Martha Gellhorn, o por qué los corresponsales de guerra ya no son lo que eran, por Susie Linfield

23 junio, 2012

La corresponsal de guerra Martha Gellhorn (1908-1998) fue una marca registrada que personificaba la valentía, el glamour y el compromiso politico para generaciones previas de norteamericanos, especialmente en los 1930s y ’40s, cuando cubrió la Guerra Civil Española, la II Guerra Munial y los juicios de Nüremberg para revistas de circulación masiva como Collier’s. Gellhorn ya no es conocida fuera de los círculos periodísticos, pero eso puede cambiar gracias a un pequeño revival de obras de, y sobre, ella. Su novela de 1940 sobre la caída de Checoslovaquia, A Stricken Field (Un Campo Asolado), que Eleanor Roosevelt, amiga confesa, llamó “obra maestra”, ha sido publicada de nuevo por University of Chicago Press. Love Goes to Press (El Amor Se Va a la Imprenta), una obra de teatro que co-escribió con la periodista Virginia Cowles, está en escena en el Mint Theater de Manhatttan, en la West 43rd Street. Quizás de forma más prominente, HBO transmitió recientemente (y continúa haciéndolo) Hemingway & Gellhorn, que retrata lo que la cadena llamó “el apasionado romance y tumultuoso

Los verdaderos Gellhorn y Hemingway en China

matrimonio” de dos escritores (interpretados, respectivamente, por Clive Owen y Nicole Kidman). La película es, a menudo, ridícula –por ejemplo, vean la escena en la que un joven Chou Enlai, entonces guerrillero (y con aspecto, por razones misteriosas, más de asiático-americano que de chino), dice a Gellhorn y Hemingway que en [la adaptación cinematográfica de la novela de Hemingway] “Adiós a las armas” eligieron mal a los actores. Aún así, era bueno ver una película masiva incluir al menos el discurso antifascista y mostrar un comunista real, vivo, que no era el diablo encarnado.

Hay pocas chances, sin embargo, de que la película de HBO le hubiera gustado a Gellhorn: después de su enconado divorcio de Hemingway, en 1945, él era su tema menos querido sobre la Tierra, y resentía amargamente ser conocida como su ex mujer. “Simplemente, no quiero volver a oír su nombre otra vez”, escribió a su madre. “Un hombre deber ser un muy gran genio para compensar el ser una persona tan detestable”.

En una carrera que se extendió por seis décadas, Gellhorn cubrió guerras, entre otros lugares, en China, Finlandia, Israel, Vietnam, El Salvador y Nicaragua. Algunos de sus artículos pueden devastarnos como si acabaran de ser escritos. “Detrás del alambre de púas y la reja electrificada, los esqueletos se sientan al sol y se buscan los piojos”, escribió desde Dachau en mayo de 1945. Sus palabras todavía pinchan. En otro despacho desde la recién derrotada Alemania, se burla de la autocompasión y la negación del alemán medio: “Yo escondí a un judío seis seimanas. Yo escondí a un judío ocho semanas (Yo escondí a un judío, él escondió a un judío, todo cristo escondió judíos)”. La furia inalterada de esos artículos a menudo choca a mis estudiantes de periodismo —Gellhorn misma calificó a los artículos de Alemania como “himnos de odio”— y es dudoso que fueran publicadas (o escritos) hoy. Pero no hay nada en su tono que chocara a los lectores norteamericanos de la época (o, llegado el caso, a los de Inglaterra, Francia, Grecia, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rusia… y sigue la lista). Y es terriblemente difícil imaginar cómo podía escribir uno un despacho equilibrado desde Dachau.

En una época en que los peligros de informar sobre la guerra parecen estar aumentando, como prueban las recientes muertes en Siria de los periodistas Anthony Shadid y Marie Colvin y los fotoperiodistas Tim Hetherington y Chris Hondros en Libia (sin mencionar los cientos de periodistas y trabajadores de los medios muertos en Irak desde 2004 y las decenas en México en los últimos años), la forma en que Gellhorn encara el periodismo es fascinante de revisar. Leer su trabajo y hablar con corresponsales de guerra contemporáneos sobre él es entender una paradoja: la aproximación de Gellhorn al periodismo de guerra es completamente moderna, en realidad premonitoria –y, al mismo tiempo, se ha vuelto completamente anacrónica.

