Kirguistán: el pastor que sueña con París, por Daniel Burgui Iguzkiza

4 septiembre, 2012

Kuban trata de convencerme de que es descendiente directo de Ormon Khan (1790 -1855), un caudillo local que gobernó a las tribus del país durante el imperio ruso. “Yo soy de raza mongoloide, ¿no lo ves?”, me dice. “Mira, mira”, me insiste entre risas mientras achina el gesto y se estira con los dedos hacia atrás la comisura de los ojos. Nos reímos juntos, a carcajadas, porque yo soy incapaz de distinguir mongoloides, chinoides o dunganos. Kirguistán es un país ecléctico y mestizo de razas, etnias y pasaportes. Una pieza más del caído mapa de la URSS. Pero lo más exuberante en casa de Kuban, sin duda, esta vez soy yo.

Kuban Kurmanbekovich y Elnura Almasbekova Namasalieva, ambos de 32 años, viven con sus tres hijos: Arsen, de 5 años, Adelina, de 3, y el pequeño Esen que apenas gatea con un año, a sólo tres horas de la capital del país, Bishkek. Pero son tres horas que se hacen eternas serpenteando por valles, quebradas y montañas que parecen el patio de juegos de unos gigantes, en Talastán.

Talastán era el nombre de un café de carretera que en tiempos soviéticos caía en mitad de ninguna parte, al pie de tremendas montañas de 4.500 metros como el Ukok, en uno de los hijastros de la cordillera del Tian Shan kirguiso, ‘Las montañas celestes’ que cercenan abruptamente la frontera con China y el Pamir tayiko y afgano. Ahora Talastán da nombre a un arrejuntamiento de cuatro casitas y chozas de pastores a las fueras de Kochkor, el pueblo de 10.000 habitantes con nombre de “cabrón” en lengua kirguís. El macho cabrío, se entiende. Algunos kirguisos de pueblos vecinos toman el pelo a los habitantes de Kochkor diciéndoles que huelen igual que el nombre de su pueblo: a oveja vieja.

La casa de Kuban está en la nada. Durante la noche, el sueño de la familia sólo se rompe muy de vez en cuando con la ruidera de algún camión despistado que regresa de China o Tayikistán pisando el acelerador y haciendo bailar toda la mercancía, botando y estampando los neumáticos contra el asfalto desquebrajado de la diminuta carretera que pasa al lado de la casa de Kuban.

Ese tráfico nocturno y misterioso de furgones cruzando carreteras comarcales, costrosas y mal embreadas hace cuestionarse cuál será la mercancía con la que cargan. Es mejor imaginar que son zapatillas, electrodomésticos o ropa china de imitación y no opio afgano que cruza las repúblicas centroasiáticas, camino de Rusia y Europa, para convertirse en heroína. Van y vienen a toda velocidad por la noche.

El rebufo y el estrépito zarandean la vivienda, como un terremoto. El resto de los sonidos que se cuelan en la casa hasta el alba son los ladridos nerviosos de algún chucho o algún caballo que parece que está escondido, relinchando, debajo de las sábanas. Cierra el concierto el quiquiriquí mañanero del gallo.

Hacia las 8, Kuban abre un ojo, remolonea y comienza el día unos minutos más tarde. Casi una hora antes, Elnura, su mujer, ha sido la primera en desperezarse y ha traído desde un riachuelo que corre junto a la carretera dos cubos de agua. En casa no hay agua corriente. Aún en marzo, una placa de hielo de cuarenta centímetros de grosor cubría parte del arroyo, como una losa de mármol sucio.

El mercurio ha caído hasta los 11 grados bajo cero durante la noche; por suerte, el día ha amanecido soleado y templado. El ritual matutino comienza cuando Elnura carga con un puñado de bostas resecas de vaca y las introduce en el pequeño hogar de hierro que preside el recibidor de la casa. Aviva el fuego casi consumido y pone a hervir dos teteras. Para entonces Arsen, el mayor de los hijos, ya estaba rondando la casa en calzoncillos y camiseta. El resto de la familia está durmiendo en el salón, todos juntos.

Kirguistán: el pastor que sueña con París, por Daniel Burgui Iguzkiza

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Kirguistán: el pastor que sueña con París, por Daniel Burgui Iguzkiza

A las diez llega la hora del desayuno. Elnura ha cogido los huevos y otros productos para cocinar de un almacén que hay en el exterior junto a la vivienda. Muchos kirguisos, incluso en la ciudad, prefieren guardar los alimentos al fresco del balcón que en la refrigeradora durante el invierno. La temperatura lo permite, pero en verano Kirguistán fácilmente se recalienta a 30 y muchos grados centígrados. Pregunto inocentemente qué hacen en verano sin nevera. “¿Frigorífico? ¿Qué frigorífico? ¡No lo necesitamos!”, contesta, entre risas, Elnura.

