EE.UU-México: la vida en la frontera, por Alfredo Corchado

6 abril, 2012

CIUDAD JUAREZ. Desde aquí, los Estados Unidos se parece bastante a un observador inocente, vestido con un lindo traje de teflón.

Nada parece ponerlo nervioso, ni las matanzas que pusieron a esta ciudad de rodillas, ni el recuento de muertes que se acerca a toda velocidad a las 50.000 por la violencia del narco que está devastando a mi México natal, un país que, para bien o para mal, comparte una frontera de 2.000 millas con su vecino norteño, mi patria adoptiva, los Estados Unidos, también conocidos como América.

Para los habitantes de la frontera como yo, la inocencia no es sino una fachada. Cuando era joven, mis padres tenían un restaurante, el Freddy’s Café, llamado así en mi nombre. Fue a través de esa peculiar ventana que me ví cara a cara con lo que hoy persigue a Mexico y a mi trabajo periodístico: el crimen organizado.

Nuestros clientes favoritos eran Chano, Perica, Pilín, Neto, Memo, Botas, Chapulín y Chiquilín. Todos los apodos aludían a loros, saltamontes, botas y otros objetos –nombre para ocultar identidades. Ninguno daba jamás su nombre verdadero. Nos confiaban misteriosos paquetes, toda la noche o por unas pocas horas. Rápidamente entendimos que en la frontera era mejor mantener la boca cerrada sobre lo que veíamos y escuchábamos. También nosotros actuamos como colaboradores involuntarios. Nunca hicimos preguntas. Esos personajes deambulaban al sur de la calle El Paso, alborotando una avenida que parecía una extensión de Ciudad Juárez, abarrotada de vendedores de mercancías baratas, remeras, lápiz labial y otras chucherías.

Una de nuestras más leales clientas era una mujer alta y atractiva con una larga cabellera negra. La conocí sólo como Paisana, porque venía de mi Durango natal. Era una mujer de negocios, que comenzó su carrera como contrabandista en El Paso y Juárez. Provenía de una familia de clase media, pero había cambiado la estabilidad por la salvaje excitación de la frontera –que amaba—, donde le resultaba fácil hacer dinero rápido.

Un día llegó con varias botellas de Malbec en bolsas. Los apoyó, parados, en una de nuestras sillas blancas con almohadones de plástico verde. Haciendo equilibrio con un pesado bowl de res de caldo de mi madre y un plato de enchiladas rojas rellenas con queso y cubiertas con crema, tropecé y rompí una de las botellas de Paisana. Se derramó vino. Entre los pedazos había pelotitas del tamaño de un pulgar rellenas con algo blanco.

Paisana era un de varias “fayuqueras”, contrabandistas de poca monta, que suplían demandas a ambos lados de la frontera. Yo sabía que transportaba mercadería que no se conseguía en este país o bien prohibida por el gobierno de los Estados Unidos, fuera vino argentino, cigarrillos, cigarros cubanos, drogas ilegales –lo que fuera que quisieran los clientes y no pudieran obtener legalmente o por bajo precio. Transportaba artículos electrónicos, televisores y microondas en sus viajes de regreso a México. Esto era antes del NAFTA.

Algunos de los clientes de Freddy’s se habían dejado sus bolsas antes de este incidente, y a veces el perfume era suficiente para delatar su contenido: marihuana o efectivo. Volvían, nerviosos, a buscarlos. Pero las bolitas blancas de Paisana eran algo que no habíamos visto antes. Yo tenía mis sospechas –después de todo, veía Miami Vice y escuchaba lo que se decía en las calles. Pero la discreción era obligatoria en el café de mis padres, tan cerca de la frontera y su velo de secreto e hipocresía.

“Oops, perdón”, dije. “¿Qué es esto? ¿Azúcar, sal, harina?”

“No sé, la verdad, pero a los norteamericanos les encanta”, respondió, crispada.

El Neto era el borracho del barrio y, como Paisana, un conocido contrabandista de todo tipo de mercancías –televisores, vino, heladeras y sabe Dios qué más. También era un notorio amante de mujeres. Amaba a toda mujer que fuera a dejarlo.

A veces lo escuchaba con incredulidad, como cuando comenzaba a dar nombres de los negocios de El Paso conocidos como lugares de lavado de dinero. Lugares que conocíamos, en los que comprábamos. A Neto lo consternaba mi ingenuidad. Habíamos pasado buena parte de nuestra juventud  en los campos del Valle San Joaquín, por lo que la dinámica de la frontera era nueva para nosotros. Mirá a tu alrededor, me decía.

Freddy’s quedaba a unas pocas cuadras del barrio de Chihuahuita en el que había vivido La Nacha, la mujer que manejó el contrabando en Juárez por casi cincuenta años. Ella dio forma al tráfico de drogas, enseñó a los contrabandistas de poca monta como Neto todas las maneras de meter drogas en un país con más de cincuenta millones de consumidores, drogones y cocainómanos que representaban miles de millones de dólares. Un truco común era inundar la frontera de contrabandistas e impregnar las ruedas de algunos autos con marihuana para que los perros las olieran. Mientras los agentes se concentraban en un automóvil, dos o tres más llenos de ladrillos de marihuana pasaban con relativa facilidad. “Esta es la frontera”, decía Neto. “Abrí los ojos”.

El Neto siempre era el primero en llegar a Freddy’s para el desayuno. Entraba tambaleando a las 6 de cada mañana, justo cuando mi madre calentaba los hornos. Pasba las noches cargando misteriosos bultos de la tienda junto a la nuestra y, ocasionalmente, cuando necesitaba más lugar, del ático de nuestro restaurante en camiones que se dirigían a Los Angeles. Cuando los camiones regresaban, descargaba los bultos que iban a México. Yo sabía que los bultos que iban hacia el sur estaban llenos de ropa usada de California. Pero ¿qué demonios mandaban hacia el Norte desde México? Un día se lo pregunté a Neto.

Sacudió la cabeza, apretó el índice contra la boca y lo besó.

“Freddy, no preguntes lo que no querés saber, especialmente si querés ser periodista. Todo es comercio legítimo”, dijo. Pero me agregó una frase en español, para recordarme gentilmente que la curiosidad mató al gato. Fuera lo que fuere que cargaba, la demanda de millones de norteamericanos era enorme y aún mayor la ganancia de decenas de miles de millones de dólares, porque los camiones siguieron marchando hacia el Norte todo el año.

En algún punto del camino, México, con las últimas leyes sobre libros pero ningún imperio de la ley, se vió con un lío entre las manos y los Estados Unidos, una vez más, se las arreglaron para mirar hacia otro lado.

 

Aquí, en Revista, la publicación del David Rockefeller Center for Latin American Studies, fue publicado originalmente este artículo, en inglés.

 

 

http://www.drclas.harvard.edu/publications/revistaonline/winter-2012/daily-life-border

***

Alfredo Corchado es corresponsal del The Dallas Morning News, con base en México. Su primer libro, de título provisorio Midnight in Mexico (Medianoche en México) está a punto de ser publicado en los Estados Unidos. Fue Nieman fellow en Harvard en y fellow de David Rockefeller Center for Latin American Studiesen 2010.

 

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