Después de un siglo y medio, vuelve la primera novela policial

1 mayo, 2012

Envenenamientos, hipnotistas, secuestradores y una serie de crímenes, “en su naturaleza y ejecución, demasiado horribles de contemplar”. El Notting Hill Mystery de Charles Felix, considerada la primera novela policial de la historia, fue publicada de nuevo por primera vez en un siglo y medio.

Aunque The Moonstone de Wilkie Collins, publicada en 1868, y la primera novela de Monsieur Lecoq, L’Affaire Lerouge, escrita por Emile Gaboriau  y publicada en 1866, han sido propuestas como las primeras apariciones de detectives, la British Library cree que The Notting Hill Mystery “puede en verdad declararse la primera novela policial moderna”.

Serializada entre 1862 y 1863 en la revista Once a Week, la novela fue publicada de forma completa en 1863 pero no ha vuelto a ser impresa desde fines del siglo XIX. La protagoniza el investigador de seguros Ralph Henderson, que trabaja para llevar ante la justicia al siniestro Barón “R___”, que asesinó a su esposa para cobrar una gran póliza. Usando entradas de diarios, cartas, informes policiales, entrevistas a testigos, mapas y evidencia forense –“técnicas innovadores que no volverían comunes en la ficción policial hasta los ‘20”, dice la British Library–, la investigación de Henderson se despliega lentamente y descubre en el camino a un malvado mesmerista, una chica raptada por gitanos, envenenadores y tres asesinatos.

“¿Es esta una cadena de coincidencias meramente accidentales o apunta con terrible certeza a una serie de crímenes, en su naturaleza y ejecución, demasiado horribles de contemplar?”, pregunta el autor, Félix, seudónimo del periodista, viajero y abogado Charles Warren Adams. La recepción de la novela en su tiempo fue positiva: el Guardian la consideró “muy ingeniosamente compuesta”, el Evening Herald dijo que “el libro se destaca en su propia línea”, mientras que el London Review parece haber estado lidiando con qué es un relato policial, porque describe The Notting Hill Mystery como “un caos cuidadosamente preparado, en el que el lector como en ese juego llamado solitario, es compelido a elegir su propio camino para dilucidar el rompecabezas propuesto”.

El escritor Julian Symons señaló a The Notting Hill Mystery como la primera novela policial en 1972 (sic), calificó su primacía como “incuestionable” y su trama como “sorprendentemente moderna”. La British Library puso la novela a disposición vía print-on-demand en marzo pasado (2012), como parte de una colección de cientos de novelas del siglo XIX. Mientras la mayoría vendió sólo dos o tres ejemplares, The Notting Hill Mystery despegó, tras un rescate en el New York Times (ver abajo) que identificó a Adams como su auor y describió su final como “ingeniosos y completamente loco”, y vendió cientos de ejmplares, lo que levó a la biblioteca a publicar una edición comercial este mes.

“Es my bueno de leer, escrito de un modo muy directo –según lo describe Paul Collins en el New York Tmes, está completamente inmerso en su tiempo como de muy por delante del nuestro”, dijo la editora que lo encargó, Lara Speicher. “Al comienzo del libro se sabe cuál es el crimen; luego, te conduce gradualmente a través de todos los hechos que llevaron al crimen y sólo al final revela cómo ocurrió. Mantiene el interés a lo largo del libro. Los fanáticos modernos de la ficción policial ciertamente lo disfrutarán”.

La nueva edición de la British Library se elaboró utilizando fotografías de la edición original de 1863, que contenía ilustraciones de George du Maurier, abuelo de Daphne.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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Lector, no te preocupes por si el mayordomo lo hizo. He aquí un enigma real: ¿Quién escribió la primera novela policial?

Durante años, el sospechoso de siempre era Wilkie Collins, quien dio el gran salto de los cuentos de Poe a la novela victoriana de tres volúmenes con The Moonstone, publicada en 1868. Al otro lado del canal estaban Émile Gaboriau y su Monsieur Lecoq, que hizo su primera aparición pocos años antes en L’Affaire Lerouge, aunque Arthur Conan Doyle haría más tarde que Sherlock Holmes declarase a Lecoq “un pobre chapucero”.

En 1975 (sic), sin embargo, el novelista y críico Julian Symons reveló en The Times of London un panel escondido en la biblioteca de la literatura policial: una tercera novela anterior a ambas. Era The Notting Hill Mystery, una serie anónima en ocho partes que se publicó en la revista Once a Week a partir del 29 de noviembre de1862. Pero el libro mismo contiene cierto misterio.

“Es innecesario que digamos por qué medios los siguientes papeles llegaron a nuestras manos…”, declararon los editores de Once a Week. Y ese era el problema. Symons indicó que nadie sabía quién era realmente el autor, identificado con el seudónimo Charles Felix cuando la novela fue publicado en forma de libro en 1865.

Pero, lector, yo sé quién lo hizo.

Primero, los asesinatos. The Notting Hill Mystery comienza en Londres, donde la mujer del Barón R** muere después de caminar dormida hasta el laboratorio de su casa y beber una botella de ácido. Parece un trágico accidente hasta que el investigador privado Ralph Henderson se entera de que el barón cobró cinco seguros de vida de Madame R**, equivalente a  unas impresionantes £25,000. Contratado por una compañía de seguros, Henderson se sumerge en un laberinto de intriga que es perfecta y deliciosamente victoriano: hay un diabólico mesmerista, raptos de gitanos, misteriosas chicas del circo, envenenadores lentos y el testamento de un tío rico. Oh, y el asesinato… o, más bien, tres asesinatos.

