¿El futuro se llama Bachelet?, por Patricio Fernández

19 mayo, 2012

Si acaso es el sabor de la tragedia lo que atrae a los hambrientos de noticias, Chile está desabrido. Europa huele mucho más sabrosa. Acá los grandes problemas nacionales no son dilemas nuevos. No son culpa del gobierno de turno, sino constataciones sociales de que aquello que recién se toleraba -como se continúa tolerando el smog en Santiago, sin dramatismo-, ya resulta inaceptable, o, al menos, muy discutible. O sea, es una crisis buena, que apunta hacia delante, más que quejarse hacia atrás.

La Concertación, coalición de centro izquierda que gobernó los últimos veinte años, ha perdido todo su apoyo y popularidad, pero no es el objeto de las protestas. Se la sindica como responsable de cuantiosas deudas, pero ni los más exagerados podrían decir que entregó un país peor del que recibió. Los tiros apuntan en primer lugar a Sebastián Piñera, el presidente de la república con más baja aprobación ciudadana de que se tenga recuerdo. Aunque tampoco es el culpable, en realidad. Sería injusto e irracional sostenerlo. Que se trate de un gobierno de derecha, ayuda a que fluyan los reclamos ahogados, y libera las críticas de un mundo que, para bien o para mal, sentía cierta complicidad con la coalición que derrocó a Pinochet.

El problema de estas crisis generadas por el crecimiento, es que de pronto evidencian un frágil esqueleto. Así como puede derivar en una criatura más fuerte, ágil y proporcionada, el adolescente puede sufrir fracturas si crece desguañangado. Chile está buscando su ajuste. El grito de la calle no ha sido pasado por alto. De hecho, se abrió el debate sobre una reforma tributaria para transformar la educación, y más allá de las miserias propuestas por el ejecutivo, hoy es tema por resolver cuánto más fuerte debe ser el Estado en Chile para que no se infarte el cuerpo social.

¿Qué queremos, ser los más altos del mundo, o los mejor constituidos? En los últimos dos años irrumpieron con fuerza el tema de la educación pública, de la descentralización (Chile es larguísimo, y en el desierto de Atacama, que está a un par de miles de kilómetros de Santiago, se halla prácticamente todo el cobre, y ahora los habitantes de la región están reclamando su parte del botín que han visto apenas), el tema del respeto a las comunidades locales –los mapuches, por nombrar la más grande y significativa-, de la naturaleza y sus derechos, de la desconcentración del poder y la riqueza, ya no sólo por razones de justicia, sino también de mejor sobrevivencia. La discusión sobre la matriz energética ha ganado puestos en la tabla de prioridades.

Aún no puede decirse nada sobre qué resultará de todo esto. El panorama es incierto. Las encuestas indican que Michelle Bachelet, la ex presidenta socialista y actual cabeza de ONU Mujer, de volver a concursar por La Moneda, le gana al resto de los candidatos por paliza. Ella saca un 51% de apoyo, mientras el derechista que le sigue, apenas un 7%. Pero, ¿quién sería esta Michelle Bachelet? ¿La representante de la Concertación, por la que actualmente manifiesta un cierto grado de cariño no más del 14% de la población? ¿La representante de un proyecto nuevo, con gente nueva, capaz no sólo de vociferar, sino de encarnar estos recién externalizados asuntos y reclamos que rondan? Suena en mi cabeza la voz ronca de un personaje infantil que ante determinadas esperanzas cantaba: “difíiiicil, muy difíiiicil”. “Pero posible”, me recuerda Pepe Grillo.

Aquí, publicación original de este artículo.

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