Leningrad, los Sex Pistols de Rusia, o acaso de la URSS, por Gabriel Magnesio

22 junio, 2012

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Los bloques de cemento barato están lejos de cualquier centro. Aquí no hay más que bloques, supermercados, estaciones de servicios, una empresa tercerizada que fabrica maniquíes, el motel Paradise y, en un centro imaginario, un Mc Donald’s.

El invierno se instala y hay cambio de horario. A las 5 de la tarde, el cielo baja, oprime y duele. Se prenden las luces detrás de las cortinas rojas, dentro de la inmensidad gris de los monoblocks.

Esta mañana, un hombre, más de 40, está sentado en el banco de esta plaza soviética. Tiene las manos entrelazadas, los hombros caídos, pocos dientes. Mira como caen las hojas de los árboles. Espera, me dice, que abra el supermercado para comprar su dosis de vodka barato para, al fin, empezar el día.

Los descampados, alrededor de los bloques grises, son las camas improvisadas donde las jóvenes bálticas pierden la virginidad. También hay juegos para niños de metal herrumbrado y, cuando nieva, viejos esquíes soviéticos, maltrechos, abandonados.

Al costado de la larga avenida congestionada y silenciosa hay gente que espera el ómnibus y mujeres que esperan al cliente. Hay un cartel gigante que anuncia un concierto de Leningrad, aquí, en el barrio de Seskine, periferia de Vilna, capital de Lituania.

Los Leningrad Cowboys son el peor grupo de la historia. Un grupo de rock finlandés inmortalizado en una película de Aki Kaurismäki. Pero Leningrad es el célebre grupo punk de San Petersburgo, los Sex Pistols del país más grande del mundo.

Creado en 1997, Leningrad fue prohibido oficialmente por el intendente de Moscú Yuri Luzhkov. Los textos eran considerados indignos para la imágen de la Gran Rusia. «La música de Leningrad es mas bien primitiva», me escribe Aliona, una amiga rusa de París. «El grupo es, sobre todo, un fenómeno. Al principio, su música se asemejaba a la de los prisioneros de los gulags. Luego crearon el rock ruso y triunfaron. En 2003 fueron galardonados por Muz TV, la MTV rusa».

En pleno apogeo, el líder, Sergéi Vladimirovich Shnurov, disolvió el grupo. «Leningrad estaba condenado al éxito gracias a sus textos provocativos», dice Aliona. «Sobre todo en nuestro país, donde todo esta prohibido y la primer respuesta es N(i)ET (no), herencia de la época soviética».

Leningrad escupe canciones satíricas, crudas y cínicas, «repletas de malas palabras, adoradas en Rusia, pero mal vistas si son dichas en público», dice Aliona. «El grupo tiene el humor de la mediocridad del hombre ruso básico: la rutina de millones de personas que se sienten perdedores».

Esta noche es el concierto de Leningrad. Los 14 músicos de la banda suben al escenario.

Sergéi tiene 38 años, parece de 60. Nació en Leningrado, antigua y actual San Petersburgo, en tiempos de la URSS. Tiene la fama de ser un líder carismático, enfant terrible, borracho, un tipo chic, visceral, perezoso –y francotirador despierto.

Sergei, dicen, canta horrores desde hace más de una década en cuevas de su ciudad. Sus conciertos son lo mas parecido a The Rocky Horror Picture Show. Leningrad es un amasijo grotesco, felliniano, cáustico hasta la exasperación.

Esta tarde, ahora, junto a mi guía lituana, saludo a Sergei, el líder, en el último piso de un hotel de Vilna. Sergei no habla inglés.

–¿Qué le inspira la figura de Lenin?

El representante de Sergei no reacciona, traduce apenas dos palabras. Sergei escucha el apellido.

–¿Lenin?

El representante traduce las dos palabras que escupe Sergei: «No veo la asociación…».

El representante no habla bien inglés. Tampoco entiende que yo no hable ruso. Repregunto, pero el traductor no traduce. Lenin se cae al agua.

