Buenos Aires, donde las palabras no coinciden con la realidad, por Gabriela Aleman

August 3rd, 20126:30 pm @

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En 1960 mi papá subió de peso, parecía que alguien lo hubiera suplantado. No fue un kilo o dos, fueron decenas de ellos. El papá que yo conocí no fue ese, ni el anterior a esa fecha; fue otro, uno al que un día llevé una foto de ese año y pregunté, qué pasó. Su respuesta fue, Buenos Aires. Desde entonces, cuando comencé a cobrar conciencia de que mis padres existieron antes de que yo lo hiciera, Buenos Aires se volvió el sitio donde ocurrían cosas o las cosas eran diferentes. O cambiaban o pasaba algo que hacía que cambiaran. A mi papá le gustaban las respuestas concisas y no era dado a merodear por los recovecos. Esa respuesta me bastó por años y, si no pregunté más, no fue porque no quisiera saber más, sino porque me entretuve con la idea de imaginar su existencia antes de la mía. Tampoco insistí porque mi madre aparecía en esas fotos y ella no tenía problemas con los recovecos. Cuando le pregunté por Buenos Aires, se concentró, como lo hacen los gatos cuando tienen una presa en frente  y, detenida ahí, en un centro que abarcaba el pasado, su juventud y la posibilidad de rememorarla, me habló de la ciudad. Lo hizo durante horas y, en todo ese tiempo, nunca habló del peso de mi padre. Me contó de las enormes avenidas llenas de gente que poblaba Buenos Aires, del vino que el mozo que los atendía a diario marcaba para ofrecérselos al día siguiente, de las bibliotecas a las que entró, los almacenes que le daban crédito y las salas de cine a las que no permitían la entrada a hombres sin corbata. Hablaba, no como si lo hiciera de otra época, sino como si hablara de otro sitio. Como si me hablara de un planeta lejano en una galaxia aún sin registrar. Debió de ser el tono que imprimió a su relato o las palabras que escogió, las que no me dejaron pedir precisiones ni explicaciones. Tomé lo que me contó y, sobre ese humus, construí una ciudad. Con los años, lo que desbordó mi imaginación fue el lugar donde se hospedaron. Vivieron seis meses en Buenos Aires, nunca antes habían salido de Ecuador. Llegaron un domingo después de un largo feriado, las personas que debieron pasar a recogerlos nunca aparecieron. Habían tenido, sin embargo, la precaución de llevar la dirección de un hotel. Una vez ahí les informaron que el lunes comenzaría una huelga indefinida. La siguiente sorpresa fue mayor, nadie quería tomar sus dólares. Les repitieron una y otra vez, en el hotel, las cafeterías y los restaurantes donde entraron, que esa moneda no valía nada en comparación con la suya y que mejor se la guardaran para cuando abrieran los bancos. El portero de noche, sin embargo, se compadeció de ellos y les prestó unos muy pocos pesos para que pudieran comer mientras esperaban. En el relato de mi madre ese inconveniente no significó nada y, más bien, se olvidaron de él mientras paseaban (y esperaban). Lo hicieron durante cuatro días. En sus paseos descubrieron, sobre la calle Florida, entre Lavalle y Tucumán, un cartel escrito a lápiz que decía Hotel. Les llamó la atención ese papel pegado casi al descuido contra un vidrio a la entrada de ese edificio porque, en esa calle lujosa, el papel, donde se especificaba que el hotel solo operaba en el décimo y onceavo piso, desentonaba. Pero, como la habitación que tenían en el otro sitio era pequeña y sin luz natural, entraron a preguntar. Cuando bajaron por el corredor hacia el ascensor notaron que las paredes de la entrada estaban tiznadas, que los suelos eran un borrón de carbón sobre lo que parecían láminas de ónix y, aunque el ascensorista se cuidó de hacer algún comentario, mientras subían, a través de la jaula, vieron con desazón que los pisos que dejaban atrás se componían de escombros y paredes carcomidas. Cuando se detuvieron en el piso diez, el panorama fue otro, salieron a una recepción iluminada y la persona que los atendió les ofreció una suite con vista a la calle Florida. Lo que pedía a cambio de la enorme habitación era la mitad de lo que pagaban en el otro sitio. Esa noche se pasaron al edificio destripado y vivieron allí hasta que se fueron de la ciudad.

 

I.

