Venezuela: Chávez y su última cruzada, por Boris Muñoz

20 septiembre, 2012

Si me rasco cada tanto la cabeza durante esta presentación, es porque resulta muy difícil descifrar qué va a pasar en Venezuela dentro de tres semanas.

Hoy, el presidente Hugo Chávez tiene una ventaja de 10 a 20 por ciento, de acuerdo con la mayoría de las encuestas. Unas pocas dan una primacía del 4 al 6 por ciento a Henrique Capriles Radonski, el candidato de la alianza opositora. No sé cuáles son correctas, pero tengo mi propio punto de vista. Y lo que veo es un lento pero firme proceso de cambio.

La característica actual más notable es el agudo contraste entre las campañas de los dos candidatos.

Chávez organizó su campaña en torno de dos ideas. La primera es el pensamiento mágico. La segunda es la promesa de continuar con su legado, pero con más eficiencia.

Pocos meses atrás, los venezolanos vivían en medio de rumores y teorías de conspiración, y seguían los acontecimientos en la vida de su líder como si fueran episodios de un thriller. Vieron cómo Chávez se embarcó en una búsqueda del cáliz de la eterna juventud, como el héroe de Indiana Jones y la Última Cruzada. Con la cara y el cuerpo todavía hinchados por la quimioterapia, Chávez ha recorrido iglesias rogando a Jesucristo por un milagro y ha sido objeto de muchos tipos de ritos religiosos para recuperarse del cáncer. Al manejar su enfermedad así, Chávez ha transmitido la idea de que es alguien extraordinario, un mártir capaz de dejar su vida por la revolución.

De acuerdo con el psicólogo Vladimir Gessen, quien también ha padecido cáncer, “estas acciones han creado una conexión psicológica poderosa con la gente común, que se ha congregado alrededor de su líder. Es una campaña milagrosa”.

Consciente de la debilidad de su posición tras haber estado entrando y saliendo de la arena política durante un año, el 8 de julio (de 2012), Chávez declaró: “Estoy libre, totalmente libre” del cáncer.

El presidente presentó su curación como un milagro ocurrido justo a tiempo para su carrera hacia la reelección. Su intención era reforzar la confianza de sus seguidores y disipar las dudas sobre su salud. Y funcionó.

Encuestas nacionales (de Datanalisis) muestran que cuando Chávez anunció que su cuerpo albergaba células cancerosas, el 48% de los venezolanos aprobaban su administración. Era uno de los puntos más bajos desde su relección, en 2006. Pero, cuatro meses más tarde, el porcentaje se había elevado al 59%. En julio, el gobierno de Chávez tenía un nivel de aprobación del 51% y un porcentaje de intención de voto que oscilaba entre el 43 y el 46 por ciento, dos fuertes indicadores de éxito en las elecciones presidenciales por venir.

Aunque su recuperación ha forzado a Chávez a reducir su ritmo titánico, arrancaba con ventaja: en esencia, ha estado en campaña durante 14 años. Todos en el país lo conocen y cuenta con los enormes recursos del Estado. Se basa en una fórmula que ha resultado exitosa en anteriores contiendas electorales: inundar el país con obras públicas –y con imágenes de sí mismo. De hecho, el gasto público aumentó en un 23% durante el primer semestre de 2012.

El año pasado, en medio de su tratamiento de cáncer, Chávez lanzó MISION GRAN VIVIENDA VENEZUELA, un ambicioso plan destinado a resolver el enorme déficit de viviendas en el país, un problema que se agrava a cada minuto. Cuando uno va a Caracas y otros sitios de Venezuela puede ver construcciones por todas partes. Desde 2012, el gobierno afirma haber entregado las llaves de 250.000 nuevas casas, y ha prometido entregar otras 100.000, algunas de ellas completamente amuebladas. Estas cifras puede ser materia de disputa, pero el hecho es que el programa podría tener un importante impacto en la elección, ya que prueba que el gobierno de Chávez puede cumplir en áreas vitales.

Chávez también decretó un 25% de aumento en el salario mínimo.

Pero algo ha ocurrido. Su gasto no funciona como solía. Las encuestas coinciden en que el apoyo a Chávez ya no crece. Así que, aunque sus ataques contra el candidato de la oposición, los periodistas y los medios pueden reforzar su posición entre sus leales, también pueden alienar a un grupo conocido como los chavistas light, así como a los indecisos que son esenciales para una victoria el 7 de octubre (de 2012).

