Quiénes son los rebeldes sirios, por Jon Lee Anderson

22 agosto, 2012

 

Pocas semanas atrás, en un cuartel rebelde cerca de Alepo, un oficial del Ejército Sirio Libre me mostró un mapa de una ofensiva. En papel y tinta, delineaba los distritos de la ciudad e identificaba a cada uno con una letra, lo que les permitía monitorear la expansión de su territorio. El oficial señaló los distritos C y B, y dijo: “Esos están liberados”. Señalando A, agregó: “Hace media hora, llegamos al centro de la ciudad, cerca de la Citadela” –la fortaleza medieval que asoma sobre una colina. Pregunté por el distrito D, un área más adentro de la ciudad. “Todavía no está en manos del ESL”, dijo sin hesitar. Otro mapa mostraba dónde se habían establecido los grupos rebeldes. “Este nos permite saber cuántos hay y dónde”, dijo, “y nos ayuda a decidir cuánta comida y medicina, y otras provisiones, enviar”. Sonrió ante la evidencia de la conquista y remató: “Es un buen sistema”.

Durante diecisiete meses, el presidente Bashar al-Assad ha mantenido una trituradora campaña contra los rebeldes, que ha matado a unos 20.000 de sus ciudadanos. Pero el mes pasado una espectacular serie de eventos replanteó el patrón de la guerra. El 18 de julio, los rebeldes bombardearon un cuartel de inteligencia del régimen en la capital, Damasco, matando a cuatro altos oficiales militares y de inteligencia. En la confusión, los rebeldes lanzaron grandes ataques, tomando barrios de Damasco por primera vez. Assad desapareció –provocando enloquecidos rumores de que había despachado a su familia a Moscú y había huido a la costa mediterránea—y decenas de miles de sirios se marcharon en pánico a países vecinos.

En los días siguientes, los rebeldes también irrumpieron en Alepo, la ciudad más grande de Siria y su centro comercial, presionando hasta los muros de la Ciudad Vieja –un laberinto de callejones y calles estrechas que contiene edificios antiguos, hoteles chic y una villa que pertenece al diseñador de zapatos Christian Louboutin, un favorito de la Primera Dama de Siria. La Vieja Ciudad de Alepo ha persistido durante cinco mil años, pero no hay garantías de que sobreviva a esta guerra. En 1982, cuando el padre de Assad, Hafez al-Assad, aplastó un levantamiento en la ciudad de Hama, unas 30.000 personas murieron y la ciudad vieja fue completamente arrasada.

Entré en Alepo en la mañana del 26 de julio (de 2012). Un contrataque del régimen era inminente: de acuerdo con los informes, Assad había despachado una gran columna blindada para retomar la ciudad y los rebeldes, al sur, estaban atacando a las tropas en un intento de lentificar su avance. En un aparente esfuerzo por asustar a cualquier civil que hubiera permanecido en los distritos en poder de los rebeldes, el régimen envió cazas MIG a sobrevolarlos, lanzar ondas supersónicas y bombas. En camino a la ciudad, ví que la mayoría del tráfico marchaba en la dirección contraria: pequeñas vans chinas repletas de personas y bienes, evacuando hacia ciudades y poblados del norte.

En el noreste de Alepo, donde los rebeldes habían atacado, las calles estaban sembradas de autobuses, automóviles y tanques calcinados. Los rebeldes tenían su base en el barrio Sheikh Najjar, en una escuela ubicada junto a una cancha de básquetbol cuyos muros estaban decorados con grandes retratos de Mickey Mouse y Bob Esponja. Era un día muy caluroso, y alguien había amontonado cajas de gaseosas de naranja. Los corredores y cuartos estaban llenos de combatientes que llevaban armas, guiaban a prisioneros maniatados y discutían sobre planes. Había pocos civiles a la vista.

El líder de la fuerza rebelde, una figura delgada y barbuda que se hacía llamar Haji Mara, declaró que él y sus hombres estaban listos para las fuerzas de Assad. “No nos preocupan”, me aseguró. El régimen todavía tenía tropas en el interior de la ciudad, pero eran demasiado débiles para contratacar, afirmó. El principal problema de los rebeldes eran los francotiradores y la shabiha, los paramilitares civiles que sirven como escuadrón de la muerte del régimen. La shabiha, cuyo nombre deriva de la palabra árabe para “fantasmas”, estuvo involucrada en algunas de las peores atrocidades del régimen, incluyendo la masacre del 25 de mayo en la ciudad de Hula, en la que 108 civiles fueron asesinados, en su mayoría mujeres y niños.

En Alepo, la shabiha estaba torturando y matado a todo rebelde que podía apresar. Pero Haji Mara parecía dispuesto a tolerarlos si no interferían con su causa. “Les hemos dicho que permanezcan en sus casas y, si tienen un arma, que la bajen”, dijo. “No tenemos disputa con ellos”. En un punto, un rebelde le pasó un teléfono celular, con un llamado de un oficial enemigo acorralado en una estación de policía que sus hombres asediaban.

En un tono cuidadosamente controlado, Haji Mara lo urgió a desertar. Separándose del auricular, susurró: “Tiene miedo del gobierno”. Dijo al oficial: “Nosotros somos el gobierno ahora. Si desertás, no serás castigado”.