Cuando llegué a Buenos Aires, más de veinticinco años después,  entendí la respuesta de mi padre. Cuando a uno le gusta algo, se  entrega. Se pierden los contornos y se disfruta sin pensar en las consecuencias. La comida, la que descubrió en ese primer viaje fuera de Ecuador, pasó a representar lo extraño. Lo extraño-placentero. Era tan distinta a la dieta andina, llena de granos y papas hervidas y platos armados a base de colores y texturas distintas. Nunca había probado una pizza. La crema era una delicadeza inimaginable en la mesa familiar. Y a la carne no se la ponía sobre una parrilla, sino que amilanada y fina, se la freía. El vino existía como una rara posibilidad en los pocos y caros restaurantes de Quito. Durante seis meses, los seis meses que mi papá vivió en Buenos Aires, cenó pizza a la piedra, saboreó frutishas con crema y acompañó todo lo que probaba con vino. Mi mamá, que extrañaba más a su familia y su entorno, se escudó en una forma de rechazo. Se resistió a lo que se le ofrecía para guardar un espacio personal. Algo que la distinguiera de lo que le rodeaba. A lo único que sucumbió por completo fue a las uvas. Delicadeza que se ofrecía en Ecuador una vez al año, el 31 de diciembre, en forma de doce cápsulas. Ese largo verano las comió al desayuno, al almuerzo y a la cena. Un cuarto de siglo después, mi papá me habló de El Palacio de las Papas Fritas y las pizzerías de Corrientes y los cines de Lavalle. Nos dieron, a mi hermano y a mí, la dirección de su hotel (que ya no existía) pero, apenas llegamos a Florida, encontramos una pensión. Las calles que nos describieron ya no esteban, ni la gente de la que hablaron, ni sus ropas, ni lo que mostraban las vitrinas. Las galerías se confundían con almacenes que vendían discos, ropa y zapatos aunque seguían perteneciendo, en su decadencia, al reino de lo deslumbrante. Cuando llegamos, dimos una vuelta, almorzamos y volvimos al cuarto y, debí de estar más cansada de lo que imaginaba, porque desperté a las diez de la noche, sobresaltada por haber perdido mi primer día en la ciudad. Pero, cuando caminé a la ventana y miré a través de ella, descubrí el porqué del tono en el relato de mi madre. Abajo se abría un mundo que nunca hubiera imaginado que existía. Tenía dieciocho años y, hasta ese momento, la noche había sido una puerta cerrada. Bajamos a la calle y nos perdimos en el río de gente que trepaba contracorriente, entramos a un cine y vimos una película de Bertolucci, salimos, comimos algo y nos dejamos, esta vez, arrastrar por la corriente, que nos condujo a la puerta de un teatro, cuando salimos caminamos unas cuadras y nos detuvimos en una librería, luego entramos a otro cine, al salir, a las tres de la madrugada, nos sentamos detrás de la puerta de vidrio de una cafetería y escuchamos las conversaciones vecinas y vimos a la gente —joven, vieja, de mediana edad— que seguía transitando por la calle. Supe que vivía ese momento desde la trastienda, sin acceso directo a lo que veía, eso no me distrajo de la excitación que sentí. Mientras lo hacía, sobreponía la experiencia de esa noche, al Buenos Aires que imaginé en el relato de mi madre: ese lugar irreal que, más que la capital de un país, era una proyección. El sitio más distante del Ecuador y que, en el espacio, ocupaba el lugar de la felicidad y, en el tiempo, el de la posibilidad. Con esa carga encima supe, de ahí en más, que la ciudad solo se podía desplazar a través de los extremos. Nadie podía ser medianamente algo ahí, uno sólo podía ser completamente desdichado o feliz.

 

II.

