En México también mueren las lenguas

11 junio, 2012

“Es hermosa, pero pesada”. Esteban López, a punto de cumplir 81 años, se balancea con lentitud en la hamaca de una casita humilde y pulcra presidida por un altar a la Virgen de Guadalupe. Habla el numte oote, o ayapaneco, que en Ayapa, esta comunidad de Jalpa de Méndez (Tabasco), algunos llaman sencillamente “la lengua” o “la palabra”, pero que cada vez lo es menos. López forma parte de una comunidad indígena a la que se le está muriendo el idioma: quedan entre 15 y 20 hablantes en su poblado, Ayapa, según cálculos del Ayuntamiento. Solo dos, según el informe del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) y ocho según la Unesco.

Una vez en Jalpa, una localidad calurosa, verde y húmeda dedicada fundamentalmente a la agricultura y con unos 83.000 habitantes, se descubre que la realidad es algo más optimista que el papel, aunque no tanto: la mayoría de los hablantes supera los 60 años y no emplean el idioma de sus padres más que cuando se encuentran por los caminos del pueblo. Sus descendientes, como mucho, entienden “la palabra”. Pero no la usan. “Hermosa, pero pesada”, dice en un español lento y cantarín Esteban López, rodeado de un enjambre de nietos de los que ha perdido la cuenta. Ninguno conoce la lengua del abuelo. No parece importarles mucho. En realidad, parece importarle a poca gente.

México es uno de los nueve países con mayor diversidad lingüística del planeta, según el Programa de Revitalización de las Lenguas (Pinali)2008-2012. Unos 3.500 de los 5.000 (o 7.000, según los informes) idiomas que se hablan en todo el mundo se concentran, además, en Papúa Nueva Guinea, Indonesia, Nigeria, India, Camerún, Australia, Zaire y Brasil.

Entre sus 112 millones de habitantes, México cuenta con casi siete millones de hablantes de alguna lengua indígena. La mayor parte habita en los Estados de Chiapas y Oaxaca —muchos en zonas rurales, en las ciudades es muy poco habitual escuchar otra lengua que no sea el español— y la mayoría usa el náhuatl, el maya, el mixteco o el zapoteco. Existen otras 22 agrupaciones lingüísticas que no superan los 1.000 hablantes.

En total, México cuenta con 11 familias lingüísticas, 68 lenguas y 364 variantes dialectales de las que 259 corren peligro de desaparecer. De ellas, 107 están en riesgo alto o muy alto, según el Programa de Revitalización de las Lenguas 2008-2012 del Gobierno de México. El ayapaneco es una de estas hablas en la cuerda floja.

En teoría, las lenguas están protegidas. Pero dicha protección se queda a menudo en papel mojado. La Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas de 2003, reconoce el “derecho de todo mexicano a comunicarse en la lengua de la que sea hablante” en todos los ámbitos, y garantiza, entre otros derechos, el acceso de los indígenas a la educación obligatoria “bilingüe e intercultural” y la asistencia jurídica con traductores. Muchas organizaciones denuncian el constante incumplimiento de este requisito. Especialmente dramáticos fueron casos como el de Adela Ramírez, presa siete años en Chiapastras pasar por un juicio en el que no contó con ningún intérprete a pesar de no hablar español.

Actualmente existen 8.634 indígenas presos en cárceles de la República. El mapa de intérpretes acreditados por el INALI solo registra 357. El 84% del más de medio millar de presos indígenas encuestados en el Estado de Oaxaca en 2007 negó haber contado con esta garantía, según el Informe del diagnóstico sobre el acceso a la justicia para los indígenas en México, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. El 80% no sabe siquiera qué son los derechos lingüísticos, según el informe Los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas del Estado de Oaxaca en el acceso a la justicia: Marco teórico-práctico 2 (Cepiadet). Y el 82% asegura que cuando acude a alguna institución gubernamental no puede expresarse en su idioma.

