Damasco es una de las más antiguas ciudades que han permanecido habitadas sin interrupción en la Tierra, un lugar donde el pasado es inusualmente tenaz. En años recientes, capitales vecinas como Beirut y Amman sucumbieron a los reformadores de estilo Dubai, pero Damasco sigue siendo una ciudad de edificios bajos de piedra y cemento. No hay Walmarts, ni sucursales de Starbucks, y apenas unas pocas torres de vidrio. El mundo globalizado se muestra sólo bajo la forma de un hotel Four Seasons, con su fachada de piedra caliza incongruentemente blanca. Cerca, una sección de la costa del río fue cedida a la construcción, ahora detenido, de un relumbrante “centro de descubrimiento” para niños. Un cartel, afuera, dice: “Déjennos construir nuestro futuro, no esperar por él”.
Pese a las palabras sobre el futuro, Damasco da la sensación de que la Guerra Fría no hubiera terminado. Rusia ha sido el principal patrocinador de Siria durante décadas y los policías de la ciudad visten cascos puntiagudos de estilo soviético y hombreras. La fachada de la Unión Nacional de Estudiantes sirios es de un realismo socialista desafiante, con un logo que luce dos puños cruzados aferrando una antorcha flameante. Los hombres usan bigote y fuman constantemente en todo lugar público. En un restaurante, una noche, advertí que el cantante que se oía en el estéreo era Julio Iglesias. Es como si el tiempo se hubiera detenido en 1982 –el año en que Hafez al-Assad, el presidente secular del país, aplastó una rebelión liderada por la Hermandad Musulmana en la ciudad de Hama, desplegando tanques y artillería en un sitio de tres semanas que redujo a escombros la Ciudad Vieja, el bastión rebelde. Murieron unas 20.000 personas según las estimaciones, pero, en cuanto contrainsurgencia, la operación fue un éxito resonante. “Hama” se convirtió en sinónimo del carácter despiadado del régimen y una ruda advertencia para potenciales opositores. Los islamistas de Siria no levantaron la cabeza por una generación.
En la época de la operación de Hama había retratos de Hafez por todo el país. Ahora, las
imágenes de su hijo, Bashar al-Assad, quien, a los 46 años, es el actual presidente, están en todas partes: frente a los edificios públicos, en oficinas y tiendas, en carteles publicitarios y ventanas de autobús. Cuando era joven, parecía improbable que Bashar siguiera el ejemplo de su padre. Era calmado, estudioso y apolítico; asistió a la escuela de medicina, luego se marchó a Londres para cursar una residencia oftalmológica. Su hermano mayor, Basil, era el aparente heredero, pero murió en un accidente de automóvil en 1994. Bashar fue traído a casa para ser preparado como sucesor de Hafez; fue enviado a la academia militar en la ciudad de Homs, donde adquirió el rango de coronel. Con todo, mantuvo un perfil bajo hasta el año 2000, cuando Hafez murió. En cuestión de días fue convertido en jefe de las Fuerzas Armadas y del gobernante Partido Baath (o Baaz). Tenía 34 años, seis menos de los requeridos para ser Presidente, así que el Parlamento bajó el límite de edad y fue elegido por un período de siete años, como candidato único. En 2007 fue elegido otra vez, con el 98 por ciento de los votos.
En el cargo, Bashar se mostró como un hombre de familia sin pretensiones y un defensor de la transparencia y la democracia, y habló con vigor contra la corrupción; ex presidente de la Sociedad de Computadoras de Siria, autorizó un acceso limitado a Internet en 2000. Pero no realizó cambios sustanciales en el estatus quo. Envió a prisión a disidentes, periodistas y activistas de los derechos humanos, y su policía secreta torturó con impunidad. En la primavera de 2005, declaró a los periodistas que “el próximo periodo será de libertad para los partidos políticos”, pero él y sus parientes todavía gobiernan el país.
Su hermano menor Maher comanda la Guardia Republicana Presidencial y la Cuarta División Blindada de élite del Ejército; muchos sirios afirman que fue visto disparando a una multitud de manifestantes la primavera pasada. Varios de los primos de Bashar, miembros de la familia Makhlouf, manejan las agencias de inteligencia.
El multimillonario Rami Makhlouf, operando bajo los auspicios de Assad, ha desarrollado intereses lucrativos en todo, desde telecomunicaciones y construcción a bancos, petróleo y gas. Él y Maher son cada vez más detestados en Siria.
“Hay un relato sobre Bashar como un buen tipo, que todo lo malo viene de su malvado hermano o primo”, dijo recientemente un diplomático occidental con base en Damasco. “Es todo verso, creo. Es él. Es el miembro mayor de la familia y está a cargo. Puede no tener el peso de un líder como, digamos, Mubarak, pero es extremadamente inteligente y sabe cómo mentir y ajustar el mensaje a la audiencia”.
El Partido Baath retiene el poder desde 1963, en gran parte manteniendo una agresiva vigilancia doméstica. En el Sheraton Hotel, unos hombres que jamás sonríen en largos abrigos de cuero falso son parte del mobiliario. Se sientan, silenciosos y de a pares, en automóviles en el estacionamiento y en sillones del vestíbulo, mirando abiertamente a los extraños. Son de las Mukhabarat, las agencias de inteligencia de Siria: militar, de la Fuerza Áerea, de seguridad del Estado y de seguridad política. Siria es uno de los más insidiosos Estados policiales del mundo, copiado de la vieja Alemania del Este, con una omnipresente red de informantes.
En marzo pasado (de 2011), en la ciudad de Deraa, unos escolares que habían sido descubiertos pintarrajeando graffiti contra el gobierno fueron llevados por la Policía y torturados. Cuando la historia se supo, los sirios, arrastrados por el fervor de la Primavera Árabe, rompieron su silencio para exigir reformas políticas. Assad prometió una serie de concesiones graduales que, dijo, culminarían en una reforma constitucional. Mientras tanto, a lo largo del país, sus fuerzas de seguridad mataban y detenían y torturaban a cientos de manifestantes desarmados. En algunos casos, los cuerpos mutilados fueron enviados de regreso a las familias como advertencia. Los refugiados se derramaron por las fronteras de Líbano y Turquía.
