Las guerras de África son libradas por salvajes pandillas de niños en pos de un botín

2 marzo, 2012

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Lista cronológica de las guerras en África en el siglo XXI (incompleta)

2001–actualidad: Guerra contra el Terror

1997–actualidad: Terrorismo islámico en Egipto

2002–actualidad: Insurgencia islámica en el Magreb

2002–actualidad: Operación Libertad Duradera – Cuerno de África

2006: Levantamiento de la Unión de Cortes Islámicas

2006 – 2009: Guerra etíope en Somalía

2007 -actualidad: Operación Libertad Duradera - Trans Sahara

2009 -actualidad: Guerra civil islamista en Somalía

2009 -actualidad: Insurgencia talibán en Nigeria

2001 – 2003: Guerra civil en la República Central Africana

2002 – 2003: Guerra Civil en Costa de Marfil

2003-actualidad: Guerra civil en Darfur

2004: Combates en Costa de Marfil

2004 –actualidad: Conflicto en el Delta de Níger

2004–actualidad: Central African Republic Bush War

2004–actualidad: Conflicto de Kibu (Congo)

2005–actualidad: Guerra civil en Chad

2005 – 2008: Insurgencia del Monte Elgon

2007–actualidad: Segunda Rebelión Tuareg

2007 – 2008: Crisis de Kenia

2008: Invasión de Anjouan

2008: Conflicto fronterizo djibouti-eritreo

2009: Ataques aéreos en Sudán

2011: Segunda guerra civil de Costa de Marfil

2011: Guerra civil en Libia

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Aquí, versión original de esta lista, en inglés.

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El cambio climático podría aumentar la probabilidad de la guerra civil en el África Subsahariana alrededor de un 50 por ciento en las próximas dos décadas, según un estudio dirigido por la Universidad de California en Berkeley (Estados Unidos) que se publica en la edición digital de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

El estudio proporciona la primera evidencia cuantitativa que vincula el cambio climático con el riesgo de conflictos civiles y llama la atención sobre la necesidad urgente de que los gobiernos africanos y los donantes extranjeros apoyen políticas para ampliar o crear políticas que ayuden a África a adaptarse al cambio climático.

Según explica Marshall Burke, director del estudio, “por desgracia nuestro estudio descubrió que el cambio climático aumentaría el riesgo de guerra civil en África alrededor de un 50 por ciento en 2030 en relación a 1990, con una gran previsión de pérdidas sobre los medios de subsistencia humana”.

En su estudio, los investigadores combinaron primero datos históricos sobre guerras civiles en el África subsahariana con los registros de lluvias y temperatura de todo el continente. Descubrieron que entre 1980 y 2002, las guerras civiles eran más comunes en los años templados y que un aumento de 1 grado centígrado en las temperaturas anuales aumentaba la incidencia de conflictos en todo el continente en un 50 por ciento (NDT: por la falta de agua, comida, etc).

Según esta relación histórica entre temperaturas y conflictos, los investigadores utilizaron proyecciones de cambios en las temperaturas y precipitaciones en el futuro para cuantificar la probabilidad de guerra civil africana. En 20 de estas proyecciones de modelos climáticos, los investigadores descubrieron que la incidencia de guerra civil en África aumentaría en un 55 por ciento hacia el 2030, dando lugar a unas 390.000 muertes por combate adicionales en futuras guerras tan mortíferas como las recientes.

Los modelos sugieren que las temperaturas en el continente africano aumentarán como poco en un grado centígrado hacia el 2030 y dada la fuerte relación histórica entre aumento de la temperatura y conflictos, esta estimación es suficiente para causar grandes aumentos en la probabilidad de conflictos.

Para confirmar que esta proyección no fuera el resultado de grandes efectos de sólo unos pocos países o deberse a la dependencia excesiva en un modelo climático particular, los investigadores volvieron a calcular proyecciones de conflicto futuras utilizando datos alternativos y los resultados fueron básicamente los mismos.

Aquí, publicación en español de este artículo.

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Camerún asiste impotente a la pérdida de una de sus principales colonias de elefantes. El parque nacional de Bouba N’djida, en el norte del país, vive desde hace unas semanas bajo el dominio de milicias armadas que, procedentes de Chad y Sudán, han acabado con unos 200 ejemplares (un tercio de los que viven en la reserva). Los testigos cuentan que van armados con Kaláshnikov, a caballo y asistidos por camellos, y que regalan la carne a la población local. Ellos solo quieren el marfil de los colmillos y dejan tras su paso un reguero de elefantes decapitados (…)

David Hoyle, responsable de la ONG ecologista WWF en el país, explica que hay mucha confusión: “Que está ocurriendo una matanza es seguro, pero los datos no están claros. Hay quien habla de grupos de 50 personas y otros de solo 10”. El territorio es tan remoto como peligroso.

La cifra de animales abatidos puede superar los 200 y llegar a los 300.

Una persona que organiza safaris en la zona explica por teléfono que él ha escuchado los disparos y que “en las últimas semanas ha crecido enormemente” el problema. La UE maneja datos aún más alarmantes. Las fuentes consultadas tienen constancia de los restos de 75 elefantes cuya posición sitúan con GPS. Estiman que la cifra de animales abatidos puede superar los 200 e incluso llegar a los 300. En 2007, WWF censó la población de elefantes en el parque nacional en unos 600 ejemplares, por lo que el descenso sería muy significativo.

