
La tragedia personal de Lucía Flores Medina (73 años) es que ninguno de sus diez hijos vive en Pulacayo. Estoy con ella en un patio en penumbras, mirando a través de una ventana sucia las cunitas donde pusieron a sus recién nacidos hace ya mucho. Están intactas, en un cuartito donde también hay una incubadora que se vislumbra ahora como un mueble inservible. La puerta está cerrada con candado.
—Mis hijos se fueron porque aquí no había empleo—dice Lucía.
—Antes éste era un hospital bien equipado. Pero ya nada es lo mismo —añade.
Lucía tiene labios gruesos y ojos rasgados, luce unos aretes elegantes y un anillo que parece de casada se confunde con las arrugas de uno de sus dedos. Cubre su cuello con una bufanda y los hombros con una mantilla azul marino. Un delantal a cuadros cae hasta sus rodillas. Y me cuenta que acaba de dejar a sus nietos en una guardería que funciona en una habitación de estas instalaciones.
—Yo me ocupo de ellos porque su padre, un peruano, escapó con otra mujer y mi hija, su madre, se vio obligada a buscar trabajo. De aquí harta gente se ha ido.
“Harta” es una palabra que cobra un especial significado cuando se pronuncia en Pulacayo. Hasta 1958, con los habitantes —más de 20.000— de la que fue la segunda ciudad más importante de Bolivia se podría haber llenado más de la mitad del estadio paceño Hernando Siles. Hoy, los 600 que hay no llenarían ni una sola curva.
Inés Ramírez (53 años), lentes gruesísimos, gorro playero para el sol, piel oscura, tenis blancos, chompa remangada, mirada perdida, se hace cargo de la guardería y conoce lo que fue el antiguo hospital como la palma de su mano.
—Éste era el pabellón de los tuberculosos y de los que llegaban con el mal de mina —dice, mientras señala hacia otra ventana sucia—. Aquello de más allá era la morgue. Y allá funcionaba la lavandería. Antes muchos mineros se accidentaban tratando de sacar la plata del interior del cerro. Grave era. Algunos salían del socavón quemados. Otros, sin manos o sin piernas. Pero aquí bien siempre se les atendía. Había unos médicos gringos, altos y rubios, y todas las especialidades: odontología, cirugía… Había enfermeras, cocineras, hasta mucama había, pues.
—En esto otro (apunta hacia un horno vertical), yo creo que quemaban a los muertitos, ¿no ve? Y más allá están el pabellón de mujeres y la sala de operaciones.
Más allá, el entorno es tétrico: un pasillo mal iluminado, material quirúrgico desfasado, muchos vidrios rotos, camas vacías, un quirófano paralizado, frascos opacos donde se guardaban los remedios. Y todos los ambientes están cerrados.
—¿Las llaves? ¡Quién las tendrá pues! A saber —me dice Inés. Y vuelve a la guardería en silencio, como un fantasma, atravesando un par de puertas abiertas.
Al salir, da la sensación de que una extraña enfermedad lo hubiera arrasado todo. Esa extraña enfermedad aquí en Pulacayo tiene un nombre: el tiempo.

Paciencia Maravilla: ama de casa
Para Gilberto Rodríguez (83 años), la señal más clara del paso del tiempo es su prominente calva, un pequeño desierto color carne rodeado de un aureola de pelos blancos que acaba de mostrarme quitándose una vieja gorra Nike con un rápido movimiento de su mano derecha y una genuflexión muy vaga de todo su cuerpo.
—En esa foto de ahí atrás tengo 20 años —dice apuntando hacia la pared tras sus espaldas—. Entonces tenía cabello. Pero ahora he quedado así (se ríe).
Pulacayo también ha quedado así, lleno de calvas, de viviendas destripadas color tierra, de edificios inhabitados, canchas sin futbolistas y clubes sin socios.
La casa de don Gilberto es grande y bien cuidada. Para entrar hay que llamar a un curioso timbre semiescondido, situado en el marco de una ventana que conecta con una tienda de abarrotes. Y una vez dentro, el anciano recibe a las visitas en un living despoblado, pintado con un estridente amarillo brilloso.