Gellhorn llegó a España en 1937 con el propósito explícito de ayudar a la República. Pero no sabía cómo —y mucho menos cómo ser una corresponsal de guerra. Años después, recordaría: “Para empezar: ¿qué hacía que algo fuera una historia? ¿Tenía que ocurrir algo gigantesco y concluyente antes de que uno pudiera escribir un artículo?”. Un amigo periodista le sugirió que escribiera sobre Madrid. “¿Por qué eso le interesaría a alguien?, pregunté; era la vida cotidiana. Él señaló que no se trataba de la vida cotidiana de cualquiera”. Ella agregó: “Lo que era nuevo y profético en la guerra de España era la vida de los civiles, que se quedaron en casa y a los que les trajeron la guerra”.

 

Gellhorn en España.

Los civiles a los que les trajeron la guerra: ¿podría haber una mejor síntesis de la trayectoria de los conflictos armados en el siglo XX? “Esa declaración muestra una auténtica claridad de parte de Gellhorn”, dice Jon Lee Anderson, reportero de The New Yorker que ha cubierto guerras en América Central, Irak y Siria. Las estadísticas confirman la perspicacia de Gellhorn: el historiador marxista Eric Hobsbawm, por ejemplo, ha estimado que en la I Guerra Mundial los soldados constituían el 95 por ciento de las bajas; en conflictos contemporáneos, la mayoría de los cuales son intranacionales, los civiles desarmados componen del 80 al 90 por ciento. En muchas de las guerras de hoy, los civiles son blanco deliberado –en verdad, primario–: piensen, por ejemplo, en el Ejército de Resistencia del Señor (Lord’s Resistance Army), el grupo ugandés que esclaviza niños; en las milicias de la República Democrática del Congo, que son practicantes sistemáticas de las violaciones masivas y la mutilación vaginal; en los bombardeos talibán de las escuelas y mercados; en los ataques de Al Qaeda contra mezquitas iraquíes; en los asaltos de Al Shabaab contra estudiantes de medicina, maestros e hinchas de fútbol; en las recientes guerras en Darfur, Colombia, Chechenia, Liberia y Sierra Leona. El teórico político John Keane ha designado a estos conflictos como “guerras inciviles”, cuyos perpetradores practican “una violencia que no sigue regla alguna, excepto aquellas de la destrucción misma –de la gente, la propiedad, la infraestructura, los lugares de importancia histórica, incluso de la propia naturaleza… Algunos de los conflictos de hoy parecen carecer de cualquier lógica o estructura excepto la del asesinato en una escala ilimitada”. Mary Kaldor, de la London School of Economics, ha escrito que estas nuevas guerras reemplazan “la política de ideas” con “la política de la identidad” y no pueden, por tanto, ser entendidas según los términos políticos convencionales. Kaldor argumena que, mientras el objetivo tradicional de las gueras modernas, incluyendo las guerras de guerrillas y los movimientos de liberación, ha sido conquistar el favor de las poblaciones nativas y establecer un nuevo Estado, los nuevos guerreros buscan sostener el caos, sembrar “miedo y odio” entre sus compatriotas, perpetuar Estados fallidos o implotados y expulsar (o matar) a poblaciones civiles.

Este cambio en el modo de hacer la guerra ha tenido su reflejo en un cambio en la forma de informar sobre ella. Christina Lamb, ahora jefa de la oficina en Washington del Sunday Times de Londres, pasó más de dos décadas cubriendo guerras; sin embargo, es la gente, no las batallas, lo que le interesa. “He estado haciendo esto por tanto tiempo –sé sobre armas”, dice Lamb, autora de Small Wars Permitting: Dispatches from Foreign Lands. “Pero para mí la auténtica historia es la vida cotidiana, especialmente de las mujeres. Tienen que alimentar a los niños, educarlos –incluso viviendo al límite”. Kim Barker, ex jefe de la oficina para el Sur de Asia del Chicago Tribune y autor de The Taliban Shuffle, concuerda. “No voy al frente y cubro el ‘bang-bang’. La parte más interesante, para mí, no es cómo la gente muere en la guerra, sino cómo vive”. Anderson, autor de Guerrillas y The Fall of Baghdad (La caída de Bagdad), recuerda un detalle aparentemente irrelevante, pero revelador, de la vida civil cuando la guerra de Irak comenzaba:

