Apipé: atrapados en una isla, por Federico Rozenbaum y Alejandro Aguirre

11 julio, 2012

El mapa dice que esta tierra pertenece a Corrientes, que para llegar a cualquier otro rincón de la provincia es necesario salir y entrar del país, que este punto geográfico queda lejos de Buenos Aires -a 1.055 kilómetros- y cerca del absurdo.

El mapa dice que esto es Apipé, una isla argentina envuelta en aguas paraguayas. En 1982, como parte del proyecto de construcción de la represa Yacyretá, el gobierno militar firmó un decreto mediante el cual cedió la soberanía de este brazo del Paraná. Desde entonces, aquí hay un país dentro de otro país.

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Sábado, 5 PM.

-¡Documentos, por favor!

-Sí, acá tiene.

-¿Qué andan haciendo por aquí?

-Vinimos a escribir una crónica sobre el aislamiento de este pueblo.

-Muy bien. Les tomo unos datos, ¿puede ser?

La entrada a Apipé tiene un breve muelle. Allí amarra una lancha con 11 pasajeros. Un oficial de Prefectura, nervioso, acaba de avistar dos rostros que desconoce. No les da tiempo a pisar tierra firme. Recibe a los extraños en unas maderas que oscilan al compás del Paraná. Ahí mismo agarra una hoja huérfana de membretes. Pide una lapicera. Anota lo que se le ocurre, nombre, apellido, edad, y que tengan una buena estadía.

Ahora, tras la venia castrense, ya es posible tocar el suelo.

La Argentina empieza en este sitio y termina donde el río se torna mojado: en el agua. Vuelve a empezar a 800 metros, en la otra costa, en la entidad binacional Yacyretá.

“Esto es así hace 30 años. Nada nuevo”,  balbucea con lacónica resignación una de las nueve personas que entró recién a Apipé, saludando al prefecto y a un perro desdentado que le hacía compañía.

Ese lamento puede tener mucho de verdad. Pero últimamente en Apipé pasaron -y pasan- cosas. Entrar a la isla es comprobarlo.

Hace 60 días se suicidó Bartolo Toledo. Mal de amores, dicen.

Hace menos de un año se inundó la zona costera.

Hace unos meses llegó a la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto de Diputados un pedido de resolución para restablecer los límites fronterizos.

Hace un otoño que se cortó, para la gran mayoría, el cruce fluvial desde Yacyretá.

Hace la misma cantidad de mañanas que la represa sólo autoriza el paso a un grupo de diez maestros. Otro dato nuevo: hace un tiempo que los docentes deben realizar cotidianamente un trámite migratorio para ir desde Corrientes hasta Corrientes.

Hace poco los isleños quedaron más aislados.

El Censo del 2010 consignó que en Apipé viven 1.786 personas. Las autoridades locales aseguran que faltó censar a unos 300 seres humanos. La logística del Indec no llegó a los paradores más remotos.

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Sábado, 5.25 PM.

“Pocos saben cómo es vivir acá. Esto es como una cárcel a cielo abierto”, había anticipado antes del viaje la intendenta Mónica Romero, durante una comunicación de larga distancia (Desde el muelle de la isla, vaya paradoja, resulta imposible llamarla: el celular indica que “Claro Paraguay” no está habilitado para ese tipo de servicios).

Mónica, igual, está cerca. Es necesario caminar cuatro cuadras hasta llegar a una esquina multicolor. Allí hay manzanas, repelentes, blusas, todo mezclado en un almacén de ramos generales. Una  adolescente acaba de estacionar su caballo frente al negocio.

En ese instante se cruza con una señora en el umbral. La señora, apretujada en una calza de lycra azul y una musculosa de varias batallas, carga las bolsas con la mercadería. Se detiene ante una camioneta que dice Municipalidad de Apipé.

-¡Ah, llegaron…! –dice–. Ahora van a ver lo difícil que es estar en un país que queda adentro de otro.

-¿Cómo se advierte esa dificultad?

-Ya se darán cuenta.

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Sábado, 7.30, PM.

Apipé mide 20 kilómetros de ancho por 40 de largo, casi el doble de superficie que la Capital Federal. Pero en una sola cuadra de edificios de la Capital Federal caben todos los habitantes de Apipé.

Apipé cuenta con un presupuesto anual de 1.200.000 pesos. Es un rincón del mundo inhóspito para los apuros urbanos. No hay red cloacal ni servicio de gas. Abundan las mandiocas y  potus.

Apipé tiene una arquitectura de casas con revoque a la vista y techos de zinc. También, una reserva natural en la que sobreviven aves en extinción y gente que transita un devenir silencioso.