Durante el verano (boreal de 2011), oficiales y soldados desertaron del Ejército y una rebelión armada de bajo nivel comenzó a tomar forma. Desde bases en el interior del país y en Turquía y Líbano, los rebeldes proclamaron la formación de un Ejército Sirio Libre y comenzaron a lanzar ataques contra las fuerzas del régimen. A medida que las protestas pacíficas se convirtieron en revuelta armada, la gente comenzó a lanzar advertencias sobre una guerra civil –una perspectiva alarmante en un lugar tan dividido en facciones como Siria.
Assad lidera un régimen secular dominado por los alawitas, miembros de una secta desprendida del Islam chiíta. Tradicionalmente una subclase dentro del país, la minoría alawita sólo recientemente ha llegado al poder; cincuenta años atrás, tenían derechos legales limitados y eran vistos con sospecha por sus vecinos como paganos.
Los cristianos, la segunda minoría más grande, están alineados con ellos y, juntos, constituyen un cuarto de los 22 millones de habitantes de Siria. Los musulmanes sunitas componen la enorme mayoría; el resto es una imponderablemente complicada mezcla de refugiados palestinos, drusos y tribus beduinas, kurdos, armenios, circasianos, turcomanos y unas pocas decenas de judíos. En Damasco, un profesor de relaciones internacionales me dijo: “Tenemos 47 grupos étnicos y religiosos diferentes. Así que no se puede dividir este país; es como un vaso de agua. Si lo deja caer, lo pierde”.
En toda la región, las naciones tomaron partido en base a su religión: los gobiernos liderados por chiítas de Irak e Irán apoyaron a Assad, mientras que los sunitas de Arabia Saudita, Qatar y Turquía insistieron en que renunciara. Es, por mucho, un conflicto librado a través de terceros. La minoría sunita sin poder de Irak, que pocos años atrás recibió ayuda siria para una insurrección contra los militares norteamericanos, ha reunido fondos para los rebeldes y les envía armas. La Liga Árabe, temiendo un enorme conflicto, suspendió a Siria como miembro en noviembre y más tarde llamó a que Assad renunciara.
En cambio, éste aumentó sus ataques. Tarde en la noche del 3 de febrero (de 2012), el Ejército sirio lanzó una lluvia de cohetes y munición de tanques y morteros contra un vecindario rebelde en la alterada ciudad de Homs, matando a grandes cantidades de hombres, mujeres y niños. Fue considerado el episodio más sangriento, hasta ahora, del conflicto sirio; por coincidencia o no, ocurrió en el 30 aniversario del asalto de Hafez al-Assad’s contra Hama.
Al día siguiente, China y Rusia vetaron una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condenaba el uso de la violencia por parte del gobierno sirio. La secretaria de Estado Hillary Clinton consideró el veto como “un travestismo” y los Estados Unidos y Gran Bretaña retiraron sus embajadores. Minimizando la reacción occidental como “histérica”, el canciller ruso, Sergei Lavrov, dijo que Assad le había prometido que “detendría la violencia, venga de donde venga”. Suena a sofisma diplomático. Rusia mantiene su única base naval mediterránea en el puerto sirio de Tartus y continúa proveyendo de armas al régimen.
Un amigo de Assad me aseguró que Rusia e Irán segurían apoyándolo: “Habrá desafíos a la seguridad en los próximos meses, pero estoy seguro de que los peores días han pasado para él”.
En Homs, el sangriento asalto del Ejército proseguía y para mediados de febrero habían muerto al menos cuatrocientas personas. A medida que se acerca el primer aniversario del levantamiento sirio, el panorama es ominoso. Además de Homs, donde alrededor de un tercio de la ciudad está en manos rebeldes, hay combates en media docena de otras ciudades, y en pequeñas ciudades y pueblos del interior, especialmente a lo largo de las fronteras turca y libanesa. Más de seis mil personas murieron; decenas de miles han sido arrestadas, incluyendo niños; y casi cien mil han huido de sus hogares. Con decenas más muriendo casi día, Siria se desliza hacia una terrible guerra civil, pero Assad no ha dado indicación alguna de que vaya a dejar el poder. “Para Bashar, es seguir o morir”, dijo el diplomático. “Es una cuestión existencial. Los servicios de seguridad todavía están cohesionados y fuertes y no renunciará, porque cree que podría ser su muerte”.
***
La pequeña ciudad de Zabadani se asienta en las montañas, veinte millas al noroeste de Damasco –no lejos, de acuerdo con la tradición local de donde Caín mató a Abel. Es un bello enclave de cuarenta mil personas, cercano a la frontera con el Líbano, y en décadas recientes ha sido un resort veraniego, donde ricos damasquinos construyeron villas y adonde los árabes del Golfo escapan del calor. Está enclavado en una vieja ruta de contrabandistas –según es sabido, una vía vital para el tráfico del Líbano destinado a armar la creciente revuelta.
Desde la primavera (boreal) pasada, los militares sirios han golpeado allí varias veces, matando a una decena de manifestantes, y los residentes huyeron a las montañas para ponerse a salvo. Los miembros locales del Ejército Sirio Libre resistieron y se estableció una tregua entre la Cuarta División del Ejército, que opera en el área, y los oficiales rebeldes. El gobierno local baasista redujo su presencia a unos pocos edificios en los bordes de la ciudad y el ESL declaró a Zabadani “liberada”. En la primera vez de la que había memoria, el gobierno sirio había cedido pacíficamente el control de un pedazo de territorio nacional. Nadie parecía seguro de cómo tomarlo.
La Liga Árabe recibió permiso para lanzar una modesta misión de observadores en Siria, y el 21 de enero (de 2012) me uní a una delegación que visitaba Zabadani. La ciudad mira a un valle y un río con un mosaico de huertos de cerezas y manzanas, en las que nuevas fincas y granjas han comenzado a aparecer. Al otro lado del valle, una alta y cerrada línea de picos estaba cubierta por la nieve. Nos detuvimos enfrente del edificio municipal protegido por barricadas de bolsas de arena y soldados armados, y los militares hicieron entrar rápidamente a los observadores, una decena de diplomáticos argelinos, sudaneses y marroquíes. Unas pocas tiendas estaban abiertas, pero los tenderos y los transeúntes miraban tranquilamente, enmascarando sus filiaciones.