Del otro lado, Capriles ha utilizado una estrategia de contactos directos y visitas casa por casa y pueblo por pueblo, que ha sido sorprendentemente efectiva y lo ha puesto en el mapa. Ha visitado más de 200 ciudades, mientras que Chávez ha realizado apenas unos 30 actos públicos fuera de Caracas.

Contra Chávez, Capriles Radonski ha empleado lo que llamaría estrategias de aikido. De acuerdo con Wikipedia, aikido es un arte marcial japonés que consiste, esencialmente, en “unirse al movimiento del atacante y redirigir la fuerza del ataque, en lugar de confrontarla”. Por ejemplo, en términos de políticas públicas, Capriles Radonski ha decidido continuar los programas sociales de Chávez, pero ha prometido mejorarlos y hacerlos más eficientes al llegar a todos los que los necesitan, sin importar sus afiliaciones partidarias o ideológicas. También ha sido más proactivo que Chávez en la presentación de planes prácticos para atender preocupaciones populares como el crimen, el empleo, la seguridad social, la política petrolera, la vivienda y la infraestructura.

Chávez, el Alma de la Patria, según se presenta, ha ofrecido un programa lleno de buenas intenciones, como “transformar a Venezuela en un poder regional, social, económica y políticamente dentro de la naciente región latinoamericana y del Caribe, a fin de garantizar la creación de una zona de paz en nuestra América”; o “contribuir a la conservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana”.

Pero el plan también incluye otras propuestas, orientadas a extender el control del Poder Ejecutivo reforzando la estructura de poder basada en la relación entre el líder, Chávez, y la comunidad.

Otra cita:

“Consolidaremos y expandiremos el poder del pueblo y de la democracia socialista….  La creación y desarrollo de nuevos tipos de participación popular demuestra cómo la Revolución Bolivariana está avanzando y consolidando su hegemonía y su control sobre la orientación social, económica y cultural de la nación” (Propuesta del candidato de la Patria Bolivariana Socialista, comandante Hugo Chávez 2013-2019, 22).

Aunque algunas de estas propuestas pueden sonar como puro palabrerío, ponen muy nerviosa a la oposición. Y con razón. Su objetivo oculto es acelerar el desmantelamiento de las estructuras de gobierno locales y estaduales actualmente en vigencia.

Chávez ha estado promocionando su legado y prometiendo más eficiencia y competitividad en el futuro para completar su Obra Magna revolucionaria. Y ha hecho un auténtico esfuerzo por cumplir, como demuestra la Misión Gran Vivienda Venezuela.

Pero, de muchos modos, lo que ofrece es más de lo mismo, con un discurso gastado que parece lejano de los problemas más acuciantes del electorado. Aun cuando el proyecto de Chávez está anclado firmemente en el apoyo popular, mi impresión es que la narración que subyace en el chavismo se está volviendo más y más una cacofonía.

En contraste, la oposición suena nueva y refrescante. Hoy, por primera vez en 14 años, es claramente capaz de competir contra Chávez con un plan y ya no con una mera lista de principios. Y también tiene un líder elegido democráticamente en una votación partidaria.

Es por esto que las expectativas chavistas de derrotar fácilmente a la oposición han disminuido en las últimas semanas.

En este sentido, la campaña de Capriles Radonski ha sido realmente inteligente y él, como candidato, ha hecho un gran trabajo hasta ahora.

Es evidente que Chávez está intentando desesperadamente convertir el voto por su rival en un asunto riesgoso. Cuando dice que si él pierde habrá caos e inestabilidad, o incluso una guerra civil, Chávez también está manipulando a la opinión pública, promoviendo una ecología del miedo en un país con una de las tasas más altas de homicidios del mundo y un sistema de justicia disfuncional.

En agosto, recorrió varios estados con Capriles Radonski. Le preguntó cuál era su visión de la contienda electoral. “Mi objetivo para el 7 de octubre no es solo convertirme en presidente, sino abrir paso a una nueva era”, contestó. Más tarde, dijo: “La disputa es entre un proyecto político que mira hacia el pasado y otro que mira hacia el futuro”.

Lo que conduce a una segunda observación. Después de 14 años en el poder, Chávez se ha convertido en el representante del establishment. Es por esto que, cuando Capriles Radonski se describe como representante del futuro y de lo nuevo, Chávez reacciona en público con rabietas en las que afirma que él y la revolución son lo nuevo y representan el futuro, y que su oponente es la encarnación de la oligarquía, la burguesía, el orden capitalista. Chávez insulta a su rival de muchas formas, llamándolo cerdo por sus ancestros judíos, fascista y, sobre todo, nazi. Todo ello a pesar de que el bisabuelo de Capriles Radonski murió en el Holocausto.

