
Se está volviendo claro que el régimen de Assad, en Siria, ha adoptado una estrategia de guerra total para evitar el colapso. Si las afirmaciones de los activistas de la oposición son verdaderas, las ejecuciones en masa del último fin de semana de unos cuatrocientos presuntos rebeldes y civiles, incluyendo niños, por fuerzas del régimen en la ciudad de Daraya, cerca de Damasco, fue la mayor masacre ocurrida en dieciocho meses de conflicto. No hay razón para creer que será la última. En este tipo de guerra, no se trata de ganar las voluntades. Es al modo clásico: no se intenta vencer a los enemigos y sus parientes; se los mata.
Si el régimen alguna vez usó guantes en su respuesta al levantamiento, definitivamente ahora se los quitó. En verdad, todo lo que rodea a la carnicería de Siria ha adquirido una cualidad exponencial, incluyendo la cantidad de muertes, que debe estar acercándose con rapidez a las 21.000. Según los reportes, cada día mueren unas doscientas personas, en su mayoría civiles y el doble que en junio. Hasta Daraya, la marca más alta del horror era la masacre del 25 de mayo de ciento ocho civiles en la ciudad de Hula. La nueva marca es cuatro veces superior.
Lo que ocurrió en Daraya sigue un patrón que se está volviendo aterradoramente rutinario. El sábado pasado, después de un abrasador bombardeo de cinco días, las fuerzas del Ejército sirio entraron en Daraya y condujeron una operación de “limpieza”. Lo que ocurrió allí sólo puede ser imaginado, pero los resultados son visibles en videos de YouTube que han sido subidos a la red por activistas en los días posteriores: cientos de cuerpos apilados adentro de casas, sótanos y una mezquita. Muchos de los cuerpos pertenecían a jóvenes en edad de combatir, pero había niños y al menos un bebé. Muchas de las víctimas, como en muchos otros vertederos de cadáveres que aparecieron en los alrededores de Damasco en las últimas semanas, portan las elocuentes señales de balazos en la cabeza y disparos a quemarropa, como en una ejecución.
Hasta febrero (de 2012), cuando el floreciente conflicto se concentraba en la ciudad de Homs, las tácticas de batalla del régimen consistían, ante todo, en acordonar y devastar las áreas rebeldes con howitzers y tanques, y, donde podía, con la clase de terror individual que era capaz de infligir a civiles vulnerables mediante matones paramilitares, la shabiha. Fue la shabiha, trabajando en tándem con unidades del Ejército, la que perpetró la masacre de Hula.
Pero durante la primavera (boreal) y con el caos hemorrágico del largo sitio de Homs –y los asaltos contra Hama y otras ciudades–, el régimen comenzó lo que se ha vuelto una escalada sostenida del conflicto, introduciendo en el campo de batalla sus helicópteros artillados rusos. Aunque indudablemente implicaba un rápido aumento de las bajas civiles, no representó un límite intolerable para los políticos occidentales que se retorcían en dudas y que habían permitido ya que los fútiles esfuerzos diplomáticos de Kofi Annan sustituyeran a una acción concertada de sus gobiernos. Y tampoco fue un límite la matanza de Hula.
Así que el régimen se sintió libre de comenzar otra escalada después del espectacular atentado rebelde del 18 de julio (de 2012) contra un edificio de inteligencia en Damasco, en el cual murieron cuatro de los altos consejeros de seguridad de Assad. Ese golpe –acompañado por audaces ataques rebeldes en el corazón de Damasco y Alepo, donde el combate ha proseguido desde entonces— ha sido replicado por el régimen con la introducción de los cazas. La aparición inicial de un único MiG sobre Alepo en la última semana de julio (de 2012) fue seguida por ataques aéreos cotidianos contra las posiciones rebeldes y contra blancos civiles: hospitales donde se atiende a los heridos, panaderías donde los sirios hacen cola para comprar el pan de la mañana y barrios civiles donde viven las familias de los rebeldes.
Es una táctica cruel, tan vieja como la guerra misma, convertir en blanco a las casas de los guerreros enemigos para debilitarlos en el campo de batalla. Pero la oleada de refugiados civiles que huyen hacia la vecina Turquía desde que los ataques aéreos comenzaron con furia dos semanas atrás es testimonio de su brutal eficacia, especialmente cuando están equipados, como se ha dado aquí, con un desaforado poder de combate.
Allí donde el régimen todavía tiene suficientes tropas de tierra y la capacidad de desplegarlas como escuadrones de la muerte en barrios elegidos, lo hace, usualmente después de abrasadores bombardeos y ataques con artillería. Esto parece ser lo que ocurrió en Daraya, que ha sido identificado como bastión rebelde y al que se le dio una lección por su empecinada resistencia.
Los volantes que están siendo arrojados sobre otros barrios de Damasco llevan mensajes que urgen a los rebeldes a que se entreguen o enfrenten una “muerte inevitable”. No se menciona en los volantes lo que ocurrió en Daraya; no hace falta.



September 2nd, 2012 → 8:01 am @ elpuercoespín
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