Los milicianos han sido vistos con uniforme color caqui, armados con Kaláshnikov y divididos en grupos de seis o siete para atacar a los elefantes y llevarse los colmillos. Se han acercado a los pueblos de Gouna, Sinassi y Koiloungou, entre otros, para avisar del lugar en el que quedaban los restos por si los vecinos querían la carne. Así se ganan el apoyo de las aldeas de la zona. Según la prensa local, en las carreteras del norte del país se encuentra fácilmente carne de elefante. El Gobernador de la región, Gambo Haman, ha admitido que los guardas son pocos y van armados de forma rudimentaria, con lo que poco pueden hacer.

Un guía de caza que acaba de regresar de la zona explica que ha visto restos de elefantes. “Nadie puede saber cuántos han caído, porque todo es muy confuso, pero es cierto que se ven los animales muertos. Estos tipos van fuertemente armados y procuramos evitarlos”, señala este experto, que pide el anonimato por precaución. La prensa local señala que seis militares de Chad fueron abatidos por este grupo armado.

Pese a que el tráfico de colmillos está prohibido desde hace 22 años, la ONG Traffic afirma que en 2011 se alcanzó un nuevo máximo de incautaciones en los aeropuertos de todo el mundo. El año pasado se confiscaron 23 toneladas de colmillos de elefante, una cantidad que equivale, al menos, a 2.500 paquidermos muertos. Asia es el principal destino, ya que el marfil tiene uso en la medicina tradicional china. Con esas ventas pueden financiar la compra de armas (…)

Aquí, publicación original de este artículo.

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Por Jeffrey Gettleman.

En diciembre de 2009, el Ejército de Resistencia del Señor, un brutal grupo rebelde africano guiado por un comandante de peluca llamado Joseph Kony, masacró a más de trescientas personas en un remoto rincón del noreste de Congo. La mayoría de las víctimas fueron muertas a palos, algunas fueron asesinadas con machetes, unas pocas recibieron disparos y unas pocas más fueron estranguladas. El LRA (NDT: en español, ERS), como es conocido ampliamente –en Congo es llamado simplemente tonga-tonga, que significa algo como “los que atacan en silencio”—, había secuestrado a cientos de personas y se movía rápidamente por la jungla. Quien no pudiera seguir el paso era ejecutado. Muy a menudo los otros conscriptos, muchos de ellos niños, eran forzados a actuar como verdugos.

Como ese rincón del Congo es tan aislado y poco poblado, llevó semanas que la noticia de la masacre se conociera, algo inusual en el hiperconectado mundo de hoy. Tuve que contratar un avión para llegar a la zona de la masacre, porque no había caminos practicables. Volé a un pequeño pueblo llamado Niangara, un viejo puesto de comercio en la confluciencia de dos ríos. Durante el dominio belga, Niangara fue un pueblo del boom del algodón y el café, aunque uno jamás lo adivinaría hoy. Las viejas casas belgas sin techo se hunden en las altas pasturas y las rutas, alguna vez pavimentadas, son puro limo. No había señal de guerra o inquietud cuando aterricé, ni siquiera trabajadores de ayuda humanitaria con sus uniformes blancos. Cuando salí del avión a la pista de tierra rojiza, todo lo que ví fueron árboles de anchas hojas, con las ramas chorreando mangos, y un grupo de hombres flacos en bicicletas.

Así es la historia del conflicto en África en estos días. Lo que estamos viendo es la decadencia de las clásicas guerras de luchadores por la liberación y la proliferación de otra cosa –algo más salvaje, turbio, más depredador y difícil de definir. El estilo de guerra ha cambiado dramáticamente desde las guerras de liberación de los ’60 y ’70 (Zimbabwe, Guinea-Bissau), las guerras de la Guerra Fría de los 80 (Angola, Mozambique) y las matanzas a gran escala de los 90 (Somalia, Congo, Rwanda, Liberia). Hoy, el continente está plagado de incontables, horribles, pequeñas guerras que, en muchos sentidos, no son realmente guerras. No hay línea de frente, no hay campos de batalla, no hay claras zonas de conflicto y no hay distinción entre combatientes y civiles, razón por la que el tipo de masacre ocurrida cerca de Niangara es tristemente común (…)

Hoy vemos decenas de guerras sucias, de escala pequeña, en Congo, Somalia, la República Centroafricana, Burundi, Sudán, Sudán del Sur, Chad, Níger y Nigeria, de Este a Oeste, de algunas de las más poderosas a algunas de las más pequeñas e insignificantes naciones de África. La situación específica en cada uno de los 55 diferentes países del continente varía enormemente. Pero es seguro decir que muchos de los rebeldes son simplemente maleantes.

Pocas décadas atrás, África produjo algunos líderes rebeldes, muy astutos y exitosos en última instancia, comprometidos en la lucha contra el colonialismo, la tiranía y el apartheid. Algunos fueron suficientemente hábiles como para dirigir países, entre ellos Meles Zenawi de Etiopía, Paul Kagame de Ruanda, Yoweri Museveni de Uganda e Isaías Afewerki de Eritrea. Ninguno estaba comprometido con la democracia. Todos se aferran todavía al poder por medio de la fuerza bruta, pero cada uno de ellos tenía una buena educación y una visión de cómo él y su país podrían sobrevivir.

