Perú: ¿milagro que mueve montañas o engaño para turistas?, por Enrique Krauze y Gustavo Gorriti

10 abril, 2012

Perú mueve montañas, por Enrique Krauze (2/4/2012)

Algo extraordinario está ocurriendo en el Perú.

Más allá del notable crecimiento de su economía, de la estabilidad de su vida política y del evidente -aunque aún limitado- avance social, Perú está modificando la penosa concepción que por mucho tiempo ha tenido de sí mismo y de su lugar en el planeta. Perú, en pocas palabras, está cambiando su mentalidad, eso que antiguamente se llamaba “las costumbres”.

“Las costumbres las ha hecho el tiempo, con tanta paciencia y lentitud como las montañas”, escribió Benito Pérez Galdós. Si hay un país que lo confirma es el montañoso y hierático Perú. En 1979, cuando lo visité por primera vez, percibí la facilidad con que los peruanos hacían mofa de sí mismos (“El inca nuevo es el inca-paz”) y narraban sus atávicas desdichas: la nostalgia del Edén incaico subvertido por la Conquista, el retraso de la región andina frente a la costa, la postración y pobreza de sus mayorías indígenas, la omnipresencia (en el idioma, en el trato social, en las disputas políticas) de terribles enconos étnicos, y hasta la maldición geográfica de estar lejos de Europa, de Estados Unidos, de los verdaderos centros de poder y desarrollo. No sé si la melodía que escuché de un flautista indígena (un dorado atardecer, en una calle de Cuzco) era la más triste del mundo. A mí me lo pareció.

Mi siguiente visita fue en 1990. A pesar de haber desplazado a los regímenes militares, el país había caído en el precipicio del populismo que arruinó su economía y en el horror de la guerrilla “Sendero Luminoso”. Acudía yo invitado por Fredemo, la organización que apoyaba la candidatura presidencial de Mario Vargas Llosa. Una reciente novela suya abría con la frase “No hay límites para el deterioro”, y el panorama que encontré lo confirmaba: un ejército de niños pordioseros invadía las zonas comerciales de Lima, los militares patrullaban las calles en espera del siguiente acto de sabotaje, los secuestros y asesinatos se habían vuelto noticia diaria, los cambistas agitaban sus fajos de “intis” devaluados. El Banco Central había agotado las reservas, la inflación llegaba al 2,600% y en 1989 el Producto Interno Bruto había disminuido 15%.

Frente a ese drama, Vargas Llosa proponía lo que denominó “El gran cambio”, un programa de liberalización que acotaba el papel económico (no social) del Estado, transfiriendo la iniciativa a la sociedad y los individuos mediante el combate a los monopolios, la apertura de las fronteras y el aliento a la libre competencia. La miseria no era una condición fatal, el Perú podía optar por superarla. “Es el país que vendrá”, dijo, al cerrar su campaña. Para fortuna de la literatura universal, el escritor perdió las elecciones, pero su proyecto económico (adoptado en alguna medida por la violenta y corrupta dictadura de Alberto Fujimori) modificó la cultura económica del Perú hasta traducirse, en el siglo XXI, en un cambio de mentalidad y de costumbres.

Desde entonces, los buenos augurios parecen obra de la cosmología inca: un presidente indígena graduado en Stanford (Alejandro Toledo) cuya improbable biografía representó, en sí misma, un principio de reconciliación entre los pasados peruanos; un presidente populista (Alan García) que entendió y repudió sus errores pasados, y en una segunda oportunidad tomó la ruta de la modernidad económica; un militar golpista (el actual presidente Ollanta Humala) que pasó de concebirse como un “redentor” inspirado en Chávez a un líder que considera “obsoletas las divisiones de izquierda y derecha”, que defiende ante todo el Estado de Derecho, y sigue la pauta de Lula y Rousseff. Por si fuera poco, el Perú brilla internacionalmente por su cocina, por su cultura (el tenor Juan Diego Flórez, el pintor Fernando de Szyszlo) y, desde luego, por el Premio Nobel de Literatura concedido a Vargas Llosa en 2010.

Pero el cambio no es astrológico: es real. La globalización ha transformado la geografía económica del Perú. “Somos una China en miniatura” -me dice mi amigo Alfredo Barnechea, apuntando a la impresionante migración de la montaña a varias ciudades de la costa. “Perú es ‘un país fusión’ -agrega-, cuya forma social no es ya una pirámide sino un rombo, por la emergencia de las clases medias”. La tracción principal de este fenómeno no es sólo la demanda china (15% de la exportación total) sino el manejo responsable de la macroeconomía y -después de Chile- el clima de negocios más hospitalario de la región. En las gráficas del Fondo Monetario Internacional sobre crecimiento del PIB y en el índice de The Economistsobre salud fiscal y monetaria, resalta la similitud relativa del Perú con Singapur, Corea del Sur y China. Los números son sorprendentes: con una inflación de 3.4%, baja deuda y altas reservas internacionales, Perú crece al 7% anual, ha triplicado en diez años su producto per cápita (está cerca de los 6,000 dólares), quintuplicado la inversión externa y más que sextuplicado sus exportaciones (61% de ellas son metales). El empleo ha aumentado 37% en las principales ciudades, a la par de una impresionante expansión del consumo y la construcción.