El edificio, cuartel general del Partido Baath local, había sido ocupado por un contingente del Ejército sirio, últimos representantes del régimen en Zabadani. Bajo un enorme retrato de Assad, el comandante del Ejército explicó la situación en un tono de diplomática opacidad: “Hubo diferencias entre dos lados en la ciudad y, en consecuencia, en interés de la nación, se hizo este acuerdo”, dijo. La tregua fue aparentemente negociada con la intermediación de un influyente miembro local del Partido Baath que poseía contactos en ambos lados. El amigo de Assad me sugirió que el régimen había permitido que el ESF tomara algún territorio para que sus miembros mostraran sus caras; luego, proseguiría la tarea de liquidarlos.
A unos cientos de yardas, en una calle de casas de techo plano y bloques de departamentos, entramos en la Siria “liberada”. Jóvenes y chicos alborotados se amuchaban en la calle, gritando. Dijeron que las tropas del gobierno habían llegado una semana antes y que, durante tres días, habían disparado sobre la ciudad con tanques, cohetes y ametralladoras pesadas. Señalaron con indignación los agujeros en los edificios donde la munición había caído y desplegaron casquillos y esquirlas a los pies de los observadores. Un granjero indicó los huertos sin hojas del valle y dijo: “Deberían ver lo que hicieron con los manzanos”. Otro hombre gritó: “Tienen tanques afuera de la ciudad. Después de que ustedes se vayan, entrarán”.
La ciudad es mayormente sunita y, en la plaza, la gente cantaba “Dios es más grande que la injusticia”. También cantaban: “El pueblo quiere internacionalizar la situación”, lo que un hombre de barba y aspecto cansado interpretó como el deseo de los habitantes de Zabadani de que haya una intervención extranjera: una zona aérea despejada por Naciones Unidas, como la que ayudó a deponer a Muammar Gadafi en Libia. Necesitaban protección de algún tipo; los rebeldes afirman tener cuarenta mil soldados en el país y el Ejército tiene medio millón, incluyendo reservistas y milicias. El hombre dijo en tono de ruego a uno de los observadores de la Liga Árabe: “¿Cómo podemos quedarnos parados y dejarlos entrar en nuestras casas?”. Una mujer, retorciendo sus manos, dijo que su hijo había sido muerto a tiros. Se oía disparos a la distancia. Tanques del Ejército, nos dijeron, estaban esperando a media milla, en el camino.
En la contigua ciudad de Madaya, un grupo de rebeldes nos dio la bienvenida en una casa que habían convertido en su base. Un joven pálido de aire atormentado, enfundado en un sobretodo de lana, dijo que su nombre de guerra era Abu Adwan y que había sido teniente del Ejército en Aleppo, la más grande ciudad Siria, hasta junio pasado, cuando desertó. El Ejército rebelde era una organización descentralizada y amorfa. Aunque estaba ostensiblemente ligada al Consejo Nacional Sirio, un cuerpo político de disidentes exiliados, operaba en el terreno más como una serie de grupos de Occupy Wall Street pero armados, montados alrededor de soldados que habían desertado del Ejercito y hallado simpatizantes en sus ciudades. Había un centenar de desertores en la zona de Zabadani, me dijo Abu Adwan, pero apenas tenían armas y la tregua no duraría: “El gobierno atacará, seguro. No puede permitirnos tener una zona libre”. Aunque otros combatientes del ESF usaban pañuelos o balaclavas, él no se cubría la cara. Cuando le pregunté por qué, sonrío apenas e hizo un gesto con la mano. “No tiene importancia”.
Un joven llamado Anas dijo que estaba a punto de graduarse en Derecho en Damasco, pero, a causa del levantamiento, había sido incapaz de rendir los exámenes. “Tendré que darlos después –quién sabe cuándo”, dijo, riendo. Anas calculaba que habían muerto quince personas en Zabadani durante los ataques. A mitad de julio, él y un amigo llamado Shahi habían huido de las tropas durante un asalto a la ciudad. Anas fue capturado y llevado a un interrogatorio. Fue retenido durante treinta y seis días y golpeado duramente, me contó. “Es normal para nosotros”, dijo, encogiéndose de hombres. Tuvo suerte. Shahi fue ejecutado. De otro amigo atrapado en el mismo incidente no se había oído más.
Antes de que los observadores se marcharan, cientos de vecinos se reunieron en la plaza principal a gritar eslogans y pedir libertad. Anas me dijo que sabía que el momento de “libertad” de Zabadani no duraría; el Ejercito podía volver cuando quisiera. “Será un final negro”, dijo, rotundo. “Pero tendremos que enfrentarlo”. Añadió: “Lamento decirlo, pero los alawitas están involucrados en la represión y habrá una guerra civil sectaria”.
***
El verano (boreal) pasado, cuando el levantamiento acumulaba fuerza, Assad dio un discurso por televisión. “Las conspiraciones son como gérmenes, que crecen en todo momento y en todo lugar”, dijo. “Y es imposible exterminarlos. Pero podemos fortalecer la inmunidad de nuestros cuerpos” (como respuesta, los manifestantes cantaban alegremente: “Los gérmenes quieren la caída del régimen”). Assad añadió: “Lo que ocurre hoy nada tiene que ver con el desarrollo o las reformas. Lo que ocurre es un sabotaje”. Mientras yo recorría el país, el argumento del gobierno de que los manifestantes eran nada más que “pandillas armadas” era planteado en forma persistente.
A fin de enero, el Ministerio de Información organizó un viaje de prensa a la ciudad de Homs, sumergida en combates. En un patio con muros de concreto, en un hospital militar de allí, una banda de bronces esperaba junto a un grupo de oficiales parados en posición de atención y que sostenían grandes coronas fúnebres. En tierra había tres ataúdes cubiertos por banderas. Un grupo de médicos y enfermeras se había congregado allí, con pequeñas banderas sirias en las manos. A su lado había mujeres de negro, las viudas, madres y hermanas de los hombres que se hallaban en los ataúdes. En el muro más lejano había una gran pancarta que mostraba a Assad, un cielo azul y una bandera siria agitada por el viento.
Los oficiales habían estado esperando con impaciencia que llegáramos antes de comenzar el funeral. Los cuerpos en los ataúdes pertenecían a soldados que habían muerto cerca de Homs, dos de ellos en una emboscada el día previo. Trece soldados habían muerto en total; en un pequeño y frío depósito, nos mostraron bolsas negras de basura que contenían los restos de algunos que habían sido quemados más allá de toda posibilidad de reconocimiento.