“Para todos los porteños el Sur es, de un modo secreto, el centro secreto de Buenos Aires. No el otro centro, un poco ostentoso, que mostramos a los turistas”, cuenta Borges en su conferencia sobre La Ceguera (en Siete Noches). La calle México fue, como lo recuerda en ese relato, el centro de su mundo cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional en 1955. Cuando volví a Buenos Aires, a mediados de los noventa, sin haber leído lo que Borges había escrito sobre la calle, supe, de una manera intuitiva, desde esa zona reptil del cerebro donde guardamos la memoria colectiva, que la calle México sería mi centro y que esta vez no miraría la ciudad desde la trastienda. Mi tramo de la calle colindaba con Defensa, al lado de la Biblioteca de Borges y fue, durante dos semanas, lo más cercano a la perfección de lo que alguna vez estaré. Fue un tiempo que borró, además, cualquier posibilidad de mirar objetivamente la ciudad. Caí, solo lo puedo imaginar así, en el centro de las ondas expansivas de una explosión. Por ese centro pasaba o pasó la movida de los noventa: en el teatro, la danza y la música. En la cocina de Casa México desayuné con los fundadores de El Descueve, charlé con Javiera Parra y me reí, hasta que me dolieron las mejillas, con Gustavo Lesgart, quien, junto a Carlos Cassella, –lo dijo antier La Nación–, aún son la pareja del  glam-dance porteño. ¿Qué hacía ahí? Andaba a la caza de paraísos perdidos. Por primera vez en mi vida tenía una tarjeta de crédito y la había reventado para comprar un pasaje de avión a Asunción. Habían pasado diez años desde que viviera allí y, sin que pasara gran cosa en Quito, había decidido volver al único horno con olor a jazmín que conocía y donde fui feliz. Aprendí que las segundas partes nunca son iguales y que una, a veces, puede servir de pera de boxeo. Mi gran amigo Beto Ayala y yo, todavía con la tarjeta (pero sin una afilada noción de que en algún momento habría que pagar todo lo que se marcaba en ella), agarramos otro avión y  fuimos a Buenos Aires. Beto me dijo que seríamos felices y yo no lo dudé (íbamos a Buenos Aires). Beto me contó que tenía un amigo en la ciudad y que podríamos llegar a su casa y así fue. Beto me dijo que su amigo era espectacular y, se quedó corto. Rodolfo Prantte no es una persona, es algo así como un portento de la naturaleza. Uno no conoce a Rodolfo Prantte, uno pasa por él y nunca sale ileso. Existe un antes y un después de RP y en ese después uno siempre sale ganando. Nunca, y en ese fraseo, que aún reverbera, viví con tanta precisión. Nunca conjugué la posibilidad de ser tan feliz y tan completamente desdichada a la vez.  Nunca saqué tan sabias y provechosas enseñanzas de un viaje, entre ellas: el melodrama le va mejor a una canción de Martirio que a la vida y producirse es un imperativo, bajo la superficie, a fin de cuentas, se asientan lóbregas capas de profundidad. Y así. Fui a cafés y perdí el tiempo como si lo ganara. Conocí tramos de la ciudad como si fueran lo único que existiera, llegué a Recoleta para ver “Villa, Villa” de De la Guarda; viajé al estudio donde Javiera hizo los coros de ese primer disco de Diego Frenkel después de La Portuaria; crucé la calle para ir a una fiesta en El Garaje Argentino, donde despedían a un músico de Spinetta que viajaba a NY, y , junto al mecánico de un globo aerostático, en la cocina, descubrí las posibilidades elásticas del tiempo. Volví a Buenos Aires en 1999 y tomé Valderrobles y López en la cocina de Casa México y vi “Hondo” de Gucci Lesgart y pestañé lo mínimo como para no perder  un cambio de luz en la coreografía. Y a Casa México se sumaron Horacio O’Connor y Fabiana Capriotti. En ese cortísimo invierno fui a bailar milonga en Barracas y, esperando a Rodolfo en la puerta del Teatro Pigalle donde se presentaba, conocí a La Momia de Martín Karadagián. Fue así como se presentó. Ecuador se encuentra en el justo centro donde confluyó lo mejor y lo peor de la cultura popular mexicana y argentina. Vayan a Colombia o Venezuela a preguntar por Karadagián, se encontrarán con miradas vacías; pero, en Ecuador, abrazamos tanto a Blue Demon como a Martín. Con La Momia a mí lado, no recuerdo qué me dijo, en mi mente solo podía murmurar grrklmmghhhhhh mientras extendía sus brazos, siguió creciendo el mito de Buenos Aires. Regresé en el 2005 y nuevamente en el 2009. Siempre volví a San Telmo.  