Afewerki, por ejemplo, pasó décadas reconstruyendo la sociedad eritrea de arriba abajo en un laberinto de bunkers subterráneos y trincheras, mientras los aviones de guerra provistos por los soviéticos bombardeaban al ras el campo en un intento por aplastar a ese movimiento que buscaba la independencia respecto de Etiopía, que había dominado a Eritrea desde la retirada británica de 1952. Viviendo en la oscuridad, hombres y mujeres, cristianos y musulmanes, granjeros y doctores, fueron amontonados y lucharon juntos, fabricando sus propios remedios, zapatos, incluso papel higiénico. Cuando Eritrea ganó al fin su independencia de Etiopía, en 1993, fue celebrada como una de las sociedades más igualitarias del planeta. Diecinueve años más tarde, las elecciones prometidas nunca ocurrieron (…)

África tuvo también la mala suerte de ganar su independencia cuando la Guerra Fría se hallaba en su clímax y los Estados Unidos y la Unión Soviética trataban de reclutar peones: la rivalidad Este-Oeste dio forma a buena parte de la política interna africana y a muchas de sus rebeliones. Las superpotencias impulsaron a tiranos brutales, odiados intensamente, sólo porque apoyaban a un lado o al otro y, del mismo modo, cooptaron a grupos rebeldes a quienes proveyeron dinero y armas para luchar a favor o en contra del comunismo.

Cuando la Guerra Fría terminó abruptamente en 1990, el súbito desinterés de las superpotencias en el continente africano dejó a cantidad de tiranos expuestos y listos para ser derrocados. África explotó. El dictador de Etiopía, Mengistu Haile Mariam, apoyado durante años por la Unión Soviética, y el déspota de Somalía, Mohamed Siad Barre, respaldado durante años por los Estados Unidos, fueron depuestos en 1991. Ambos países habían sido considerados como campos de batalla de importancia estratégica en la Guerra Fría y estaban bañados en armas. Pocos años más tarde, Mobutu Sese Seko, del Congo, probabemente el hombre más corrupto del continente más corrupto y un aliado principal de los norteamericanos hasta que se tornó obsoleto después de la Guerra Fría, fue depuesto en una guerra brutal que continúa todavía y que se ha convertido en uno de los más violentos conflictos de la era moderna, en la cual varios millones de africanos han perecido.

El fin de la Unión Soviética tuvo otro desastroso efecto en África. Los países del bloque del Este que despachaban kalashnikovs del Ejército rojo a rolete tuvieron que buscar nuevos mercados. África, con sus cielos no patrullados y sus costas infinitas, sus minas de oro y de diamantes y sus economías en las que circula libremente el efectivo, se convirtió en un nuevo mercado. Las armas se tornaron de pronto muy baratas y muy accesibles. Viktor Bout, un ex oficial soviético recientemente condenado en los Estados Unidos por tráfico de armas, sustentó solo varias miniguerras africanas al mismo tiempo, incluyendo Sierra Leona, Liberia, Angola y Congo. Ahora cualquiera podía meterse en el juego de la rebelión.

Sin la dominación de una superpotencia, los grupos rebeldes africanos comenzaron a fragmentarse. Durante la Guerra Fría, los norteamericanos y los soviéticos habían presionado a los líderes para que unificaran a sus tropas porque, cuando decidían respaldar una rebelión, querían lidiar con un solo líder, no 23. Hoy, las fallidas conferencias de paz para terminar guerras en Darfur o Somalía o Congo muestran qué ocurre cuando esa presión para la unificación ya no existe. En 2003, cuando el conflicto de Darfur comenzó en Sudán occidental, había dos grupos rebeldes importantes en combate con el gobierno central. Hoy hay incontables facciones. Muchos de los actuales movimientos rebeldes han continuado dividiéndose y subdividiéndose, al punto de que algunos grupos se han vuelto minúsculos e ideológicamente indistinguibles uno de otro, sin poder para provocar cambios serios en el gobierno (…)

A medida que las superpotencias salieron del África y muchas de sus naciones se volvieron débiles, los grupos rebeldes descubrieron que podían operar más libremente. Muchos territorios quedaron sin ley, fuera en el Congol rural, el Sudán rural, en la mayoría de la República Centroafricana (casi enteramente rural) o fuese en las vastas y no vigiladas regiones desérticas del Sahara, donde predominan rebeldes, matones y bandidos. Pero los espacios hobbesianos se encuentran a menudo incluso en mitad de las capitales, como en las hirvientes villas miseria de Nairobi o Kinshasa, donde los servicios públicos están complemente ausentes y la gente ha montado sus propias fuerzas de seguridad, sus propias vías ilegales para obtener electricidad, sus propios sistemas de impuestos –en pocas palabras, sus propios modos de sobrevivir. Muchos de los grupos armados que operan en este clima de casi completa quiebra del poder del Estado son conducidos por una cruda codicia y una rampante brutalidad, sin pretensión alguna de poseer una excusa ideológica para su violencia. No tienen causa ni planes de construir una organización política de ningún tipo.

(…) He visto cuán vacío puede ser este liderazgo cuando asistí a una costosa conferencia de paz para Darfur en Sirte, Libia, en 2007. Lo que fascinaba y atraía a los rebeldes no eran las sesiones plenarias o los encuentros personales con funcionarios de Naciones Unidas. Era el buffet libre del hotel, donde figuras con turbante reían mientras amontonaban montañas de arroz y carne en sus platos y bebían galones de Pepsi. Ninguno de los rebeldes de Darfur con los que hablé en la conferencia podía decirme por qué luchaba. De hecho, aunque había pasado mucho tiempo en la región de la que venían, era difícil saber si alguno de estos hombres realmente combatía. Los líderes que había conocido en el campo de batalla no estaban allí.