Afuera, los médicos y las enfermeras cantaban: “Oh Bashar, damos nuestra sangre y nuestras almas por ti”. Luego, las escoltas militares levantaron los ataúdes, mientras las mujeres ululaban. Los hombres comenzaron a caminar lentamente con los ataúdes mientras la banda de bronces tocaba una marcha fúnebre. La procesión arrancó, las mujeres cantaban “Viva el Ejército. Dios, Patria y Bashar es todo lo que necesitamos”. A la vuelta de la esquina, una camioneta blanca esperaba con las puertas traseras abiertas. Los ataúdes fueron colocados adentro y la camioneta arrancó. El funeral terminó.
De regreso en el autobús, nuestros guías nos dijeron que íbamos a un barrio llamado Hamidiya; podríamos salir para hablar con los vecinos, pero no debíamos perdernos por ahí. Uno de ellos explicó nerviosamente que los rebeldes ahora controlaban “un montón de Homs”, zonas en las que el Ejército no entraba.
Era pleno día, pero las calles estaban desiertas y el aire cargado con la niebla del invierno. El autobús condujo en zigzag, sorteando barricadas hechas de piedras y barriles, luego se detuvo en una intersección en la que soldados armados se parapetaban detrás de fortificaciones de bolsas de arena. En una tienda de la esquina, el propietario, un hombre de mediana edad con una cara agradable, dijo que la situación en Hom no era “tan buena”. Señaló al barrio sunita, Khalidiya, a unas pocas cuadras, que estaba bajo control de los rebeldes. “Los hombres atacan y se van –son invisibles”, dijo. Ha habido secuestros y muertes de alawitas y cristianos. Antes de la violencia él mantenía abierta su tienda hasta las 3 A.M., pero ahora cerraba a las 5 P.M. Advertí que la tienda vendía vino, y me explicó que era cristiano, como la mayoría de los vecinos del barrio.
Los cristianos, diez por ciento de la población de Siria, están ampliamente a favor del gobierno y temen lo que podría ocurrir si los sunitas ganaran poder. Un hombre de civil llegó a la tienda y se paró detrás de mí, escuchando sin disimulo, y el tendero siguió hablando como si no estuviera.
“¿Debería renunciar Bashar?”, pregunté.
“No”, respondió.
Afuera, en la calle, se habían juntado algunos hombres y uno de ellos, delgado y de estilo
directo, en sus cuarentas, dijo que su nombre era Maher. Como el tendero, era cristiano. Había trabajado en el exterior durante años en plataformas petroleras de propiedad de una compañía norteamericana, pero decidió unos meses atrás regresar para proteger a su familia; los rebeldes, explicó, estaban ocupando casas para usarlas como bases desde las que atacar al gobierno. Pocos días antes, sin embargo, el Ejército había tomado el control de unas pocas calles y algunas tiendas habían vuelto a abrir; la gente podía ir a trabajar y sus hijos a la escuela.
Un tiroteó estalló del lado de Khalidiya, y los ojos de Maher recorrieron la calle de arriba abajo. “No soy un simpatizante del Presidente o miembro del Baath, amigo mío”, enunció. “Pero he visto la verdad”. Repitiendo la línea del gobierno, dijo que los rebeldes eran traficantes de drogas, criminales, miembros de Al Qaeda. Habló de sus casas de ejecución y tortura, donde cortaban los cuellos de sus víctimas como si fueran ovejas. Una vez, dijo, se pidió documentos a un anciano y una mujer en un control rebelde y los dos fueron ejecutados simplemente porque eran alawitas.
“El gobierno debería ponerse duro”, dijo. “No me importa quedarme en casa tres días para dejar que el gobierno limpie todas las casas, porque se esconden en las casas de gente inocente”. Añadió: “Sólo que, en mi opinión, no son inocentes, porque quien quiera que esconda a un asesino es partícipe del asesinato”. Cuando nos íbamos, él y sus amigos rompieron a cantar a favor de Assad.
A veces, los viajes de inspección devenían un obvio teatro político. Enfrente de un edificio oficial en Damasco una mañana, algunos miembros de la milicia pro-gobierno conocida como la Shabiha se reunieron para cantar un himno con el estribillo “Larga vida a los matones”. Una mujer sin dientes deambuló hasta allí, señaló a unos personajes de aspecto duro con armas automáticas que estaban sentado en un jeep, y me gritó: “¿Te parecen asesinos? ¿Podrían matar a mujeres y niños, como los acusan?”. Respondí: “Sí, pueden”, pero me ignoró y se fue a gritarle a alguien más. En un hospital de la Policía en el vecino suburbio de Harasa, hombres de seguridad mostraron un automóvil que, dijeron, había sido quitado a combatientes del ESF. Un hombre uniformado abrió el baúl y, con un floreo, extrajo granadas de mano –diez de ellas, embaladas en prístinas cajas con letras hebreas. Las sostuvo en el aire, dando vueltas de modo que la multitud y los equipos de la televisión estatal pudieran ver claramente.
Pero otras veces era evidente que el régimen no podía controlar enteramente lo que veíamos. La Plaza de la Torre del Reloj, en el centro de Homs, es donde las primeras manifestaciones fueron suprimidas en forma sangrienta; según los reportes, muchos manifestantes murieron allí en abril (de 2011), cuando el Ejército atacó una sentada. Cuando la visitamos, la gran plaza estaba casi desierta. El autobús nos dejó a tres calles, enfrente de un viejo café, pero antes de que camináramos una cuadra los guías llamaron a todo el mundo de vuelta con nerviosismo. Un hombre alto y fornido con una barba negra y blanca aulló en inglés: “¿Por qué están aquí? No es aquí donde deben estar”. Hizo un gesto hacia los barrios ocupados por los rebeldes. “¡Vayan a Baba Amr, vayan a Khalidiya, ahí es adonde deberían ir!”.
Los guías trataron de conducirnos de regreso al autobús, pero el hombre de la barba, que más tarde descubrí era un abogado prominente, había captado la atención de todos. Gritó que cosas terribles ocurrían en su ciudad. Cuando le pregunté quién era responsable, sugirió que el régimen estaba utilizando matones para intimidar a la gente. “¡El Ejército o la seguridad o los militares, no lo sé!”, gritó. “¡Usan zapatillas! ¿Conocen a algún militar que use zapatillas?”. Añadió: “Confío en los hombres de uniforme con cascos y botas. No confío en estos hombres con zapatillas”.