Viví los cambios que se operaron sobre la ciudad desde esa esquina y no desde la lectura de libros de texto sobre el asalto macroeconómico al país. Algunas cosas se sumaron, otras se perdieron y otras siguieron igual. Mientras lo veía, Fangoria hacía de fondo (otra enseñanza porteña: Alaska ayuda a remontar cualquier pérdida). Algunos signos eran abrumadores y ni los bajos de los sintetizadores servían de pista para obviarlos: niños buscando comida en los basureros de Corrientes, tribus de vendedores ambulantes tomándose el centro (ese centro ostentoso de Borges), negocios que cerraban, los libreros –inseparables de los libros inconseguibles en otros puntos del continente—tirando la toalla frente a las cadenas, largos tramos de la ciudad convertidos en productos (cuando la fila frente al Tortoni se hizo más larga que las que precedían las salas de cine-arte, la distorsión de la batería quebró cualquier deseo de volver a entrar). Pero si lo fashion se volvía un síntoma que maquillaba las grietas que aparecían (en la trama social), aún quedaban pistas de lo que no se asentaba sobre el aire. Tomé buses, todos los que cruzaban por Av. del Libertador, por Paseo Colón, por Av. Alem, los que subían por Rivadavía, los que me llevaron a Caballito, Boedo, Chacarita, Belgrano, Almagro, Barracas, Constitución, Palermo y Recoleta. Caminé por la Boca y vi la exposición que inauguró Proa. Pero solo subí una vez al metro, después de haber visto la película Moebius de Gustavo Mosquera. Y llegué a Puerto Madero cuando los doks aún eran las fisuras de una promesa incumplida, justo antes de convertirse en la ciudad del futuro que, al quebrar la línea del horizonte, se eleva como una daga contra la inmensidad del cielo. Y entré al Faena, porque Rodolfo actuaba en “Rebenque Show”, en el Cabaret del fondo, y me senté a tomar un Martini de manzana en un salón que destilaba la lectura de Sader Masoch y el Marqués de Sade y donde una decena de cabezas degolladas de unicornios blancos colgaba de las paredes revestidas de terciopelo escarlata. Todo gritaba exceso, hasta la cartelera, ¿qué hacía Mercedes Sosa ahí? Lo que nunca cambió, en todo ese tiempo, fueron las miradas. La sensación de que la gente no avanza por las calles sino que merodea por ellas a la caza de algo. A veces, hasta de su propio reflejo. Recuerdo la primera vez que entré a la desaparecida Gandhi: la gente acariciaba los lomos de los libros mientras, moviéndose por el local, medía las posibilidades de aproximarse. Avanzando y retrocediendo en un juego de cálculos y miradas. Había algo que hacía que fuera permisible, como no lo son esas miradas en otras partes del continente, donde involucran una sola dirección y la intención es demasiado obvia. Aquí las miradas seguían rutas compartidas: las mujeres miraban a los hombres, los hombres a los hombres, las mujeres a las mujeres, los hombres a las mujeres. Reconociendo algo bello, como sólo se puede reconocer al mirar con detenimiento. Hasta sentir el calor de la piel del otro en la mirada. Como puede ser bello algo feo, al concentrarse en un gesto, un rasgo, el ángulo o la intensidad al mirar. En Buenos Aires parece multiplicarse el repertorio de las respuestas al deseo. Sobre todo porque la postergación se acaricia con más ansia que la consumación. En esa larga cadena, en la tierra de la literatura fantástica,  el deseo, pospuesto, siempre está más cerca de lo real.  Y funciona, casi, como una apuesta por el futuro: algún día.