Sólo viven en esta casa seis meses al año. “En verano vamos al jailoo –pasto de altura- y allí hace frío también. Los nómadas no usamos frigo”, dice, severa.

Los kazakos y los mongoles son nómadas horizontales, vagabundean kilómetros y kilómetros por las llanuras de la estepa o la taiga. Los kirguisos, en cambio, prefieren la verticalidad, ascienden y descienden montañas. Geográficamente, este es un país faquir, duerme sobre una cama de pinchos: el 80% de la superficie nacional son picos. Montañas puntiagudas y salvajes que sólo los caballos y los kirguisos han sabido domar.

Durante el invierno, pastores como Kuban descienden al llano, a casas sencillas como esta. Y en abril, cuando la nieve se derrita en las montañas y los pastos verdeen, Kuban y toda su prole se trasladará a un jailoo, un prado a 2.700 metros de altitud. Pasarán dos meses con el rebaño y en junio subirán un poco más, a otro pasto a 4.300 metros, donde montarán una yurta, una especie de jaima o tienda de campaña circular fabricada con fieltro de oveja. Es la vivienda tradicional kirguisa. A esas altitudes, aun en agosto, los vientos son heladores y el frío considerable. Así que la carne nunca se echa a perder sin frigo. Luego descenderán otros dos meses al primer pasto y, finalmente, en noviembre, fondearán en esta casa donde ahora están. Así es el nomadeo vertical y la ausencia de refrigeradora.

Algunos kirguisos sólo usan yurtas en las montañas, Kuban ha construido una pequeña cabaña en el jailoo más bajo. Pero allí no hay ni agua y tampoco electricidad, ni tele ni radio. “Sólo tenemos un candil y una caldera”, me advierte. “Compré una placa solar, me costó 25.000 soms –la moneda local-, casi el sueldo de un mes y al poco tiempo se estropeó. Así que ahora, nada”. Y justifica la estafa: “Es que estaba fabricada en China”.

En Kirguistán, si algo es barato y malo, es chino; si es viejo, feo, pero fiable, se justifica diciendo que es soviético; y si es bonito y caro, probablemente sea turco.

Seis meses sin ni siquiera un transistor es mucho tiempo. Elnura se dedica a coser alfombras, curtir pieles y Kuban lee. “Me gusta mucho la historia. Me llevo libros, y cuanto más gordos, mejor”, dice Kuban. Y de pronto se le ilumina la cara: “España está cerca de Córcega, ¿verdad?”. Y prosigue, envalentonado tras mi ligero asentimiento de cabeza: “Me leí muchos tomos sobre la vida de Napoléon. Él nació allí, en Córcega”. Empieza a relatarme las andanzas de Bonaparte, sus amores y cómo escapó de la isla de Elba, el gobierno de los 100 días y otras hazañas afrancesadas que, escuchadas en las montañas centroasiáticas, resultan terriblemente exóticas. Y confiesa entonces su debilidad: que su hija se llama Adelina porque leyó el nombre en uno de esos libros –Adelina Josefina. “Es bonito, y además le vendrá bien ese nombre: quiero que vaya a estudiar a Europa. Le será más fácil”, dice.

Kuban quiere su hija sea médica o abogada, que viva en Francia. Podrían parecer ensoñaciones de pastor, pero Kuban es un tipo afilado y negociante. Estudió Ingeniería Agrónoma en la Universidad de Bishkek y allí conoció a su esposa, que, aunque ahora se dedica a la granja y a ordeñar animales, estudió Ciencias Económicas. “En tiempos soviéticos, todos podíamos estudiar en la universidad”, relata Elnura.

Hay una vieja cantaleta en voz de casi todos los kirguises, que en ruso suena así :“Na sovietsky bremia…” y viene ser, traducido, ese mismo quejido nostálgico que clama “en tiempos soviéticos….” y sirve siempre para rememorar algunos de los asuntos que en tiempos de la URSS funcionaban bien. Los otros tantos que no funcionaban es mejor obviarlos. Se lo he oído a profesores, estudiantes, policías, taxistas, ancianas, políticas… a todo tipo de personas, cada uno con su particular morriña.

Un chófer refunfuña en todos los baches de la carretera y me dice: “En tiempos soviéticos, esto no pasaba. Estas calles, hace 20 años que no se arreglan, qué vergüenza”. Y es verdad, hace dos décadas que no las arreglan, desde que cayó la hoz y el martillo. Se rompe el grifo en una casa y lo dicen: “En tiempos soviéticos, las cosas se hacían para durar”. “En tiempos de la URSS se recogían las basuras, se reciclaba, se cuidaban los parques, había jardineros, había patrullas…”, se quejan las señoras de un barrio residencial de Bishkek. “En tiempos soviéticos, la Policía no era tan corrupta, se perseguía a los delincuentes. Ahora pagas y quedas en libertad”, me dicen los padres de una chica que fue secuestrada. “En tiempos soviéticos, al menos sabías a quién tenías que sobornar. Ahora es un lío”, me comenta un pícaro estafador.