Hombres con largos sacos de cuero negro aparecieron en los márgenes de la multitud: Mukhabarat o Shabiha. Se pararon juntos, muy cerca, y susurraron, y algunos se dirigieron hacia el hombre de la barba. Unos pocos ancianos emergieron del café y trataron de llevárselo adentro, pero él los apartó.
Un reportero preguntó: “¿Cómo es la vida aquí?”.
“¿Vida?”, gritó el hombre, agitando sus brazos. “¡No hay vida! ¡No hay vida aquí, en Siria!”.
Los hombres se juntaron a su alrededor, gritando enojados para tapar su voz. Uno de ellos se dirigió a nosotros: “¡Pueden ir adonde les guste en Homs! Todo está bien”. Otro lo desafío: “¿Querés que la OTAN venga a Siria? ¿Eso es lo que querés?”. Hubo gritos y empujones; la policía secreta apareció por todas partes, como en un hormiguero. El hombre de barba se dirigió a los periodistas: “¡Anoten mi nombre! Mañana, mi nombre estará en la pizarra”, una referencia a la lista diaria de muertos en Homs. Luego, la multitud se convirtió en un caos y fue arrastrado afuera.
***
Cuando me encontré con Bassam Abu Abdullah, un miembro del Partido Baath, usaba un reloj de pulsera decorado con la cara de Bashar al-Assad. Con bigote, pelado y de cuarenta y pico, Abdullah es profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Damasco y un lobista del gobierno de buen carácter. Tomando un café, argumentó que, a pesar de errores pasados, las intenciones del régimen eran buenas y las anunciadas reformas más que meras concesiones tácticas. La violencia en Homs era alarmante, reconoció; había habido abusos de las fuerzas de seguridad y tales cosas tenían que ser corregidas. Bashar sólo necesitaba tiempo para implementar las reformas. “Siria cambiará”, me aseguró. “Pero es el manejo del cambio lo que es importante. Hemos visto ya varios escenarios –Irak, Libia y Yemen—, y ninguno de ellos es bueno”.
Abdullah fue a la universidad en Tashkent durante la caída de la Unión Soviética y recuerda que también Gorbachov intentó introducir el cambio y perdió el control. “Sé lo que significa el colapso de un Estado”, dijo. Concordó en que las reformas de Assad deberían haber llegado antes, pero sostuvo que había buenas razones para las demoras: la guerra de Irak, el asesinato con un coche bomba, en 2005, del primer ministro libanés Rafik Hariri —Siria fue acusada de haberlo ideado— y el levantamiento actual. Todo ello había tomado “mucha de la atención de Siria”. Había, también “personas corruptas en el país” que habían trabajado para “impedir el cambio”. Ante mi mirada de sorpresa, Abdullah agregó: “Sí, tenemos corruptos y no tengo miedo de decirlo. Quiero un futuro mejor para mi país”.
El gobierno había, de hecho, realizado algunas reformas, pero estuvieron concentradas en la economía y favorecieron a los ricos. “Se olvidó de la gente”, dijo Abdullah. “Se suponía que el mercado se ocupara de todos, pero esa política también fracasó en Occidente. En Siria, la gente no está tan bien posicionada; todavía miran al Estado como a una madre”. Ante la falta de oportunidades económicas, los sentimientos religiosos se habían intensificado, especialmente entre los pobres. El gobierno necesitaba abrir las cosas, políticamente, dijo Abdullah, y permitir una mayor libertad de expresión. Pero todas estas cosas serían encaradas dentro de los esfuerzos actuales por reescribir la constitución.
De acuerdo con un reciente informe de Naciones Unidas, cientos de niños han muerto en los ataques oficiales en Homs y en otras partes, pero, preguntado por qué el régimen estaba matando niños, Abdullah dijo: “¿Por qué no preguntar a aquellos que envían a sus hijos a las calles? Son gente sucia”. En su óptica, la violencia estaba siendo orquestrada por extranjeros: agentes de inteligencia jordanos, jefes de narcóticos, islamistas. Once fatwas han sido emitidas contra él por extremistas musulmanes, dijo; ha enviado a su mujer, que es rusa, y a sus dos hijas al exterior. El grueso de los manifestantes, argumentó, era “gente sin educación” y estaban siendo engañados. “Alguna gente cree que quiere libertad, pero no sabe qué es la libertad. Cree que es el desorden”. Sonrió y dijo: “Creo que las fuerzas de seguridad lidiaran con esto muy pronto. Si el Ejército quiere, puede terminarlo en una semana”.
El escepticismo respecto de los rebeldes era común entre los simpatizantes de Assad. Un influyente hombre de negocios, Nabil Toumeh, me informó que lo que estaba teniendo lugar en Siria era el resultado de un plan –imaginado años antes por Zbigniew Brzezinski y apoyado por Israel— para ayudar a la Hermandad Musulmana a tomar control de Medio Oriente. “Después de cincuenta años de persecución, les están dando poder y esto llevará al mundo árabe a un estado de retraso”, dijo. El amigo de Assad me dijo: “Esto no es la Primavera Árabe. Es el despertar de los extremos del Islam”. La Hermandad estaba tratando de tomar el poder en Egipto, Túnez y Libia, pero no ocurriría en Siria. “No hay modo de razonar con esta gente; con ellos, se trata sólo de Dios”.
Pero, en Zabadani, uno de los manifestantes, un sunita, me dijo: “No hay Hermandad Musulmana aquí. La gente es musulmana, sí. Pero la Hermandad no tiene ningún plan real para ellos. Lo que queremos es libertad, ser capaces de protestar en paz sin que nos disparen”.
***
Pocas cosas son claras respecto de los rebeldes. Un veterano disidente llamado Salim Kheirbek me dijo: “No más de un treinta por ciento de la gente está involucrada en la resistencia. El otro setenta por ciento, si no está con el régimen, está en silencio, porque lo otro no los convence, y especialmente después de lo que ha ocurrido en Irak y Libia. Esa gente quiere reformas, pero no a cualquier precio”. El amigo de Assad me contó que el ESF tenía sólo mil desertores, y que el resto era una chusma fanática; un hombre de negocios de Homs estimó que dos tercios de sus miembros eran ex soldados. Aquellos que encontré contaron historias de haber sido forzados por oficiales superiores a disparar sobre civiles y entonces, después de una crisis de conciencia, habían huido con camaradas que pensaban igual. Hay una coherencia convincente en este relato. La mayoría también decía que su mandato es proteger a los civiles e insistía en que dejarían de combatir cuando Assad y su círculo íntimo dejaran el poder. Afirman que sus objetivos no son sectarios –que son antialawitas sólo en su oposición a los que manejan el país–, pero reconocen que su ruptura con el gobierno coincide con las líneas de división sectarias. La mayoría de las tropas del Ejército es sunita, mientras que la mayoría de los oficiales superiores, como los líderes del país, son alawitas.
