Justicia: Charles Taylor, los diamantes y la carnicería, por Jon Lee Anderson

27 abril, 2012

Charles Taylor condenado, por Jon Lee Anderson

26/4/2012

Hoy, al fin, un tribunal internacional ha llegado a un veredicto en el juicio al ex señor de la guerra devenido presidente de Liberia, Charles Taylor. La corte lo hallo culpable de once cargos de asistencia y complicidad en crímenes de guerra que fueron cometidos en Sierra Leona a fines de los ’90 por los guerrilleros del así llamado Frente Unido Revolucionario (RUF, por sus siglas en ingles), conocido por cortar las extremidades de civiles así como de soldados. Taylor contribuyó a crear y armar al RUF. Será sentenciado el 3 de mayo. Es un momento histórico en los anales de la justicia internacional: la primera vez, desde Nüremberg, que un jefe de Estado ha sido responsabilizado por crímenes de guerra, aún cuando Taylor logró evadir la acusación de que tuvo “responsabilidad de comando” sobre los combatientes que los ejecutaron.

Es una fina distinción legal. Los hechos son que Taylor es ciertamente culpable de todo aquello de lo que ha sido culpado y de mucho más.

El difunto líder del RUF, Foday Sankoh, estaba al lado de Taylor cuando, en diciembre de 1989, apenas salido del entrenamiento militar en Libia y con armas provistas por Muammar Gadafi, aquel invadió su propio país para derrocar al gobierno. El presidente de entonces, Samuel Doe, era, a su vez, un matón y un asesino, pero muy pronto Taylor lo convirtió, por comparación, en un personaje de Disney. Taylor explotó las divisiones tribales de Liberia y presidió sobre una atrozmente violenta guerra civil que se prolongó por siete años, durante los cuales murieron al menos doscientos mil civiles, muchos a manos del ejército de niños soldados de Taylor. Sin poder tomar la capital, Monrovia, pero en control de dos tercios del territorio liberiano, Taylor arrasó el país, saqueando todo recurso sobre el que pudo poner las manos, desde las minas de oro a la madera.

A lo largo de todo ello, sus combatientes adolescentes violaron y mataron a capricho, e incluso convertían sus locuras asesinas en juegos. En uno de ellos, que fue jugado a menudo en los controles de caminos, se apostaba sobre el género de los fetos de mujeres embarazadas; luego abrían sus abdómenes para ver quién había ganado.

A dos años de comenzada esta carnicería, Taylor envió a Sankoh a la vecina Sierra Leona para iniciar allí una nueva guerra. Como pago por su rsepaldo, recibió diamantes –muchos— de Sankoh, que tomó el control de las lucrativas minas de Sierra Leona. En la guerra civil allí, que se extendió de 1991 a 2002, se estima que murieron unas 50.000 personas. Hoy, miles de sobrevivientes viven con las cicatrices de las gratuitas mutilaciones a machete que dejaban a mansalva los combatientes de Sankoh, como marca de su estilo: amputaciones de extremidades, orejas, narices y labios.

Cuando conocí a Taylor en Liberia, en junio de 1998, mientras escribía un artículo para The New Yorker, ya había sido presidente durante diez meses. Liberia estaba, formalmente, en paz, pero era un lugar dañado y macabro. Monrovia no tenía electricidad ni agua corriente, y los refugiados y desplazados por la guerra estaban en todas partes, viviendo en chozas escuálidas. El año anterior, después de un cese del fuego en la guerra y alguna persuasión de figuras internacionales como Jimmy Carter –quien creía que Taylor tenía un “lado bueno”–, el señor de la guerra había aceptado realizar elecciones. Las había ganado después de una campaña en la que sus jóvenes seguidores cantaban eslógans como “Él mató a mi mamá, él mató a mi mamá, pero voy a votar por él igual” y “Mejor malo conocido”. Exhausto por la guerra, aterrorizado de que, si no votaba por él continuaría con su depredación, setenta y cinco por ciento de los votantes lo eligió presidente (Al lado, en Sierra Leona, el RUF todavía estaba arrasando con todo. Varis meses después, atacaría la capital, Freetown, en una ofensiva que Sankoh bautizó “No Dejen Cosa Viva”).

