Chinatown, o Wang en París, por Gabriel Magnesio

19 abril, 2012

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Wang envejeció de golpe en los últimos 20 ó 30 años. Un tiempo relativamente corto para sus planes. Tiene la misma paciencia, salvo que sus ojos están cansados, melancólicos de lo que aún no puede ser.

—Cuando llegué, era joven y pensaba en la vejez. Ahora, que soy viejo y sigo trabajando, no sé en qué pensar —dice Wang.

Es fin de semana y el ritmo se acelera por la multitud. Hay miradas furtivas, voces, ruidos de autos, el sonido de un idioma impenetrable. A los pies de viejos rascacielos, los faroles de papel rojo cuelgan de los techos y centenares de carteles de neón, iluminados por caligrafías raquíticas, anuncian efervescentes la actividad comercial.

El territorio asiático se ubica en el distrito 13, en el sudeste de París. La lengua local no es el francés y las fronteras tienen nombre: avenida d’Italie, la calle de Tolbiac, el bulevar Masséna y la calle Nationale. En esta zona, apodada el triángulo de Choisy, conviven 35 mil asiáticos y es el barrio chino más grande de Europa.

Wang, de 55 años, vino de Shangai. Tiene el rostro con forma de luna llena, o de almendra, con dos heridas a la altura de los ojos. Sonríe todo el tiempo. La comisura de los labios produce pliegues en sus mejillas. La risa compensa su pequeña estatura.

En el pequeño salón de su departamento, Wang se hace invisible detrás de los gestos, de sus manos, que consuman la ceremonia del té. Abre una caja de madera con movimientos quirúrgicos. Acomoda sobre una mesa baja los distintos instrumentos de preparación.

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Las principales ciudades chinas, en las últimas décadas, pasaron de una urbanidad horizontal, tradicional e imperial, a megalópolis verticales de vanguardia. El barrio chino de París sintetiza, con torpeza y en menor escala, el clima popular de los mercados y la verticalidad de Shangái.

Pero el pasado del distrito 13 es la historia de un fracaso. El Este era popular e industrial, ocupado por obreros en alojamientos insalubrey precarios. Había pequeños talleres donde se trabajaba el metal, el cuero y la madera. En la década del 70 se decidió la renovación del barrio. La pretenciosa operación inmobiliaria produjo varias torres macizas de más de 30 pisos con la promesa de atraer a nuevos habitantes deseosos de modernidad y elevado estándar de vida. Al no seducir a la clientela esperada, las torres quedaron vacías.
Para entonces, a miles de kilómetros, en la antigua Indochina, los comunistas tomaban el poder. Los habitantes de origen chino eran perseguidos por los regímenes de Vietnam y de Pol Pot en Camboya. Comenzó la emigración: los exiliados escaparon, entre otros destinos, a las torres vacías del distrito 13.

A esta ola de refugiados que venía a las orillas de París se montarían en el tiempo los vietnamitas que escapaban del comunismo en pequeñas embarcaciones (los boat-people), los detractores de la República Popular China, los lisiados de la guerra de Vietnam y los expulsados de las manifestaciones pro democráticas de Tian’ Anmen. Con la apertura de la República Popular China, llegaría más tarde una nueva ola: exiliados económicos de las regiones tradicionales del sudeste, de las provincias rurales del noreste (Jiling, Liaoning, Heilongjiang) y del sur (Guangdong, Zhejiang, Fujian). Luego, fue oleaje continuo. En la actualidad, 60.000 chinos clandestinos desembarcan cada año en Francia.

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Wang pagó con sus ahorros y algunos préstamos a una red que se ocupa del tráfico clandestino. El viaje fue largo y penoso. El itinerario incluyó aviones, trenes, semanas de espera en lugares desconocidos, ómnibus, camiones, infinidad de papeles falsos y hombres sin nombre que le daban indicaciones. Cruzó Rusia, Europa del Este y Alemania. Llegó en cuatro meses a su destino, donde hacía frío y llovía.

Los recién llegados tienen en París, al menos, un pasado, las huellas de una historia compartida. De hecho, la primera comunidad China data de principios del siglo XX. Gracias a un acuerdo bilateral, el gobierno francés reclutó a más de 100 mil chinos, originarios de Wenzhou, para reemplazar a los obreros franceses movilizados por la I Guerra Mundial. Terminada ésta, una parte de los nuevos obreros –más de dos mil– decidió no regresar a su país.

Hoy, todos estos expatriados no salen de su territorio, un universo cerrado y autosuficiente donde comen, se visten y divierten. Son austeros, casi evasivos. Sus gestos desentonan con la ebriedad mundana de París. Para el occidental, son eternos desconocidos. Las relaciones, para ellos, se construyen con el tiempo. Pero vinieron a trabajar –y no hay tiempo. Tienen sus propias peluquerías, agencias de viajes, inmobiliarias, video clubs, disquerías, oficinas de seguro, talleres de confección, salas de juego, una iglesia católica (Notre-Dame de Chine), bazares, casas de té y tantos restaurantes y almacenes. Los carteles de los comercios se anuncian solo en chino. Incluso al lado de la M del Mc Donalds brillan los ideogramas.