Hubo una conmoción justo afuera de su oficina: golpes, un grito y el sonido de una pelea y de protestas enojadas. En un salón de clases al otro lado del pasillo, hombres armados vigilaban a un grupo de prisioneros que se hallaban sentados, con cara de susto, en los pupitres de los niños, mientras un hombre era golpeado frente a ellos. Pocos minutos después, fue conducido afuera: era un rebelde que había sido arrestado bajo sospecha de pertenecer a la shabiha. Aulló con rabia y miedo, y otro combatiente, un hombre fornido de barba, aulló en respuesta. Se formó un coro, mientra el barbudo golpeaba al acusado, que peleaba para defenderse. Al final, fue esposado y conducido afuera.

Haji Mara mostraba poca compasión por sus prisioneros. “Son ladrones, saqueadores y de la policía secreta”, dijo.

En Siria, donde el presidente ha bombardeado sus propias ciudades antes que dejar el poder, no debería escandalizar que sus oponentes hayan recurrido a la violencia. Desde el comienzo del conflicto, las fuerzas de seguridad de Assad han demostrado una extraordinaria capacidad para la crueldad. Las protestas contra el régimen comenzaron en forma pacífica y se tornaron violentas sólo después de que la policía disparó a los manifestantes y torturó a muerte a un grupo de adolescentes, cuyos cuerpos volvieron a sus familias ahuecados a cuchillo y, en algunos casos, castrados. Cuando Assad fue acusado de matar civiles, insistió en que las víctimas eran combatientes –hablando, como siempre, con el monocorde tono de un gerente de tienda que revela flacas cifras de venta.

Los rebeldes han evitado, por lo general, dañar a civiles, y muchos de los combatientes que conocí parecían seriamente preocupados por el destino de su país. Y, sin embargo, un creciente número de ellos están probando ser tan capaces para la crueldad con sus enemigos como el régimen –por el cual, claro, muchos de ellos han combatido hasta hace muy poco. El núcleo armado del Ejército Sirio Libre está compuesto en su mayoría de ex soldados, que se definen como “desertores” –en un momento disparando a manifestantes desarmados en nombre del régimen y al siguiente disparando a sus ex camaradas de armas.

Durante meses, políticos y comentaristas han debatido si Siria se encontraba en guerra civil. Hoy es innegable, pero no en el sentido de la frase en los manuales, con sus connotaciones de dos bandos prolijamentes opuestos –Yankees y Rebeldes alineándose en Antietam. En su lugar, la guerra abarca un sorprendente surtido de facciones. La mayoría de los rebeldes, como el 75 por ciento de los ciudadanos sirios, son árabes sunitas, mientras que el régimen de Assad está dominado por los alawitas, miembros de una rama chiíta que compone un 11 por ciento de la población. Pero el país también tienen cristianos de diversas sectas, kurdos, chiítas no alawitas, armenios, drusos, nómades beduinos e incluso algunos Roma. Cada grupo tiene sus propios intereses económicos y políticos y sus alianzas tradicionales, algunas de las cuales se solapan y otras entran en conflicto. Hay kurdos que son cercanos al régimen y otros que se oponen. Alrededor de las ciudades de Hama y Homs, los matones paramilitares del régimen son alawitas; en Alepo, sunitas a sueldo hacen, a menudo, el trabajo sucio.

Mientras que, hasta ahora, los Estados Unidos y Europa han decidido que el conflicto es demasiado complicado de resolver con una misión al estilo de Libia, la mayoría de los países de la región están tomando partido. Los Estados liderados por chiitas apoyan al gobierno. Tres semanas antes del atentado en Damasco, Assad emergió de su escondite para reunirse con el consejero de seguridad nacional iraní Saeed Jalili, quien dijo: “Irán nunca permitirá, de forma alguna, la ruptura del eje de resistencia”, una referencia a Siria, Irán y Hezbollah, la milicia chiita libanesa.

Del otro lado, los Estados sunitas respaldan a los rebeldes. Arabia Saudita y Qatar han provisto armas y efectivo. El primer ministro turco estableció discretamente un campamento base en la frontera para oficiales del régimen que se pasan al ESL y declaró que, si las fuerzas sirias se aproximan a ella, serán recibidas con disparos. Fuera del mundo musulmán, el conflicto ha sido no menos divisivo. China se ha alineado con Assad, y lo mismo Rusia, que tiene una base naval en Siria y un acuerdo de armamento en gran escala con el régimen. Los Estados Unidos están incuestionablemente del lado de los rebeldes. Según se ha informado, Obama firmó un “finding” (memorándum) secreto que les provee apoyo encubierto y la administración está trabajando a través de intermediarios, incluyendo a Turquía y los Estados del Golfo (Pérsico) para establecer un plan político para el futuro del país. Pero Obama y sus consejeros están preocupados porque el único objetivo que une a las muchas facciones rebeldes es el deseo de deponer a Assad. ¿Qué mantendrá unido al país después de que esa causa común desaparezca?

 

El campo agrícola al norte de Alepo es un mosaico de ciudades y poblados, cada uno alineado con su propia secta o etnia. Pero los sunitas dominan la región y durante el levantamiento de julio los rebeldes “liberaron” un número de ciudades allí. Una de ellas era Azas, una ciudad de treinta y cinco mil personas ubicada a pocas millas de la actual frontera con Turquía. Durante mil años, Azaz ha sido una puerta hacia Alepo y escenario para aspirantes a conquistadores. En 1030, fue el sito de una batalla central entre las fuerzas del emperador de Bizancio y las de Midasid, los gobernantes dinásticos de la provincia. Los restos de un fuerte de la Edad de Bronce se alzan, de manera incongruente, en el centro de la ciudad.