En este rato, la única alteración es el prefecto de la entrada. Llega agitado al hospedaje de Doña Pachona (30 pesos la cama por noche, agua caliente; buena relación precio-calidad) para recavar los datos que, supone, le faltan: domicilio, fecha de nacimiento, ocupación, y que tengan una buena estadía.

La noche cae de pronto, como si hubiera recibido una piña de Tyson.

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Cuesta dar señales de vida a los familiares que están del otro lado del río. El único teléfono público no funciona. Tampoco existe un ciber para saciar el hambre de Internet. No hay wifi.

Sí hay comida. Más tarde, Monje tendrá que abrir el bufete del pueblo para atender una mesa, la nuestra.

La calle está oscura. Una oveja le hace coro a una cigarra vecina.

Si uno quisiera regresar en este instante al continente, no podría.

Apipé tiene un oxígeno virgen que asfixia.

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Nunca un presidente ha pisado estas tierras. Lo más cercano fue una ministra de acción social, Alicia Kirchner, hermana de un ex que ya ha muerto. El 23 de octubre de 2011, la presidenta Cristina Fernández sumó 695 votos en las cuatro mesas que se dispusieron en Apipé, de entre las 948 personas que cumplieron con su deber ciudadano. El 25 febrero de 2012, la Presidenta viajó para la inauguración definitiva de Yacyretá. El acto fue en Posadas.

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Ahora, en la oscuridad, Yacyretá escupe chorros de luz desde sus reflectores. Esa fue, durante mucho tiempo, la única señal lumínica que recibía la isla de la central que genera el 60% de la energía hidroléctrica del país. Hasta febrero del 2010, Apipé sobrevivió con grupos electrógenos. La promesa de que el servicio llegaría gratis por diez años quedó en el olvido. El precio de la boleta de Ramona Ayala es clarísimo: 300 pesos mensuales por dos heladeras, una cafetera, una televisión y un par de bombitas de 60 watts.

Pero este lujo eléctrico sólo existe en el centro: San Antonio de Apipé. Habitar en el interior de la isla es estar el doblemente aislado –y oscuro. La ruta que une los diferentes paradores es una novedad del año 2007. Antes, los pobladores de Monte Grande, Vizcaino, Puerto Tala tardaban tres horas para llegar al puerto, y ahí empezaban la segunda parte de la travesía el continente.

En la actualidad existe un servicio de transporte. Es un Mercedes Benz 1114, vencido por el óxido y despatentado, que pasa dos veces por día. En el lateral izquierdo le quedan unas marcas despintadas de letras negras de lo que alguna vez fue: Muipalidad de Loas de Zaora” (sic).

A Carlos Alberto Domínguez, chofer y empresario del microemprendimiento, no le dan las cuentas. El boleto vale 15 pesos –por los 15 kilómetros que debe atravesar para cubrir los rincones de la isla. El gasoil escasea.

Y está obligado a manejar con cuidado. En los últimos dos años llegaron a la isla 70 autos, 2 colectivos y 40 motos. Por las calles céntricas también circulan vacas sin pedigrí, toros vagabundos, caballos, perros acostumbrados a escuchar chamamé, gatos, cabras, gallinas. Unos flamantes carteles indican que la velocidad máxima es de 20 kilómetros por hora.

No ocurren en el tránsito los apuros de esta isla.

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Domingo, 8.05 AM.

Isidro Franco y Roberto González estaban hasta hace un segundo en la Argentina; ahora navegan en aguas de Paraguay. Isidro tiene 15 años. Roberto, 20. Isidro conoció los límites de su país remando sobre esta canoa que lo llevará hasta su casa, en Punta Aguirre, a unas cuantas brazadas de este puerto. Roberto lleva por esas casualidades una camiseta celeste y blanca.

-¿Están pescando?

-Nooo… Sólo se puede pescar en la orilla.

-¿Y si tratan de hacerlo?

-Está prohibido, es peligroso.

-¿Peligroso?

-Sí. Bueno, no. La guardia paraguaya nos prohíbe pescar en el río, pero nos deja en la orilla. Son aguas paraguayas.

-¿Y qué pasa si pescan sobre el río y la guardia los descubre?

-Nos sacan los pescados o las lanchas. A veces les damos plata.

-¿Plata? ¿Cuánto?

-15, 20 pesos.

Apipé siempre vivió de la pesca. O mejor, vivía. El isleño hoy sólo puede usar la caña desde la orilla. Y ahí no hay pique. Por las tardes llegan hasta la costa apipeña cientos de embarcaciones oscuras. Son de bandera paraguaya. Hacer lo contrario está prohibido por la ley vecina.