En las zonas urbanas todavía hay quien mira con superioridad al “indio” por su color de piel, y más si no emplea el español. Y los hablantes de estas lenguas a menudo abordan este asunto con una aproximación práctica que no ayuda. Gilles Polian, lingüista en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología (CIESAS Sureste)de Chiapas subraya: “El problema que yo he observado es que la lengua indígena no ayuda. Importa que los hijos hablen español e incluso inglés. No sé si lo definiría como complejo, lo veo más una cuestión práctica, de supervivencia. Si eso tiene como precio perder la lengua, es un precio menor”.

El ayapaneco se extingue lentamente, más o menos al mismo ritmo que se balancea Isidro Velázquez, a punto de cumplir los 70 años, en la hamaca colgada en el interior de su casita. “Yo no la aprendí, la mamé. Nos hablaban en lengua mis padres a mí a mis hermanos”. El hombre recuerda que de chiquito “todos” en la comunidad hablaban el mismo idioma. “Cuando nos casamos dejamos de hablar”, dice a modo de explicación. Es cierto que ninguna de las esposas de los cuatro hablantes que acceden a ser entrevistados domina la lengua ayapaneca. Tampoco los hijos.

Las explicaciones de quienes han abandonado un idioma, por lo general, son vagas: fuera empezó a predominar el español, el habla indígena no se maneja más allá de las fronteras del municipio, en la escuela se castigaba su uso… El español ganó la partida hace años, empezando por la educación. Preguntados por la conveniencia de enseñar el idioma a los hijos, a los nietos, a los alumnos en la escuela, los entrevistados suelen sonreír y responder con un ambiguo: “¿Quién sabe?”.

Antonio Saldívar, investigador del Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), un centro de investigación relacionado con aspectos indígenas en San Cristóbal de las Casas (Chiapas), subraya: “A pesar de que en los últimos años se ha hecho un esfuerzo en la educación indígena, sigue predominando una educación más de transición hacia el uso del español. En comunidades con educación bilingüe, […]a partir del quinto grado se empieza a preparar para el español porque en la secundaria hay menos posibilidades de entrar a una escuela bilingüe. O sea, que ni terminan por dominar su lengua ni por aprender y escribir de manera fluida en español”.

De hecho, Saldívar asegura conocer a jóvenes que han llegado a las universidades procedentes de comunidades indígenas que tienen problemas para leer y escribir en castellano. Existen algunos centros universitarios bilingües (multiculturales, los llaman), pero sus titulaciones suelen estar limitadas al área del turismo sostenible, la agricultura o la lengua. El sistema da lugar a algunas situaciones surrealistas: profesores que imparten clases en escuelas bilingües de otro idioma o dialecto totalmente diferente. Gilles Polian recalca: “Si la educación bilingüe resulta de mala calidad, muchos papás prefieren que sus hijos sean monolingües. Al final, el propio sistema les empuja a alejarse de las lenguas porque no funciona”.

Hay otro problema con los centros de enseñanza bilingües o multiculturales, aseguran los expertos. Se trata de las diferencias culturales entre lo que se enseña en las aulas y lo que viven los niños indígenas. Un ejemplo: las pruebas Enlace, un sistema de evaluación educativa a nivel nacional, registraban siempre resultados bajos en las zonas indígenas. Un maestro de Chiapas denunció en 2008 la “discriminación” que el examen supone para los niños indígenas. No se trataba solo de la lengua, sino del “contexto”. “El libro de texto en una comunidad indígena es el mismo que lleva un niño en un barrio de la Ciudad de México. Y la prueba no tiene nada que ver con los niños y su realidad. Había, por ejemplo, preguntas que incluían el concepto ‘mascota’, cuando para ellos los animales suelen tener una función”, explica Antonio Saldívar. “Por supuesto, el tema no es, por ejemplo, que los niños no aprendan Internet porque vivan en comunidad, sino que lo hagan como una herramienta que enriquece su experiencia de vida, no como un elemento que niega su realidad. La educación actual se basa en que todo lo demás es más importante que lo que ellos saben. Y los contenidos están estandarizados para contextos urbanos”, agrega. ElConsejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) emitió una resolución que reconoce discriminación indirecta.

“Hay desprecio y hay ignorancia. No se puede apreciar lo que no se conoce. Y el Estado mexicano se avergonzó de sus lenguas”, asegura Mardonio Carballo, periodista y experto en lenguas indígenas, de habla materna náhuatl. Carballo reivindica que se vuelva a hablar del zapatismo, “con el que los indios empezaron a existir” en la agenda política en los noventa. Y llama la atención a la clase política, a los medios de comunicación y a los círculos de poder que “no toman en cuenta a los indígenas”.