“Yo estudié gratis en la universidad y ahora mira mi hija, qué futuro”, me dice Kuban. Casi cualquier calamidad presente cabe en el colapso de la Unión Soviética. Desde un suspenso en matemáticas o un fracaso sexual, casi todo puede ser asuntgo de Gorbachov.

Bueno, todo menos lo de aquel periodista que conocí en Naryn, al sur del país, que me dijo que por primera vez en 30 años de profesión se sentía libre para escribir lo que quería. Era el año 2011, y el antiguo presidente, el déspota Bakiev, que gobernaba como otros de los tiranos de las repúblicas vecinas, había sido derrocado hacía un año por una revuelta pacífica que terminó en tragedia, con varias decenas de muertos por la represión del propio Gobierno. Este periodista de 50 años por fin respiraba tranquilo: “En la URSS no podías escribir libre, escribías lo que te decían que tenías que escribir, pero cuando terminó aquello aún fue peor, porque después ni siquiera sabías qué podías y qué no podías escribir…” . Bakiev relevó, a su vez, por vía de otra protesta, a Akayev, el anterior presidente, que acusaba nepotismo también. “Antes, todo eran amenazas. Ahora creo que por primera vez puedo escribir lo que deseo”, explicaba el maduro reportero.

Mientras todo eso ocurre, Kuban se dedica a ahorrar dinero, céntimo a céntimo. Además de pastor, es taxista. A media mañana, habitualmente, Kuban va Kochkor a vociferar, incansable, el nombre de la capital: “Bishkek, Bishkek, Bishkek”, y engatusar a posibles clientes y montarlos en su coche. De lunes a domingo trabaja como chófer hasta la capital y vuelta –6 horas. Mientras, Elnura enciende en la tele un maratón de dibujos animados en DVD: los niños no irán a la escuela hasta que tengan seis años, así que está todo el día con ellos en casa. Antes podían ver la televisión, pero la pequeña Adelina destrozó jugando una pequeña antena que tenían en el corral y les conectaba con el mundo exterior.

Al caer la tarde, los niños se entretienen jugando con los vecinos. Hay un puñado de niños más alrededor, a pesar de que tan sólo hay tres casetas próximas y una de ellas está habitada por los padres de Kuban. Los pequeños se dedican a espantar el ganado, tirar piedras al río y revolcarse en la tierra. Kuban sestea un poco, mientras Elnura cruza al patio de la vecina, una joven que contrajo matrimonio mediante secuestro con su actual marido, otro pastor. Aunque las bodas por secuestro se revisten de cierta tradición en Kirguistán, Kuban es tajante: “Eso ni es una tradición, ni es nada. Yo me casé por amor y quiero que a mi hija la respeten”. En la vivienda contigua, Elnura recoge un pequeño horno para hacer pan, lo comparte y se lo turna con su vecina y única amiga en este páramo.

Hacia las 18 horas, ya casi es de noche; el olor a pan impregna toda la pequeña casa, que apenas es una estancia, un cubo de cemento. Es hora de cenar: gallina vieja con papatas, muy bien condimentada. Kuban me dibuja en un papel cuántas ovejas tiene y cuántos más rebaños pastorea por encargo, cuánto dinero obtiene con el taxi, y me relata que pasado mañana vendrá un dungano (musulmán de origen chino) a comprar a él y a su hermano varios cientos kilos de patatas. Me advierte: “¡Son buenos negociantes, ya verás!”. En realidad, está preocupado por cuánto tendrá que pelear el precio de las papas. Luego, el dungano en cuestión las trasladará en camión hasta Kazajistán o hasta la frontera para venderlas a mayor precio.

Los nómadas no usan frigo, pero sí calculadora. Kuban no deja de hacer cuentas. “¿Sabes? Quiero comprar un apartamento en Bishkek”, me dice. “¿Para ti? ¿Te quieres marchas a la ciudad?”, increpo, extrañado de que pretenda abandonar el nomadismo. “No, no, para mis hijos, para cuando sean  mayores. Quiero que estudien y vivan bien”, dice, contundente, mientras masca la gallina vieja y me hace señas con el hueso con salsa en la mano.

* * *

Daniel Burgui Iguzkiza (Pamplona-Iruñea, 1985) es periodista y fotógrafo. Viaja por el mundo retratando países, pueblos, situaciones: la crisis política de Islandia, la hambruna en Somalia, el crack económico en Europa, manifestaciones contra el G-20, secuestros de mujeres en Asia Central, los campamentos de refugiados en el Sahara Occidental o los niños mineros de Bolivia. Aqui y aquí, sus anteriores historias en el puercoespín.

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