En Helsinki, el tango es karaoke, solitario y final, por Gabriel Magnesio

July 2nd, 20124:00 am @

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Semanas más tarde de mi viaje a Helsinki, en el bar Saint-Michel, centro de París, el encuentro fue casual.

Solo, con cara de perro abatido, Aki Kaurismäki se emborrachaba a golpe de vodka con naranja y cigarrillos Camel. Me invitó a su mesa. Eran las 2 de la mañana. Sobre la mesa, había cuatros vasos medio vacíos. Kaurismaki apagaba y prendía cigarrillos sin interrupción. Vestía al estilo clase obrera en domingo: camisa escocesa, jeans negros sin cortes, zapatos marrones de carpincho, campera de montaña.

«La vida es simple –repetía–: es perros y cigarrillos». Y escupía: «Finlandeses cabras, tan iguales y estúpidas». Con movimientos torpes, como un payaso triste, fijaba los ojos con seriedad; pasaba de la risa cínica a esa seriedad brutal.

El bar, el único abierto, parecía una estación de servicio –o una central de ómnibus donde esperaban animales desparejos e impredecibles. Un borracho pedía un cigarrillo. El guardaespaldas negro lo expulsaba. El borracho gritaba que quería un cigarrillo. Se peleaban. Aki se levantó, blanco y serio. Le puso un cigarrillo en la boca, se lo enciendió sin mirarlo, y volvió a nuestra mesa.

Aki vive en el norte de Portugal. Tenía, esa noche, un anillo de matrimonio (28 años casado con la finlandesa Paula), que colgaba de la pulsera del reloj. Lleva 28 años casado con la finlandesa paula. Tiene, también, tres perros. Hablaba de su perra Laika.

“Soy un perro romántico. El día no me gusta. La noche me sienta mejor. Está todo bien, hay alcohol».

A las siete de la manana dijo: «No tengo nada más para decir», y apagó el velador. Tenía los ojos vidriosos, grandes azules, de sapo. Le temblaba la papada. Se despidió con la mano hinchada y seca.

En una hora viajaría a Le Havre, al norte de Francia. Aki Kaurismäki, uno de los mejores cineastas contemporaneos, estaba realizando su última película: El puerto

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Los cruceros de línea zarpan hacia San Petersburgo, Tallinn, Estocolmo. La presión de los barcos quiebra la capa de hielo del Mar Báltico. Desde la orilla del Golfo de Finlandia, Helsinki es silenciosa, blanca, bajo el frío seco de la larga noche del tiempo polar.

En los parques, las estatuas con el torso desnudo despiertan compasión. Las recurrentes tormentas de nieve limpian la ciudad y los lagos desaparecen reemplazados por pistas de patinaje, canchas de hockey sobre hielo, áreas peatonales y calles. De lejos, una gran masa blanca se confunde con la nieve. La catedral evangélica-luterana Tuomiokirkko, símbolo de la capital finlandesa, domina la plaza del Senado. Los 12 apóstoles erguidos sobre el techo parecen los únicos signos vitales de esta ciudad de 600 000 habitantes.

Los tubos fluorescentes amarillos y rojos iluminan las paredes de Moscú. Sobre la rocola hay trofeos de plástico, una foto de un viejo equipo de futbol ruso, una gorra militar del Ejército rojo y mapas del metro de San Petersburgo. Detrás de la barra hay medio centenar de vinilos de tango finlandés apilados en una estantería. El Café Moscú, en el centro de Helsinki, es una provocación de Aki Kaurismäki, el más importante de los cineastas finlandeses.

Rusia es una de las heridas en la conciencia histórica de este país. Durante más de 100 años, la Rusia zarista dominó Finlandia que, en 1917, se independizó cuando los zares fueron
reemplazados por los bolcheviques.