En Congo oriental, las conversaciones de paz auspiciadas internacionalmente han dado a los rebeldes un perverso incentivo para promoverse mediante la brutalidad. En julio de 2010, varias decenas de hombres armados barrieron un poblado cerca de Walikale y violaron en grupo a más de trescientas mujeres, algunas de ochenta años. Más tarde se supo que su líder, un joven en vía de ascenso llamado Sheka, quería atraer la atención pública antes de que comenzaran las conversaciones con el gobierno. Su lógica debe haber sido algo así: la violación masiva era claramente algo que atraería la atención internacional, así que atacar a un pueblo y violar a trescientas mujeres era un modo efectivo de tornarse más amenazante y aumentar sus chances de obtener una posición más alta en el Ejército del gobierno. Cuando no funcionó, Sheka entró en política. Recientemente hizo campaña abierta para obtener una banca en el parlamento del Congo. Perdió, pero sigue activo en la parte oriental del país (…)

El equivalente de la Guerra Fría hoy es la campaña contra el Islam extremista, en la cual los Estados Unidos comprometen sus principios democráticos al apoyar a dictadores dispuestos a ayudar en la lucha contra los terroristas. En el Cuerno de África, un caldo de cultivo del extremismo islámico, el nuevo mejor amigo de los Estados Unidos es Etiopía. Los Estados Unidos dan al ejército etíope millones de dólares de ayuda cada año e incluso comparten su inteligencia secreta; el gobierno es despiadado en su castigo incluso contra moderados disidentes y los rebeldes de Ogaden tienen pocas chances de ganar alguna vez (…)

Apenas en diciembre último (de 2011), The Economist publicó un artículo de tapa titulado “África se Levanta”, título de un libro de 2009 de Vijay Mahajan, un profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Texas. No hace mucho, The Wall Street Journal publicó una serie de artículos sobre el crecimiento económico africano, también bajo el título “África Se Levanta”. Algunas partes de África se están, en verdad, levantando. Nuevos edificios impresionantes están apareciendo en la capital de Kenia, Nairobi, donde vivo. Incontables nuevos miembros de la nueva clase media africana conducen brillantes y pequeños Toyotas y Nissans, causando grandes atascos del tránsido en casi todas las capitales del continene. El Banco de Desarrollo Africano dice que el número de africanos de clase media se ha triplicado durante los últimos treinta años para llegar a 313 millones de personas, es decir más del 34 por ciento de la población del continente. Muchos países africanos, como Madagascar, Zambia, Burkina Faso y Níger, han aumentado dramáticamentel el número de niños en la escuela. Otros, como Ruanda, han mejorado vastamente su salud pública (…)

¿Las razones? Una demanda insaciable de las commodities africanas, como petróleo, oro y cobre; y, en algunos lugares, mejores políticas gubernamentales. Angola y Ghana, que extraen petróleo, están ahora entre las economías de más rápido crecimiento del mundo. Pero, al mismo tiempo, muchas partes del África se están hundiendo, clara y profundamente, en la violencia, el caos y la oscuridad (…)

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.
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Por Jeffrey Gettleman

Hay una razón muy sencilla por la que algunas de las guerras más brutales y sangrientas de África pare­cen no terminar nunca. En realidad, no son tales. Al menos, no en el sentido tradicional. Los combatientes no tienen mucha ideología; no tienen objetivos claros. No dan importancia a la toma de las capitales y las ciudades clave.

En realidad, prefieren los bosques frondosos, donde es más fácil cometer crímenes. Los rebeldes de hoy parecen despreciar, sobre todo, la conquista de nuevos adeptos a su causa; les basta con robar los hijos de otras personas, colgarles Kaláshnikov o hachas del brazo y ordenarles que se encarguen de las matanzas. Si observamos con atención algunos de los conflictos más persistentes, desde los riachuelos plagados de rebeldes del delta del Níger hasta el infierno de la República Democrática del Congo (RDC), eso es lo que encontramos.

Lo que se ve es el declive del clásico movimiento de libe­ración africano y la proliferación de otra cosa: más violenta, más desorganizada, más salvaje y más difícil de penetrar. Si lo quieren llamar guerra, de acuerdo. Pero lo que está exten­diéndose por toda África como una pandemia vírica no es más que puro bandolerismo oportunista y armado hasta los dientes. Mi trabajo como responsable de la corresponsalía de The New York Times en África Oriental consiste en cubrir noticias y reportajes en 12 países, pero la mayor parte del tiempo estoy inmerso en estas no-guerras.

He presenciado de cerca –a menudo, demasiado cerca– cómo el combate ha pasado de enfrentar a soldados contra soldados (una rareza en África ahora) a oponer soldados fren­te a civiles. La mayoría de los guerreros africanos no son rebeldes con causa: son depredadores. Por eso estamos presenciando atrocidades tan impactantes como la epidemia de violaciones en el este de Congo, donde grupos armados han cometido agresiones sexuales durante los últimos años contra cientos de miles de mujeres, que han sido, con frecuencia, tan sádicas que han dejado a las víctimas un problema de incontinencia para toda la vida. ¿Cuál es el obje­tivo militar o político de introducir un rifle de asalto en la vagina de una mujer y apretar el gatillo? El terror ya es un fin, no sólo un medio.

Esta historia se repite por toda África, donde casi la mitad de sus 53 países sufre un conflicto activo o lo ha terminado hace poco. Lugares tranquilos como Tanzania son excepciones; incluso la accesible Kenia, repleta de turistas, saltó por los aires en 2008. Si su­mamos las bajas de sólo una docena de países de los que cubro, obtenemos decenas de miles de civiles muertos cada año. Más de cinco millones de personas han fallecido en Congo desde 1998, según el Comité de Rescate Internacional.

