Buenaventura, Colombia: el capitalismo gangsteril de la era Santos, por Sandra Weiss

13 junio, 2012

Sentada en su decrépita silla de plástico, Floreida Zamora contempla el paso del progreso. A pocos metros de su casucha de madera desfilan los enormes buques trasatlánticos cuyo destino es Puerto Buenaventura, el más grande del Pacífico colombiano. Doce millones de toneladas de carga transitan anualmente por aquí, 40 por ciento del comercio total de Colombia. Es un intercambio desigual: por cada 10 contenedores que llegan llenos de juguetes, ropa, carros y electrodomésticos de Asia, sólo tres regresan cargados con productos de postre: café, plátanos o azúcar de Colombia.

El puerto, recién modernizado y ampliado, es una vitrina de lo que pretende hacer de su país el presidente Juan Manuel Santos: un emprendimiento de última tecnología, limpio, automatizado, que trabaja las 24 horas con una eficiencia asombrosa. Pero ese progreso se edifica sobre la miseria, la corrupción y tráfico de todo tipo. Buenaventura es una ciudad olvidada, una plataforma codiciada por todas las mafias. Por eso, el puerto está rodeado de un alto muro electrificado y vigilado por centenares de guardianes, además de un grupo especial de la Policía antinarcóticos. Pero hay quien duda de su eficiencia. Hace poco, la Transportadora Marítima Grancolombiana tomó la decisión de no sacar carga del puerto ante la falta de controles por parte de las autoridades, y porque le “contaminaron” una carga con droga.

El nuevo puerto es una apuesta al comercio con Asia, donde los economistas ven el nuevo polo del desarrollo mundial. Grupos privados europeos, colombianos y asiáticos quieren invertir aquí más de 700 millones de dólares en los próximos años para construir más muelles, más depósitos de contenedores y para dragar el estero, de ocho a 12 metros de profundidad, lo cual permitiría el fondeo de los superbarcos de la clase postpanamex. Gracias a inversionistas españoles, ya se construyó la Terminal de Contenedores TC Buen, y una de Logística, TL Buen, cuyas modernas grúas se erigen como brazos de gigantes encima de los palafitos miserables.

Es una amenaza no solamente visual: los miles de pobres como Floreida Zamora estorban. “El otro día pasaron unas personas con papelitos donde decían que nos tenemos que ir 25 kilómetros tierra adentro, pero yo no me voy”, afirma Floreida, una mujer negra y voluminosa que vino al puerto hace 11 años, huyendo de una masacre de paramilitares en su comunidad natal sobre el río Naya.

Fue una de las tantas matanzas de horror que ha visto Colombia en los últimos 60 años. Floreida, quien tiene ahora 37 años, perdió allí a su madre y a su prima; se salvó con la ropa que tenía puesta y huyó río abajo en una pequeña embarcación de madera, hasta llegar a Buenaventura y comenzar allí una nueva vida. Desde cero.

Miles de desplazados más, que hoy en día viven en palafitos a lo largo de la orilla de la península sobre la que está situado el puerto, han llegado con el mismo sueño. Así se formaron y crecieron barrios insalubres, sin alumbrado público ni calles asfaltadas. Con muchos niños descalzos balanceándose sobre tablas de madera que sirven de puentes, con música tropical de fondo, con jóvenes que deambulan sin rumbo, con mujeres que hacen fila desde la noche anterior en la sucursal local del Banagro, donde el gobierno les paga una modesta ayuda social. Si pudiera, Floreida regresaría a su pueblo. Pero los paramilitares se apropiaron de su tierra y la vendieron a una empresa agroexportadora que cultiva palmito y produce aceite para biocombustible.

Así que Floreida quedó confinada a una ciudad miserable, con 65 por ciento de pobreza y 63 por ciento de desempleo, donde la mitad de la población no tiene agua potable, la mitad de los niños no terminan la escuela y donde la esperanza de vida promedio es de 51 años. Desde que privatizaron el puerto en los años noventa, los puestos de trabajo se han reducido a la mitad, se han precarizado y tercerizado después de quebrantar los sindicatos, mientras la población seguía aumentando a ritmo de masacres y desplazamientos. Buenaventura es una ciudad donde el salitre y las abundantes lluvias han carcomido todo, desde las láminas de zinc hasta el tejido social.