Helsinki es una ciudad baja y casi uniforme. A fines del siglo XIX, a la coherente arquitectura neoclásica y el estilo imperio, impuestos por el zar Alejandro I, a imagen de San Petersburgo, se le sumaron las nuevas tendencias modernistas que enriquecieron el paisaje urbano. Más tarde se racionalizó y simplificó el estilo en pos de la funcionalidad, cuyas formas regulares y lineales desembocaron en la elegante sobriedad del diseño nórdico.

Los edificios, en su mayoría, no exceden los 30 metros de altura, para no interrumpir la poca luz natural durante el invierno. No obstante, la ciudad está atravesada por subterráneos que funcionan como refugios antiaéreos contra el frío y la oscuridad, pero ocupados por centros comerciales. Basta con cruzar la calle para volver al calor y a la luz artificial.

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En el Café Moscú suena un disco de Eino Grön, el tanguero local. Hay cinco mesas. En las paredes cuelgan fotos en blanco y negro de las heroínas de las películas de Aki Kaurismäki. El director , de 54 años, caricaturiza con un tono minimalista la inexpresividad finlandesa. Le alcanzan unos planos fijos, escasas palabras, humor negro y atmósferas urbanas asépticas para poner en escena a los protagonistas de sus películas, perdedores y derrotados de una de las sociedades más avanzadas del planeta.

Finlandia se ubica entre los 15 primeros países del mundo con más alto índice de desarrollo humano (idh), según la Organización de las Naciones Unidas. Tiene uno de los estándares de vida más elevados de toda la Unión Europea –y elevadas tasas de suicidios: es el tercer país del mundo con el más alto índice de armas de fuego por habitante; la enfermedad nacional es la depresión, y el alcoholismo es la primera razón de muerte entre los hombres.
“No hay ninguna razón para vivir salvo el vino blanco”, dice Kaurismäki, quien tiene prohibido el acceso a la mayoría de los bares de Helsinki.

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En el distrito de Katajanokka, al este de la ciudad, la cúpula dorada y los ladrillos rojos de la catedral ortodoxa Uspenski rompen con la palidez del cielo. Un legado ruso, este edificio bizantino-eslavo es la catedral ortodoxa más grande del mundo occidental.

Antes de la invasión rusa, el país perteneció, desde el siglo xii, a la Corona sueca. En 1550, el rey de Suecia Gustavo Vasa fundó Helsinki. Y fue en el siglo XVIII cuando, frente a las costas de la capital, Suecia construyó la fortaleza marítima de Suomenlinna, considerada una de las más grandes del mundo, para evitar los avances rusos, que serían, tiempo más tarde, los nuevos conquistadores.
“No somos suecos, no seremos rusos, seamos entonces finlandeses”, decía Adolf Ivar Arwidsson, escritor y nacionalista ferviente, en 1820. Entre la influencia escandinava y eslava, la identidad del pueblo finlandés fue siempre postergada. Pero en el siglo XIX, bajo el nombre de Kalevala (recopilación de las voces del folclore, transmitidas desde la antigüedad), se daría forma a la epopeya o mito fundador del resucitado nacionalismo finlandés.

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A la salida del metro, un grupo de adolescentes sordomudos cargados de palos de hockey sobre hielo desentonan con sus gestos en el silencio de la calle. Pasa un viejo tranvía alemán de color verde y amarillo. Los departamentos, protegidos por ventanas y puertas dobles, son discretos y austeros. La vereda está iluminada por la nieve y los carteles de los bares.

Aquí, ahora, un hombre golpea sus zapatos contra el hielo. Trata de encender un cigarrillo.

El Harry’s Bar, unos metros bajo tierra, huele a alcohol. Hay 10 mesas, un tragamonedas y la rocola. En los bares de Helsinki nunca faltan la música ni el azar. Hay ruido, pero Helsinki es una ciudad callada.

Pero cada mesa está ocupada por una persona sola, con el rostro impávido, bebiendo gin con limón, vodka o cerveza. Ganen o pierdan, las miradas de un profundo azul están cargadas de aflicción y fatalismo.

La distancia o la frialdad podrían ser desconcertantes, pero sólo es timidez. El silencio podría ser incómodo, pero sólo es silencio.

