El gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia han anunciado a principios de este mes (septiembre de 2012) la apertura de un inesperado proceso de diálogo con el objetivo de llegar al fin de una guerra que ha durado décadas. Mientras se espera su desarrollo y continúan los enfrentamientos armados, he aquí dos textos que recuerdan los dolores y las esperanzas de sus víctimas.
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Una luz para los secuestrados, por ALBERTO SALCEDO RAMOS
Por un lado están quienes consideran que las Farc utilizan las liberaciones de los secuestrados para montar “un show mediático absurdo” con intenciones políticas. Citan el caso del concejal huilense Armando Acuña, quien regresó a la libertad ataviado con un traje de paño y una corbata de seda, como si no estuviera saliendo de la selva tras padecer un secuestro terrible sino volviendo de un centro de convenciones tras asistir a un banquete elegante.
Quienes piensan así también reprochan el hecho de que las Farc dejen transcurrir tanto tiempo entre el anuncio de las liberaciones y las liberaciones mismas, con el fin evidente de alargar la vida útil del tema en la agenda noticiosa de los medios. Al manipular de ese modo las liberaciones, los guerrilleros descansan del acoso del Ejército y además obtienen dividendos políticos, sobre todo frente al reducido segmento de la comunidad internacional que aún los ve, ingenuamente, como redentores de nuestro país. Lo que en principio debería ser un simple deber – dejar en libertad a unos seres que llevan meses o años cautivos en condiciones infrahumanas – es presentado como si fuera un acto generoso que la humanidad tuviera que agradecerles con una salva de aplausos. El colmo de tales abusos se registró en febrero de 2011, cuando apenas soltaron a uno de los tres secuestrados a los que iban a dejar libres. El haber entregado mal las coordenadas fue interpretado por gran parte de la sociedad como una burla inadmisible.
Por el otro lado, muchas personas – no necesariamente críticas del gobierno – estiman que el “show mediático” de las Farc es
secundario si se lo compara con los beneficios que se derivan de las liberaciones, así éstas sean a cuentagotas: las víctimas recuperan su vida digna, los familiares encuentran la luz al final del túnel, el país se consuela un poco. Ciertamente, la principal responsabilidad de los secuestros le corresponde a la guerrilla que los comete, pero el Estado también tiene su parte por la incapacidad de proteger, como lo establece la Constitución Nacional, a sus ciudadanos. Pese a sus éxitos contra la guerrilla, el gobierno no ha encontrado la manera de evitar los secuestros ni de garantizar el regreso a la libertad de todas las víctimas de este flagelo. En tales circunstancias resultaría injusto que se opusiera a las liberaciones, por muy enojoso que sea el manoseo de las Farc.
El acuerdo que gobierno y Farc negocian en este momento es una esperanza para los secuestrados, aunque de ellos se hablado hasta ahora mucho menos que de las implicaciones políticas de la negociación.
No se sabe exactamente cuántos secuestrados permanecen hoy en la selva. Algunos dicen que casi mil, otros que trescientos, y así. Una vez rescatada Ingrid Betancourt, que para las dos partes del conflicto y para la Unión Europea era la joya de la corona, los cautivos de la guerrilla pasaron a segundo plano. Muchos de ellos llevan años pudriéndose en la manigua. No cuentan ya para nosotros como seres de carne y hueso sino tan solo como meras fotografías de mosaico. Su desgracia no consiste solamente en haber caído en manos de la guerrilla más antigua del mundo, sino también en estar regidos por un Estado que siempre los excluyó, y en pertenecer a un país indolente y dememoriado.
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El río de las luces, por ALBERTO SALCEDO RAMOS
Esa noche los habitantes del barrio Las Riberas del Jui, perteneciente al pueblo de Tierralta, en Córdoba, acudieron al río Sinú para honrar mediante un acto simbólico a los mártires de la violencia. El punto de encuentro era un sitio conocido como “El Banquito”, donde en el pasado reciente los escuadrones paramilitares conducían a sus víctimas antes de asesinarlas.
Desde cuando se asentaron en Tierralta como desplazados, los pobladores de Las Riberas del Jui no habían ido a ese barranco contiguo al río. Lo eludían porque lo consideraban asociado a la infamia y al dolor. Pero aquella noche de octubre de 2010, gracias a los consejos que recibieron durante sus acompañamientos sicosociales, decidieron cambiar el enfoque: el río Sinú estuvo ahí desde siempre y no fue aliado sino víctima de los verdugos. Ciertamente, en el periodo más crítico del conflicto armado los distintos grupos al margen de la ley lo utilizaron como vertedero de cadáveres. Pero no hay que olvidar que para los indígenas zenúes este dios tutelar nunca fue un emblema de muerte sino de vida: propicia la armonía entre los hombres y el Universo, irriga las praderas. De modo que la jornada alegórica pretendía desagraviar al río y rendirle tributo a la memoria de los difuntos.
Todos los asistentes a la cita tenían una historia triste que contar. Olga Lucía, por ejemplo, se había venido huyendo del caserío de Baltazar, donde las balas criminales asesinaban diariamente a varios de sus paisanos. Omar fue desplazado de Saiza por los paramilitares y de Batata por los guerrilleros. Arrancados en forma brutal de sus terruños, arruinados de la noche a la mañana, convertidos en parias por la irracionalidad de los grupos armados, finalmente encontraron un lugar donde establecerse. Al principio se situaron en el parque principal de Tierralta, dentro de cobertizos improvisados con plásticos. Comían gracias a la caridad pública, dormían sobre cartones.
Después de muchas penurias fueron reubicados en un lote baldío de las afueras del pueblo, a orillas de la Quebrada del Jui. Allí construyeron sus viviendas con materiales de poco valor: retazos de madera, saldos de palma, restos de alambre. En este lugar se encuentran a salvo de los bárbaros que en el pasado los acosaron, pero no de los estragos de las lluvias: en los once años que llevan asentados en el barrio han padecido muchas inundaciones.
Aquella noche de octubre cada aldeano llevó a la cita una pequeña canoa de madera. Cuando todos estuvieron reunidos en “El Banquito”, se celebró una eucaristía. Algunas víctimas fueron recordadas con sus nombres propios. El oficiante de la ceremonia religiosa dijo que el perdón no se otorga por cortesía sino como resultado de un paciente proceso espiritual. Hubo cánticos, ronda de testimonios. Los pobladores colocaron en cada canoa una vela encendida, una flor y una fotografía del ser querido inmolado en la guerra. A continuación lanzaron las embarcaciones al agua. Y permanecieron un rato más en el barranco, viendo cómo el río negro de sus pesadillas, transformado por la compasión en un torrente luminoso, recuperaba de golpe su pureza original.




September 12th, 2012 → 4:00 am @ elpuercoespín
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