Iglesia y crimen organizado: Solalinde, el estorbo, por Carlos Dada

14 agosto, 2012

 

El problema no es si existe Dios. Sino si actúas con la suficiente entereza y te colocas a la altura de los más nobles valores del ser humano como para ganarte todos los cielos, en caso de que existan. Y si no, tu sacrificio será el de los héroes que enaltecen y hacen avanzar a la mejor parte de la humanidad.

Esta es la posición mayor del agnóstico, aquel que sin ser ateo dice no tener suficientes capacidades como para garantizar la existencia de Dios. Y es acaso la mejor perspectiva para hablar de un religioso muy, pero muy creyente en la palabra y el ejemplo de Jesús, que se entrega con amor a mortales que acaban de perder argumentos para creer en un Dios misericordioso mientras aún se desangran del dolor. Y de un obispo muy, pero muy practicante de los ritos de la Iglesia al que le incomoda un subalterno que es mucho más grande que una catedral.

El sacerdote católico Alejandro Solalinde ha sobrevivido a los Zetas, a corruptos policías federales mexicanos (que los hay, aunque lo duden), a asaltantes, secuestradores de migrantes y pobladores recelosos de su trabajo y de sus visitantes. Ha resistido a todo para mantener su albergue para migrantes en Ixtepec, Oaxaca. Pesan sobre su cabeza varias amenazas de muerte, pero él sigue, con una fe fanática -que no hay otra forma de calificar la alegría con la que ha entregado su vida a los centroamericanos en ruta hacia Estados Unidos-.

Su albergue es ya un santuario. Un lugar de recuperación de migrantes violadas, de migrantes asaltados, de migrantes abusados por las autoridades mexicanas, de migrantes agotados. Venid a mi, ha repetido incansablemente el gran Alejandro Solalinde con la humildad que no caería nada mal a muchos de los obispos en la Iglesia Católica a la que él le da vida. Y esto no es bueno para los conservadores amantes de la Iglesia al servicio de los más bendecidos en la vida terrenal.

Uno de ellos, el obispo de Tehuantepec, le ordenó hace unos días a Solalinde que se dedique a la vida parroquial y no a la pastoral. Que deje de salvar vidas para dedicarse a reclutar almas para el Señor.

Full disclosure: En El Faro, a Alejandro Solalinde le llamamos el Monseñor Romero de los migrantes (y cualquiera que conoce algo de El Salvador y algo de El Faro sabe lo que significa que le llamemos así). Conocemos su trabajo, lo hemos visto arriesgar su vida por seres humanos a los que no conoce; darles de comer; protegerlos; aleccionar a pobladores que culpan a su albergue de los crímenes en comunidades aledañas.

Lo vi hablar con humildad, en un pueblo salvadoreño, a mujeres hartas de una iglesia que les dice que se resignen a tener maridos que no les han llamado en cinco años ni enviado un centavo desde el norte. “La Iglesia no se ha portado bien con ustedes”, les dijo, y ellas se echaron a llorar. Después se fue a la iglesia del pueblo y habló con el sacerdote. “La Iglesia son ellas”, le dijo. Y luego ellas no lo querían dejar ir.

Hace algunos años, cuando lo conocí, me contó de su encuentro en Ixtepec con otro periodista de El Faro. El periodista le preguntó si no le parecía una locura creer en un Dios que se portaba tan mal con los migrantes y en una iglesia que se había alejado tanto de los más necesitados. Él le preguntó al periodista si creía en Dios. No, le respondió. Con la de barbaridades que veo es difícil creer en Dios. Soy ateo. ”Pues hijo, la Iglesia necesita muchos ateos como tú”. Me contaba la historia emocionado. Es la emoción de un hombre que ha curtido sus verdades en la experiencia; y que carga una iglesia móvil que solo excluye a los que no practican su amor por los más necesitados.

El periodista, que lo vio llegar a medio operativo policial contra migrantes bajando los rifles de los agentes mientras les decía que no debían apuntar sus armas contra sus hermanos, al menos cree en la congruencia de Solalinde. En la valentía y la fortaleza de un ser humano que profesa verdadero amor por su prójimo en un mundo en el que eso, cuando es acompañado con acciones, le puede costar a uno la vida.