Por supuesto, muchas de las luchas independentistas de la pasada generación también eran sangrientas. Se cree que la rebelión del sur de Sudán, que duró varias décadas, costó más de dos millones de vidas. Pero yo no hablo de números, sino de métodos y de objetivos, y de los líderes que los dirigen. El jefe de la principal guerrilla de Uganda en los 80, Yoweri Museveni, solía arengar a sus rebeldes diciéndoles que estaban en la planta baja de un ejército popular nacional. Museveni se convirtió en presidente en 1986 y permanece en el cargo (otro problema, otra historia). Pero sus palabras parecen nobles comparadas con el líder más conocido de ese país ahora, Joseph Kony, quien sólo ordena quemar.

Incluso aunque se pudiera sacar a estos hombres de sus guaridas de la selva y sentarlos en una mesa de negociaciones, hay muy poco que ofrecerles. No quieren ministerios o extensiones de tierra que gobernar. Sus ejércitos están formados a menudo por niños traumatizados con experiencia y habilidades (si pueden llamarse así) incompatibles con la vida civil. Lo único que quieren es dinero, pistolas y licencia para arrasar con todo. Y ya han conseguido las tres cosas. ¿Cómo se negocia con algo así? La respuesta breve es que no se negocia. La única forma de detener a los rebeldes de hoy es capturar o matar a sus líderes. Muchos son sólo personajes retorcidos cuyas organizaciones desaparecerían con ellos. Eso es lo que pasó en Angola cuando fue acribillado el jefe rebelde de UNITA y traficante de diamantes Jonas Savimbi y se puso fin de forma fulminante a uno de los conflictos más intensos de la guerra fría.

En Liberia, en el mo­mento en el que fue arrestado el señor de la guerra reconvertido en presidente, Charles Taylor, en 2006, cayó el telón en un cir­co macabro con asesinos de 10 años cubiertos con máscaras de Halloween. Un número incontable de dólares, horas y vidas se han desperdiciado en vanas rondas de conversaciones que nunca culminarán en resultados tan claros. Lo mismo podría decirse de las acusaciones contra líderes rebeldes por crímenes contra la humanidad por parte de la Corte Penal Internacional. Con la espada de Damocles de un juicio sobre sus cabezas, los combatientes nunca dejarán las armas.

¿Cómo hemos llegado a este punto? Puede que sea pura nostalgia, pero los rebeldes africanos de antes tenían un poco más de clase. Luchaban contra el colonialismo,   la tiranía o el apartheid. Las insurgencias triunfadoras venían a menudo de la mano de un líder   seductor e inteligente que esgrimía una retórica convincente. Eran hombres como John Garang, que lideró la rebelión en el sur de Sudán con su Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán. Él consiguió lo que pocas guerrillas han conseguido: entregarle a sus compatriotas su propio país. Gracias en parte a su tenacidad, el sur de Sudán celebrará un referéndum el año que viene para independizarse del norte. Garang murió en un accidente de helicóptero en 2005, pero la gente sigue hablando de él como si fuera un dios. Por desgracia, la región parece bastante dejada de la mano de Dios sin él. Yo me desplacé al sur de Sudán en noviembre para informar de cómo las milicias étnicas, formadas en el nuevo vacío de poder, se han dedicado a asesinar civiles por miles.

Incluso Robert Mugabe, el dictador de Zimbabue, fue en su momento un guerrillero con un plan. Después de transformar la Rhodesia gobernada por los blancos en el actual Zimbabue, liderado por la mayoría negra, convirtió el país en una de las economías con mayor crecimiento y diversificación al sur del Sáhara, durante la primera década y media de su régimen. Su estatus de héroe de guerra y la ayuda que prestó a otros movimientos   de liberación africanos en los 80 explican la reticencia de muchos líderes del continente a criticarle hoy, aunque haya conducido a Zimbabue directamente al infierno.

Estos hombres son reliquias vivientes de un pasado reducido a cenizas. Si juntamos en una habitación al educado Garang y al Mugabe de antes con los líderes sin ideales de hoy, no tendrían nada en común. Lo que ha cambiado en una generación ha sido, en parte, el propio planeta. El fin de la guerra fría generó  el colapso de los Estados y el caos. Allí donde antes las grandes   potencias veían dominós cuyo desplome había que evitar, de pronto no había ningún interés nacional (por supuesto, con excepción de los recursos naturales).

Los científicos llevan tiempo advirtiendo del calentamiento global y de la escasez de recursos, que traerán como resultado conflictos más violentos. La Casa Blanca incluso encargó a su órgano de inteligencia el estudio de las posibles implicaciones de la seguridad nacional en el cambio climático. Pero las pruebas que muestran que el aumento de las temperaturas   puede causar un conflicto armado son poco precisas de momento. En un estudio reciente publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, un equipo de economistas hizo una comparativa de las distintas temperaturas con el índice de conflictos en el África subsahariana entre 1981 y 2002, y los resultados fueron sorprendentes: la temperatura aumentó un grado Celsius, en contraposición con el aumento del 49% del índice de guerra civil. En las décadas siguientes la situación parece mucho peor. Según los aumentos de temperatura global estimados para el futuro, los autores observaron un aumento del 54% de los conflictos civiles en la región. Si ocasionan el mismo número de muertes que durante las guerras ocurridas durante el periodo que engloba este estudio, puede que África alcance la cifra de 393.000 muertos de guerra en 2030. La razón principal de la violencia prevista es el impacto del calentamiento global en la agricultura, pero podrían existir otros factores.