Llegué a Azaz dos días después de que los rebeldes tomaran el poder, y había señales de combate reciente por todas partes. Las tiendas estaban cerradas y las calles, vacías; las líneas eléctricas colgaban de los postes; las casas estaban salpicadas de huecos de balas y aplastadas por munición de morteros. Un puñado de rebeldes armados se hallaba de guardia a la sombra del ex cuartel general del partido Baath de Assad, ahora el centro de las operaciones locales del Ejército Sirio Libre. Vestían ropas civiles, pero llevaban gorras de béisbol adornadas con los colores de la bandera rebelde –lo más próximo a un uniforme que tenían.

Después de asegurar Azaz, me dijeron unos oficiales rebeldes, habían enviado a algunos combatientes a reforzar las filas de sus camaradas en Alepo. Las ciudades de la región eran la principal fuente de combatientes de la ciudad. Cada una había enviado un puñado de hombres, unas decenas –a cualquiera del que se pudiera prescindir–, sumando en total, quizás, unos centenares. En una oficina del ex cuartel general del partido, un televisor mostraba una filmación agitada de la batalla en curso: combatientes celebrando arriba de un tanque capturado en una calle de Alepo. Pero era claro que sería una lucha dura. Los francotiradores del régimen estaban demorando el avance rebelde, y helicópteros y aviones de combate atacaban y lanzaban bombas. Los rebeldes parecían nerviosos, pero insistían en que pronto controlarían toda el área.

 

Durante el asedio rebelde de Azaz, las fuerzas de Assad se habían atrincherado en un complejo de edificios en el centro de la ciudad. Habían colocado francotiradores en el techo y en los minaretes gemelos de una mezquita grande y recién construida; ésta había sido bombardeada, y ahora la fachada tenía huecos abiertos de hasta siete pisos de alto. Calle abajo, el cuartel de la inteligencia militar también había sido bombardeado, y varios pisos habían colapsado como un sándwich, escupiendo escombros a la vereda. Adentro de los edificios había evidencia de una última, desesperada resistencia: pisos untados de comida y excrementos, casquillos, uniformes, botas y mantas. Graffitti pintarrajeados en los muros rezaban: “Assad, o quemamos el país”; “Dios para el culto y Assad para el liderazgo”.

En el techo de la mezquita, los rebeldes habían instalado una bandera negra que portaba una inscripción devota. Cuando pregunté a Yasir al-Haji, mi guía sirio, me miró intensamente y dijo: “No es Al Qaeda, si es lo que estás pensando”. En días recientes, habían circulado informes que afirmaban que Al Qaeda se había infiltrado entre los rebeldes sirios. Yasir, un hombre de negocios de cuarenta y pico, originario de la cercana ciudad de Mara, era un líder prominente de los Comités de Coordinación Local, la red de apoyo civil del levantamiento; de opiniones políticas moderadas, le preocupaba que los informes pudieran disuadir a Occidente de ayudar a la causa. Cuando el ESL comenzó a formarse, dijo Yasir, resultaba poco atractivo para los granjeros conservadores de la zona; en su lugar, un grupo islamista de línea dura llamado Hizb ut-Tahrir había crecido en influencia. “Al principio, la revolución se alió con ellos”, explicó Yasir. “Pero, cuando intentaron volverla demasiado extrema, no nos gustó y les dijimos que no. Así que convinimos en una bandera negra que dijera, simplemente: “No hay otro Dios que Allah, y Mahoma es Su profeta”.

No había duda, sin embargo, de que células extremistas-islamistas estaban activas en Siria. Aunque su número era incierto –un funcionario norteamericano me dijo: “No hablamos de decenas de personas, ni tampoco de miles”–, su presencia era evidente. En Reyhanli, una ciudad del lado turco de la frontera,  conocí a un médico sirio llamado Ahmed, que había establecido una red de paramédicos y un hospital de campaña en Siria para combatientes y civiles heridos. Con él había dos jóvenes musculosos, de barbas largas al estilo jihadi, a quienes estaba pasando por la frontera. Lucían paquistaníes, pero hablaban inglés con acento británico, y dijeron que eran del Reino Unido. Después de que me identifiqué como periodista, abandonaron abruptamente el cuarto, insistiendo en que el Dr. Ahmed los acompañara. Volvió solo y rehusó contestar preguntas sobre sus invitados, diciendo sólo que venían a “ayudar a Siria”.

A la noche siguiente, dos fotógrafos, uno holandés y otro británico, desaparecieron cerca, después de cruzar a Siria, y corrió el rumor de que habían sido capturados por jihadis extranjeros. Después de una semana, los fotógrafos escaparon con ayuda de combatientes del ESL. Dijeron que habían sido esposados y golpeados, y acusados de ser espías occidentales. Sus captores, dijeron, eran un grupo de varias decenas de extremistas religiosos extranjeros, varios de ellos paquistaníes que hablaban con acento británico.

 

Según resultó, el grupo que había volado el cuartel general de la inteligencia militar y la mezquita de Azaz también era islamista, y estaba encabezado por un hombre que se hacía llamar Abu Anas. Como muchos rebeldes, sus hombres habían establecido una base en una escuela –en este caso, una escuela secundaria para chicas en el centro de la ciudad. Un hombre delgado de veintipico de años, con desgreñado cabello negro y una barba, Abu Anas vestía una camiseta Polo negra y una pistola en banderola cuando me recibió en su oficina. Con sus muros lila y cortinas color salmón, la oficina resultaba un lugar difícil para transmitir una impresión de ferocidad, pero Abu Anas había hecho el esfuerzo. En un escritorio había dispuesto un Corán y otro libro sagrado, y una espada con una gastada funda dorada, con inscripciones coránicas grabadas. Detrás de él colgaba una bandera negra, como la que ondeaba sobre la mezquita.

