Siria: vaticinios de un triste futuro, por Jon Lee Anderson

11 junio, 2012

El miércoles pasado, en el pueblo sunita de Al-Kubeir, Siria, no lejos de Hula, donde ciento nueve civiles fueron asesinados el 25 de mayo (de 2012), hubo una nueva masacre sectaria, esta vez de 78 civiles, incluyendo mujeres y niños. Una vez más, parece haber sido cometida por los así llamados Shabiha, matones partidarios del régimen alawita. Una vez más, parece que no hubo nadie capaz de impedirlo. Esta vez, sin embargo, los cuerpos fueron retirados y escondidos del contingente de observadores de Naciones Unidas que intentaron sin éxito en el pueblo tan pronto como se informó de la masacre, y se encontraron ellos mismos bajo fuego. Para cuando lograron llegar al lugar, un día después, había sangre, unos pocos restos humanos y el olor de piel calcinada.

La guerra civil siria muta, se expande y se extienda y, en medio del caos creciente, desarrolla nuevos contornos y tendencias más profundas. Hay poco realmente nuevo, sin embargo, excepto la matanza en aumento. El 9 de junio, al menos ciento once personas fueron muertas en todo el país en varios tiroteos y bombardeos y emboscadas –más o menos ochenta de ellos eran civiles. Fue una de las más costosas pérdidas de vida en un conflicto que comenzó con manifestaciones pacíficas en marzo de 2011 y que se estima ya se ha cobrado más de 14.000 vidas. Informes diarios relatan los bombardeos de las fuerzas gubernamentales contra barrios –en y alrededor de Homs, y ahora también en la provincia mediterránea de Latakia—que se han mantenido en la insurgencia, aparentemente, a pesar de meses de asaltos similares, y en muchos otros pueblos y ciudades, incluyendo la propia Damasco. En otra señal de la escalada, helicópteros artillados están siendo desplegados en acción por el gobierno en todo el país. Las fuerzas rebeldes, a su vez, están montando ataques más mortíferos. Antes armados pobremente, se dice que han recibido una provisión de misiles antitanques de simpatizantes extranjeros, tales como Arabia Saudita.

Las matanzas sectarias se están volviendo más frecuentes y parecen estar más allá de la capacidad del régimen para detenerlo, asumiendo que exista la voluntad de hacerlo. Se ha suscitado un debate internacional: ¿Assad es cómplice o sólo impotente? (La respuesta, en proporciones inciertas, puede ser: ambas cosas). De momento, la mayoría de tales matanzas son ejecutadas por los Shabiha contra musulmanes sunitas, pero según pase el tiempo habrá, sin dudas, una revancha sunita anti-alawita.

Siria se ha vuelto un caso clave para la comunidad internacional. O reúne un quórum que establezca los medios para detener la matanza –si no otra cosa— en Siria, o no lo hace.

El futuro de las Naciones Unidas en Siria enfrenta ahora varios posibles escenarios. O la actual misión de observadores falla y colapsa, como la anterior misión de la Liga Árabe, abrumada por la tormenta en ciernes y derrotada por el puro sin sentido de tener a unos pocos hombres de bien en el terreno para ser testigos de la carnicería pero incapaces de hacer nada al respecto; o, llegado un momento en que la opinión internacional alcance una masa crítica, una fuerza mayor, una “misión de mantenimiento de la paz”, será acordada, y se despachará gran cantidad de tropas –como ocurrió en Bosnia en los ’90— para impedir de algún modo a los asesinos que entren a los pueblos en los que practican la carnicería. Pero una misión de mantenimiento de la paz requerirá el permiso del gobierno huésped, en este caso el del propio régimen de Assad, y eso, por ahora, parece improbable, dada su aparente determinación de derrotar militarmente a sus enemigos, sin obstáculos externos.

La tercera opción, una intervención militar con mandato de la ONU —ataques aéreos contra los cuarteles militares y sus depósitos de tanques y centros de comando y control, como los que vimos el año pasado en Libia, realizados por la OTAN— implicaría la aprobación del Consejo de Seguridad y esa perspectiva ha sido vetada en forma reiterada por los miembros permanentes Rusia y China. Los dos todavía están disgustados de haber acepado la “resolución de cierre del espacio aéreo” impuesta por las Naciones Unidas y ejecutada por la OTAN en Libia, que llevó a la caída de Gadafi. A la fecha, Rusia sigue siendo el principal aliado político y proveedor de armas de Siria junto con Irán, mientras que China se ha mostrado un endurecido sostén.

Llegado el caso, es todavía una pregunta abierta si una misión aérea de la OTAN, al estilo de la de Libia, podría detener la matanza. La OTAN puede bombardear guarniciones militares, pero, sin tropas en el tereno –una opción de sí o sí para los planificadores de la guerra occidentales en el mundo post-Irak y casi post-Afganistán de hoy–, ¿puede impedir a los matones Shabiha que conduzcan sus taimadas razzias asesinas, en las que jóvenes que gritan slogans y muestran tatuajes y blanden armas y cuchillos y están sedientos de sangre entran en los pueblos y van de casa en casa, matando a quien encuentran?

Es interesante, inquietante, oír comparaciones que se hacen con el quiebre sectario en Bosnia. Ayer, el canciller británico, William Hague, lo hizo de un modo fútil, alambicado. Dos días antes, en tanto, un hombre con quien Hague ha tenido que encontrarse con frecuencia y con el que, presumiblemente, ha tenido que hablar amablemente como parte de su trabajo –el canciller de Putin, Sergei Lavrov— dijo que Rusia no se opone a la idea de que Assad deje el caso si esa era “la voluntad del pueblo sirio”. ¿Cómo determinar esa voluntad? ¿ES la voluntad de la cada vez más furiosa y ensangrentada mayoría sunita? ¿Es la voluntad de la pequeña minoría alawita de Assad y de la minoría cristiana que también apoya en silencio al régimen?

Como mínimo, dada el limitado rango de opciones atractivas a disposición, parecería sensato que los líderes mundiales más preocupados por detener la violencia de Siria tomaran a Lavrov al pie de la letra y lo urgieran a convencer al régimen de Assad de que implemente de inmediato el tipo de reformas políticas que podrían ser suficientes, incluso ahora, para detener la zambullida del país en una guerra civil completa. Pero bien puede ser demasiado tarde.

Sea lo que fuere que ocurra, en otros quince o, quizás, veinte años, habrá sin dudas una corte especial reunida en La Haya para tratar el tema de Siria y órdenes de arresto internacional serán emitidas para los culpables conocidos que todavía estén en libertad; se despachará una fuerza especial para aprehenderlos y, luego, una tras otro, mucho después de que la matanza esté completa, los veremos desfilar ante el estrado, donde mentirán sobre lo que hicieron y mirarán en forma desafiante a los grises jueces que leerán la letanía de sus crímenes. Para entonces, por supuesto, las tumbas masivas habrán sido abiertas, las cámaras de tortura y los “cuartos especiales de ejecución” visitados y fotografiados, y existirá el habitual puñado de raros sobrevivientes a mano para contar sus historias. Y luego algunos acusados serán sentenciados por la corta a sentarse en un cuarto en Holanda por el resto de sus vidas, o un buen pedazo de ellas. Algunos serán absueltos por falta de evidencia. Se escribirán libros, se harán películas, pero los cuerpos yacerán allí, en Siria, donde fueron arrojados, para que se los encuentre, a algunos inútilmente. O bien serán encontrados, se les rezará y serán recordados por largo tiempo.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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