Por ejemplo, la violencia criminal tiende a aumentar cuando se dan temperaturas altas, mientras que la productividad económica disminuye. Incluso desde un punto de vista optimista, el crecimiento económico y la reforma política de las próximas décadas “no son capaces de revertir los grandes efectos del aumento de la temperatura en los índices de guerras civiles”. –Joshua E. Keating

De repente, lo único que se necesita para ser poderoso es un arma, y, como se ha podido comprobar, había muchas. Los AK-47 y las municiones baratas manaban del colapsado bloque oriental hasta el último rincón de África. Era la oportunidad perfecta   para los que no tienen suficiente moral ni carisma.

En la República Democrática del Congo ha habido docenas de esos hombres desde 1996, cuando los rebeldes se levantaron contra el dictador del gorro de piel de leopardo, Mobutu Sese Seko, probablemente el hombre más corrupto en la historia de este corruptísimo continente. En realidad, tras el derrumbamiento del Estado de Mobutu, nadie lo reconstruyó. En la anarquía que floreció, los líderes rebeldes se hicieron con feudos muy ricos en oro, petróleo, diamantes, cobre y estaño, entre otros minerales. Entre ellos estaban Laurent Nkunda, Bosco Ntaganda, Thomas Lubanga, un tóxico batiburrillo de comandantes mai mai, genocidas ruandeses y los lunáticos líderes de un grupo extravagantemente   cruel llamados “los rastas”.

Conocí a Nkunda en su guarida de las montañas a finales de 2008, rodeado de soldados con cara de críos. El general, delgado como un palillo, lanzó una elocuente perorata sobre la opresión de la minoría tutsi a la que decía representar, pero se puso de uñas cuando le pregunté   sobre los impuestos que, cual señor de la guerra, estaba cobrando, y sobre todas las mujeres a las que sus soldados habían violado. Nkunda no está del todo desacertado en cuanto al lío de la RDC. Las tensiones étnicas son una parte real del conflicto, junto con las disputas por las tierras, los refugiados   y la injerencia de los países vecinos. Lo que he llegado   a entender es la rapidez con la que las reivindicaciones legítimas de estos Estados fallidos o en camino de serlo acaban   convertidas en un voraz derramamiento de sangre en busca de beneficios. El país soporta   hoy una rebelión por los recursos en la cual unos vagos sentimientos antigubernamentales   sirven de excusa para el robo de propiedades públicas. Las superabundantes riquezas de la RDC pertenecen a sus 70 millones de habitantes, pero en los últimos diez o quince años ese tesoro ha sido secuestrado por un par de docenas de caudillos rebeldes que lo emplean para comprar aún más armas y causar más estragos.

El ejemplo más molesto de una no-guerra africana está en el Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus siglas en inglés), nacido   como un movimiento rebelde en el norte de Uganda durante los anárquicos 80. Como las bandas del río Níger, contaminado por el petróleo, el LRA tenía, al principio, algunas quejas legítimas:   la pobreza y la marginación de las áreas acholi. Su líder, Joseph Kony, era un joven autodenominado profeta con cabellera   postiza y discurso incoherente comprometido con los Diez Mandamientos. Pronto incumplió todos. Empleó sus supuestos poderes mágicos (y drogas) para enardecer a sus seguidores y los lanzó sobre los mismos acholi a los que debía defender. El LRA se abrió camino a guantazo limpio, dejando a su paso un reguero de extremidades amputadas y orejas cortadas. Ya no hablan de los Diez Mandamientos, y algunos de los que dejaron tras de sí prácticamente no pueden hablar. Nunca olvidaré mi visita al norte de Uganda hace unos años en la que conocí a un grupo de mujeres a las que los maniacos de Kony habían rebanado los labios. Sus bocas estaban siempre abiertas mostrando sus dientes. Cuando Uganda se compuso y tomó medidas firmes, Kony y sus hombres se marcharon. Hoy, su maldición se ha extendido a una de las regiones más anárquicas del mundo: la frontera entre Sudán, Congo y la República Centroafricana.

Los niños soldados son parte inherente de estos movimientos. El LRA, por ejemplo, nunca se adueñó de territorios, sólo de menores. Sus filas están plagadas de niños y niñas a quienes   les han lavado el cerebro, que saquean pueblos y machacan   hasta la muerte a recién nacidos en morteros de madera. En la RDC, una tercera parte de los combatientes tiene menos de 18 años. Puesto que el nuevo estilo depredador de guerra africana está motivado y financiado por el crimen, el apoyo social es irrelevante para estos rebeldes. La otra cara de no preocuparse por ganar la batalla por las mentes y los corazones   es que así no se consiguen muchos reclutas. Secuestrar y manipular a niños se convierte en la única forma de sostener el bandidaje organizado. Y los chicos han resultado ser las armas ideales: es fácil lavarles el cerebro, son intensamente leales, no tienen miedo y la oferta es inagotable.

En esta nueva era de guerras interminables, hasta Somalia se percibe de otro modo. Ese país evoca la imagen del Estado africano más caótico (excepcional, incluso en su vecindario), debido a su conflicto perpetuo. Pero ¿y si Somalia fuera menos  una irregularidad que un terrorífico avance de aquello en lo que va a convertirse la guerra en África? En apariencia, el país parece destruido por un conflicto civil de trasunto religioso entre un Gobierno   de transición con apoyo internacional, pero sin poder efectivo, y la milicia islamista Al Shabab.   Sin embargo, la lucha está alimentada por el mismo clásico problema somalí que persigue a este mísero país desde 1991: los señores de la guerra. Muchos de los hombres que mandan o financian milicias en Somalia hoy son los mismos   que hicieron trizas el país durante los últimos   veinte años en su disputa por los escasos recursos que quedan: el puerto, el aeropuerto, los postes de teléfono y las tierras de pastoreo.