—Esta construcción es antigua —me explica—, como las de alrededor, pero en las otras no vive casi nadie. Esto ahora está triste. Pero antes no, liiiiiiindo era.
Antes, dice Gilberto, el cerro se explotaba día y noche, feriados incluso. El dinero alcanzaba para comer y vestir bien. Cada cinco minutos, entraban 12 carros metaleros al socavón. Los mineros iban a trabajar de traje y corbata porque en la mina tenían donde cambiarse y duchas; y después salían directos a la fiesta.
—Y se tomaba, claro que se tomaba. Primero, alcohol puro. Y luego llegó un gringo, un alemán, que nos enseñó a tomar cerveza. De dos sorbos se acababa él una grande. Y los carnavales, los carnavales liiiiiindos eran. Venían orquestas de La Paz, Sucre, Potosí. Había dos hermanos cieguitos que capos eran para tocar pues. Y también para esto (don Gilberto se gira y hace el gesto de empinar el codo).
—¿Y quiere que le cuente algo bonito? El fútbol. El fútbol liiiiiindo era. Aquí había muchos equipos, con sus seguidores, con su banda; y le diré más: salimos campeones de Bolivia en Cochabamba con un arquero al que le faltaban dedos.
Por aquel entonces —hablamos de la década de los 40— había muchos extranjeros en Pulacayo: chefs, técnicos, administradores. Y según los registros policiales aquí vivió hasta una filipina (mujer de un ingeniero) llamada Paciencia Maravilla. Su ficha la describe como una morena de 1,60 nacida en 1908; de boca regular, nariz, chata y ojos pardos. “De profesión: labores del hogar”, indica.

Subidas y bajadas
Hoy en este lugar no radica ningún extranjero. Y los únicos forasteros evidentes se los encuentra uno nada más entrar: son los soldaditos imberbes que resguardan la entrada, una chapa de metal en mitad de un sólido muro de piedra. Se cruza el umbral y entonces Pulacayo se descubre como lo que ahora es: un pueblo-museo, un pueblo-vestigio que ha crecido trepando las lomas caprichosas que lo rodean.
A estas horas, tan de mañana, el sol es omnipresente. Es un sol que aquí, a 4.160 metros, calienta apenas, pero que ilumina los restos de las locomotoras que dan la bienvenida a los extraños. Se trata de las primeras máquinas que llegaron al país a finales del siglo XIX para unir el pueblo con Antofogasta (Chile), desde donde se exportaba la plata. Y luego vienen los rieles abandonados, una suerte de rastro que conecta con uno de los rasgos que mejor definen a Pulacayo: las subidas y las bajadas. Para el que llega, el pueblo sube. Para el que se marcha, baja.
De subida hay una hilandería en la que antes se procesaba lana de alpaca y que fue, en sus orígenes, una pulpería en la que dicen que uno podía comprar vinos europeos, zapatos italianos y hasta polvo de arroz para el maquillaje de las damas.
De subida está el Sindicato de Trabajadores Mineros donde surgió en 1946 la famosa “Tesis de Pulacayo”, un documento revolucionario para su época que demandaba el control obrero sobre la producción, que exigía a los dueños de las minas una escala móvil de los salarios y la reducción de la jornada de trabajo y que ayudó también —según algunas versiones— a propagar las ideas comunistas.
De subida hay además una agencia del extinto periódico Presencia y un cine teatro donde se proyectaban las películas de John Wayne y Charles Chaplin; y muy cerca de ahí están los exquisitos clubes sociales, en los que cuentan que se bailaba hasta la madrugada y se jugaba Bowling y billar en compañía de los mejores tragos.
Todos estos locales, sin embargo, están cerrados. Y me es imposible hallar a los custodios. Uno de ellos, me comentan, ha viajado a Potosí. Otro tampoco está, lo que viene a ser lo mismo. Para hacer un poco de memoria quedan únicamente las placas de metal en las paredes. “Sociedad Maestranza de Beneficencia Deportiva”, dice una. “Federación Provincial de Ex Combatientes de la Guerra del Chaco”, aclara otra. Y enseguida surge una pregunta: ¿En qué momento se jodió Pulacayo?