“Lo más triste es que practican la depredación, utilizan elementos que deberían estar prohibidos para la pesca, como espineles”, se queja Juan Carlos Fagundez, secretario de Obras Públicas. “Hemos escuchado disparos en cierto horarios, pero no sabemos sí es para atemorizar. Eso preocupa, pero a quién le preguntamos”, se indigna Fagundez. En marzo, a Víctor González le secuestraron la lancha a unos 50 metros de la costa argentina. Al poco tiempo murió.

Rolando Agustín, consejero delegado de la Embajada del Paraguay, en Buenos Aires, sostiene que los conflictos limítrofes –de aguas y tierra- se acabaron en 1994. “Hay un tema de control fronterizo, pero este control lo puede hacer tanto la guardia paraguaya como argentina. Si hay requisas y detenciones es por cuestiones de pesca (cuando hay veda) o narcotráfico, ya que es una ruta para movilizar droga”, dice. Y añade que en la zona de aguas, entre la planta generadora de energía y el puerto de San Antonio de Apipé, debe haber total libertad para la pesca. “De lo contrario se debe investigar -añade-. Esos conflictos limítrofes se subsanaron aquella vez cuando se abrieron las compuertas de Yacyretá”.

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Domingo, 11 AM.

En el puerto hay una cola de cinco personas. Esperan llegar a diez para que parta la lancha. Aquí se avistan los dos apostaderos de Yacyretá: Bravo I y Loma Negra. Desde este año nadie puede tomar este atajo corto que abreviaría el camino al continente. La única vía es el puerto de Ituzaingo. Eso equivale a 40 minutos de viaje con la lancha colectiva –sale tres veces a la semana; las semanas que funciona– o casi media hora con las lanchas privadas. La tarifa: entre 20 y 150 pesos.

Aquí nadie puede responder por estas restricciones. Yacyretá adujo cuestiones de seguridad. “Esa respuesta no es legítima. Debemos lograr que la gente de la isla pueda volver a cruzar por la zona más cercana y sin necesidad de pasar por la aduana”, se queja Nito Artaza, senador nacional por Corrientes.

El aislamiento también tiene una cara financiera. En Apipé no hay ningún cajero automático, ni una ventanilla de pago. Recién en este momento se está logrando que el Banco Nación o el Banco de Corrientes ofrezcan una mínima atención en la isla.

En Apipé no hay quirófano ni anestesista. Hay un hospital que no está preparado para emergencias de neonatología.

El próximo bebé nacerá del otro lado de la frontera –o del río.

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Domingo, 13.30 AM.

Eugenio Quiroz nació hace 84 años en esta misma casa. Fue hijo de una mamá que no le dio hermanos y de un papá que no le dio el apellido.

-¡Don Eugenio, don Eugenio!

-Sí, sí. Ya, ya, ya, ya….
Hace mucho no recibe a nadie en esta morada. Le cuesta más contener la euforia que caminar con su lánguida muleta. Se arregla una camisa transpirada. Cultiva una soledad de 84 años. Quedó aislado en una isla. Su patrimonio es el que se ve: dos piezas con techo de chapa, una taza de té, un celular, una muleta, una mesa, una cama y estas sillas.
También le queda un diente y una pierna. Un mañana de agosto de hace mucho, a los 9 años, le fracturaron la tibia jugando al fútbol. Lo tuvieron que llevar en bote hasta Ituzaingo. Le diagnosticaron gangrena. Le terminaron amputando el andar.

La radio portátil, su compañera, le cuenta los problemas que hay en el mundo. “Mataron a este Kadafi, ¿no? ¡Qué lío!”. Don Eugenio habla de la leyenda de un pombero que silba por las noches (“por las dudas no le contesten”), de la poesía autóctona (“la Isla de Apipé Grande, en la calma de sus atardeceres…”) y de que no se vayan que tengo más cosas para contar. Quiere contar algo de una central hidroeléctrica.

–Durante 42 años trabajé en la empresa de correos. Así es pues…

–¿Cambiaron mucho las cosas por acá?

–Uffff. Antes había mucha pesca y la industria madre era el almidón, valía 20 centavos el kilo. La carne costaba 20 guita y el azúcar, 50.

–Don Eugenio, ¿y hoy?

–Hoy se vive…

–¿Alguna vez entendió lo que pasó con la isla?

–El que firmó el tratado ese es un loco, ¡¿cómo le vas a dar el agua a otra Nación?! Y después encima nos hicieron la represa…

–…

–Ese fue Carlitos. El no andaba con vueltas para vender las cosas, jajajaja.

–¿Cree que algún día las aguas volverán a ser argentinas?