Como si todo estuviese perdido de antemano.

Como un tango al revés. O mudo.

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“El tango es finlandés”, dice Kaurismäki, con un rictus cínico. Para los finlandeses, el tango es tan familiar que casi les sorprende que también exista en la Argentina. La música de Buenos Aires llegó a Finlandia alrededor de 1913. Se apropiaron del género y lo integraron a su modo. El ícono nacional, Olavi Virta, grabó en 1944, en pleno tiempo de guerra, el legendario “Siks’ oon mä suruinen” (“Por eso estoy tan triste”), con el que refundó el género y lo nacionalizó. En los años cincuenta, Virta era el cantante más popular del país.

Murió en 1972, pobre y abandonado, consumido por el alcohol.

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En Finlandia, un viejo proverbio dice que lo que no cura el vodka y el sauna no tiene solución. Después del vodka, y antes o después del salmón o la carne de reno, los finlandeses van a purificarse al sauna, un invento nacional. Hay un sauna cada tres personas.

Ahora, en el Rastila Camping, sur de Helsinki, más de 20 cuerpos transpiran en menos de 20 metros cuadrados. La purificación parece flagelación. La temperatura alcanza  los 90 grados –afuera es de -5 grados. Los cuerpos desnudos, enrojecidos, salen al frío, caminan sobre la nieve, llegan a una pileta y se sumergen en el agua helada.

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Esta noche, Pertti Immonen tiene puestos unos jeans con dos rayos en los bolsillos traseros y un collar con un corazón de metal. Dice que el talento del dj consiste en ofrecer la ilusión, por medio de la ecualización, de una voz de estrella. “La gente sueña con ser una estrella el tiempo que dura una canción. Interpreta canciones de grandes amores que nunca le ocurren en la vida real. El karaoke es una necesidad. Los solitarios reciben aplausos y reconocimiento.”

El karaoke en Finlandia es un fenómeno de masas. De origen japonés, el juego consiste en cantar en playback siguiendo la letra impresa sobre una pantalla. “Un antídoto para la soledad”, dice Pertti, que pone cara de pastor de la Iglesia Universal, pero es el dj de karaoke del bar Tenkka, Hensinginkatu 15, en el barrio alternativo de Kallio. “No existe un pueblo de Finlandia que no tenga karaoke. Mi pueblo, de mil habitantes, tiene dos. Uno en cada esquina de la calle principal. Aquí, en Helsinki, hay karaokes gays, taxis equipados para cantar e incluso el Parlamento tiene su propio club”.

Pertti huele a alcohol. Pide otro café. “Una noche, llega al bar una especie de Hell’s Angel gigante, con tatuajes, chamarra de cuero, barba larga. Los gestos son violentos –tiene cara de que te va a matar en cualquier momento. El tipo anota su canción y espera su turno. Lo hago pasar rápido para no incomodarlo. Se prepara y entona con lágrimas en los ojos una canción titulada ‘Madre’”.

Esta noche, en la selección del público predominan temas tradicionales y melancólicos de los años sesenta y setenta. Un ambiente de salón con bola de espejos en el techo, copetes engominados y zapatos de punta. Los cantates son obreros, secretarias o empresarios. Una joven de suéter rojo canta un tema pop. Modula y se mueve con gracia. Hay aplausos, pero nadie la mira. No se festeja la felicidad propia ni ajena, sería pretencioso. Las vibraciones quedan por dentro, ocultas de la mirada exterior. El siguiente es un hombre de 50 años, borracho, que al finalizar, micrófono en mano, dirá que la vida es maravillosa, que los amigos son maravillosos, que está todo bien.

Detrás del juego, se esconden las lágrimas o las ilusiones. “Son hombres y mujeres que evitan la provocación y trasladan el conflicto al interior. La intensa melancolía finlandesa. El karaoke, por unos instantes, les permite llorar u ofrecer una canción como un ramo de flores”, concluye Pertti.

Afuera, en la calle, Helsinki se apaga en el frío seco de otra larga noche de estos tiempos polares.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

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