El declive comenzó en 1952, cuando se nacionalizaron las minas y la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) se hizo con el control del asentamiento. Seis años después se dejó de trabajar el socavón y vino el primer éxodo: los vecinos salían de aquí como quien escapa de un campo de batalla y la población quedó reducida a 3.000 personas. En 1962, para evitar una debacle, el presidente Víctor Paz Estenssoro revitalizó la maestranza como proveedora de repuestos, instaló una fábrica de clavos y fundó la hilandería. Y con eso se mantuvo a Pulacayo hasta los años 90, hasta que el gobierno de Sánchez de Lozada decretó la clausura de todas estas iniciativas y se produjo otro inevitable éxodo. Entonces los jóvenes se fueron y el pueblo se llenó de ausencias.

La tecnología mata
Ángel Rivera (55 años) es petiso, tiene un bigote menudo y el pelo revuelto. Es profesor de matemáticas en el colegio, ex locutor de radio, experto en historia y guía de turismo. Y también, uno de los que mejor descifra las cicatrices del pueblo.
—¿Ves esas casas casi caídas? —me dice; y señala hacia una quebrada.
—Son de las primeras que se levantaron en Pulacayo para los mineros, con su dormitorio y su cocinita. De tapial: una mezcla de barro y piedra.
—¿Y ves aquellas otras de pura tierra?
—Eran de comerciantes y artesanos: zapaterías, relojerías, sombrererías, panaderías. Y donde los mineros conseguían su coquita, su cigarro, sus velitas.
—Y allá, más abajo, estaba La Casa de los Locos, una especie de hostería donde los mineros solteros hacían sus fiestas, sus travesuras.
Según Ángel, la mina vivió su momento de gloria a principios del siglo XX, cuando estaba en manos privadas y eran más de 5.000 los que descendían cada jornada 800 metros para rescatar las vetas de plata a 45 grados de temperatura, cuando eran tantos los que vivían en Pulacayo que se chocaban por la calle, cuando la sirena de entrada y salida del trabajo era la que marcaba los ritmos.
Ahora la sirena sigue sonando, pero son muchos menos los obreros. Un año atrás, la Comibol volvió a abrir la maestranza y la fundición y ya se están fabricando nuevamente repuestos. Lo interesante acá es la mezcolanza dentro del galpón —maquinaria vieja (inglesa, rusa, checoslovaca) junto a otra más moderna—; y que ya se están haciendo, por ejemplo, tanques para almacenar el litio del salar de Uyuni y carros metaleros de alto tonelaje para otras minas.
Afuera, sin embargo, una de las bocaminas más emblemáticas de Bolivia —decorada con dos pilares y un capitel neoclásico e inaugurada en 1890— está con la reja puesta. A pesar de que Apogee Silver, una empresa de capitales canadienses, lleva más de un lustro haciendo exploraciones en coordinación con los mineros cooperativistas para volver a reactivarla.
A la noche, Rivera me dirá que Apogee no es muy querida entre los vecinos; que en febrero se inundó parte del pueblo por sus operaciones y que nadie se hizo responsable; que apenas da empleo a los lugareños; que a veces la tecnología mata; que piensan traer una gran perforadora que vaciará el cerro en menos de 20 años.
—¿Y entonces qué? —se preguntará luego.

Planos de trapo
Cuando Jaime Machicado (50 años), administrador de la actual planta industrial de Comibol en Pulacayo, llegó aquí hace dos años y medio le pareció un campamento en ruinas, con techos casi caídos y polvo por todo lado; y echó de menos la comida.
—No existían pensiones como tal. Había sólo dos sitios donde comer, pero puro sándwich. Y usted sabe que cuando uno come mal no se concentra —me dice.
—Pero ya ha mejorado un poco todo esto —prosigue—. Ya ha vuelto alguna gente. Llegan incluso carros de Uyuni y Potosí a vender arroz, gas, verduras y fideo. Hay por lo menos unas diez tienditas y es más fácil conseguir un almuercito.