Pero lo que más miedo da es cuántos Estados enfermos como la RDC presentan ahora síntomas similares a los de Somalia. Cada vez que surge un potencial líder que pueda volver a imponer el orden en Mogadiscio, aparecen redes criminales que financian a su oponente, sea quien sea. Cuanto más tiempo pasan sin Estado estas áreas, más difícil es volver al mal necesario que es el gobierno.

Todo esto puede parecer una burda simplificación,   y, en efecto, no todos los conflictos de África encajan en este nuevo paradigma. El viejo compañero –el golpe militar– aún constituye   una forma común de insurrección política, como comprobaron Guinea en 2008 y Madagascar no mucho tiempo después. También me he topado con unos pocos rebeldes no sanguinarios que parecían tener motivos legítimos, como algunos cabecillas de Darfur (Sudán). Pero aunque sus demandas políticas están bien definidas, las organizaciones que lideran no lo están. Los rebeldes clásicos africanos pasaban años en los bosques perfeccionando su capacidad de liderazgo, puliendo su ideología antes de ver a un diplomático occidental o sentarse ante las cámaras para una entrevista de televisión. Ahora los rebeldes salen del anonimato con una página web y una oficina de prensa (léase, un teléfono por satélite).

En cuanto al resto, son no-guerras, esos conflictos incesantes que me he pasado la vida catalogando a medida que avanzan inexorablemente, triturando vidas y escupiendo cadáveres. Recientemente estuve en el sur de Sudán, trabajando en un artículo sobre la persecución de Kony por el Ejército de Uganda, y conocí a una mujer llamada Flo. Había sido esclava en el LRA durante 15 años y había escapado hacía poco tiempo. Tenía las espinillas llenas de cicatrices y una mirada glacial, y a menudo había largos silencios después de mis preguntas, durante los cuales Flo se quedaba contemplando fijamente el horizonte. “Sólo pienso en la carretera que lleva a mi casa”. Ella nunca tuvo claro por qué luchaba el RLA. En su opinión, era como si hubieran estado vagando por la selva, caminando en círculos. En esto se han convertido muchos conflictos en África: círculos de violencia en el bosque, sin un final a la vista.

 Aquí, publicación de este artículo en español.

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A principios de los años 80, en las tierras bajas de Mozambique, surgió una nueva tecnología de guerra que recorrería toda África y pronto el resto del mundo: el niño soldado.

Los comandantes rebeldes habían construido una máquina de matar de 1,20 m de altura que se abrió paso en aldea tras aldea y casi invadió al gobierno. Su rastro eran chozas humeantes y orejas cortadas.

Los mozambiqueños aprendieron que los niños eran el arma perfecta: fácilmente manipulables, intensamente leales, intrépidos y, lo más importante, de suministro interminable.

Hoy (Ndt: 2007. Pero la cifra seguía siendo la misma a principios de 2012) dicen grupos defensores de los derechos humanos, hay 300.000 niños soldado en el mundo. Y expertos afirman que el problema se está haciendo más profundo conforme cambia la naturaleza del conflicto mismo; especialmente en África.

Aquí, en un país tras otro, los conflictos pasan de luchas impulsadas por una idea o causa, a campañas dirigidas por caciques cuyo objetivo esencial es saquear. Como esos nuevos movimientos rebeldes están motivados y financiados por el crimen, el apoyo popular se vuelve irrelevante. A quienes tienen el control no les importa los corazones y mentes. Ven a la población local como presa.

El resultado es que pocos adultos quieren tener algo que ver con ellos, y manipular y secuestrar niños se vuelve la mejor manera de sostener el bandidaje organizado.

Esta dinámica ha avivado a algunos de los conflictos más prolongados en el continente, y podía verse este mes en al menos tres países:

- En Somalia, en el último mes, más de 1.000 personas han sido asesinadas en Mogadiscio, la capital, en una compleja guerra civil agravada por los caciques que comandan ejércitos de adolescentes. La guerra se remonta a 1991, cuando el gobierno central fue derrocado por clanes que disputaban por antiguos agravios. Pero pronto se volvió una competencia entre los caciques por el control de aeropuertos, puertos marítimos y el acceso a la ayuda internacional. Dieciséis años después, siguen desenfrenados.

- En Congo, una guerra civil que empezó hace una década para derrocar al tirano de la era de la Guerra Fría, Mobutu Sese Seko, es ahora una lucha de múltiples cabezas en la cual sólo uno de los actores es el gobierno. El resto son pandillas rebeldes que combaten entre sí por una parte de la madera, el cobre, el oro, los diamantes y otros recursos. Todas las partes, según un informe emitido este mes por Human Rights Watch, dependen de niños-soldados.

- En Uganda, la más reciente en una serie de conversaciones de paz -ninguna exitosa hasta ahora- se reanudó la semana pasada, en un esfuerzo por poner fin a un reino de terror en las áreas rurales por parte del Ejército de Resistencia del Señor. Ese grupo se formó a fines de los años 90 en nombre de la minoría acholi oprimida, pero pronto degeneró en una pandilla callejera que vive en la selva con armas de tipo militar y novias de 13 años de edad. Sus filas están llenas de muchachos a los que les han lavado el cerebro para quemar chozas y matar a golpes a bebés recién nacidos.