–Por supuesto. Pero eso llevará mucho tiempo. Va a ser como Las Malvinas, jajaja.

El mapa dice que esta geografía cambió a partir de esa represa de la que habla don Eugenio. Apipé tiene 27 mil hectáreas, y según acreditan los vecinos, podría partirse en dos en cualquier momento.

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Domingo, 6.20 PM.

Mónica Romero está aquí, en el puerto, con la misma memoria desde que nació, creció, huyó y regresó. Es la intendenta desde 2009. Aquí el río está más alto que nunca. Yacyretá llegó este año a los 83 metros sobre el nivel del mar. Romero tiene fotos de infancia en las que paseaba por las playas donde ahora el Paraná es profundo.

“Es como que no significamos mucho. Esto que nos pusieron no es una defensa costera. El tratamiento para proteger a nuestra isla debería tener otra envergadura. Tenemos muchas cuadras con agua. Según Yacyretá, esta defensa nos va a proteger. Según nosotros, no lo hará. Las aguas van socavando la tierra. Antes teníamos unas playas incomparables. Esto cambió, y a nosotros no nos benefició”.

“Esta gente está a merced de Yacyretá… Les tiraron 500 piedras como protección –dice Artaza, quien este año visitó la isla–. El compromiso de obras complementarias nunca se hizo y el agua seguirá creciendo. No puede ser que los derechos de una corporación energética sean más importantes que los de un pueblo. Esto lo digo y me hago cargo: el ente binacional que administra la represa quisiera que la gente de Apipé se vaya. Esta gente está haciendo patria desde hace mucho. Desde que se cambiaron absurdamente los límites de un río”.

Aníbal de la Cruz, ex militar, propietario del hotel La Casona e isleño por adopción, cree saber por qué nunca hubo un estallido social. “Acá el poblador se adapta a cualquier cosa. Casi no reclama lo que le pertenece, lo que es suyo”.

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Domingo 9 PM.

El mapa dice que en el mundo hay menos de cinco enclaves –es decir, de países rodeados completamente por otros. San Marino está dentro de Italia. El Vaticano, también. El Reino de Lesoto, en Sudáfrica. Y la Isla Apipé en Paraguay.

El diputado Rodolfo Fernández presentó en marzo un proyecto de resolución para recuperar la soberanía en función de los acuerdos fronterizos que se firmaron en 1876. El ex intendente José Ojeda trató de llevar en e2007 esa misma gestión a la Cancillería, pero no prosperó.

“Sentimos que Apipé no es tan importante para los gobernantes nacionales. De lo contrario, no estaríamos atrapados en nuestra propia isla. Creo que volveremos a sonreír cuando las aguas sean argentinas”, sigue la intendenta.

De fondo hay un mástil y una bandera abanicada por la brisa. Y hay un cielo sin fronteras que presagia una tormenta. Un vecino termina la caminata cansada de un domingo. Don Eugenio Quiroz quiere seguir contando cosas. El Viejo Encina pasea una resaca de ojos rojos. El Loco Marchetta anda gritando el grito del sapucai. Doña Pachona descansa. Mónica Romero pone la camioneta en marcha:

–¿Cuándo se van?

–Mañana.

–Miren que si llueve mucho de acá no sale nadie, je.

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Lunes, 7 AM.

El mapa dice que aquí está Corrientes y que este punto geográfico  queda lejos de Buenos Aires. Apipé es decir en guaraní “apé opé”: donde el río se bifurca. El paisaje dice que llueve poco y que las dos lanchas chicas de viajes expresos hoy no prestan sus servicios.
De pronto, llega el barquito María Concepción -el único techado- con destino a Ituzaingo. Hay lugar. Arranca.

Atrás queda la isla, perdida en la bruma gris. De costado, unas compuertas verdes llenas de electricidad. Allá adelante, a 20 kilómetros, la Argentina. Otro país.

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3 Comments → “Apipé: atrapados en una isla, por Federico Rozenbaum y Alejandro Aguirre”

  1. Sandra Emilce Dominguez 1 year ago   Reply

    Felicito a los Sres. Rozenbaum y Aguirre. Por el informe realizado de la cruda realidad de la población apipeana.
    Sandra E. Domínguez

  2. Ana Sicilia 1 year ago   Reply

    Felicitaciones para los autores, Federico y Alejandro;y para la revista, por compartir esta interesante realidad. Cautivante historia.

  3. tuty 1 year ago   Reply

    me encanto todo este es lugar donde naci… como quisiera que la misma argentina nos conosca porque nada sabe que este lugar existe sin embargo somos mas argentinos que la mayoria porque claro esta que los que habitamos en ella si hacemos patria

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