Frente al Pacífico colombiano reinan el desamparo, el abandono, la resignación y los grupos armados ilegales que se nutren de la miseria y de la ilegalidad. Hay un frente urbano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el grupo paramilitar de Los Rastrojos, ambos ligados a los narcotraficantes. Al principio, las FARC le vendían la pasta base a los paramilitares, cuya maquinaria de corrupción está mejor aceitada. Pero ahora sus frentes guerrilleros, que están bajo presión militar, quieren una tajada mayor del negocio apetecible y empezaron los enfrentamientos.

Por los ríos y esteros alrededor de Buenaventura transita, según estimaciones de expertos, una tercera parte de la cocaína que se cultiva en Colombia. Cada vez hay más sembradíos en las selvas aledañas del Pacífico, unas 72 mil 600 toneladas de hoja de coca. Una vez procesada, la droga sale en lanchas rápidas, en submarinos artesanales y en los contenedores de mercancía hacia su destino en Estados Unidos, pasando por México. Los dos bandos tienen, según informes de inteligencia, lazos con El Chapo Guzmán, y hay una ruta que va de Buenaventura al puerto de Manzanillo.

El dinero mal habido se lava en la compra de oro de la minería ilegal, que prospera en toda la Costa del Pacífico, en la construcción de los megaproyectos y sobre todo en Cali, donde tienen su sede muchas empresas de comercio y de construcción. Y también pasa en efectivo por el puerto. En 2009, se encontró una fortuna de 27 millones de dólares en efectivo tan sólo en un contenedor que venía de México.

Hay redes de tráfico de armas y de mujeres, y todos parecen ligados. La Policía recién descubrió una red que usaba prostitutas para convencer a los marineros de camuflar droga en los contenedores —carga “contaminada”, como la llaman los expertos. Es un negocio en grande: las cargas que se aseguran aquí se miden en toneladas, además de las microcargas que salen en lanchas.

Últimamente, la Armada colombiana impuso una estricta vigilancia en el mar. Las salidas nocturnas de los pescadores están prohibidas, y la venta del combustible está limitada a cantidades que no les alcanza a los pescadores, lo que disparó los precios en el mercado negro y deprimió la pesca, uno de los pocos trabajos legales que quedaban. Mientras que los habitantes de Buenaventura compran pescado importado, los barcos pesqueros de Asia arrasan en las aguas profundas frente a la costa. Las pesqueras colombianas en Buenaventura quebraron y sus fábricas se están convirtiendo en almacenes para carbón y otros recursos que esperan su embarque para Asia.

Cuando cae la noche, sube el volumen de la música y en los bares se mezclan mendigos y borrachos con chicas de ropa ajustada y jóvenes en moto con pantalones sospechosamente abultados en la cintura. Cuando oscurece, zumban las balas, y siempre hay una razón para morir. La guerrilla y los paramilitares se pelean el negocio, porque un narco tiene algunas cuentas abiertas con un político corrupto o un testaferro, o porque se perdió un cargamento y alguien tiene que pagar… La población civil está en medio, a merced de los violentos, tratando de sobrevivir en esa ciudad de 350 mil habitantes donde hay hasta 400 asesinatos al año, más los desaparecidos, que van en aumento y cuyos cadáveres aparecen muchos meses más tarde en otros departamentos. Con total impunidad.

Recientemente ha habido muchos muertos y desaparecidos en los barrios en donde se quiere ampliar el puerto. Se mata sin piedad hasta que los vecinos acorralados venden sus propiedades a precios ridículos. Se las compran los pistoleros para revenderlas a los intermediarios de las trasnacionales al doble o triple de los precios de ganga que logran a punta de pistola. Un modelo de capitalismo gangsteril gracias al cual se han amasado aquí fortunas, y que deja algo para los que están en la cadena del delito.

La ganancia alcanza para los policías, que llegan puntuales a los puestos miserables del mercado para cobrar la extorsión, pero nunca llegan a tiempo a las balaceras. Y también alcanza para los políticos, que tienen fama de ser parte de los más corruptos de Colombia. Hay alcaldes requeridos por la justicia, parlamentarios en la cárcel por nexos con los paramilitares, quienes siguen manejando concejales y alcaldes desde su celda. Y está el famoso capo Víctor Patiño, de regreso a sus tierras después de haber purgado una condena en Estados Unidos y decidido a retomar el control sobre este puerto estratégico.