Un día, durante mi visita, Taylor me invitó a su residencia privada. Vivía en las afueras de Monrovia, en un barrio, Congotown, que bordea con el océano. Se había construido allí una nueva casa; estaba rodeada de altos muros de cemento y tenía canchas de básquet y tenis, una piscina y una capilla privadas. Estaba erigida contra la ladera de una empinada colina, con vista a una jungla verde que se convertía en pantano en la estación de lluvias. Advertí que, del lado opuesto del camino principal que corría frente al complejo de Taylor, donde había un destacamento permanente de sus adolescentes armados, se alzaba un edificio sin terminar, una sombría estructura de concreto abierta a los elementos que se había convertido en santuario para los refugiados de la guerra. Me pregunté cómo se sentía Taylor al verlos cada día y si tenía alguna inclinación a ayudarlos.

Me había recibido en el garaje de su residencial, sentado en una pequeña silla cubierta de terciopelo beige y latón brillante, junto con un Mercedes negro, uno de varios que se hallaban estacionados allí. Vestía una camisa color marfil de caftán y pantalones sueltos, pantuflas de piel de pitón con hebillas de oro, un reloj con diamantes incrustados, anteojos de sol de armazón de oro y una gorra de baseball que tenía la leyenda “Presidente Taylor” cosida en hilo de oro. Había una silla de plástico de jardín a su lado. Sonrió e hizo un gesto hacia ella: “Siéntese, querido, siéntese”. Un cetro tallado de color guinda yacía en una mesa continua. Me contó que había comenzado a portar el cetro durante la guerra. Estaba hecho de madera de un “árbol sagrado”, bajo el cual no crecía césped y que provocaba que todo animal que llegaba hasta allí muriera. Enfatizó detalladamente los poderes mortales del árbol. Fue como si extrajera placer de su notoriedad, mientras evitaba cuidadosamente decir nada que pudiera ser tomado como una admisión explícita de culpa.

Pregunté a Taylor si sentía alguna responsabilidad moral por las atrocidades cometidas por sus tropas durante la guerra. “Ya me he disculpado con el pueblo liberiano, he pedido su perdón, y he sido perdonado”, replicó (No dijo qué tenía que hacer el pueblo liberiano para ganar su perdón). Cuando presioné al respecto, dijo: “Las guerras son terribles donde sea que se produzcan, y ocurren cosas de las que no se puede pedir cuentas. Algunas veces, las cosas pueden ocurrir en un lugar cuando uno se encuentra en otro. Lo que importa es que, una vez que ocurren, uno se asegure de que se haga justicia”.

Largó esto alegremente, como si estuviera acostumbrado a decir cosas similares sin réplica alguna. No se había hecho justicia alguna en Liberia, por supuesto, hasta ese momento. Habría una nueva guerra civil y otras miles de personas morirían antes de que Taylor fuera, por fin, desalojado del poder, en 2003. Mientras tanto, seguía asesinado a sus opositores, sólo que más selectivamente, por vía de su unidad de inteligencia presidencial. Profundamente religiosos y psicológicamente vulnerables, debido a antiguas creencias tribales en la brujería y la magia, muchos liberianos parecían considerar a su gobernante como una suerte de Nosferatu que debía ser aplacado. Un rumor ampliamente difundido era que Taylor tenía un balde de sangre humana fresca junto a su cama, renovado cada día, y del que bebía. Cuando le pregunté sobre ello, se rió alegremente y dijo: “La gente cree esas tonterías”. Otra vez, no se preocupó por negar completamente el rumor.

De lo que Tayor realmente quería hablar esa mañana era de la riqueza natural de Liberia. “Hay oro por todas partes en este país. ¡Diamantes! Sólo hace falta cavar y se encuentra oro”. El presidente hizo un gesto hacia un hombre robusto que se hallaba parado incómodamente bajo el sur en la entrada, a unos diez pies de nosotros. Lo presentó como Jenkins Dunbar, ministro de Tierras, Minas y Energía. “Este es el hombre que nos encontrará petróleo, lo que será nuestra salvación”, dijo Taylor. “¿No es así, Dunbar? ¿Cuándo vas a encontrar petróleo? ¡Mejor que sea pronto!”. Dunbar se heló, rió nerviosamente y bromeó: “Pronto, muy pronto, señor Presidente. ¡Si está allí puede estar seguro de que lo encontraremos!”.

En ese momento, no comprendí el posible significado de la exclamación de Taylor acerca de los “diamantes”. Liberia, de hecho, tiene pocas reservas de diamantes, mientras que Sierra Leona, enormes. Pero justo entonces Liberia se había convertido, inexplicablemente, en uno de los principales exportadores de diamantes del mundo –diamantes ensangrentados.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

 

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