Sea lo que fuera que digan los rebeldes ahora, los islamistas indudablemente buscarán tener una voz en la oposición. El líder de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, emitió recientemente un llamado a la jihad en Siria, y ha habido atentados suicidas en Damasco y Aleppo que son llamativamente similares a los ataques de Al Qaeda. Como lo puso un simpatizante del régimen en Damasco, “los norteamericanos utilizaron a los jihadis contra los soviéticos en Afganistán y, luego, los sirios los utilizaron contra los norteamericanos en Irak; Sarkozy los uso contra Gadafi en Libia y, ahora, los norteamericanos los están utilizando contra nosotros. Al final, tal vez trabajarán para sí mismos”.
Pero, en su mayoría, la oposición parece reflejan a una sección cruzada de ciudadanos que se
siente víctima de cuarenta y dos años de un Estado policial. Algunos han sufrido abusos de la Policía secreta y buscan venganza; otros están inspirados por un odio sectario; y algunos son genuinos patriotas, que simplemente no podían seguir sirviendo a un régimen represivo. No hay forma de decir qué facción se impondrá, Pero es probable que sea aquella más dispuesta a utilizar una extrema violencia. Siria está en guerra con sí misma e, inevitablemente, todos los bandos difamarán a sus enemigos y ocultarán aspectos de sus propias agendas. Ni el propio ESF sabe todavía qué es.
Los primeros rebeldes que encontré en Damasco estaban nerviosos y suspicaces. Fue en la mañana del miércoles 25 de enero (de 2012), en el suburbio oriental de Saqba, donde se hacen muebles. En una esquina principal, una decena de combatientes con kaffiyes sobre sus caras y armados con kalashnikovs, detenían el tráfico para controlar documentos. Yo estaba con un traductor sirio de nombre Abdullah. Los rebeldes nos dijeron que saliéramos del automóvil y pidieron ver nuestros papeles. Abdullah parecía preocupado. Había otros combatientes al otro lado del camino; un hombre caminaba cargando un lanzador de granadas sobre el hombro. Los combatientes inspeccionaron el documento de identidad de Abdullah. Satisfechos de que no fuera un agente de seguridad del Estado, acordaron hablarnos y nos mudamos a un garage cercano.
Ante la pregunta de por qué peleaban, uno dijo: “Lo que queremos es detener la matanza de niños, la violación de mujeres”. Otro dijo: “Lo que queremos es un país libre, sin racismo, con iguales oportunidades para todos”. Varios sacaron tarjetas azules plastificadas que los identificaban como desertores del Ejército. Eran muy jóvenes, adolescentes o de poco más de veinte años. Uno dijo que había trabajado para la seguridad del Estado en Deraa, donde el levantamiento había comenzado; otro era de la provincia norteña de Idlib; un tercero era de Homs. “Somos soldados que recibieron la orden de matar a la gente”, dijo uno. “Yo estaba en un control de ruta y si no disparaba, me disparaban”.
Otro combatiente, unos años mayor, se presentó como Mohammed Nur; era el tercero al mando de los rebeldes de Saqba. El ESF representaba a “todos los sirios”, dijo, expansivamente. “Somos cristianos, alawitas, drusos y sunitas”. El régimen había explotado las tensiones comunitarias, concedió, persuadiendo a los alawitas de que estaban en riesgo y, en algunos casos, armándolos. Pero la rebelión no era “contra una secta –se trata del deseo de democracia”, dijo. “Si Bashar y los que están a su alrededor dejan el país, ya está”. Tras eso, un hombre entró corriendo y dijo algo a Nur, que comenzó a ladrar órdenes a los otros rebeldes. Todos se fueron con rapidez. El Ejército venía; habría combates pronto.
Condujimos a través de territorio controlado por los rebeldes por más de una milla, pasando hombres armados en barricadas, otros patrullando en automóviles, y adolescentes de civil que actuaban como centinelas. La atmósfera estaba erizada de peligro. Casi todos los negocios estaban cerrados, pero una exhibición de muebles seguía abierta y el propietario nos invitó a sentarnos en su confortable oficina. Tenía un hogar con leños ardiendo. Un empleado nos trajo té. La situación, nos dijo cautelosamente, era “incómoda”. Nunca había esperado ver combatientes rebeldes en las calles de su barrio. El Ejército sirio no había entrado en Saqba en un mes, dijo –no desde que llegaron los observadores de la Liga Árabe. “El gobierno está tratando de evitar problemas”, explicó. Pero lo que había llevado a esta situación en primer lugar, dijo, era “el maltrato de la gente por las fuerzas de seguridad”. Eso había creado una falta de confianza. “Si un pequeño porcentaje de esa confianza puede ser restaurado, el problema terminará”.
El tendero hizo una pausa y prosiguió: “La situación no puede continuar así. El gobierno debería ser flexible con la gente, tomar en consideración su punto de vista. Tenemos personas que están con el régimen y personas que están en contra. Ambos lados deben escuchar al otro”. Había vuelto recientemenente de un viaje a Turquía y, en el asiento contigo del avión había una mujer con un niño que constantemente gritaba y saltaba. Finalmente, él dijo al niño que se quedara quieto y la madre explicó que sólo estaba excitado. Ella era siria, pero había estado viviendo en los Estados Unidos; esta era la primera visita del niño a su país natal. “Le sugerí que no era el mejor momento para venir de visita. Ella dijo ‘Decidií venir porque amo a mi país’. Luego dijo ‘Sólo Dios, Siria y Bashar’. Un joven sentado cerca se volvió y dijo: ‘Sólo Dios, Siria y libertad’, y comenzaron a discutir. Enseguida, seis filas de pasajeros participaron. Eventualmente grité a todo el mundo que se callara y dije que si estábamos en el cielo y no podíamos encontrar una solución, bien podría impedir que aterrizáramos”. Cuando el vuelo llegó a Damasco, alguien dijo a la seguridad lo que había dicho el joven y fue detenido. Sólo cuando el tendero intervino lo liberaron.