–Los Sex Pistols quemaron a la Reina. ¿Cómo es la versión rusa de sex, drugs and rock and roll?

El representante traductor mira su celular. Traduce al ruso. Sergei se afina la voz, tose, pone cara de sorpresa y responde, se extiende. El representante dice: «Que los Sex Pistols piensan en drogas y que él no tiene nada que ver con las drogas».

Al traductor lo noto cansado y sin ánimo de esforzarse.

-¿Sí en sexo y rock and roll?

«No drug», repite el representante.

-¡¡Drugyyy… !! –grita Sergei.

«Otro tipo de droga», aclara el representante.

Se refieren al zapoi, la borrachera rusa. Un viaje de varios días por el precipicio, cargando litros de vodka cristalino.

La voz de Sergei tiene algo de oso, de modorra infinita. «Una cosa es como las personas hablan en la realidad. Nosotros hablamos como las personas no hablan, pero quisieran».

–¿Sos una referencia del under y de la sociedad rusa?

Un amigo de Sergei interrumpe. Anuncia que tiene una idea y mira a mi guía con ganas. Le pregunta si habla lituano. Propone reemplazar al representante traductor. Minutos antes, el tipo decía que había sido compañero, en la facultad de ingeniería de Moscú, del hijo de un narco del cartel de Cali.

-¿Saben cuál es mi idea? Conozco a alguien que habla perfecto el ruso y la lengua local. Tal vez sea mejor para poder entrar en los detalles que el inglés nos impide.

Llama al mozo, que es ruso y habla lituano, y le explica lo que debe hacer. El mozo se resiste, pero el tipo le agarra el brazo. Parece retarlo. El mozo consiente, derrotado.

–¿Se siente un referente político del under ruso?

Mi guía traduce al lituano y el mozo traduce al ruso, mirando al amigo de Sergei. El mozo no sabe quién es Sergei Shnurov, uno de los hombres más conocidos de Rusia.

–Ya no… -responde Sergei.

Repregunto.

–Hace 5 años, sí.

–¿De Rusia o del under?

Nadie traduce.

–¿Cómo es provocar en Rusia?

El mozo parece desconcertado frente a la pregunta. Sergei balbucea y calla.

–¿Qué le inspira Limonov?

–Un buen escritor.

–¿Y como político?

Se ríen.

–Un buen escritor -dice Sergei, condescendiente.

Eduard Limonov es un ruso discutido y distinguido. Un dandy que mezcló la ortodoxia y el bolchevismo. Además de escritor exitoso, dirige el partido Nacional Bolchevique, un grupo radical opositor a Putin.

En sus libros, Limonov se sienta una tarde en New York a tomar vodka en un banco de una plaza con otro ruso, pintor abstracto en Moscú, pintor de edificios en N.Y. Y sentencia :

«Algunos nacen cubiertos de plata. Otros, con pija y cuchillo».

«La imagino en un departamento sórdido de la periferia de Moscú, titubeante, con olor a alcohol, la concha al aire. La imagino cogida por dos rusos del barrio».

«Me gusta seducir pero soy irremediablemente monógamo. Si todas las mujeres fueran ninfómanas, la vida en la tierra sería mas divertida».

Cito a Putin: «Aquel que quiere restaurar el comunismo no tiene cerebro. Aquel que no lo extraña, no tiene corazón».

El representante juega con su celular. Tiene el vaso vacío, se bajó de un trago el whisky con coca.

El mozo sigue parado. Había rechazado la oferta de sentarse. Solo se apoya contra la silla.

–En Rusia no hubo comunismo. Putin debía referirse al comunismo cubano o chino –dice Sergei.

–¿Qué había en Rusia?

–Una monarquía. Durante muchos siglos.

Le pregunto como se sientieron sus padres el 5 de marzo de 1953, cuando murió Stalin.

Se ríen. Me dice que sus padres en el 53 tenían 3 años.

