Modas: a inhalar solvente al ritmo del reguetón, por Pablo Pérez Ángeles

20 septiembre, 2012

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Son los últimos minutos de un viernes primaveral en la colonia Santa Cruz Meyehualco, que se ubica en el oriente del Distrito Federal y famosa por su tianguis de autopartes. El salón familiar Las Perlas ha cambiado de público esta noche. Alrededor de 200 adolescentes de entre 12 y 18 años están aquí para inhalar activo y bailar reguetón. Las voces de Wisin & Yandel, Pitbull y Don Omar salen de bocinas mal ecualizadas. “¿Quién quiere perder la virginidad hoy? Levante la mano”, exige por el micrófono DJ Dynamite al dar play al mp3: Desnúdate, enséñame tu cuerpo,/ enamórame (vamos a la cama), sacúdete…

Todo el salón es pista de baile, aunque no todos los hombres alcanzan pareja porque duplican en número a las mujeres. Lo que sí alcanza para todos es la droga. Si se la pides de buena manera a cualquier niño bonachón, te regala la mitad de su “mona”: una pelota de material absorbente (estopa, papel sanitario, tela o gasa) empapada en tíner que cabe en la palma de la mano —tíner viene de la palabra inglesa thinner, “adelgazador”, y es el nombre que se da precisamente a los líquidos de materiales volátiles derivados del petróleo, como el benceno, el xileno y el tolueno. Este “activo” es el común denominador de las drogas inhalables (esmalte para uñas, solvente para pinturas, pegamentos industriales, marcadores escolares, limpiadores de PVC) y produce un estado alterado de conciencia.

Pero no todos son amigos en Las Perlas. Basta un “chacaleo” —mirada de menosprecio— para comenzar un pleito entre los grupos antagónicos, en el cual al menos alguien terminará con una hoja de cúter enterrada.

Pero hoy todo marcha en paz. Esta noche han ido llegando desde uno que otro carcamal de casi 30 años, hasta niños de alrededor de 10; estos últimos vienen de casas vecinas o son traídos por sus hermanos mayores al “perreo” que inició a las ocho de la noche, y que lleva ya cuatro horas.

 

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Tienes un cuerpo brutal, que todo hombre desaría tocar./ Sexy movimiento y tu perfume combina con el viento… Casi todo el mundo baila y son escasos los adolescentes que se muestran indiferentes ante la droga, pero los hay, como también hay quienes se “monean” ajenos a la música. Todos sudan en este sauna petroquímico de 200 metros cuadrados: el sonsonete de la música y un tufillo industrial asoman a la calle donde quedó estacionada una treintena de automóviles —Tsuru, Neón, Pointer, Chevy, Ka, vochos— y otras tantas motonetas Itálica y Dínamo. Afuera, el olor se evapora enseguida, y el ruido se pierde entre las calles oscuras y los caseríos en obra negra.

En la banqueta una pareja fuma antes de entrar. Ella usa un breve top blanco de Donna Karan, pantalones entubados, botines Adidas con vivos azul pastel, cabello crespo y piercings en el vientre plano de 16 años, aunque flácido por la mala alimentación. Él, de camisa negra, lentes Versace de montura blanca, aretes Emporio Armani con brillantes, pantalón a juego, botines Jordan de charol negro y un corte de cabello low fade (el que usa Daddy Yankee). A excepción del calzado, todo es “pirata”.

Terminan el cigarro y caminan hacia la puerta. La chica de tenis Adidas paga el cover, 40 pesos por los dos, y el personal de seguridad lo revisa sólo a él. Dentro, la ceremonia de iniciación a la edad reproductiva está en su punto álgido: el baile consiste en movimientos afrocaribeños con frote pelvis-pelvis o nalgas-pelvis. “Ahora dame la pose más sensual que sepas, bebé”, ordena una voz con acento puertorriqueño.