Un joven asistente trajo unos mapas de Azaz fotocopiados de Google Earth, y Abu Anas, señalando cuáles habían sido las posiciones clave del enemigo, explicó cómo los rebeldes habían tomado la ciudad. “Primero, les cortamos el agua y la electricidad”, dijo. “Luego, gradualmente los rodeamos y les disparamos y tratamos de que nos respondieran hasta quedarse sin municiones”. La batalla final se había extendido durante 24 horas, dijo, y terminó sólo cuando algunos de los soldados de Assad comenzaron a desertar. En una laptop, mostró una filmación en la que sus hombres disparan furiosamente a soldados del régimen que están adentro de la mezquita y luego se meten allí. “Matamos y capturamos a algunos, y otros escaparon”, dijo. “Intentaron salir de la ciudad, pero los emboscamos y matamos a la mayoría”. Abu Anas había capturado a algunos heridos, pero descubrió que no tenían suficientes medicinas siquiera para sus propios combatientes. “No podíamos cuidarlos, así que los dejamos morir”, dijo.

Otra filmación mostraba a tanques que se retiraban de la ciudad; uno de ellos estallaba en una gran explosión. “Ese fue mi IED (NDT: aparato explosivo)”, dijo con orgullo Abu Anas. “Yo lo hice y él –señaló a su asistente—lo colocó”. El asistente, advertí, tenía un vendaje en la mano. Abu Anas también se atribuyó el mérito de la explosión que había sacudido a la mezquita. “Lo hice yo mismo”, dijo. “Soy un experto en explosivos. El gobierno tenía francotiradores en los minaretes y pensamos que era mejor destruirlos, en caso de que el gobierno volviera”. Cuando le preguntó cómo había aprendido, respondió: “Me enseñó cierta gente –sirios que estuvieron en Irak y Afganistán. Los explosivos son del mismo tipo que fueron utilizados para volar tanques norteamericanos”.

Más allá de que había nacido en 1987 y que era de Idlib, una provincia al sur de Alepo, Abu Anas rehusó revelar cosa alguna sobre sus antecedentes o los orígenes de su grupo. “Todo lo anterior a la revolución es secreto”, dijo. Quería un Estado islámico en Siria: mencionó a Umar ibn Abdulaziz, un califa del siglo VIII, y dijo: “Me gustaría regresar a esa época”. Pero cuando le pregunté qué Estados islámicos actuales admiraba, pareció perdido. ¿Arabia Saudita? Hizo una mueca y sacudió la cabeza. “No son islámicos”, afirmó. ¿Y los talibán afganos? “No estoy seguro”, dijo, y lucía confundido.

Dijo que el Islam ofrecía mucho al mundo. Había oído que los poderes occidentales estaban estudiando el sistema bancario islámico como una solución a sus problemas financieros. Pero, añadió amargamente, “la mayoría de nuestros países son meras dictaduras, y los líderes gobiernan como reyes. La mayoría de ellos, además, son apoyados por los Estados Unidos. Si no les gustaran, los Estados Unidos se hubieran deshecho de ellos”. Alzó el Corán y la espada y declaró solemnemente: “Queremos el sistema islámico. Y aquellos que sólo piensan en sí mismos deberían ser asesinados: Bashar, Mubarak, el Rey Abdullah de Jordania, el rey de Arabia Saudita y los reyes de Kuwait y Marruecos”. Su asistente añadió: “Y también Vladimir Putin, y los líderes de Irán”.

“¿Y los chiitas sirios?”, pregunté.

Abu Anas replicó: “Mataremos a todos los que han luchado contra nosotros, incluyendo a los sunitas”. Su asistente añadió: “No nos gusta hacerlo, pero el gobierno nos ha llevado a esto. Irán ha estado ayudando a Bashar al-Assad, y también Nasrallah (Hassan Nasrallah, el líder de Hezbollah). Y el régimen ha armado a los alawitas y chiitas en nuestra contra”.

En forma creciente, la cuestión de la lealtad al régimen ha derivado en una afiliación sectaria: una mayoría de los soldados rasos del Ejército son conscriptos sunitas, mientras que los comandantes militares y de la miríada de agencias de inteligencia son alawitas. El asistente de Abu Anas era un desertor que había huido dos meses antes: “Creo que al ochenta por ciento de los soldados del Ejército le gustaría desertar, pero tienen miedo”, dijo. “Si sospechan de vos, te matan en el acto”. En el Ejército, agentes de asuntos internos están constantemente en búsqueda de potenciales traidores, que son asesinados a menudo para disuadir a otros. Como soldado, dijo, había sido forzado a hacer cosas de las que ahora se sentía culpable. “Teníamos que bombardear una ciudad sólo para complacer a un oficial, o porque había una manifestación. Una noche, vimos una casa con luces encendidas. El oficial dijo: ‘No había luces ayer. Bombardéenla’. Y lo hicimos”.

 

En una de las filmaciones de Abu Anas, sus hombres aparecían reuniéndose cerca de una mezquita con otra columna de combatientes. “Son los hombres de Abu Ibrahim”, explicó. Había tres grupos rebeldes operando en Azaz, cada uno con control sobre un diferente sector de la ciudad y, aunque habían cooperado vagamente para echar al Ejército de Assad, cada grupo parecía cerrado sobre sí mismo. Abu Ibrahim, líder de una de las milicias, había establecido una base en el puesto fronterizo fuera de Azaz, y un día fui a conocerlo.