Fernando Nava, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), argumenta que la figura del indio es un orgullo en México solo en el sentido histórico. “Construyeron pirámides, tuvieron conocimientos astronómicos admirables… Eso es el pasado, es la historia. Ahí acaba el orgullo por el indígena en el mexicano común. El indígena vivo, que convive con nosotros, no tiene ningún prestigio”, reconoce.

Carencia de traductores en procesos judiciales, una Administración prácticamente monolingüe, hospitales en comunidades indígenas donde no hay ni un médico que conozca la lengua local… “Las familias se terminan convenciendo de que mejor que no hable su lengua. Total, en el banco va a tener que hablar español…”, añade Saldívar. ¿Todavía se pueden salvar? “Todo depende de la edad de esos hablantes, si son ancianos, seguro desaparecerá; también depende de la actitud de sus hablantes jóvenes; de su decisión de transmitir o no la lengua originaria a sus hijos. Hay fenómenos muy interesantes que se están dando hoy en día, o más bien se están haciendo visibles: no en vano hubo el levantamiento zapatista que logró dar la voz a los indígenas. Por un lado, la migración ofrece salidas sorprendentes de cohesión identitaria y de rescate de lenguas, tal es el caso de los mixtecos que han hecho una comunidad y redes de interacción donde se lucha por derechos lingüísticos y reivindicación de la etnia”, opina Rebeca Barriga, profesora e investigadora del Centro de Estudios Lingüísticos del Colegio de México.

“Nada lo impide, pero los factores que deben estar en el escenario son muchos, complejos y en el centro está el prestigio o el valor que un sector de la población tenga sobre esa lengua para seguirla usando como medio de comunicación. Eso no ocurre hoy por hoy en Ayapa, por ejemplo”, dice Fernando Nava. Pone el ejemplo del yiddish, una lengua que, pese al Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, posteriormente acabó siendo “un instrumento de defensa, de autoconfirmación, de resistencia, de orgullo… y hoy es una lengua perfectamente vigente”.

Y la pregunta espinosa: ¿vale la pena el esfuerzo de rescatar un idioma moribundo? “Ninguna comunidad tiene derecho a despojar a otra de su lengua materna. Hay un derecho a la continuidad cultural conservando la lengua materna, una responsabilidad social que debe ser velada por los Gobiernos”, agrega Nava, que habla de una herencia humana que trasciende fronteras y generaciones. “Todas las experiencias lingüísticas forman parte del mismo propósito humano de avanzar en conocimientos, en el razonamiento, en la cognición y las expresiones”.

“No me da lástima. Es una lengua que a lo mejor ya no conviene”, dice Isidro Velázquez en Jalpa de Méndez con una media sonrisa. Ignacio Velázquez, que no sabe cuántos años tiene —“mi mamá sí me dijo que nací en un mes de octubre”— no se moja sobre si está bien o mal que el idioma se pierda, pero recuerda: “Me regañó mi compañero en Jalpa. Me dijo: ‘Tú sabes tu idioma, ¿no? ¿Se lo has enseñado a tus hijos? ¿A tus nietos? Pues mal hecho, esa es tu herencia. Te vas a morir y ahí se va a acabar”. Manuel, Isidro, Ignacio y Esteban se van a llevar consigo la herencia cultural de sus padres y abuelos. Antonio Saldívar, como otros expertos y lingüistas, lo lamenta: “Con cada lengua y cada cultura que se pierde perdemos una posibilidad de pensar el mundo de manera diferente”.

Aquí, publicación original de este artículo.

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Marzo de 2012

Adela Ramírez salió de noche de la cantina del Tío Quique, en un pueblo indígena del norte de Chiapas (México), en la que trabajaba como cocinera o acompañando a los hombres a beber, según le pidiera su jefe. Aquella noche era 12 de noviembre de 2004 y bajo una faja de colores chillones, propia de las indígenas choles, se escondía un embarazo de ocho meses del que iba a ser su segundo hijo.