El tendero esperaba que personas inteligentes pudieran ayudar a mediar. “En este momento, es importante dejar espacio para la mente”, dijo. “No puedo responder por ningún ejército. Lo que realmente quiero es que el gobierno acelere las reformas. Sabemos que el Ejército puede venir y destruir e imponer cualquier régimen que quiera, pero ¿es sensato o insensato? Si hay un acuerdo entre las partes, ¿no sería una mejor solución?”.
***
En la mañana del 28 de enero (de 2012), los observadores de la Liga Árabe fueron a Rankus, un pueblo montañés en poder de los rebeldes a veinte millas al Noreste de Damasco y, junton con un par de otros periodistas, los seguí. En una meseta cubierta de nieve, pocas millas pasando la antigua ciudad cristiana de Sednaya, había un puesto del Ejército; de allí en más, el camino se desviaba hacia un alto barranco. Los observadores salieron de sus vehículos y caminaron, disfrutando del aire fresco de la montaña. Después de unos minutos, comenzaron a caminar de regreso a sus automóviles; habían decidido no ir a Rankus, al fin. El líder de la delegación me contó que el comandante del puesto había dicho que había francotiradores rebeldes en Rankus y que podrían ser atacados. Señalé que si los observadores iban sólo adonde el régimen sirio quería, bien podían irse a casa, y el diplomático asintió. Si las cosas continuaban así, predijo, la misión podría ser suspendida.
Los otros periodistas y yo resolvimos seguir y, al dar vuelta una curva, dimos con un puesto de control del Ejército, en el que los soldados vinieron corriendo y nos preguntaron adónde íbamos. Señalamos a Rankus. “Es peligroso ahí”, nos advirtieron, pero nos dejaron seguir. Pocos minutos más adelante, cuatro camionetas que llevaban familias se detuvieron. Nos dijeron que estaban huyendo después de una noche de bombardeo de tanques del Ejército estacionados en lo alto de las colinas que rodeaban el pueblo. Uno de los hombres señaló una serie de huellas de tanques en el barro que terminaban en campos cubiertos de nieve y desaparecían en una cumbre. El pueblo, que tiene una población de 20.000 personas, se había reducido a cincuenta familias, dijeron.
En las afueras de Rankus había una barricada, una pila de tierra y piedras sostenida con unos pocos barriles de petróleo. Uno de ellos estaba pintado con spray y la inscripción en negro rezaba: “Jaysh al-Hurr”—Ejército Sirio Libre. Nos detuvimos en una pequeña plaza y una camioneta llena de combatientes llegó y nos guió a través de las calles desiertas hasta una casa cercana a una mezquita. Adentro, en un cuarto superior con una antigua cocina de leña, un joven apuesto de pelo corto en uniforme nos invitó cálidamente a sentarnos. Era Abu Khaled, comandante del continente del Ejército Sirio Libre en Rankus. Tenía 33 años y apenas unos meses antes había sido oficial del Ejército Sirio, asignado a un puesto de control en uno de los distritos más combativos de Homs. Había habido muchos abusos, dijo: en un punto, un camarada oficial disparó a una mujer y su hijo sin provocación previa, diciendo que quería dar “una lección” a la gente de ese barrio. Eventualmente, Abu Khaled había desertado, llevándose con él a los treinta hombres que servían bajo sus órdenes. Eran de toda Siria, pero habían acordado venir con él a defender Rankus, donde él había crecido.
Afuera hubo un tiroteo y un par de golpes pesados que sonaron como si vinieran de tanques. Abu Khaled envió a algunos de sus hombres a averiguar qué pasaba. El ESF había controlado Rankus por varias semanas, me contó, y en los cinco últimos días el Ejército había hecho un esfuerzo concertado para rodear el pueblo. Había atacado con tanques y artillería antiaérea, y francotiradores habían disparado desde lo alto.Los hombres de Abu Khaled tenían solo un mortero, un rifle de precisión y las kalashnikovs con las que habían desertado. Me pasó su teléfono celular y me pidió que mirara un corto video. Mostraba a un joven en uniforme en brazos de alguien, siendo consolado mientras moría. Abu Khaled se tocó el corazón. Era uno de sus hombres; eran sus manos las que lo acunaban. Un viejo civil llamado Abdul Karim, el más anciano del pueblo, se había unido a nosotros y dijo que los hijos de su hermano también habían muerto en el bombardeo.
Hubo más fuego y algo pasó silbando sobre la casa. Abu Khaled dio órdenes de evacuar y,
mientras sus hombres se apresuraban, nos pidió que apagáramos nuestros celulares y removiéramos las tarjetas SIM, por si éramos rastreados. En la puerta, Abdul Karim se colocó frente a mí, me agarró los brazos y me hizo abrazarme a su cintura para que pudiera cubrirme mientras bajábamos las escaleras.
En una casa vecina, fuimos conducidos a un cuarto trasero, donde encontramos a una pareja joven, su bebé y una anciana. Nos hicieron sentar y trajeron té, mientras afuera el tiroteo continuaba. La anciana, llorando, cortaba manzanas e insistía en que las comiéramos. Le pregunté por qué no se había marchado y dijo que su familia era pobre y no tenían parientes a los que recurrir. Abu Khaled dijo, con calma: “Estamos preparados para morir defiendiendo al pueblo”. Si los civiles que quedaban en Rankus lo dejaban, él y sus combatientes se irían a otra parte. ¿Cómo pasarían al Ejército? “Gatearemos entre sus puestos de control”, dijo, riendo. “¡No se preocupe por nosotros!” Tenían yogurt y manzanas, y la panadería todavía abría un día a la semana. No estaban lejos de la frontera libanesa y podían contrabandear combustible para la calefacción.
Los rebeldes me contaron que, pocos días antes de que comenzara el sitio, un representante de los servicios de inteligencia había buscado a Abdul Karim para decirle que el Ejército estaba dispuesto a acordar una tregua, como en Zabadani. “El mensaje fue: ‘No se nos acerquen y nosotros no nos acercaremos a ustedes’”, dijo. “Pregunté sobre la posibilidad de recuperar los cuerpos de nuestros mártires que se habían llevado. Dijeron: ‘Entréguennos sus armas y les devolveremos sus cuerpos’”. Se rehusó, me contó: “No somos terroristas. Somos gente con historia. Sabemos lo que ocurre”.