Fue la primera noche de shock and awe, y hacía calor. Mirando desde mi hotel en

Shocking Awe, por Robert Ponz

Bagdad, descubrí que alguna gente –iraquíes— habían sacado sus sillones de jardín a la calle. Las bombas caían sobre los palacios de su líder al otro lado del río, ¡y ellos se sentaban en la calle! Eso te dice algo acerca de cómo se comportan los seres humanos, como reafirman el orden y la normalidad, sin importar qué. No estoy seguro de si era tranquilizador o irreal. Y después de la primera noche de bombardeos, todo el mundo se fue a trabajar al día siguiente y fingió que nada pasaba; ni siquiera echaban una mirada a las ruinas humeantes. Esta era una sociedad que había sido profundamente aterrorizada por su líder y que estaba aterrada de lo que estaba por ocurrir”.

Pero hay otra razón, también, para que el foco contemporáneo se ponga sobre los civiles. Gellhorn llamaba a España la Causa. Ese compromiso fue la fuente de sus más profundas percepciones y de sus más grandes fracasos: no reportó las atrocidades y ejecuciones cometidas por los leales [NDT: los republicanos]. De hecho, Gellhorn tomó un claro partido en casi cada guerra que cubrió; como escribió su biógrafa, Caroline Moorehead, Gellhorn estaba “más comprometida que casi todo periodista de su generación en promover la causa de los pueblos oprimidos en todas partes”. Fue fervientemente pro-israelí (en 1948, en 1967 y después) e igualmente ferviente en su oposición a las políticas y acciones de los Estados Unidos en Vietnam, Nicaragua, El Salvador y Panamá. No puedo adivinar que hubiera dicho sobre una guerra contemporánea en particular –hablar por los muertos siempre es peligroso–, pero estoy bien segura de que concordaba con su amigo Robert Capa cuando este le dijo: “En una guerra, tenés que odiar o amar a alguien, tenés que tener una posición o no podes soportar lo que ocurre”.

Para muchos periodistas contemporáneos, sin embargo, las cuestiones políticas que impulsaban a Gellhorn –especialmente, aquellas de fascismo/antifascismo— on mucho más difíciles de discernir. Esto no significa que reine “la neutralidad”. John F. Burns, que ha pasado casi cuatro décadas cubriendo conflictos para el New York Times, se remonta a Bosnia. “Podría decir, de mi cobertura, que había un agresor principal –los serbios— y una víctima principal: los musulmanes bosnios, y cualquier intento de igualar lo que no era igual hubiera sido completamente equivocado. Una vez que uno reporta los hechos, hay una obligación –una obligación—de extraer de esos hechos algún tipo de conclusión. Yo no soy un mecanógrafo”. Pero la guerra en Bosnia puede ser la excepción que confirma la regla: como la de España, atrajo a gran cantidad de periodistas y fotoperiodistas, entre ellos David Rieff, Roy Gutman, Samantha Power, Peter Maass y Gilles Peress, que abiertamente apoyaron a la República y vehementemente abogaron por la intervención occidental contra los serbios. La guerra de Bosnia fue una de las primeras en revelar cómo sería el orden mundial después de la Guerra Fría, y aún así, en muchos modos, fue la última de las “viejas” guerras.