Además del crimen organizado y el narcotráfico que amenazan a toda la zona, los rezagos en infraestructura, vivienda, servicios básicos, educación y competitividad siguen siendo inmensos. Para enfrentarlos existen programas focalizados de apoyo social. Según el Ministerio de Economía y Finanzas, en diez años la pobreza total se ha reducido del 53% al 31%, pero sigue siendo del 54% en áreas rurales, donde un tercio de los niños sufre desnutrición. De consolidarse el modelo, las perspectivas para 2020 son halagadoras: duplicar el PIB per cápita y reducir a 15% la pobreza.

En el Valle Sagrado corren las aguas limpísimas del río Vilcanota. Limpísimas son también las calles y los muros de los pueblos: Pisac, Yucay, Urubamba. Hace unos días visité la zona. Mientras las tejedoras milenarias hacían ponchos de exportación, un par de niñas ataviadas con impecable uniforme azul caminaban abrazadas a la escuela. Hasta la música se ha alegrado con la tecnología moderna. Hace seis siglos, ingenieros incas cincelaron las montañas con terrazas agrícolas, observatorios y templos. Hoy el inca nuevo hace otros prodigios, mueve otras montañas.

Aquí, en la revista Letras Libres, publicación original de este artículo.

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El turista soviético, por Gustavo Gorriti (10/4/2012)

"Tristeza andina" La Raya, Cusco-Puno 1933 - Martín Chambi

El artículo de Enrique Krauze es muy simplista, casi como uno de esos folletos de propaganda de los sistemas de autoayuda. Es la visión del turista incidental que busca los datos que justifiquen su convicción. No muy distante, en forma, de esas crónicas de viaje en la Unión Soviética de antaño en la que ibas describiendo tus escenarios de admiración. La biblioteca en el sovjoz, las tierras roturadas, las chicas con los retratos de grandes físicos e intrépidos astronautas como pinups en su dormitorio estudiantil, los centenares de miles de ingenieros, la producción fabril, los milagrosos avances de la medicina, las colas para escuchar a Yevtuchenko declamar su Babi Yar. No había duda, ese era el futuro.

Es cierto que Perú ha crecido sostenidamente desde el 2001 hasta la actualidad. Es cierto que, pese a la pésima distribución del ingreso, ha crecido la clase media y ha surgido una nueva, pujante, de nietos de los inmigrantes andinos que invadieron terrenos desocupados para construir sus barriadas de esteras. Es cierto que, por muy mal distribuido que esté, si sigue este nivel de crecimiento por diez o quince años más, el país habrá cambiado radicalmente para mejor.

Pero, a la vez, es cierto que una parte del crecimiento está sustentado en las exportaciones mineras, beneficiadas por el aumento mundial en el precio de metales y no metales; que la distribución del ingreso sigue siendo obscenamente inadecuada; que la democracia ha estado en peligro serio por lo menos un par de veces durante el decenio pasado, y que en 2011 la victoria sobre el fujimorismo –auspiciado por una coalición estridente de las clases dominantes peruanas, incluyendo la mayoría de los medios de comunicación tradicionales– exigió una movilización excepcional de todas las fuerzas democráticas junto con la conversión sorprendente y bienvenida de Ollanta Humala (juramento público de por medio) a la democracia, cinco años después de haber sido su enemigo. Aún así, la victoria fue por un margen relativamente estrecho.

Este es un país de buenos logros macroeconómicos que vive peligrosamente en lo político e inquietamente en lo social. El simplismo de Krauze lo describe muy parcialmente, de una forma que resulta en última instancia distorsionada para una nación de tantos matices y tan contradictorias complejidades.

Estamos, sin duda, mucho mejor que antes, y personas como yo, que hemos vivido nuestra sorprendente y trágica historia por más años que, me temo, la mayoría de peruanos más jóvenes, no podemos dejar de alegrarnos por el crecimiento logrado y el orgullo, la aún modesta esperanza, que sienten los siempre pesimistas peruanos respecto de su futuro.

Pero el proceso ha sido difícil, lleno de altibajos, preñado de peligros: del gobierno de crimen organizado de la etapa Fujimori-Montesinos a la democracia precaria de Toledo, al crecimiento corruptón de la administración García y, finalmente, al peligro del retorno del fujimorismo que enfrentamos hace pocos meses. Se trata de un proceso político disfuncional que se desarrolla sobre el trasfondo de un crecimiento económico también plagado de conflictos.

Hay música más alegre, con mayor actividad pélvica que antaño, me parece; pero la quena no ha callado ni perdido su registro.

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Enrique Krauze es un historiador, ensayista y editor mexicano, director de la prestigiosa revista liberal Letras Libres y de la Editorial Clío, miembro de la Academia Mexicana de la Historia. Es autor, entre muchos otros libros, del consagrado “Siglo de Caudillos. Biografía política de México” (1994), que obtuvo el Premio Tusquets a la mejor biografía internacional, y “La presidencia imperial” (1997). En 2010 recibió el importante Premio Nacional de Ciencias y Artes otorgado por el gobierno de su país.

Gustavo Gorriti es un reconocido periodista peruano que ha publicado extensamente en la prensa de su país y del mundo. Ex codirector del diario La República de Lima y ex director del diario La Prensa de Panamá, en la actualidad dirige IDL-Reporteros, dedicado a la investigación. Ha recibido el Premio CPJ International Press Freedom (1998), el Premio Homenaje de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), el Premio Rey de España y el Premio Maria Moors Cabot. En 2005 fue nombrado presidente del Instituto Prensa y Sociedad y es miembro del Consorcio Internacional para Periodismo de Investigación. Es autor de varios libros, entre ellos “Sendero: historia de la guerra milenaria en el Perú” (Lima 1990-2008).

 

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