África no inventó al soldado menor de edad moderno. Los nazis reclutaron adolescentes cuando se sintieron desesperados. También Irán, que dio llaves a niños (de 12 a 16 años) para el cielo de plástico, para que se las colgaran alrededor del cuello mientras limpiaban minas terrestres durante la Guerra Irán-Irak. Adolescentes han combatido en guerras nacionalistas o con propósitos religiosos en Kosovo, los territorios palestinos y Afganistán.

Pero aquí, en África, los movimientos armados que sobreviven con niños de apenas 9 años, han adquirido un carácter especial, nutridos por crisis del poder estatal o de la ideología. Muchos de estos movimientos giran en torno a la codicia, el poder y la brutalidad, sin esforzarse por tener excusas para ello.

“Quizá haya habido un poco de retórica al principio”, dijo Ishmael Beah, ex niño soldado en Sierra Leona y autor del éxito de librerías “A Long Way Gone: Memoirs of a Boy Soldier” (Un Largo Camino Recorrido: Biografía de un Niño Soldado)… “Pero la ideología se pierde rápidamente. Y luego sólo se vuelve derramamiento de sangre, una forma de que los comandantes saqueen, una guerra de locura” (…)

Como el uso de niños-soldados que, a menudo, son atraídos hacia estos movimientos, o mantenidos ahí, con magia y superstición.

En muchos movimientos armados, a los niños se les enseña que la vida y la muerte dependen del espíritu; que son conjurados por sus comandantes y destilados en aceites y amuletos.

La magia puede llevar a los niños a hacer cosas innombrables. También confiere, a líderes deslustrados, de un recubrimiento de respetabilidad sobrenatural.

“Los comandantes usaban ciertas perlas y decían que las armas no podían herirnos”, recordó Beah. “Y lo creíamos”.

La Renamo, el ejército rebelde respaldado por Sudáfrica que aterrorizó a Mozambique en los años 80 mientras trataba de desestabilizar al gobierno marxista, estuvo entre los primeros en recurrir a la magia; dieron un papel especial a los médicos brujo, a quienes los marxistas habían marginado.

Para cuando los grupos en Congo llevaron esa técnica a sus profundidades más bajas a fines de los años 90 -algunos niños soldados eran instruidos de que se comieran a sus víctimas para hacerse más fuertes- el mundo empezó a poner atención.

Activistas lograron poner el tema de los niños-soldados en la agenda de Naciones Unidas y aprobar protocolos que pedían que la edad de los combatientes fuera de, al menos, 18 años (Estados Unidos y Gran Bretaña están entre los países que se han negado a firmar).

Pero los grupos armados renegados siguen siendo un obstáculo. Conforme la anarquía se extiende, ellos también lo hacen, de entre la maleza a las barriadas en áreas urbanas, donde los movimientos violentos casi religiosos parecen estar echando raíces.

“Es ridículo apelar a los derechos humanos con estos grupos porque están muy lejos en el extremo criminal del espectro”, afirma Victoria Forbes Adam, directora de la Coalición para Detener el Uso de Niños Soldados, con sede en Londres.

Apenas este mes, en una barriada cerca de Nairobi, la capital de Kenia, ejecutadores de un grupo llamado Mungiki -esencialmente una pandilla callejera que usa elementos adolescentes- macheteó a varios oponentes en un esfuerzo por controlar el negocio de los minibuses. Fiel a las formas, su líder ha dicho a sus jóvenes macheteros que él descendió a la tierra en una bola de estrellas.

Aquí, publicación de este artículo en español.

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Cuando los últimos rayos del sol se pierden en el horizonte del norte de Uganda, los niños de las aldeas cogen sus cosas y parten en procesión hacia las ciudades.

Es un fenómeno único en el mundo. Más de cuarenta mil pequeños recorren las carreteras huyendo de la amenaza del Ejército de Resistencia del Señor (LRA), un grupo de fanáticos que dice luchar por imponer los Diez Mandamientos, y que desde hace 20 años aterroriza a los campesinos de la región. Si encuentran a una mujer ente los cultivos la violan, le cortan los brazos, los labios, las orejas. Por las noches, suelen colarse en las míseras chozas de paja y adobe para secuestrar a los niños, que suman a sus filas como soldados. Y a las niñas, a las que convierten en esclavas sexuales.

Los pequeños marchan hacia las urbes porque allí está el ejército regular ugandés, que los protege de las incursiones del LRA. Avanzan descalzos, por interminables caminos de tierra. Durante el tiempo en que estoy en Uganda salgo cada noche a retratarlos con mi cámara.

En la penumbra escucho sus canciones, sus risas. Supongo que es una forma de conjurar el miedo, tomarse todo como un juego, como una diversión, para no pensar. Recuerdo mi propia infancia, el pavor que tenía a la noche, la intranquilidad que me provocaban aquellas figuras que imaginaba en las sombras del pasillo de mi casa. Y me pregunto qué clase de sociedad es esta que no puede proteger a sus propios hijos, que los empuja a lo que un niño más teme: la oscuridad.

En Gulu, los pequeños duermen en las aceras, debajo de los soportales, a la intemperie, envuelos en mantas sucias y raídas. Algunas organizaciones internacionales, como UNICEF, han organizado refugios para que puedan pernoctar en un lugar seguro. Pero es tal la afluencia, que son muy pocos los que consiguen una plaza.

A la mañana siguiente, la peregrinación se repite. Desde lo alto de una colina observo cómo, envueltos en sus mantas, somnolientos, con un pie en la vigilia y otro en el mundo de los sueños, regresan a sus casas para enfrentar un nuevo día.

Aquí, publicación de este texto.

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