trailers en el medio de los Estados Unidos. En otras palabras, tan regularmente como para apenas captar la atención de la prensa mundial.

Para cuando el presidente Obama asumió el cargo, Petraeus era una fuerza con la que lidiar, el jefe máximo del CentCom, a cargo de Irak, Afganistán e intervenciones más calladas de los Estados Unidos en otras partes de la región. Era pasta presidencial para el futuro. Luego, en 2010, cuando Stanley McChrystal, el máximo comandante norteamericano en Afganistán, dijo lo que no debía a un reportero de Rolling Stone y fue obligado a renunciar, Obama envió a Petraeus a hacer su trabajo. En Afganistán, unos resurgidos Talibán amenazan con sobrepasar al frágil Estado a pesar a la presencia de decenas de miles de tropas norteamericanas y de la OTAN. Aquí no hubo un milagro Petraeus. Pese a un surge al estilo de Irak y a una muy ostentada estrategia de contrainsurgencia supervisados por Petraeus, los Talibán demostraron imbatibles. Hay una negociación en la mesa.

En 2011, Obama trajo a Petraeus de regreso a Washington y después de hacerlo renunciar al cargo militar, lo convirtió en cabeza de la

Petraeus y Broadwell

CIA. Fue una movida sabia y también astuta. Petraeus era un gran valor como jefe de inteligencia del país y, en el puesto, se volvió tan invisible como podría serlo un hombre con su instinto para la publicidad.

Librado a sus propios recursos, lejos del frente de batalla de los grandes fracasos de Irak y Afganistán, y de las luces celebratorias por primera vez en años, Petraeus fue derribado por la más simple y antigua de las debilidades: la lujuria por su propia –seamos honestos—hagiógrafa. Pero Broadwell no tenía el monopolio de la adulación.

Puede haber otro acto para David Petraeus. Si lame sus heridas y es visto rezando humildemente en su iglesia local y hace lo correcto con su esposa y familia, los Estados Unidos probablemente lo perdonarán. Puede volver a la vida pública como consultor militar pago de la CNN; podría incluso estar en condiciones de competir por un cargo público. Senador Petraeus suena bien. Pero esa es una historia de redención que todavía está por contarse. Por ahora, puede que alcance con meditar qué llevó a Petraeus —y a todos nosotros— a sus particulares ascenso y caída.

 

 

 

 

 

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One Comment → “Petraeus: ascenso y caída de un mito norteamericano, por Jon Lee Anderson”

  1. R. M. Nadaud 1 year ago   Reply

    lerned porcupine: “los fracasos de Afganistan e Irak”: antes o despues los fieles estarían con los kalshnikov y el Libro donde ahora están.
    los contratistas del gobierno y la industria bélica contemplan los números de bajas, (para qué son los soldados despues de todo):quizá puedan cobrar una prima a fábricas de armamentos por licencias compartidas.
    Quienes pierden una guerra?:en la estación del metro en Viña del Mar, Chile, los ascensores rezan Tyssen-Kupp…
    Y Hollywood agradecido, y medios informativos y etc.

    Oliver Wendell Holmes: Justice de la Suprema Corte, cuando joven combatió en la guerra civil: Captain and Brevet Colonel: en Arlington, en 1935, en su sepelio, un pelotón disparó tres salvas: Ball’s Bluff, Antietam, Fredericskburg, cada ronda por cada una de sus heridas en esas terribles batallas.
    Y este señor Petraus una leyenda? hemos llegado al oculto sentido de unir el ridículo a palabras otrora divinas.
    Que me perdone el Justice por mezclarlo con historietas así banales.
    RMN

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