Si Abu Anas era un guerrero sagrado, Abu Ibrahim parecía un jefe mafioso de nivel medio: un hombre robusto de cuarenta y pico, vestido con una camiseta manchada, una gorra de béisbol y pantalones de jogging con una pistola encajada en la cintura. Caminaba rengueando: un francotirador le había disparado en la pantorrilla izquierda, en uno de tres recientes intentos de asesinato. Cuando me reuní con él, estaba sentado con algunos de sus hombres en la oficina de la Aduana. La puerta de la frontera, a unos cientos de metros, colgaba abierta, pero no había tráfico alguno.

Abu Ibrahim estaba recibiendo a una delegación kurda –tres hombres desarmados de civil. Uno de ellos, un hombre bajo, de papada, en los cuarenta, quien dijo que su nombre era Abu Ahmed, explicó que eran de Afrin, un distrito sirio cercano, poblado en su mayoría por kurdos. Habían permanecido neutrales en el conflicto, pero ahora, dijo, “sabemos que hay una revolución en Siria y queremos unirnos a ella”.

Abu Ibrahim agitó una mano y dijo: “Pueden unirse, pero sin drogas”. Sus hombres intercambiaron miradas y rieron. Abu Ibrahim se definió como un “mercader de frutos”, pero tenía reputación de ser un comerciante de todo que trabajaba en una frontera conocida como un punto de cruce central de las drogas de Asia Central.

Los kurdos de Turquía estaban inmersos en una lucha para obtener una nación independiente; durante años, el Partido de Trabajadores de Kurdistán –un grupo separatista conocido como PKK—había luchado contra el Ejército turco. En semanas recientes, Turquía había acusado a Assad de armar a combatientes del PKK en Siria, y Abu Ahmed informó lo mismo. “El Ejército se ha retirado de nuestra zona y ha entregado armas al PKK”, dijo. Assad, sugirió, esperaba iniciar un conflicto entre los kurdos para debilitar una posible alianza con los rebeldes.

Los visitantes remarcaron que su organización se oponía al PKK. “Estamos en su contra porque ellos están con el gobierno”, declaró Abu Ahmed. Había cientos de poblados kurdos en el distrito Afrin, indicó, y “en todos ellos hay gente que quiere unirse a la revolución, pero el PKK no nos deja. Así que hemos venido a ver a Abu Ibrahim para ver cómo podemos unirnos a la revolución, y ver qué hacer después de que el gobierno sea derrocado”. Para poder enfrentar al PKK, él y sus camaradas necesitaban armas, dijo. Asintiendo sin comprometerse, Abu Ibrahim susurró a un adláter. Estrechó las manos de los kurdos mientras se iban del cuarto.

Se volvió a mí, sonriendo ampliamente, y dijo que quería que Siria fuera una democracia con un parlamento electo y buenas relaciones con los países occidentales, incluyendo a Israel –“en tanto devuelvan las Alturas del Golán”. Preguntó con intención: “¿Por qué los norteamericanos no nos han ayudado?”. Pese al “memorándum” secreto de Obama, no había recibido ayuda alguna de Occidente, me aseguró. “Mientras tanto, Bashar está recibiendo ayuda de Irán, Rusia, China, Irak y Hezbollah”, apuntó con amargura.

Nasrallah, el líder de Hezbollah, se ha referido a Assad y sus oficiales como “camaradas de armas”, pero no ha llegado a ofrecer ayuda militar en público. Cuando pregunté a Abu Ibrahim qué clase de ayuda recibía el régimen de Hezbollah, ordenó a sus combatientes que dejaran el cuarto. En mayo, me dijo, sus hombres habían capturado a once libaneses en un puesto de control. Los visitantes afirmaban ser peregrinos, en un viaje en autobús a los sitios sagrados chiitas en la región, pero Abu Ibrahim estaba seguro de que eran agentes de Hezbollah; aseguró que se habían vanagloriado de ello ante sus hombres, a quienes confundieron con soldados de Assad. Desde entonces, los había mantenido ocultos, y su presencia había hecho mucho por su reputación. Antes del conflicto, Abu Ibrahim había sido un hombre sin relevancia alguna en la zona. Ahora controlaba lo que llamaba “un batallón” –quizás trescientos hombres. Sus combatientes habían capturado la mayor parte de sus armas de manos del Ejército sirio, dijo, pero el gobierno de Qatar le había dado 1.3 millones de euros en efectivo, que habían ayudado para obtener comida y medicinas.

Cuando le pedí ver a los prisioneros, dijo que debía pensarlo. Pero señaló que sus “invitados” habían cambiado en el tiempo en que habían estado con él. “Ahora entienden mejor quiénes son, realmente, los rebeldes sirios”, dijo. “Saben que lo que les dijeron sobre nosotros era mentira”.

Pocos días después, Abu Ibrahim me recibió en Azaz, en la oficina del ex jefe del Partido Baath, e hizo que sus guardias trajeran a tres hombres, vestidos informalmente y con sandalias. Uno de ellos, un hombre de barba de casi treinta años, dijo que era un predicador. Con aspecto ansioso, se irguió y declaró: “Primero, quiero decir que no somos secuestrados. No lo somos. Somos los invitados de un hombre realmente grande”. Otro, un agente de viajes de mirada penetrante y unos cuarenta años, dijo: “Con Dios como testigo, y lo repito tres veces, nunca he visto un hombre como este”. Mirando al frente, Abu Ibrahim se recostó y sonrió.

 

Los rebeldes controlaban el terreno que rodeaba a Mara, pero Assad todavía controlaba el aire. Un día, conduciendo por el campo, Yasir y yo pasamos una colina y divisamos uno de los helicópteros rusos MI-24 del régimen. Esas naves de guerra, que Assad comenzó a desplegar a principios de este año, pueden viajar casi trescientas millas por hora y están armadas con cohetes y metralletas pesadas.