Adidas es elástica, se agacha y apoya las manos en el piso, mientras menea sus glúteos empalmados en el regazo de Jordan, simulando el coito, en un significado literal del término “perreo”. La aproximación genital es el fundamento de la parafernalia, donde la mezclilla y el poliéster sirven como barrera al contacto real. Pasada la media noche, Adidas Jordan se mueven en cámara lenta. Quizás la pesadez de los vapores de tolueno le marque a la pareja un ritmo más propio del danzón que del reguetón esquizofrénico que sale de las bocinas.

Bandas de menores de edad adoptaron el “moneo” y el reguetón para reforzar su identidad. Uva Cangris es una de esas bandas, la más notoria de la Ciudad de México, creada hace cuatro años en Tepito. Su principal herramienta de expansión es la red social Hi5, donde ya contabiliza a mil 346 miembros.

No se vende activo dentro del salón Las Perlas: “Quien sea sorprendido moneando será remitido a las autoridades”, dice un cartón a la entrada del sanitario, y otro agrega: “Por monos, monas y monitos, no hay papel en los bañitos”. El Compi, microbusero, abrió este salón para fiestas familiares y después se le ocurrió organizar “perreos” para completar el gasto familiar. Cuenta que empezó volanteando en secundarias de la zona y luego la popularidad fue su mejor voceador. Aclara que no tiene ninguna relación con la tlapalería que le vende el activo a los niños, y que no le gusta que “moneen” en su salón porque sabe bien que los que lo hacen no consumen gomichelas —cervezas dulces— que, junto con la venta de botanas y el cover, son su único ingreso de fin de semana. Sin embargo, El Compi asegura que los que “monean” son los que “perrean”, y por lo tanto, son los que ponen el ambiente. El Compi aceptó platicar con la condición de que su nombre, junto con el del Dj y el del salón, fueran cambiados.

 

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En el Distrito Federal, los inhaladores de solventes superaron en 2010 al número de consumidores de cocaína. Los menores de edad involucrados suman alrededor de 500 mil, según datos de la más reciente Encuesta Nacional del Consejo Nacional contra las Adicciones. Pero la cifra excluye a todos los consumidores que viven en la indigencia, pues el muestreo se llevó a cabo únicamente en viviendas.

Eduardo Santillán, jefe delegacional de Álvaro Obregón, hace énfasis en la necesidad de que la venta de solventes a menores de edad se equipare al narcomenudeo. Y es que la Ley General de Salud establece sanciones administrativas para los establecimientos que vendan o utilicen sustancias inhalables con fines psicotrópicos, pero el problema es que dichas sustancias tienen decenas de usos industriales y no se puede prohibir su venta. Por ello Santillán emprendió la campaña “Cero perreos”; piensa que censurar las fiestas de reguetón es una forma eficaz de evitar que los jóvenes se acerquen a los inhalables y que los menores sean propensos a toqueteos por parte de adultos y jóvenes abusivos. “Sin activo no hay perreo”, argumenta.

¿Significa esto que el ritmo costarricense de Don Omar es el culpable de que los jóvenes sientan ganas de respirar tolueno? El doctor en Psicología, maestro en Neurobiología y profesor de la Escuela Nacional de Música, Enrique Octavio Flores, es determinante cuando dice que “la música no es el problema; de hecho, es una solución. Es una vía adecuada de liberación de las presiones”. Pero el musicólogo explica una posible relación entre droga y música: “El tolueno es un depresor del sistema nervioso, pero si se incluye el elemento musical, el factor puede conducir hacia fantasías dentro de un estado soporoso, donde la música movería los ideales que sugieren los cantantes de reguetón. A pesar del tolueno, las conexiones neuronales funcionan, aunque de manera lenta, y forman un flujo de pensamiento que puede producir la catarsis de alguna presión psíquica”.

Las viejas canciones de bandas marginales de rock como Hazel y José Luís DF ilustran la vida en las esquinas y alcantarillas donde los niños inhalan limpiador de PVC: Jardines oxidados en el camino,/ paraísos formados por el activo./ Unos cuantos tiliches lleva colgando,/ en su mano una mona inhalando./ Sólo una lata de activo la acompaña en al camino inhalando amor,/ alucinando que nada es cierto, que son sólo sueños que están llenos de dolor.