Hasta hace poco, las estadísticas, esas listas frías que solo cuentan números y no historias, indicaban que el 70 por ciento de las mujeres que llegaban al albergue de Solalinde habían sido violadas o abusadas sexualmente en el camino. Y aún estaban en el sur de México.

Solalinde fue ganando visibilidad y se convirtió en un estorbo para los criminales, porque llamaba demasiado la atención sobre los migrantes. Y se convirtió en un estorbo para los obispos, que vieron en él a un vocero independiente al que no controlaban, pero que hablaba más fuerte que todos ellos. Solalinde se hizo famoso.

Desde hace años denuncia secuestros sistemáticos de migrantes; asesinatos; desapariciones; la existencia de redes criminales compuestas por fuerzas de seguridad del Estado y narcotraficantes que han convertido los ataques a migrantes centroamericanos en un negocio. No es el único sacerdote que hace esto. Los miembros de la llamada Pastoral de la Movilidad Humana son varios, y son todos igual de valientes, de humildes, de heroicos. Administran 35 albergues para migrantes en todo el territorio mexicano.

Debido a que los migrantes se encuentran en una situación de extrema debilidad jurídica, el registro de denuncias es bajísimo. Por eso, las organizaciones mexicanas de atención a migrantes o de defensa de derechos humanos se refieren a los albergues de la Pastoral para dimensionar los crímenes contra migrantes. En 2009, por ejemplo, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México publicóun informe en el que consignaba el secuestro de casi diez mil migrantes centroamericanos en territorio mexicano en apenas seis meses. La Comisión, sin embargo, aclaró que estos eran apenas los casos que había logrado registrar, pero que seguramente eran muchos más. El informe se hizo con el apoyo de la Pastoral y de los sacerdotes que administran los albergues, desde Tapachula hasta Tijuana. Casi todos con niveles de riesgo similares al de Alejandro Solalinde y su albergue de Ixtepec. Solalinde es solo el más visible de ellos.

Cuando comenzó a recibir amenazas, el gobierno mexicano le asignó seguridad del Estado, que él dejó cuidando el albergue y a los migrantes. Son cosas, estas del prójimo, que aprendió hace muchos años, después de su “conversión”. Porque él también, alguna vez, fue un hombre radicalmente conservador, intolerante, nefasto.

Poco antes de que asesinaran a Monseñor Romero (24 de marzo de 1980), Solalinde coincidió con él en un encuentro eclesiástico. Dice que ese encuentro lo marcó para siempre. Yo digo que no solo lo marcó, sino que le inspiró para seguir su ejemplo. Como a Samuel Ruiz, el Tatic, que fuera obispo de San Cristóbal. Como a Sergio Méndez Arceo, que fuera obispo de Cuernavaca. Son todos de la misma estirpe.

Pero estas son experiencias privilegiadas, que probablemente no ha vivido el obispo de Tehuantepec. Ese que hoy le prohibe al padre Solalinde recibir a una violada en su puerta, o a un desesperado. Así respondió Solalinde a su orden: “No me parece muy evangélico. Me dijeron que mi tiempo libre lo dedique a los pobres, pero a los pobres no se les deben dar las sobras. Así que no acepto tomar una parroquia”. El albergue, dice, lo entregará con informes notariales. Pero a la resignación se antepone la denuncia del criminal y la solidaridad y el amor por los más débiles; la compasión; la pasión. Esas, se supone, fueron las enseñanzas de Jesús de Nazareth, el fundador de su Iglesia.

Solalinde no ha estado en su albergue en los últimos dos meses. Recibió amenazas tan serias que el gobierno mexicano le exigió salir de Ixtepec un tiempo porque no podía garantizar su seguridad. Hoy, que escribo esta nota, está hospitalizado por dengue. Que aproveche para descansar, porque bien sabemos que pronto volverá a entrar en acción. Que ni un obispo, ni su propia Iglesia, lo apartarán de su misión, que es más importante. Que es la de salvar vidas.

P.D.: El obispo de Tehuantepec, Óscar Campos Contereras, emitió el fin de semana un comunicado en el que niega haber ordenado a Solalinde entregar el albergue. Se trató, dice, de una “confusión”. Oj-Alá.

 

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