El campo de la zona es fértil, con cultivos de papas y tomates y huertos de olivos y damascos, e, incluso mientras los helicópteros volaban sobre sus cabezas, los granjeros conducían tractores cargados con la cosecha. Pero se estaba haciendo difícil mantener una vida normal. Tarde, una noche, me hallaba en el techo de una casa en Mara cuando un proyectil llegó silbando por arriba y explotó cerca. Mis anfitriones y yo nos arrojamos al piso –la casa había sido blanco de cohetes y bombas varias veces antes—y descubrimos que el proyectil había dado contra otra casa. Todos los miembros de la familia estaban heridos, pero todavía vivos.

El proyectil provenía de una base de Rangers del Ejército Sirio, a siete millas al sudeste. Los Rangers rara vez se aventuraban afuera, pero disparaban periódicas ráfagas detrás de sus murallas, y a menudo oíamos el golpeteo de los disparos, como un martillo gigante que golpeara la tierra. En su mayoría se dirigían a objetivos en Alepo, pero a veces disparaban a cualquier parte. Desde la perspectiva del régimen, casi todo era, ahora, territorio enemigo.

El régimen de Assad ha jugado con las tensiones sectarias, pero su poder coercitivo también restringió el conflicto. Con la guerra, esas restricciones se estaban aflojando. “El tejido social en el norte de Siria es tan complejo, y unas de las tragedias del conflicto es la ruptura de ese tejido”, me dijo Fawaz George, director del Middle East Centre en la London School of Economics. “Al final de la guerra puede que veamos un largo, extendido conflicto entre, y en el interior de, esas facciones”. Con armas y combatientes fluyendo hacia la zona, era arriesgado mantenerse aislado y también declarar alianzas. Unos pocos alawitas prominentes habían desertado y pasado al lado rebelde, y la sustancial población cristiana de Alepo permanecía cautelosamente neutral; Yasir contó sobre intentos en vano de interesar a cristianos influyentes que conocía. Los chiitas de la región no estaban afiliados con la secta alawita, pero debían, con todo, ser cuidadosos de no mostrarse partidarios de Assad.

Después de la reunión en la oficina de Abu Ibrahim, Yasir estaba ansioso por descubrir dónde yacían las simpatías de los kurdos locales. Llamó a Jamil Rahmano, un político del poblado kurdo de Emhoush, e hizo arreglos para que nos encontráramos. Condujimos al poblado y nos detuvimos frente a una escuela en las afueras, según nos había instruido Rahmano: llamó para decir que estaría allí en diez minutos. Un par de jóvenes emergieron del complejo amurallado de la escuela y, mirando con suspicacia, preguntaron quiénes éramos y de dónde veníamos. Cuando Yasir anunció nuestras nacionalidades, los jóvenes se fueron y volvieron con escopetas. Apuntándonos, gritaron: “¡No queremos a los Estados Unidos aquí! ¡Fuera de Siria!”. Yasir arrancó el automóvil y salimos a toda velocidad.

Pocos días después, Rahmano vino a vernos en Mara. Se disculpó ceremoniosamente, diciendo que se había retrasado porque estaba evacuando a otros kurdos de Alepo. Los hombres que nos habían amenazado eran guardias encargados de la defensa del poblado. “No representan nuestro punto de vista”, dijo. Explicó que su organización era una ex afiliada siria del PKK, pero negó que fuera pro-régimen. “Hemos estado con la revolución desde el comienzo”, dijo.  ¿Entonces sus hombres combatirían por el Ejército Sirio Libre? “Estamos en contra de Bashar al-Assad de modo pacífico”, respondió. Después de pensar un momento, cambió su posición: “En nuestras zonas, estamos armados y podemos, definitivamente, defendernos del Ejército sirio”.

Yasir estaba molesto: esa clase de ambigüedad era cada vez más común en la región. Más tarde, el funcionario norteamericano explicó que el grupo de Rahmano había estado cerca del régimen de Assad pero había acordado recientemente cambiar de bando y pelear con los rebeldes. La alianza estaba marcada por la desconfianza, y era variable entre ciudad y ciudad. “Hemos visto actuar esto de modo muy diferente en diferentes sitios a lo ancho del norte”, indicó. “Todo se reduce a política local”.

Con la esperanza de descifrar ese panorama, Yasir me llevó a ver a Abdul Nasser Khatib, uno de los principales comandantes del ESL en Mara. Un hombre grueso con una barba gris, era un ex decorador de interiores y padre de nueve hijos. El régimen estaba armando a los kurdos en otras pares, pero, afirmó, “los kurdos de aquí están trabajando con nosotros. Porque nos ven ganando, ven provechoso hacerlo. Los kurdos, usted sabe cómo son –siempre quieren estar con el más fuerte”.

Khatib también tenía sospechas sobre los chiitas. “No confío en ellos para nada”, dijo. “Han estado aislados y no tenemos nada que ver con ellos”. Pero si los rebeldes ganaban poder, tendrían que solucionar sus diferencias. “Es un problema”, admitió. “Si tomamos Alepo, creo que vendrán y pedirán perdón. Y sería algo bueno, porque solían hacer el trabajo de la shabiha para el régimen”.

“Si los chiitas no piden perdón ¿qué?”, pregunté.

“Esa es una pregunta que consideraremos después de la revolución”, dijo Khatib.