–¿Qué hacían sus padres?

–Mi madre trabajaba con máquinas electrónicas para cortar y mi padre con medios. Todos eran ingenieros de la Unión. Entre los dos crearon un muro de defensa contra los americanos, contra el capitalismo.

«A Sergei le gusta desnudarse en el escenario, mostrar el pene. Por eso sus conciertos están prohibidos. Por eso el público los considera mártires», escribe Aliona, desde París, e insiste: «Leningrad es el portavoz del hombre simple que quiere vivir tranquilamente, coger con su amante, evitar el sexo con su esposa fea, trabajar lo menos posible, tomar lo más que pueda frente al televisor. Ese hombre solo sabe expresar su personalidad por medio de malas palabras, sobre todo en ruso, como en las canciones de Leningrad».

–¿Cómo cree que sería su vida si siguiera esa monarquía? A los disidentes los encerraban en los hospitales psiquiátricos o en los gulags… ¿Quien le dio a usted la autorización de ser poeta?, preguntaba en esa época la KGB.

Silencio. Piensa.

–La pregunta no es precisa. La URSS fue distinta en los ‘50, ‘60 y ‘70. Pero si existiese la URSS, lucharía por ella si hubiese una tercera guerra mundial.

Ese periodo era la edad de oro de las variétés rusas. Klavdia Chouljenko y Marc Bernes eran vedettes de los años de guerra. Edita Piekha, Iossif Kobzon, Alla Pougatcheva, Sofia Rotaru y Lev Lechtchenko. Mouslim Magomaiev. Voces veneradas por el pueblo ruso. Y por Sergei.

–¿Lucharía hoy por Rusia?

Sergei escucha el consejo de su amigo y responde:

–Me rendiría de una vez.

Sergei adhirió en 2010 a las manifestaciones en favor de la liberación de dos bielorrusos encarcelados por un poema que el presidente Lukashenko no apreció. Los presos no fueron liberados.

–¿Le podría pasar a usted en Rusia? ¿Ser encarcelado por una canción?

–Por una canción, no, pero por todo un album, sí.

–¿Pero sigue libre?

–No voy a hacer más discos…

–¿Cuáles fueron las reacciones ante su versión del himno nacional ruso?

–No me acuerdo de esa canción.

Silencio.

–Ah… no era el himno de Rusia, sino el de la URSS. En la actualidad, todo es provocación. Una mujer con burka es una provocación. Una mujer sin burka es una provocación. Cualquier cosa que hagas es una provocación.

El ultimo hit de Leningrad se llama «Un dulce sueño ». La corista grita: «Me gusta cuando tu enorme pija esta dentro de mí. Quiero que solo sea mía. Pero… sé que solo es un sueño».

–¿Leningrad es sinónimo de provocación?

–Lo más seguro es que sí –responde Sergei, dubitativo o aburrido–. Muchos quisieran ser un héroe de un cuento de hadas. Pero cuando ves al diablo, ya no quieres ser un héroe –traduce el mozo ruso, asustado o indiferente, secuestrado por esta conversación a golpes.

–Los clips de Leningrad caricaturizan al marginal. ¿Ustedes son marginales o la caricatura cínica del marginal?

–La gente que piensa que soy cercano al pueblo se equivoca.

¿Su vida es heroica? –pregunto, y el mozo-traductor se asusta de nuevo.

–Soy el héroe de un cuento que escribo yo mismo. Pero el pueblo ve lo que está sucediendo ahora: una traducción del ruso al lituano, del lituano al inglés, del inglés al español. Todas las personas terminan la vida en la puta mierda.

–¿Qué piensa de la muerte de la periodista Anna Politkovskaia?

–No traten de acercarse a mí como a Putin porque ésa no es la situación. No pienso en una persona en particular, pero sí le caigo gordo a alguna gente por las cosas que hago. Y la gente que hace cosas tiene enemigos.

–¿Cómo se imagina en 20 años?

–Ya no cantaré.

 

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