 

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En los años setenta los inhalables eran las drogas más consumidas por la población mexicana, pero el incremento del número de usuarios de marihuana en los ochenta y de cocaína en los noventa relegaron el consumo de solventes a la tercera posición, y pasaron a ser conocidos como “droga de la pobreza”: “Las encuestas entre escolares realizadas en la década de los setenta indicaban que el abuso de inhalables era propio de las clases más desfavorecidas de la población; sin embargo, para 1984 el índice de usuarios mostraba ya cifras similares en escuelas ubicadas en zonas con diferentes niveles de servicios y de características de ingreso y empleo de sus habitantes”.

Desde el 2009, la institución Centros de Integración Juvenil (CIJ), que tiene el panorama más amplio del consumo de drogas entre adolescentes, posiciona a los inhalables como la segunda droga de más uso entre sus pacientes de primer ingreso a tratamiento. La subjefa del Departamento de Consulta Externa de los CIJ, Marcela Ruelas, indica que en la mayoría de los casos los solventes son la primera etapa en el consumo de drogas, y que a largo plazo la adicción a los inhalables genera problemas de salud muy severos e irreversibles (sordera, ceguera, problemas respiratorios). “Es por eso que cuando los jóvenes conocen una droga con la cual pueden tener los mismos placeres sin las incomodidades de los inhalables (ojos rojos, escurrimiento nasal y problemas del habla), abandonan la ‘mona’ de inmediato”.

Pero, por su bajo costo y amplia disponibilidad, el consumo de inhalables se da incluso antes que el del tabaco y el alcohol; ya desde 1998 el mayor número de consumidores de solventes cursaba la secundaria y alrededor de las dos terceras partes de los usuarios de inhalables (87 por ciento) se habían iniciado antes de los 20 años de edad. Este consumo ocurrió en 63 por ciento de los fumadores de marihuana y en 38 por ciento de las personas que reportaron haber experimentado con cocaína, según datos del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente (INPRF). Sin embargo, hay sólo una campaña nacional realizada por los CIJ para prevenir el consumo de inhalables, titulada “La mona no es como la pintan”.

 

 

De acuerdo con información publicada en la revista Salud Mental, del INPRF, como otras drogas de abuso (opio, cocaína, anfetaminas, nicotina, cannabis y el alcohol), la inhalación de tolueno activa las áreas del cerebro relacionadas con las sensaciones placenteras, por lo tanto altera la conducta de las personas y genera el deseo compulsivo de su ingestión. Un dato fundamental para entender por qué existe la preferencia del tolueno frente a otras drogas, es la intensidad de los efectos; para algunos receptores cerebrales, beber el alcohol que contiene una botella de ron produciría entre 10 y 100 veces menos desinhibición que inhalar la misma concentración de tolueno. “Parece ser que el tolueno es mucho más potente que el etanol”, sugiere el artículo científico publicado en esa publicación, aunque el tolueno tiene un mecanismo de acción muy similar al del alcohol de las bebidas embriagantes.

Por otro lado, el investigador Daniel P. Eisenberg, del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, considera que el tolueno es una de las de las drogas menos comprendidas, ya que para explicar sus efectos es necesario aclarar que no sólo estimula los neurotransmisores relacionados con el placer (la dopamina, por ejemplo), sino que hay pruebas que documentan sus efectos ansiolíticos. Es decir, el tolueno es, al mismo tiempo, generador de euforia y tranquilizante para el sistema nervioso central. “Las descripciones de los efectos agudos en los consumidores de tolueno incluyen inicial hilaridad, euforia e irritabilidad, seguidos por el aumento de relajación y el letargo que puede progresar hasta el coma y la muerte”, describe Eisenberg. “El tolueno induce un efecto de excitación en dosis muy bajas, pero provoca un efecto depresivo a medida que aumenta la dosis”. Estos síntomas se invierten durante exposiciones prolongadas, y lo único que es más o menos claro es que la inhalación del tolueno, un disolvente que se suministra directamente a un órgano rico en grasas como es el cerebro, produce un efecto equivalente a verter jabón sobre un sartén con grasa: los neurotransmisores se diluyen. De allí el daño cerebral que ocasiona.