“Es mejor negocio la política que el narcotráfico”, dijo el encarcelado exsenador Juan Carlos Martínez Sinisterra, hoy en la cárcel por corrupción y parapolítica, la política paramilitar. “La plata que deja una alcaldía no la deja un embarque”, afirmó. La Contraloría lo investigó y encontró sobrecostos en compras de medicamentos y graves irregularidades en la asignación de tierras y propiedades. También tenía a un allegado controlando la oficina de aduana del puerto.

Cuando la contralora investigó también al último alcalde por malversación, la funcionaria fue destituida e inhabilitada. Poco tiempo después, explotó una bomba frente al edificio de la Fiscalía. Hubo seis muertos y nunca se supo quién fue.

Cerca del cascarón negro de la Fiscalía quemada está la alcaldía, un inmueble de concreto negruzco cuya fachada de vidrio sufrió el impacto de la onda expansiva de la explosión.

Nadie se inmuta, ni siquiera el alcalde interino, Jaime Murillo, quien asegura que el progreso está a la vuelta de la esquina. “Vamos a crear un emporio con una infraestructura que colma las aspiraciones de nuestra población”, promete. “La población afectada por las megaobras es poca comparada con la que se va a beneficiar”.

Hay quienes no creen en esas promesas. “Lo que se pretende es convertir a Buenaventura en un centro logístico para la carga; es un modelo de desarrollo que no está pensado para nosotros, sino para los empresarios”, dice Víctor Vidal, uno de los pocos concejales disidentes y miembro del influyente Proceso de Comunidades Negras (PCN).

Apoyados por la Iglesia e invocando la Constitución, los vecinos lograron imponer una consulta previa antes del comienzo de la construcción del nuevo malecón y de la ampliación del puerto. Sin embargo, como no hay claridad sobre cómo se ha de desarrollar, el alcalde Murillo ya tiene su propia estrategia. “Hemos conversado con varios líderes y están de acuerdo”, afirma el alcalde.

“Fueron comprados”, alegan los críticos. Pero no hay quien lo pueda probar, y los juzgados de Bogotá están lejos, muy lejos. Solamente hay tres vuelos semanales entre la capital y Buenaventura, y el tránsito por la única carretera de dos vías se interrumpe a cada rato por derrumbes y accidentes. La prensa nacional solamente se acuerda de Buenaventura cuando ocurre un atentado, como hace algunas semanas, cuando las FARC colocaron una bomba en el concurrido jardín infantil del parque municipal, o cuando se asegura un cargamento de droga.

“Después, todo sigue igual”, denuncia el obispo Héctor Epalza, como todos los críticos, un personaje amenazado de muerte y a quien rodean tres guardaespaldas. “El puerto se convirtió en la patria del miedo y mientras el progreso avanza, el genocidio continúa”, remata. Encima de los cadáveres, prosperan los negocios porque la modernización, lejos de secar el caldo de cultivo ilegal, lo abona: mientras más contenedores pasen por el puerto, más oportunidades habrá para la circulación de cocaína.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

 

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2 Comments → “Buenaventura, Colombia: el capitalismo gangsteril de la era Santos, por Sandra Weiss”

  1. bemero 1 year ago   Reply

    Da tristeza ver como a nuestro puerto y su gente, lo destroza el “progreso”. La dura realidad es que manteniendo ha Buenaventura en la centuria 15ava ( con ese pensamiento discriminativo del Centralismo y nuestros propios dirigentes politicos) a nuestro puerto nunca le llegara la bonanza que nos regalo la naturaleza. Para Buenaventura, nunca ha habido una verdadera planificacion, en la cual se exprese el pensamiento de educar a la mayoria de sus hijos, que por ser de extraccion pobre, aparentemente no tienen derecho a compartir sus riquezas. Y de esto son primeramente responsables los portenos que han logrado salir avante educacional y politicamente. En ellos esta que su gente progrese para que Buenaventura vuelva a ser el conjunto de personas que eran un solo nucleo. Esto no fue hace 500 anos, fue hace solamente unos 50. Quien quiere tomar el liderazgo?

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