En las vidrieras cuelgan los pollos asados con las patas abiertas. Adentro se escuchan ruidos de huesos rotos, las gotas de aceite manchan las paredes, los cocineros transpiran y cortan sin descanso. El movimiento del barrio parece supeditado al apetito. La comida está omnipresente en bolsas, bocas, estanterías y restaurantes. En la calle se escuchan las voces que repiten el nombre: Tang, Tang. El supermercado de los hermanos Tang (Frères Tangs, 44 avenue d’Ivry) se convirtió, con el tiempo, en el imperio de los productos asiáticos de Europa. Los Tang eran una familia rica del sudeste asiático que, con las sucesivas guerras, cayó en desgracia y decidió probar fortuna en el exterior. En París, trabajaron dura y abnegadamente hasta enriquecerse nuevamente. El barrio, y sobre todo los Tang, aseguran el aprovisionamiento de los productos alimentarios de la capital, su periferia, la comunidad asiática de Francia, e incluso, de Europa.

El fin de semana, el supermercado es una gran sala de espera de gente con carritos llenos. Detrás de las cajas registradoras, los rostros tienen una inmovilidad vibrante, que solo se rompe cuando cobran y dan el vuelto. Sin descanso, los empleados renuevan las estanterías a cada momento. Té Fujian, sopa con sabor a pato, salsa de soja azucarada, tofu, estrellas de anís, arroz thai perfumado, harina de arroz, alcohol de arroz, sopa de arroz.
La diáspora China, la más importante y rica del mundo, es un imperio casi invisible, una red de comunidades discretas, repartida en todos los continentes. Aquí, reproduce el modelo chino de exportación masiva y desconfianza a lo extranjero. El barrio se desarrolla al margen de la integración republicana francesa, funciona como un gueto: tiene economía propia, leyes internas y férreos códigos de honor. Pero la comunidad asiática de Paris tiene buena imagen. Trabajadores incansables y discretos –aunque pesa la sospecha de la clandestinidad, de organizaciones mafiosas, de condiciones de trabajos insalubres y productos alterados.

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Delante de un centro comercial de la calle principal, avenida de Ivry, un grupo de ancianas venden algas disecadas, paradas frente a sus canastos de mimbre. Atrás, centenares de papeles flamean pegados a lo largo de una pared. Están escritos con letras negras, nerviosas, en chino o en francés con errores. Ofrecen, entre otros servicios, masajes, cursos de idioma, limpieza, lavaplatos, cuidadoras de niños y prostitutas. Las familias parisinas ricas del distrito 16 emplean a mujeres chinas para que cuiden a sus hijos. La consigna, además del cuidado, es enseñar el chino, para que los niños aprendan el idioma del futuro y de las finanzas.

Sin embargo, la demanda es mínima con respecto a la oferta. Y así aumentan las filas de la prostitución. Mujeres en perpetuo movimiento por las calles rojas de Pigalle y Saint-Denis. Caminan, para disimular. Sugieren el servicio con movimientos de cabezas o guiños de ojos. No hablan una palabra de francés. Llevan el precio anotado en la palma de la mano. Son ilegales, de más de 40 años, y en su mayoría de extracción campesina. Es la nueva inmigración de Dongbei, el noroeste de la China, sin ningún contacto en París.
Los centros comerciales cubiertos del barrio tienen espesos techos de cemento que imitan a las pagodas. Dentro, los pasillos se cruzan en forma de laberintos y las voces se amplifican. Los rostros y los ideogramas se repiten en las tapas de los CD, DVD, en las vendedoras de productos congelados o de bisutería. Afuera, las señales de tránsito, las patentes de los autos, los taxis, recuerdan que este territorio no está en China. En el interior, bajo una constante y estridente iluminación amarilla, la orientación y el tiempo se alteran. Las fronteras desaparecen junto a las huellas occidentales. El espacio se comprime y cierra.

En la intersección de unos pasillos, un bar, apenas iluminado, tiene las puertas cerradas. Las mujeres no fuman. Los hombres expiran el humo por la nariz y juegan al póquer. Tienen las camisas desprendidas, cadenas de oro falso, los dientes amarillos. Miran las cartas, inmóviles, seguros de sí mismos, sentados siempre en el fondo, entre las máquinas tragamonedas. Algunos hombres toman cerveza apoyados sobre la barra.

Desde su llegada a París, Wang pasó por diversos trabajos. Tenía 25 años y un contacto lo puso a lavar platos. La cocina era hermética, sin ventanas. Las paredes transpiraban y Wang también, más de diez horas por día, de lunes a lunes. Años más tarde, consiguió un trabajo mejor pago, donde tampoco veía la luz del sol: se pasaba el día enterrado en un taller de planchado clandestino con una decena de ilegales, entre el ruido de máquinas de coser y el vapor de las planchas. Se le extenuaban los ojos bajo las luces blancas. Dormía, en esa época, en pequeñas habitaciones compartidas y sucias. Ahora, espera sentado detrás de la caja registradora de un almacén de barrio. Espera.

Impera la paciencia. Saben que están de paso, por 20 ó 30 años, si no mueren antes. Llegaron para construir un futuro donde ya no trabajarán y serán respetados. Volverán, tal vez, a su China natal para, al fin, ser viejos y descansar. Se llaman Lau, Gao, Li, Luo. Los unen 5 mil años de civilización, el país más poblado del mundo, un pasado colonial, Confucio y el Tao, los pasos de Mao, un crecimiento económico milagroso, los ancestros. Miran con atención la transmisión de las carreras de caballos que podrían cambiarles la vida.
Wang se asoma desde el noveno piso de una de las tantas torres macizas y grises. Sirve el té en diminutas tazas de porcelana, se sienta y bebe en silencio A los pies de la torre, frente al templo budista, el hilo de un sahumerio deja una diminuta raya de humo que corta la noche helada. Es tarde, las luces de los carteles seguirán prendidas.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

 

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