 

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Durante los últimos tres años, Tania S. fue todos los viernes y sábados a las fiestas de reguetón en la colonia Santo Domingo, en la delegación Coyoacán. Eso significa que ha bailado en unos 312 “perreos”. Utilizó para drogarse unos 10 litros de solvente a la semana, mil 560 litros en sus tres años de adicción, lo suficiente para llenar 78 cubetas de pintura.

Mara, su hermana, tenía 16 años en ese entonces. A ella le repugnaba el olor a solvente hasta que Tania compró medio kilo de fresas en el mercado de La Bola, las batió en la licuadora de la cocina y las mezcló con el activo. Eso cambió la actitud de Mara, del mismo modo en que muchos niños son enganchados por dealers que combinan jarabes artificiales de vainilla, chocolate y nuez con la droga. Tras reventar el año escolar las hermanas hicieron del activo su estilo de vida, inhalando un litro de limpiador de PVC en 24 horas. Cuando necesitaron un solvente con más concentración, dejaron las latas amarillas de limpiador de 25 pesos que compraban en tlapalerías, y Mara atravesaba la ciudad para visitar una vecindad de la colonia Morelos, en el litoral de Tepito, hasta entonces el punto de venta de tolueno más popular entre los jóvenes. Entraba a una casa habitación (“Qué transa, bandita, véndeme un litro, bandita”, era el saludo), pagaba sus 80 pesos y emprendía el regreso de una hora a Coyoacán. Dos o tres veces por semana iba en busca del tolueno, mirando con recelo el módulo de policía ubicado a 200 metros de allí.

Al tercer año de adicción Mara golpeó por primera vez a su mamá, abandonó la preparatoria que su familia le pagaba y comenzó a tener problemas con la memoria. La taquicardia fue su única constante, aunque ya entonces sabía que la inhalación de solventes podía provocar arritmias fatales, conocidas como muerte súbita por inhalación. Hoy Mara y su hermana comparten una habitación en un centro de internamiento contra las adicciones. Ambas sonríen cuando recuerdan los fines de semana de fiesta. Este es su tercer intento por rehabilitarse.

 

 

El área petroquímica de Petróleos Mexicanos (Pemex Petroquímica) tiene el monopolio de la producción e importación de tolueno y otros materiales orgánicos para una gran variedad de usos industriales. El tolueno es el material con mayor concentración en los tíneres. Según el doctor Arturo Ortiz, del Instituto Nacional de Psiquiatría, la concentración de tolueno que se vende en las vecindades va de 90 a 95 por ciento; “es una bomba para los niños”, asegura el especialista.

El tolueno se procesa en el complejo petroquímico La Cangrejera, en Coatzacoalcos, Veracruz, donde en 2009 se produjeron, además de otros productos, 139 mil toneladas de este material a un precio promedio de 10 mil 848 pesos 80 centavos por tonelada. Un kilo vale menos de 11 pesos, y una “mona”, considerando el costo del papel, menos de 50 centavos.

La pregunta de cómo llega a las vecindades todavía no tiene respuesta, aunque la venta de tolueno casi puro en tlapalerías está documentada desde 1988.

Sólo se conoce un intento de robo de este producto a Pemex, cuando en 2010 un grupo de 15 sujetos fue detenido mientras vaciaba una pipa con 37 mil litros de tolueno en el Estado de México.

 

 

Publicado originalmente en M Semanal
twitter.com/perezpablo212

 

 

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    [...] Así arranca una crónica firmada por Pablo Pérez Ángeles desde México. Se lee completa por acá. Share this:ImprimirCorreo electrónicoTwitterMásFacebookMe gusta:Me gustaBe the first to like [...]

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