 

III.

En El Lugar de Mario Levrero un hombre se encuentra, sin entender muy bien porqué, dentro de una habitación con una puerta, que conduce a otra habitación, que contiene otra puerta, que conduce a otra habitación, que contiene otra puerta, que conduce a otra habitación. La sucesión parece no tener fin. En un inicio todas esas habitaciones están bien iluminadas y ventiladas, tienen comida y ofrecen lo mínimo necesario para llevar adelante una vida. Si una vida consistiera en cubrir necesidades. El hombre intenta escapar y, con la ayuda de una mujer, descubre un túnel que conduce al afuera. El afuera está compuesto por la inmensidad del mar y del cielo, y murallas. Vuelve a las habitaciones, la mujer desaparece. Sigue buscando una salida. Esa premisa, la de las puertas que conducen a otras puertas, sin la posibilidad de que el afuera signifique algo más que un número de letras puestas en un cierto orden, fue el punto de partida de este viaje. Llegué con la intención de descubrir por qué operaba un hotel en los dos pisos superiores de un edificio quemado en el centro de Buenos Aires y de averiguar qué había sido ese edificio antes de que fuera hotel. Si antes me había parecido un simple dato dentro de una sucesión de datos que involucraban la vida de mis padres, ahora no lo era. Ese edificio desvestido de historia debía tener una y esa historia tendría que significar algo. Tendría que arrojar alguna luz sobre una sociedad que creía en la fortaleza del peso y que no encontraba un problema a la hora de circular al lado de un edificio en ruinas en el centro del centro.  Pero, para hacer eso, primero tenía que abandonar la imagen que se había formado en mi cabeza. El edificio, con el paso del tiempo, se había convertido en una sucesión de pisos de acero oxidado, sin paredes, por donde un ascensor trepaba hacia el cielo, en un vértigo de infinito, hasta llegar a un piso art-déco que conducía a la habitación de mis padres. Debí transformar el edificio quemado en esa imagen post-apocalíptica con los retazos de  grúas abandonadas de Puerto Madero y los picos de edificios vistos desde los jardines de Palermo (más algo de Metrópolis y Blade Runner). Y no era nada de eso. Ese edificio, había sido el anexo que se construyó para las oficinas administrativas del Jockey Club de Buenos Aires. En 1953 un grupo de peronistas quemó las sedes de varios partidos y el Club, símbolo de la oligarquía porteña. La ostentosa edificación quedó en ruinas, al igual que el edificio administrativo que se encontraba a su costado. Una imaginaría que los directivos hubieran puesto empeño en reconstruir la monumental mansión que ocupaban o en readecuar el edificio para alquilarlo o venderlo o derrocar ambas edificaciones para poner el terreno a la venta y recuperar algo de las pérdidas. Pero nada es demasiado simple en las cuentas del estado o en los negocios privados o en el terreno incestuoso que los une. El 15 de abril se incendió la mansión, para mayo el Jockey Club se declaró disuelto y extinguido por ley nacional, pasando las propiedades a poder del estado. Nadie debió moverse con demasiada celeridad, si en 1960, siete años después del incendio, ni siquiera se habían retirado los escombros de los pisos consumidos por las llamas. Quién sabe quién operaba el hotel. Quién sabe quién terminó por derrocar el edificio (el portero del nuevo, que ahora tiene entrada por Lavalle, me dijo que ese estaba ahí desde los ochenta). Tuve una primera intención de hincarle el diente a la política de esos años, pero desistí. Después de leer algunos estudios, el equivalente a quince cuartos de Levrero, abandoné. Se necesita un doctorado en peronismo para entender qué ocurrió o dejó de ocurrir con la política, los bandos y las tendencias en esos y los años anteriores y posteriores a 1953 (me contenté con comprar la novela de Tomás Eloy Martínez sobre Perón). Fui con una libreta y me paré frente al lugar que ocupó el Jockey Club de Buenos Aires. En el 2012, en ese espacio, había un McDonald´s y cuatro almacenes que se llamaban Dexter, Omnistar, Saia y Florida Tango.  Comida, ropa deportiva, notebooks, ropa de mujer y recuerdos turísticos. Láminas de acero corrugado tapaban lo que estaba encima de los letreros, ocultando lo que había o había dejado de estar atrás de las nuevas fachadas. Columnas de cemento separaban un negocio de otro, se veían marcos de ventanas tras las planchas mal colocadas y en el techo de uno de esos negocios (o de ese único edificio partido por láminas) crecía un largo  tallo o la rama de un árbol bonsái que había prendido entre los escombros. Y yuyos. Y ramilletes de cables desbocados: que bajaban por paredes, que se metían entre las divisiones, que encendían los letreros y luego trepaban para unirse a los de la calle. Un entramado confuso, como la nueva arquitectura de la calle. Como las capas de pasado apenas ocultas. Como ese trozo de aluminio oxidado y retorcido, junto al edificio de departamentos donde operaban algunas casas aseguradoras, que dejaba ver un balcón de mármol, junto a los trazos inconfundibles de la arquitectura decimonónica. El Jockey Club. Bajé por la calle y me acerqué a un kiosko, pedí Página12, La Nación y El Clarín. Haría lo que nunca había dejado de producirme un placer incalculable, pasar la tarde en un café leyendo la prensa. Olvidaría el pasado y me entregaría al presente.  