Para Jaime, parece claro, un signo evidente de recuperación es que ahora puede tener el estómago contento; y quizás tiene que ver el hecho de que su oficina está en la que fue una de las mansiones mejor abastecidas de todo Pulacayo: la Casa Gerencia, otrora residencia del ex presidente Aniceto Arce.
Arce fue el que trajo el ferrocarril desde Chile a Pulacayo. Contra viento y marea además, porque sus opositores calificaron la obra como un “caballo de Troya para la invasión chilena”. También, el que instaló el telégrafo en Potosí, el responsable de crear una normativa bancaria avanzada y un hábil negociador a la hora de atraer la inversión de foránea. Murió pobre. O al menos eso dicen; porque parece todo lo contrario cuando uno se pasea por las pasillos de la Casa Gerencia.
—Aquí, en la planta baja, están resguardados los primeros planos de la mina —explica Machicado—. Algunos de ellos, hechos en tela, dibujados sobre trapos.
También hay una sala equipada con bar, piano y una radio de las de antes; mobiliario con más de 100 años; un cuadro en el que se ve a un joven Simón Bolívar; dormitorios y una mesa de ping-pong para divertimento de los empleados.
Y había más: lámparas, sofás y otros detalles más chicos que, se rumorea, los que pasaron por acá se fueron llevando, a pesar de que un papel firmado por el ex presidente Jaime Paz Zamora prohíbe que de Pulacayo se saque un solo tornillo.

Jubilados y rentistas
Carmela Serrudo (50 años) tiene el pelo claro, los ojos verdes y la cara cansada. Vivía antes en La Paz y dice que volvió al pueblo ya hace años para cuidar de su madre enferma. Dice además que, cuando todo se cerró, lo pasaron muy mal; que cortaron la electricidad; que no había de qué vivir; que por eso muchos se fueron.
—Si usted se fija, los que vivimos aún acá somos en su mayoría jubilados y rentistas. Hasta las mujeres que siguen rescatando mineral son señoras mayores. Y en muchos casos los niños se ven obligados a criarse con sus abuelos. Porque sus padres no están. Porque salieron a ganarse la vida en otros lados.
Carmela se gana la suya atendiendo el único punto telefónico del pueblo (que queda en su misma casa), pero sólo a ratos: cuando puede despegarse unos minutos de su madre o cuando llega algún cliente; y los clientes ya no son tantos.
—A mí me han fregado los celulares —se lamenta.
—Ahora más llaman los de fuera, los pulacaleños que radican en Italia o Argentina. Entonces, tengo que buscar a la persona que solicitan y hacer cita para una hora más tarde. Y son haaaaartos los que están fuera. Ni se imagina.
A mitad de la conversación, su madre, Teófila Laura (89 años), se levanta de la cama y se acerca con ayuda de su hija hasta una banca.
—La vejez, la vejez será que le hace olvidar a una —se queja.
Su voz es frágil. Está hecha como de hebras. Y se hace difícil entenderla. Pero algo logra recordar. Recuerda que comenzó a trabajar a los nueve años; que solía cargar una pesada pala; que pasó parte de su vida en la Compañía Huanchaca.
Huanchaca fue un enclave minero a 14 kilómetros de aquí que se fundó en el siglo XIX y que fue en su día como Pulacayo; Huanchaca fue un lugar idílico, en el que decían que todos, hasta los más pobres, tenían lingotes de plata; Huanchaca salía antes nombrada en las enciclopedias europeas; Huanchaca era un hogar hasta que su fundición cerró; y ahora es sólo un recuerdo de Teófila Laura, un espejismo.
Téofila ya no sale de casa. Le cansa caminar. La cansa estar parada. Le cansa hablar. Le cansa escuchar porque ya casi no oye. Le canso yo; y por eso se retira.
Este artículo formó parte del proyecto “Viaje al Corazón de Bolivia”, auspiciado por Naciones Unidas y el periódico Página Siete. Aquí su publicación original.



August 16th, 2012 → 4:00 am @ Alexayala
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