En mi opinión, Chávez actúa así porque sabe que esta es su última chance.

Para nuestro César de los medios, la apuesta es mucho más grande que para Capriles. Una revolución nacional y un proyecto latinoamericano están en riesgo, su gobierno ha fracasado en varios frentes y, aunque sus simpatizantes todavía están firmes ya no son sumisos, como ha quedado demostrado en muchas pequeñas revueltas en las filas chavistas. De hecho, varias protestas laborales radicales están produciendo grietas en su base tradicional de poder.

Cuando pienso en Chávez en estos días, lo que me viene a la mente es la imagen de un mago maravilloso pero viejo, cuyos trucos están ya gastados por la repetición y no arrojan chispas de fascinación como solían. Su magia se está desvaneciendo.

Esta elección será una prueba de si todavía funciona la combinación de carisma personal, voto popular, dinero del petróleo e intimidación de los disidentes, que ha sido el procedimiento típico del poder de Chávez.

Para mí, el resultado será realmente cerrado y probablemente cabeza a cabeza.

La cuestión clave es si Chávez ha pasado, como indica su aparente declinación, o todavía no. Una pregunta vinculada a ello es si la máquina electoral del Chávez puede funcionar en forma eficiente para compensar la falta de fuerza de su campaña.

Si Chávez gana, hará lo que pueda por tomarlo todo, como siempre hace. Ha prometido reiteradas veces aplastar a la oposición, así que su siguiente parada serán las elecciones del 16 de diciembre para gobernadores, en las que intentará vencer en los Estados claves en poder de la oposición para incrementar su hegemonía. Sabe que son peligrosos para su dominio, porque cualquier posibilidad de obtener un control completo sobre el país es impedido por esos Estados clave de la oposición.

Hay otro aspecto importante a considerar si Chávez gana: si los rumores sobre su salud son ciertos, necesita elegir a un vicepresidente que sea aceptado como su heredero por los chavistas. Ese es un escenario difícil que podría convertirse en una gran oportunidad para la oposición.

Para Capriles Radonski, los desafíos son distintos. Primero, si gana, deberá utilizar sus primeras cien horas para defender su posición y moverse rápidamente para establecer su liderazgo nacional, convenciendo a los chavistas de su intención de trabajar con ellos, reconciliarse y no vengarse. Enfrentará aguas agitadas durante al menos dos años de transición, momento en el que tendrá que construir una nueva coalición de amplia base y comenzar un proceso de reconstrucción institucional. Al mismo tiempo, tendrá que conducir a la oposición a otra victoria en la elección de diciembre (de 2012), para reforzar su rol como líder nacional. Y también tendrá que satisfacer las grandes expectativas populares conteniendo la criminalidad y promoviendo el crecimiento económico.

Ni siquiera entraré en otra serie de desafíos estratégicos en asuntos externos, que van de las negociaciones de paz del gobierno colombiano con las FARC y la dependencia de Cuba del petróleo venezolano a los acuerdos regionales y hemisféricos. Si la oposición gana, tendrá que enfrentar todas estas pruebas. Pero por ahora su foco principal es la agenda doméstica.

El segundo escenario posible para Capriles y la oposición es aún más complejo.

La actual contienda es el clímax de la carrera política de Capriles Radonski. Nunca ha perdido una elección. Pero se trata de mucho más que eso. Para ser aceptado como un auténtico líder, debe ganar la presidencia o perder contra Chávez por muy poco. Es lo que yo llamaría “ganar perdiendo”, es decir, hacer que el resultado compense el esfuerzo al ayudar a que la oposición crezca considerablemente. Y, en este caso, tiene que evitar que Chávez vaya luego por todo. Esta sería la única manera de asegurar su liderazgo indisputable sobre una oposición emocionalmente inestable, notorio por sus frecuentes subidas y bajadas, que vacila entre ver el 7 de octubre como el Día del Juicio final o el Día de la Resurrección.

Esto significa que si las cosas no le van bien, Capriles debe preparar a sus seguidores para la descorazonadora tarea de asumir la derrota sin rendirse. Será una prueba de la madurez de la oposición.

Porque, sin importar lo que ocurra y a pesar de la crisis de gobernabilidad en ciernes, el país continuará su marcha.

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