Periodismo en México: una pistola para que no me agarren vivo, por Carlos Dada

29 mayo, 2012

Los 30 balazos que acabaron con la vida de Miguel Ángel López Velasco, la madrugada del 20 de junio de 2011, fueron distribuidos con macabra precisión en tres puntos: cráneo, tórax y abdomen. Cerca quedaron también los cuerpos de su esposa Agustina y uno de sus hijos, Misael.

López Velasco era subdirector del periódico Notiver, en Veracruz, México. Escribía ahí, durante veinte años y hasta su muerte, una columna que firmaba como Milo Vela, en la que versaba regularmente sobre crimen organizado, corrupción y narcotráfico. Su hijo era fotógrafo del mismo periódico. La noticia de su asesinato, sin embargo, no se publicó en Notiver. A manera de protesta, el periódico no sacó edición al siguiente día.

El Procurador de Veracruz señaló como responsable intelectual al presunto narco Juan Carlos Saavedra, El Ñaca, aunque nunca dio a conocer los motivos por los que habría cometido el crimen.

Sospechosa de la versión oficial, la colaboradora más cercana de Milo Vela,Yolanda Ordaz, comenzó a investigar. No llegó muy lejos. Un mes después, su cuerpo decapitado y con signos de tortura  apareció junto a una notaque vinculaba su muerte con los asesinatos de la familia López.

Hasta ahora, ninguno de estos casos ha sido resuelto.

Huir hasta que te atrape la noche 

A principios de esta semana, durante un foro organizado por el Centro Knight en Austin, Texas, que congregó a periodistas latinoamericanos y organizaciones dedicadas a la protección de periodistas, conocí a Miguel Ángel López Solana (hijo sobreviviente de Milo Vela). Él también trabajaba en Notiver. Era periodista policial. Ahora vive en Estados Unidos, donde solicita asilo.

“Durante el entierro de mi familia, una colega me dijo que me traía un recado del dueño del periódico. Me mandaba a decir que no volviera a la redacción porque me podían hacer algo”. Y esa fue la única comunicación que obtuvo del propietario, Alfonso Salces. “De Notiver no recibí ninguna ayuda. Solo La Jornada -el periódico de la capital- se movió por mi. Todavía estoy peleando que me paguen el último mes que trabajé en Veracruz”.

Miguel Ángel pasó seis meses esperando ayuda, hasta que, desesperado, sacó una visa para Estados Unidos, tomó a su esposa y manejaron hasta pasar la frontera con Estados Unidos. “Hui, hui hasta que la oscuridad de la noche me atrapó”.

Es un caso ejemplar, pero no extraordinario, en un país secuestrado por la guerra que liberan los carteles de las drogas y el gobierno federal, en el que la prensa ha sido también una baja.

Un centenar de periodistas y trabajadores de medios han sido asesinados en México en una década. Los medios o se vuelven cómplices de las bandas criminales o son expuestos a ataques armados, de los que se registran casi doscientos en solo dos años. Una guerra en la que los más vulnerables son esos periodistas locales que no cuentan siquiera con la protección de su propio medio. Una en la que no es extraño que aquellos que son amenazados reciban, después, la nota de despido en sus redacciones.”Desde que mataron a mi familia las cosas debieron haber cambiado -dice Miguel Ángel-. No tendríamos que lamentar más muertes en Veracruz”.

Dos fotógrafos del mismo medio, Gabriel Huge y Guillermo Luna, fueron amenazados de muerte y despedidos. “Gabriel Huge es despedido después de la muerte de Yolanda Ordaz. El dueño del periódico le dice que ya no lo quiere ver. Se va sin liquidación ni nada”, cuenta Miguel Ángel. “Viaja a Tabasco, intenta hacer una vida en otro Estado de la República y no lo logra. regresa a Veracruz, pide trabajo en otros medios de comunicación y no encuentra”. Según López, las autoridades del Estado advirtieron a otros medios que si los contrataban perderían la publicidad estatal.

Gabriel Huge y Guillermo Luna fueron asesinados hace tres semanas junto a otro fotoperiodista, Esteban Rodríguez, del diario AZ. Los tres habían recibido amenazas. Los tres habían sido separados de sus puestos de trabajo. Pocos días antes fue asesinada también la corresponsal de la revista Proceso en Veracruz, Regina Martínez. Estos casos también permanecen impunes.