El paradigma político que definió a las “viejas” guerras no se encuentra en muchos de los conflictos de hoy. “Las ideologías que teníamos durante la Guerra Fría ya no existen”, dice Elizabeth Rubin, que ha sido reportera en Sierra Leona, Chechenia, Sudán, Irak y Afganistán. “No se trata de alinearse con los partisanos contra los imperialistas. El paisaje de la guerra es mucho más complejo ahora”. En verdad, hay ahora millones de personas sufriendo brutales conflictos en los cuales las causas, incluso las impuras, son tan imposibles de encontrar como la paz. Esos conflictos parecen auto-exterminios más que guerras tradicionales, y a menudo duran décadas. Y el sitio primordial de tales conflictos es, sin dudas, el África oriental y subsahariana, hogar de algunos de las más tenazmente salvajes –y a menudo olvidadas—guerras del mundo, en lugares tales como Congo, Somalia, Chad, Uganda, Burundi y Sudán. “Occidente tiene su responsabilidad aquí”, dice Burns, que ganó el George Polk Award en 1979 por su cobertura desde el sur de África. “Pero esta es la emergencia de la anarquía”.

Jeffrey Gettleman, colega de Burns, está estacionado en Nairobi y ganó un Pulitzer Prize este año por su cobertura en África oriental y subsahariana. En muchas de las guerras de la zona, dice, “no ves batallas ideológicas. Es una violencia indiscriminada, predatoria. Se pone un rifle de asalto en el interior de (los genitales de) una mujer y se apreta el gatillo: ¿cuál es el valor estratégico de eso? Muchos de estos grupos no tienen interés en difundir ideas o ganar apoyo. Ya no hacen cosas como esas”. Raymond Bonner, quien fue reportero para The New Yorker y el New York Times por treinta años y es el autor de Weakness and Deceit: U.S. Policy and El Salvador, observa: “Salvador fue una guerra simple. Una guerra absurda. Había dos lados: el gobierno y los rebeldes. Somalia es mucho, mucho más complicada. No hay lados, sólo facciones”. Anderson describe a los combatientes posmodernos de hoy —cita en particular a Al Shabaab y las pandillas de América Latina— como “matones utópicos” y es nostálgico y clarividente a la vez respecto del abismo que divide la época de Gellhorn de la nuestra. “Gellhorn tomaba partido de un modo que yo no puedo”, dice. “Tiene que ver con su generación. Si yo hubiera estado cubriendo España en los ’30, ¡espero que también yo hubiera tomado partido! Pero eso me ha sido negado. Crecí en una época más complicada”.

La clave para cubrir tales conflictos no es imponerl un molde de izquierda-derecha a oponentes que no adhieren a las ideas políticas tradicionalmente asociadas con esos términos, ni a transformar mágicamente a los adolescentes drogados cn AK-47s en sus manos en nobles luchadores por la libertad. Más bien, dice Gettleman, los periodistas deben “ponerse en los zapatos de los que sufren”.

Gellhorn también hablaba por los que sufrían –o, más bien, por algunos de ellos. Por razones tanto de seguridad como ideológicas, rara vez pasaba al “otro” lado (Esto también era así para Capa). Los fascistas en España, los norteamericanos en Vietnam, los contras en Nicaragua, los escuadrones de la muerte en El Salvador: ninguno de ellos le interesaba realmente (sí entrevistó a refugiados palestinos, aunque sin simpatía). Para periodistas contemporáneos, ese paradigma también ha cambiado. Algunos de los mejores despachos de Burns desde el sur de África, por ejemplo, desbordan empatía hacia los dilemas de los blancos sudafricanos y de Rodesia. “El estereotipo es el enemigo del buen periodismo”, explica”. Hubo afrikaaners que sí mataron a Steve Biko. Pero otros eran esencialente decentes. A algunos de ellos se los encontraba incluso en el gobierno, desorientados y todo. Es nuestro trabajo contar la historia”.