The Notting Hill Mystery, publicado con ilustraciones de George Du Maurier (abuelo de Daphne), fue extraordinariamente innovador. Es presentado como los hallazgos del propio Henderson –entradas de diario, cartas familiares, testimonios de sirvientas, hasta el informe de un análisis químico. Su mapa de la escena del crimen y la “evidencia” reproducida son ideas que no estarían en circulación de nuevo hasta los ’20. El libro está completamente inmerso en su tiempo como de muy por delante del nuestro. Escribiendo en 1975, Symons admitió que “me tumbó por completo” (…)

Charles Felix publicó rápidamente un libro de regalo de Navidad llamado Barefooted Birdie y la nada destacable novela Velvet Lawn. Otra novela apareció tan brevemente que la British Library posee actualemente apenas una de las cuatro copias conocidas. Y con esto, el inventor de la novela policial se desvaneció como el asesino en un misterio de cuarto cerrado.

Hasta ahora.

Después de meses de investigar con la tenacidad perruna de Ralph Henderson persiguiendo al Barón R**, no estaba más cerca que Symons de descubrir la solución. Ni siquiera el  “Handbook of Fictitious Names” (Libro de Bolsillo de Nombres Ficticios) de 1868 ayudó: Felix figura, pero junto a su seudónima no hay más que un par de corchetes burlonamente vacíos. Más misteriosamente, la correspondencia con él se había extraviado de los archivos de Saunders, Otley & Company, su editor.

Todo detective necesita una pista y yo tenía la mía: ¿Y si perseguía al autor de Velvet Lawn? Descubrió que sólo otra obra, anterior y sin publicar, tenía el mismo título. Había sido escrita por . . . Benjamin Disraeli.

El novelista y primer ministro era un sospechoso intrigante: los autores odian abandonar buenos títulos sin utilizar, y Saunders, Otley publicó algunos de los libros de Disraeli. Su carrera política, además, le daba una buena razón para usar un seudónimo. Sin embargo, el misterio no iba con su estilo y no es mencionado en su copiosa correspondencia. Tenía un motivo, pero ninguna pistola humeante o huellas digitales: Disraeli no era mi hombre.

Casi me había rendido cuando tropecé con una columna de Chismes Literarios en The Manchester Times del 14 de mayo de 1864. La identificación misma de Charles Felix había yacido en ella por 146 años, escondida en este sola frase: “Se da por sabido que Velvet Lawn, de Charles Felix, la nueva novela anunciada por los Srs. Saunders, Otley & Co., es del Sr. Charles Warren Adams, actualmente el único representante de esa firma”.

El autor estaba escondido a plena vista: no había correspondencia del editor con Charles Feliz porque no necesitaba escribirse a sí mismo.

Viajero y periodista conocido alguna vez por una rebelde fuga con una pariente de Samuel Coleridge, el editor Charles Warren Adams (1833–1903) exhibe otras claves sobre su autoría. Está su educación en Derecho, que subyace en el proceso de la evidencia en la novela, y un libro previo sobre juegos de salón (…).

Adams fue, además, notablemente religioso, lo que apunta a una inesperada característica de la primera novela policial: es profundamente moral. No sólo pregunta por qué el mal existe, sino qué hacer al respecto. Las novelas policiales, como los sermones, pueden ofrecer respuestas gratificantemente simples para estas preguntas, o profundas, o problemáticas. En algunas, el malhechor es identifiado y acarreado con esposas, quizás después de un demoníaco despotricar final: ¡Bah! Pudo haber funcionado…

Adams no ofrece tal confort. The Notting Hill Mystery no termina en triunfo, sino angustia. Su resolución es ingeniosa y completamente loca, y deja a su investigador preguntándose, sopesando la evidencia: “¿Es esta una cadena de coincidencias meramente accidentales o apunta con terrible certeza a una serie de crímenes, en su naturaleza y ejecución, demasiado horribles de contemplar?”. Nunca obtenemos una respuesta.

El propio Adams tuvo un final no mucho mejor: Saunders, Otley se fue pronto a la ruina y, tras una desilusionante serie de proyectos, se convirió en editor de una sociedad contra la vivisección. Murió en 1903 sin reclamar el créditopor el género inmensamente popular del que había sido pionero.

The Notting Hill Mystery ha languidecido en la oscuridad desde entonces, pero gracias al nuevo programa de la British Library para digitalizar las novelas del siglo XIX para ofreceras en print on demand, está disponible de nuevo en una copia exacta de su edición original.

Puede que nunca sepamos si el Barón R** lo hizo. Pero, en lo que respecta a la identidad del primer novelista policial, el caso se puede, al fin, cerrar.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

Paul Collins es el autor de “The Murder of the Century: The Gilded Age Crime That Scandalized a City and Sparked the Tabloid Wars” (El Asesinato del Siglo: el Crimen de la Era Dorada que Escandalizó a la Ciudad e Inició las Guerras de los Tabloides”).

 

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