 

El 23 de julio, cuarenta y ocho horas después de que los rebeldes irrumpieran en Alepo, su asalto comenzó a aletargarse. No tenían suficientes armas y combatientes para avanzar, mientras sostenían los barrios que ya habían tomado, así que se asentaron y concentraron sus ataques sobre las estaciones de policía y otros objetivos estratégicos. Mientras tanto, francotiradores y matones de civil mataban a sus hombres.

Ese día, Yasir y yo asistíamos en Mara al velatorio de un joven de 24 años llamado Habib al-Akramah, que había muerto en Alepo esa mañana. Habib había sido taxista pocos días antes, cuando se unió a una fuerza rebelde que combatía en el nordeste de la ciudad. La shabiha lo había capturado, torturado hasta la muerte y arrojado su cuerpo a la calle, donde sus camaradas lo encontraron.

Llegamos a la casa familiar justo cuando entregaban el cuerpo de Habib. Una camioneta se detuvo y un grupo de hombres retiró el cuerpo y lo llevó adentro, pasando por en medio de una multitud silenciosa de amigos y parientes varones. En un patio cubierto depositaron el cuerpo. Estaba sin camisa y cubierto de sangre; el cuello tenía un tajo debajo de la mandíbula. Un hombre levantó el cinturón de Habib y señaló las heridas punzantes en su abdomen, haciendo el gesto de apuñalar para mostrar lo que había ocurrido.

El padre de Habib, preguntó lastimeramente: “No era un israelí –¿por qué le hicieron esto?”. Su hermano dijo: “Tengo otros cinco hermanos. Tan pronto como termine el funeral, me voy a Alepo a combatir”. Haciendo un gesto hacia los hombres que lo rodeaban, añadió: “Todos los que están aquí irán también”. Al unísono, todos rugieron: “¡Allahu Akbar!”.

Un auto se detuvo afuera, y algunos hombres ayudaron a una anciana robusta que llevaba un pañuelo en la cabeza a bajarse. Era la madre de Habib, Fatima. Cayó sobre el pavimento, gritando. Uno de los hombres, tratando de consolarla, dijo: “Dios es grande. Piense en Mahoma”.

“No hay Mahoma”, gimió ella. Los hombres la levantaron, implorándole, pero ella se arrojó al piso de nuevo. Tomó varios minutos llevarla a la casa y, para cuando llegó hasta el cuerpo, todos los asistentes estaban llorando, su furia cediendo ante la desazón. Fatima se sentó junto a la destrozada cabeza de su hijo muerto y la acunó, repitiendo una y otra vez “Habib, Habib, hijo mío”.

 

A medida que los rebeldes de Alepo tomaban prisioneros, los enviaban a la escuela secundaria de Mara (las escuelas de Siria –construidas fuertes, con ventanas cubiertas con alambre tejido— servían bien como cárceles). Visité la nueva prisión una noche, y fue admitido en forma reticente por el hombre a cargo, un ex camionero apodado Jumbo. De constitución similar a la de un luchador de sumo, con barba y una pistola en una pistolera colgada del hombro, estaba embolsando cuchillos y armas de fuego confiscadas cuando sus guardias me llevaron ante él.

Jumbo era terso y directo, un hombre ocupado. Fumaba cigarrillos, uno tras otro, inhalando profundamente cada vez. Antes de su trabajo actual, había sido un activo combatiente rebelde y había sido herido varias veces; llevó mi mano hasta su nuca para que sintiera una bala incrustada allí. Tenía 66 prisioneros, dijo, y llegaban más todo el tiempo. Diez de ellos eran ladrones, y el resto shabiha o informantes. Jumbo ordenó a sus hombres que trajeran a una pareja de sospechosos, y pocos minutos después dos hombres desarreglados, atados y vestidos con ropas manchadas de sangre, fueron arrojados al interior del cuarto.

Uno de ellos, con una barba tupida, dijo que su nombre era Zakariyya Gazmouz, y que tenía treinta y tres años. Mientras yo miraba, Jumbo ordenó que le quitaran la camisa. Tenía tatuajes por todas partes: rostros de mujeres, espadas, águilas, un par de tigres que soplaban fuego. “Eso no es nada”, dijo Jumbo. “Mostrales las palmas de tus manos”. Las manos de Gazmouz también tenían tatuajes, así como sus pies. En medio del pecho había retratos en tinta de Assad, de su difunto padre Hafez y de su difunto hermano Basil, como en una sagrada trinidad. La imagen de Bashar estaba cubierta de heridas frescas, como si alguien hubiera intentado taparla; había más marcas de cortes en el abdomen del hombre, donde un poema en árabe elogiaba a Bashar y a Nasrallah. “Cuando estaba en el Ejército, a todo el mundo le encantaba”, dijo Gazmouz. “Pero ahora estoy dispuesto a ir y volarme por el aire para matar a Bashar”. Dijo que sus heridas eran auto-infligidas; se había acercado a los rebeldes en Alepo y, para demostrar su lealtad, se había ofrecido a donar sangre; en cambio, lo habían arrestado; se había cortado con una navaja para probar lo que decía. Admitió que había trabajado como informante de la Policía en una panadería, para sostener una adicción a las drogas, pero negó ser shabiha. Jumbo se burló. “Por supuesto que sos shabiha”. Los tatuajes de Assad, señaló, eran característicos de algunos de los más rudos leales al régimen. La espalda de Gazmouz mostraba los resultados del escepticismo de Jumbo: entre otros tatuajes había grandes y vivos verdugones, allí donde había sido golpeado.