En el camino a su casa, Adela, que entonces tenía 22 años, perdió su propia historia. Analfabeta, pobre e indígena acabó encarcelada. Un expediente judicial incompleto muestra cómo a lo largo de los siete años y medio que pasó presa la Justicia puso en su boca diferentes versiones de lo que aconteció aquel día en el que salió de la cantina y terminó condenada por matar a su hijo. Hace unas semanas, el pasado 27 de febrero, el gobernador de Chiapas, Juan Sabines, decidió concederle la libertad, junto a otras dos reclusas, al considerar que su detención había sido injusta y selló el final de su historia con una fotografía, hecha pública por el Gobierno, en la que se ve a Sabines con cara sonriente y a Adela agarrada a su carta de libertad.

El juez que la sentenció a 15 años de prisión consideró probado que mató a su hijo porque no quería tenerlo. Aunque en el expediente judicial consta que Adela no sabía leer, escribir o hablar español, durante la vista nunca se le asignó un traductor. Ella fue poniendo su huella dactilar en toda cuanta versión se le ofrecía, sin entender apenas una palabra. Tuvieron que pasar varios años antes de que aprendiera español dentro de la cárcel para que su historia dejara de ser la de los demás y así poder completar el relato de aquel día de noviembre, que durante años quedó colgado en el momento en el que dejó la cantina.

Esa noche Adela asegura que se cayó por las escaleras de su casa. Con el golpe se le adelantó el parto y el niño no sobrevivió. Ella, tal y como explica su abogada, dice que se desmayó y que no se despertó hasta llegar al hospital, por lo que no sabe si el bebé llegó a respirar. La sentencia sostiene que sí lo hizo y acusa a Adela de dejarlo morir. “Una camarera, sola y pobre”, resume Martha Figueroa, abogada de mujeres, el resultado del caso.

La noticia de la liberación inesperada por parte del gobernador le llegó a Figueroa en Ciudad de México, donde asistía a un congreso. “Vendrán más liberaciones. Las mujeres nunca hemos sido oportunas hasta ahora, que están las elecciones cerca”, dice.

Figueroa habla sin tapujos del “pésimo” funcionamiento de la justicia y de la indefensión de las mujeres. “No digamos las indígenas”, dice. En México, el 95% de las sentencias son condenatorias, según datos de la asociación Renace, que trabaja en la defensa de personas sin recursos. La abogada corrobora que en la mayoría de los casos hay irregularidades en el procedimiento, que en el caso de Adela, sostiene, se unieron a “un sesgo discriminatorio injustificable”.

El gobernador reconoció en un comunicado tras la liberación que “existen otros casos” de mujeres indígenas injustamente encarceladas. “Gracias a las reformas legales realizadas en Chiapas en los últimos cinco años podrán alcanzar su libertad”, aseguró.

Mientras el gobernador se pone a ello, el trabajo sigue para Figueroa, de 57 años y con más de 30 dedicada a la defensa de las mujeres que sufren marginación. Este mes ha logrado que salgan de la cárcel Magdalena Velasco y Rosa Álvaro. Las dos mujeres, también indígenas y analfabetas, acababan de cumplir un año en la prisión de San Cristóbal sin sentencia. Las detuvieron por, supuestamente, matar o intentar matar a sus hijos recién nacidos, aunque ellas los niegan. El trabajo de la abogada para exigir pruebas y un traductor cualificado ha logrado frenar una condena segura. Como Adela, se enfrentaban a una acusación de homicidio en grado de parentesco, con una pena de hasta 50 años.

El delito agravado por relación familiar fue una reivindicación histórica de los grupos feministas que lograron que se cambiara el código penal para que en caso de que un hombre matar a a una mujer, la relación familiar no fuese un atenuante —como hasta entonces—, sino un agravante. “Se ha vuelto en nuestra contra. Casi nunca se usa para hombres, pero sí para acusar de homicidio a mujeres que sufren abortos o malos partos”, lamenta Figueroa.

Así fue en el caso de Adela, hasta que ella aprendió a hablar español y pudo contar qué pasó aquel día que acabó entre rejas. O, como diría la abogada, hasta que llegaron las elecciones y apareció el gobernador para hablar de derechos humanos y hacerse una foto.