“La prensa mexicana en muchos territorios del país está arrinconada, silenciada, con miedo y zozobra. Las líneas editoriales ya pasan por el temor a publicar. La violencia ha impuesto la censura como medida de protección para periodistas, reporteros, editores y medios de comunicación”, escribió hace poco Darío Ramírez, director para México de la organización de defensa de la libertad de expresión Artículo 19.

La semana pasada, el periódico El Mañana, de Reynosa, Tamaulipas (una ciudad fronteriza con Estados Unidos), anunció que dejaría de escribir sobre crimen organizado y narcotráfico después de sufrir un ataque armado. Es el silencio total, que sigue al silencio parcial que ya habían pactado hace años varios periódicos del norte de México, según el cual no harían investigaciones de narcotráfico.

La periodista mexicana Marcela Turati pasó mucho tiempo investigando estas y otras historias de las víctimas de la guerra que ha sumido a México en la etapa más violenta de su historia contemporánea. El resultado es el libro Fuego Cruzado, en el que describe así la relación entre el narcotráfico y los medios de comunicación en los Estados más “calientes” de México: “Aquí los narcos llaman directamente a los jefes o a los reporteros, marcan la línea editorial, llevan a reporteros -a la fuerza- a sus conferencias, dan órdenes, regañan. Hacen “encargos” de que fotografíen una narcomanta o la cabeza de un rival que dejaron en algún punto de la ciudad. Reclaman por una noticia difundida que les disgustó… Los periodistas atraviesan todos los días este campo minado, con reglas cambiantes, fijadas por grupos enfrentados, y en el que algunos no se dan cuenta de que cometieron un error hasta que les explota el cuerpo”. Hasta que les explota el cuerpo.

Cada periodista asesinado, cada crimen impune, cada medio silenciado es un triunfo para las mafias y para los corruptos que las sostienen. En el mundo, el 75 por ciento de los periodistas muertos no son por bombas o en fuego cruzado enmedio de una guerra. Son asesinados. 8 de cada 10 de estos son periodistas locales. El nivel de impunidad es de casi 90 por ciento.

Muchos de esos muertos los estamos poniendo en América Latina, particularmente en ese corredor que va de Colombia a México, atravesando Centroamérica. Entre los responsables hay casi siempre autoridades del Estado. Policías, alcaldes, soldados involucrados con el crimen organizado. O fiscales y jueces que no investigan, cuyo trabajo es alterar los juicios y liberar a los criminales. “Los que ahora operan con los malos en Veracruz, antes eran agentes policiales, o de tránsito, de seguridad pública”, dice Miguel Ángel.

El 15 de mayo pasado fue asesinado en Tegucigalpa Alfredo Villatoro, director de Radio Noticias HRN de Honduras. La presión internacional obligó al presidente Porfirio Lobo a ordenar directamente una investigación, la que determinó que el autor intelectual era policía. En Honduras los policías son sinónimo de criminales.Villatoro es el sexto comunicador asesinado en ese país en lo que va del año. Una situación que se ha venido deteriorando desde el golpe de Estado que derrocó en 2009 al presidente Manuel Zelaya. Y que coincide con el incremento de aterrizajes de narcoavionetas provenientes de Colombia y Venezuela.

Hoy México y Honduras son los países más peligrosos del continente para ejercer periodismo. ”El periodismo de primera línea, que permitiría a sus ciudadanos y líderes entender y combatir a sus enemigos, está en peligro de extinción”, dice Joel Simon, director del Centro para la Protección de Periodistas, en un informe sobre la situación de la prensa en México.

Daniela Pastrana, una de las asistentes al Foro de Austin y miembro del grupo mexicano Periodistas de a Pie, se reunió con un grupo de periodistas locales en un estado mexicano. Les preguntó qué pedirían a organizaciones internacionales para ayudarles a hacer mejor su trabajo. Varios respondieron: “Una pistola”. Cuando Pastrana comentó que una pistola no serviría de mucho para hacer frente al poder de fuego de los narcos, uno de ellos explicó: “La pistola la quiero para que no me agarren vivo”.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

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