Barker hace una distinción entre los perpetradores y aquellos que pueden llegar a apoyarlos –una distinción que era, creo, totalmente ajena a Gellhorn. “¿Quién va a ser pro-talibán?”, pregunta Barker, retóricamente. “No, no, no. No se puede ir del lado de gente que esta deliberamente matando a civiles: no hay forma de que puedas defender eso. Pero se puede entender la perspectiva de gente que apoya a los talibán por la corrupción, o porque ‘los norteamericanos mataron a mi hermano’”. Rubin explica: “Terminás simpatizando con los civiles que quedan atrapados en el medio. Tomá, por ejemplo, al tipo del Ejército del Mahdi (en Irak) que levanta un arma –quizás su familia entera fue barrida. No es difícil tener[le] simpatía. Eso no significa que te alineás con una idea o con el ejército del Mahdi. Te alineás con ‘la gente’: vas a tomar el partido de la gente cuyas vidas están siendo destrozadas”.

La lucha para comprender lo incomprensible no compelía a Gellhorn, pero asuela a los periodistas de nuestro tiempo. “Hay una cualidad imposible de desentrañar en algunos de estos conflictos”, admite Anderson. “¿Cómo entiende uno a los Shabaab? Sería muy difícil para un occidental sentir simpatía, en cualquier forma, debido a lo que hacen. O Al Qaeda: la suya es una violencia casi medieval. Tenemos que superar primero la repulsión. Pero creo que es importante tratar de entenderlos”.

 La relación de Gellhorn con su profesión fue tan demandante como aquellas que mantenía con esposos, amantes e hijo. En 1959, escribió un ensayo mordaz, con el corazón roto, en el que repasaba el trabajo periodística que ella y otros habían publicado en los ’30, cuando advertían a las democracias occidentales sobre la amenaza fascista. Esta “Federación de Casandras” había tenido, acusaba, “una actuación perfectamente inútil”: “La luz-guía del periodismo no era más fuerte que una luciérnaga… Si fuera por el bien que hicieron nuestros artículos, podrían haber sido escritos en tinta invisible, impresos en hojas de árbol y echados al viento”.

Es esa sensación de angustia –o, dirían algunos, de realismo— la que comparten muchos de los periodistas de hoy. “Yo no espero tener más efecto que cambiar las percepciones y las conciencias, y eso es una cosa muy pequeña comparada con el cambio de comportamiento del público y del gobierno”, dice George Packer, de The New Yorker, quien ha sido reportero en Irak, Costa de Marfil y Sierra Leona. “La desesperación de Gellhorn es la norma actual. Quizás en 1959 fuera una revelación aplastante; en 2012, es lo que los periodistas deberían esperar y usualmente esperan”. También Rubin comprende la profunda decepción de Gellhorn, pero advierte que podría ser un tipo de arrogancia. “¿Quién te dijo que podías escribir un artículo y cambiar el mundo? Hay una hubris [desmesura] y una desesperación, y entre ambas trabajamos”. Añade: “Creemos que hay alguien a quien le importará, que intervendrá –pero ¿quién es ese alguien? Yo creo que lo que estamos viendo en los levantamientos árabes es que no hay un ‘quién’, una autoridad moral que venga a salvar a los oprimidos. La gente es el ‘quién’”.

Es un sentimiento que, creo, refleja lo mejor de Gellhorn —es decir, en su aspecto más democrático. Y puede, quizás, tender un puente sobre el abismo entre las certidumbres morales y políticas de su tiempo y la angustiada confusión del nuestro.

Aquí, en la bella revista Guernica, la versión original de este artículo, en inglés.

Susie Linfield es autora de The Cruel Radiance: Photography and Political Violence . Dirige el programa de Cultural Reporting and Criticism en New York University, donde enseña periodismo.

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2 Comments → “Martha Gellhorn, o por qué los corresponsales de guerra ya no son lo que eran, por Susie Linfield”

  1. Johanna Ramirez Monestel 2 years ago   Reply

    Excelente, la verdad es una gran mujer la cual motiva a muchas a ser iguales de admirables.

  2. Maite Ayala 1 year ago   Reply

    Me parece muy bueno este artículo. Sinceramente no me gustó la película, deja por fuera muchas cosas de Gellhorn, trata muy mal a John Dos Passos (que me parece mejor escritor que Hemingway) y se enfoca más en trivialidades. No conocía a Martha Gellhorn, realmente fue una mujer de avanzada. La película no le hace justicia.
    Me gustaría saber más de ella, y de la autora de este artículo, Susie Linfield.

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