El segundo hombre, Mohamed Shihan, dijo que tenía treinta años y había sido empleado en el distrito financiero de Alepo hasta que el edificio donde trabajaba fue volado. Mientras estaba sin trabajo, la policía le ofreció pagarle por ayudar en uno de los puestos de control de la ciudad, y aceptó –pero, se apresuró a decir, esto había sido apenas un mes atrás. Tenía un corte en la nariz y otro en su ceja derecha; dijo que los rebeldes habían atacado su puesto de control y había “caído” mientras intentaba huir. Dos de sus camaradas de guardia habían muerto.

Cuando le pregunté qué esperaba, miró a Jumbo y dijo: “Sólo quiero que gane el Ejército Sirio Libre. Y que esto se termine”. Jumbo ordenó que sacaran a los sospechosos y los guardias los empujaron hacia la puerta, apuntándoles con sus armas. Los dos hombres comenzaron a gritar crudamente: “¡Larga vida al Ejército Sirio Libre!”, mientras eran conducidos fuera del cuarto.

 

Antes de dejar Mara, fui al cementerio de la ciudad para el funeral de Habib al Akramah, el rebelde muerto. Los enterradores, dos jóvenes hermanos, se turnaban bajo el caluroso sol de media mañana. Dado que era Ramadan, ninguno podía beber agua, pero no se quejaban. Estaban ganado “mérito ante dios”, explicó Yasir, añadiendo una broma lúgubre: “Aquí no cuesta nada ser enterrado”.

Ambos hermanos eran desertores. Uno de ellos, Mohamed, un policía, había desertado quince meses antes; todavía vestía una camisa marrón que decía “Policía” en árabe. El otro, Hussam, había desertado tres meses antes; había estado en el servicio secreto, en la ciudad de Hama, dijo, y pudo escapar al norte cuando un contacto en el ESL le dio un documento falso de identidad. Le preguntó en qué tipo de misiones había estado. “Quemar casas, hace arrestos y traer mujeres para presionar a hombres que se creía estaban en el ESL”, dijo.

Cuando la tumba fue excavada, una muchedumbre de hombres y muchachos llegó caminando por el cementerio. La madre de Habib, Fatima, estaba allí también, aunque las mujeres musulmanas tradicionalmente no asisten a los entierros. Habib era cargado en una manta convertida en camilla entre dos postes, y los hombres depositaron su cuerpo en la tumba. Mientras arrojaban tierra encima, Fatima se desmayó. Los hombres cantaron: “Dios es grande, Bashar es el enemigo de Dios”.

La frase “enemigo de Dios” es utilizada con creciente frecuencia en estos días. A principios de este mes (agosto de 2012), el primer ministro de Siria, un sunita, desertó y, una semana más tarde, aplicó el epíteto al régimen de su ex jefe. Fawaz Georges, de la London School of Economics, me dijo que temía que se estaban apoderando del objetivo de derrocar a Assad con miras ideológicas e individuales. Las principales facciones que ganan fuerza en el caos de Siria –los kurdos que reúnen armas, los líderes de las reciente creadas milicias, los criminales y los jihadíes extranjeros—tienen, todas, sus propios objetivos, y una nación unificada puede no ser el primero de ellos “La siguiente fase será la más sangrienta y será la guerra interna”, afirmó Georges.

Una semana después del funeral, en el cuartel central de Hija Mara, en la escuela de Alepo, los rebeldes condujeron a cuatro prisioneros fuera del salón de clases y los obligaron a ponerse de rodillas al pie del muro, frente a la imagen de Mickey Mouse. Eran ex shabiha que habían acordado trabajar con los rebeldes y luego los traicionaron, abriendo fuego sobre sus nuevos aliados durante un ataque a una estación de policía. En el patio de la escuela, varios de ellos estaban cubiertos de sangre; habían sido golpeados con dureza. Mientras uno de los rebeldes filmaba con un teléfono, otra media docena abrió fuego con sus armas de asalto. En una ráfaga que duró cuarenta y cinco segundos, dispararon cientos de balas sobre los cuerpos de los hombres, creando tal estrépito que otros combatientes se taparon los oídos y huyeron.

En buena parte del país, la lucha sangrienta persiste, sin que ningún lado esté en condiciones de una clara victoria. El 8 de agosto (de 2012), el régimen comenzó una ofensiva en Alepo y, después de varios días de intenso bombardeo, los rebeldes se retiraron para continuar luchando en otra parte. Una semana después, un caza arrojó bombas poderosas sobre un barrio pobre de Azaz, destruyendo casas y matando al menos a cuarenta civiles. El edificio donde eran retenidos los rehenes libaneses de Abu Ibrahim fue destruido y cuatro de ellos murieron. En Líbano, sus parientes se desquitaron secuestrando a varios sirios.

Yasir llamó para decirme que había estado en Azaz y que había visto mujeres y niños cortados en pedazos –cosas que “nunca esperé ver en mi vida”. Con voz conmocionada, dijo: “¿Qué piensa Assad? No entiendo”. El 17 de agosto, la ONU anunció que cerraría su misión de observadores en Siria; después de cuatro meses de esfuerzos infructuosos, parecía no tener sentido seguir. Edmond Mulet, subjefe de la ONU para las operaciones de mantenimiento de la paz, dijo: “Es claro que ambos lados han elegido el camino de la guerra”.

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One Comment → “Quiénes son los rebeldes sirios, por Jon Lee Anderson”

  1. Maria 2 years ago   Reply

    Impresionante. Como madre, hija, nieta y bisnieta de periodistas me ha conmovido profundamente.Se ve que están en un bucle imposible de resolver.Es la irracionalidad y la incultura, contra la irracionalidad en el poder. Enhorabuena al relator por dsu valentía y buen hacer

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