Iría al Richmond, a pocas cuadras, para leer los periódicos. Desde que escuché “Niño Bien” en la voz de Tita Merello (Niño Bien, pretencioso y engrupido…que llevás dos apellidos y usás de escritorio el Richmond Bar), con esa voz coqueta y burlona, ese salón se volvió uno de mis huecos preferidos de la ciudad. Y hueco era lo que era ahora. Estaba clausurado y en su fachada había un graffiti ilegible. Di algunas vueltas, los pocos negocios de comida que encontré eran todos sitios de fast food, de colores estridentes, con bancas incómodas hechas para comer e irse. Comencé a sentirme anacrónica. Por fin di con el Victoria City y pasé una tarde con los regulares del café. Atravesé dos turnos de mozos, bebí varios expressos y un cortado. Y salí más confundida de lo que había entrado.  Leí los periódicos y todos hablaban de mundos paralelos. O realidades enfrentadas. De hechos distantes en el tiempo y en el espacio, de datos que no coincidían. Y, sin embargo, todos hablaban de las noticias del día anterior. Habían palabras que se repetían en una y otra edición: soberanía, libertad, independencia, democracia, política. Palabras claves para entender el contenido de los artículos. Solo que las  palabras operaban como agentes libres. Eran edificaciones que se erguían sobre interpretaciones. Como todo lo que había leído o escuchado sobre literatura argentina en esos días. No voy a decir que no me entretuvo escuchar a un escritor argentino decir que Borges era un escritor limitado y que la tríada inamovible que rige la literatura contemporánea está compuesta por Lamborghini-Aira-Fogwill cuando esa es tan inamovible como la que de una manera desopilante destripó Quintín en Los Trabajos Prácticos y que montó Tabarovsky o la que aniquiló Bolaño en su día o la que Guillermo Martínez sirve en bandeja a Aira para que el mismo la desmonte: “decía que la función del artista no era crear obras sino crear el procedimiento para que las obras se hicieran solas (…) y muchas cosas por el estilo, que sonaban bien pero no tenían mucho sentido. Supongo que lo decía para hacerme el interesante”. Martínez se pregunta, a su vez, qué ocurrirá ahora que se sabe que esa confrontación entre vanguardistas y convencionales y sobre la que se “determinaron por varias generaciones el adentro y el afuera de la valoración literaria”, estuvo tan obviamente construida sobre una bufonada. Me atrevería a decir que nada. Como nada un pato en círculos dentro de un estanque. Lo digo por si el pasado sirve de referencia de algo (pero quizá me equivoque), en los días que leía esos diarios y escuchaba esas polémicas fui al Museo Nacional de Bellas Artes y vi una exposición llamada “Claridad, la vanguardia en lucha”. En el corredor que conducía a la exposición, se había colocado una gigantografía con un texto de Borges, aparecido en un diario capitalino de la época sobre la polémica Boedo-Florida (el otro gran enfrentamiento de los años veinte del siglo pasado); palabras más, palabras menos, Borges decía que esa confrontación fue una fabricación con poco anclaje en la realidad. Aparecían todas esas palabras otra vez: literatura, vanguardia, novedad, sentido, forma, adentro, afuera, idea, lenguaje, canon. Vistas a la luz de las discusiones de ahora, eran tan agentes libres como las que aparecían, con referencia a la política, en los diarios. Pensé que sería de una justicia poética insuperable que fuera en Buenos Aires, cuna de las vanguardias, receptora de tanto escritor raro y experimental, que se diera lo que ya ocurría: que la ruptura entre significado y significante fuera total. Que los fonemas ya no tuvieran ninguna relación con los conceptos que articulaban y que cada texto se tuviera que construir sobre la nada o su equivalente: la sobreimposición de interpretaciones y genealogías que ya nadie podría guardar en la cabeza. La nada funcionando como el afuera de Levrero (algo se traía entre manos Fogwill cuando dijo que la literatura argentina tenía que recuperar a Levrero para ellos): la inmensidad del mar y del cielo, y murallas. Dejé los diarios sobre el tablero de la mesa, pagué los cafés y volví a Recoleta. Esa noche no pude dormir y terminé el libro que leía, Pecado original. Clarín, los Kirchner y la lucha por el poder de Graciela Mochkofsky. Y cuando lo hice, tuve que desechar mis elucubraciones, todo lo que ella hacía en ese texto acababa con la separación entre significado y significante. Hilaba una historia extraordinaria basada en hechos, enumeraba episodios y los concatenaba con la Historia. Creaba sentidos con las palabras.

Al día siguiente caminé hasta la Biblioteca Nacional y de pronto la vi. Era una nave espacial asentada sobre columnas de despegue. The mother-ship.  Ahí estaba, siempre había estado ahí. La manera de escapar a las murallas. Mientras veía la nave nodriza con su carga, pensé que Schopenhauer quizá estaba equivocado, que con solo mirar hacia atrás no logramos que las cosas adquieran un orden. Para hacerlo, hay que descubrir cómo colocar las palabras sobre el papel.

 Este texto es parte del proyecto La ciudad contada.

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