Aquí, publicación original de este artículo.

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29/mayo/2008

Solamente ocho personas hablan en el mundo el xwja o ixcateco y todas ellas viven en una pequeña localidad del Estado mexicano de Oaxaca, al sur del país, informó el martes el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA) de México.

“Las lenguas mueren por desuso, silencio e indiferencia”, señaló el CNCA, que informó de que la mayoría de los hablantes del ixcateco están colaborando con un grupo de investigadores para evitar la extinción de su lengua.

“La tarea es ardua y compleja, porque los últimos hablantes del xwja son personas con edades superiores a los 70 años, apenas hablan el español y no saben leerlo ni escribirlo. Y para reimplantar la lengua materna, antes hay que sensibilizar a la gente”, destacó Guillermo Círigo Villagómez, coordinador de la Unidad Regional de Culturas Populares en Huajuapan de León, Oaxaca.

Los ocho hablantes del ixcateco, lengua perteneciente al grupo popolocano, de la familia lingüística otomangue, viven en Santa María Ixcatlán y siete son de edad avanzada. Ixcateco significa en lengua náhuatl “personas de algodón”.

De acuerdo con el lingüista estadounidense Michael Swanton, que también participa en las actividades para evitar que desaparezca el ixcateco, a finales de 2006 había 11 personas que lo hablaban, pero en el último año y medio murieron tres.

En los próximos meses está previsto que se den una serie de talleres impartidos por la Unidad Regional de Culturas Populares, institución dependiente de la Secretaría de Cultura de Oaxaca, y el CNCA, como ya se hizo el año pasado. Además, se realizará un registro videográfico de los hablantes.

De acuerdo con datos de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, el xwja es una de las 23 lenguas indígenas mexicanas en riesgo de extinción, junto con el paipai, kiliwa, kukapá, aguacateco y kumai de Baja California (norte de México); el kikapú de Coahuila (norte); y el jacalteco de Chiapas (sur), entre otros.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

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One Comment → “En México también mueren las lenguas”

  1. Gonzalo Ramos Aranda 1 month ago   Reply

    Les comparto mi poema, inspirado a fin de . . .

    QUE NO SE PIERDA UN IDIOMA, QUE NO SE EXTINGA UNA LENGUA

    Que no se pierda un idioma,
    porque la ignorancia asoma,
    que no se extinga una lengua,
    porque la cultura mengua.

    Idioma es inteligencia,
    lo que hace la diferencia,
    comunicación humana,
    que a las regiones hermana.

    Lenguaje igual a intelecto,
    propio del ser más correcto,
    idiosincrasia de un pueblo,
    producto de su cerebro.

    El habla es el fundamento,
    comprensión y entendimiento,
    de una raza, . . . su conciencia,
    distinción y pertenencia.

    Lingüístico es el problema
    que se aborda en el poema,
    ¡globalización avanza,
    como fiera, cruel, a ultranza!

    Extinguiendo tradiciones
    de la gente, . . . sus pasiones,
    acabando con la historia
    de las naciones, . . . su gloria.

    ¡Un no a la modernidad!,
    a aquella que, sin piedad,
    se cierne sobre el pasado
    que, en el bien, se ha cimentado.

    Si se abandona un idioma,
    el daño se vuelve axioma,
    si hay olvido de una lengua,
    oscurantismo sin tregua.

    Triste adiós a las raíces,
    en el alma cicatrices,
    despido a la identidad,
    ¡por Dios, que barbaridad!

    ¿Que decir de los dialectos,
    de los viejos . . . predilectos?,
    su desuso cruel presagio:
    “de la costumbre . . . naufragio”.

    Hay que preservar lo nuestro,
    como dijera el maestro,
    y enseñarle a juventudes,
    de un idioma, . . . las virtudes.

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    México, D. F., a 19 de julio del 2013
    Dedicado a mis ahijados, Licenciados en Educación Intercultural Bilingüe (Purépecha-Español*Español-Purépecha), CC. Dulce de la Cruz Séptimo
    y Andrés López Juan.
    Reg. SEP Indautor No. 03-2013-111212464200-14

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