Abu Khaled dijo enfáticamente que él y sus camaradas no estaban motivados por el odio a los alawitas. Era un tema delicado; al principio, se refirió a ellos sólo como “las personas de cierta secta”. En Homs, el sectarismo había sido alimentado por el régimen. Había cuarenta y seis puestos de control del Ejército en y alrededor de la ciudad, dijo, y en cada uno había representantes de la Mukhabarat. “Esa gente pone la idea en la cabeza de los soldados de dieciocho años de que están enfrentando una conspiración israelí, Al Qaeda”, dijo. Al escuchyarlo, la joven soltó: “Este es un pueblo sunita. Por eso nos están disparando”.
Para el fin de la tarde, la casa contigua había sido alcanzada y uno de los rebeldes herido en la pierna, pero el tiroteo continuaba. Irnos parecía fuera de cuestión. Los soldados del régimen sabían que estábamos allí y sin embargo habían comenzado a atacar el pueblo; no podíamos confiar en que se contuvieran. Llamé al más alto funcionario del gobierno sirio que conocía —Jihad Makdissi, el vocero de la Cancillería—y le pedí que persuadiera al Ejército de que detuviera su ataque de modo que pudiéramos irnos. Me soltó un discurso por un momento –¿por qué habíamos ido a Rankus sin permiso?–, pero acordó interceder. Eventualmente, llegó un llamado y nos dijeron que nos fuéramos de Rankus inmediatamente. Escuchamos; el fuego se había detenido.
Un joven rebelde condujo delante de nosotros hasta la plaza y luego quedamos por las nuestras, conduciendo de regreso a terreno descubierto. En el puesto de control del ejército había soldados esperando, con sus armas listas. Uno de ellos, un adolescente, dio una vuelta alrededor nuestro mirándonos intensamente, manteniendo el dedo en el gatillo de su arma. Un oficial preguntó airado: ¿No habíamos visto terroristas en el pueblo? Reconocimos que había algunos rebeldes, pero señalamos que también había civiles. Frunció el ceño y nos dijo que sus soldados habían sido atacados por terroristas. Algunos habían sido heridos y otros habían muerto.
Para cuando nos dejaron ir, ya era el crepúsculo, de un frío estremecedor. Mientras caía la noche condujimos de regreso a través de la planicie nevada de la montaña hacia Damasco; había tanques por todas partes, en los campos junto al camino y en las intersección. Parecía como si estuviera por comenzar un gran asalto.
Esa noche, los militares retomaron el bombardeo de Rankus y, al día siguiente, lanzaron varios asaltos por tierra; los hombres de Abu Khaled resistieron, matando a media docena de soldados del régimen. La misión de observadores de la Liga Árabe fue suspendida formalmente y, el día después, el ejército envió tropas a los suburbios de Damasco y luego a Zabadani y a Homs. Era una ofensiva general, aún si no había sido declarada formalmente. Un editor de un diario oficialista de Damasco me contó que el control de los rebeldes sobre los suburbios había sido una ilusión, que el gobierno había permitido, para “darle carne a los fantasmas” antes de aplastarlos. Poco después, llegó la noticia de que Abu Khaled y su joven hijo habían muerto.
***
El 30 de enero, tomé la autopista oriental que sale de Damasco hacia el Hospital Militar Tishreen, para ver las últimas bajas del Ejército; había habido más de cincuenta por día durante los últimos tres días, adentro y afuera de la ciudad. En el camino, pasé vehículos de transportes de tropas atestados de soldados vestidos para el combate, y en el borde de Saqba los soldados bloqueaban los caminos de acceso. Sobre los techos, vi columnas de humo negro que se alzaban de donde la lucha había tenido lugar. Un guía del gobierno que me había acompañado estaba en shock. Me preguntó preocupado: “¿Siria va a ser como Irak?”. Hasta ese momento no había entendido realmente la dimensión de los problemas de su país; confesó que nunca había visto una manifestación contra el gobierno. Preguntó: “¿Estamos negando la realidad?”.
El mismo día, el diplomático de Damasco me dijo que era demasiado tarde para evitar que Siria se deslizara hacia una guerra civil. “Estamos viendo cómo un país se cae del precipicio”, dijo. “Va a ser feo”. Había esperado que pudiera haber un arreglo negociado, similar al reciente en Yemen –“un aterrizaje suave por el cual los Assad pudieran subirse a un avión con todos sus juguetes y volar a Dubai o donde fuera”. Pero Rusia se oponía tercamente; nadie sabía cómo negociar con los rebeldes en medio de la violencia; y hasta que la oposición convenciera a los alawitas que no eran el blanco del levantamiento, una détente con el Ejército parecía improbable. “La mayoría de la oficialidad es alawita, y hay muy pocos altos oficiales desertando”, apuntó el diplomático.
Pero el gobierno no podía resistir por siempre. Con los disturbios en todo el país, el Ejército se estaba estirando demasiado y faltaba comida y combustible en el frente. Las tropas se cansaban y estaban cada vez más desmoralizadas. Aun si el régimen había cortado la electricidad, la comida y la atención médica de las áreas rebeldes, la oposición estaba ganando confianza. Otro diplomático de Damasco observó: “Se ha ido el miedo de la gente y no ha vuelto. La gente ha salido a las calles y se ha quedado afuera”. Añadió: “Nunca tuve ninguna duda sobre la capacidad del régimen para la violencia, pero no comprendí cuán estúpidos son sus líderes. Les advertimos que, una vez que comenzaran a disparar a la gente, más temprano o más tarde la gente comenzaría a devolver los tiros. Aun si estuvieran tratando de iniciar un proceso de reformas, ya no arreglaría las cosas. Ahora están obligados a continuar con la represión”.
El editor del diario de Damasco, por el contrario, sugirió que el país estaba atado a Assad. “El colapso del régimen llevará a atrocidades, comunidades atacando a comunidades, como en Ruanda”, dijo. “Puede culpar a quien quiera, pero es un hecho. El Estado tiene que seguir funcionando, porque, si no lo hace, como en Homs ahora, habrá violencia sectaria. Por eso se tomó la decisión de marchar estrictamente, pesadamente, contra los suburbios, con todas las pérdidas de vidas que estamos viendo. Así que esta idea de la renuncia de Assad no ocurrirá, porque él es el Ejército. El único modo de salvar al país es apoyar al régimen para que se cambie a sí mismo. Todos los otros escenarios llevan a la guerra civil, la violencia sectaria y un Estado fallido”. La mejor esperanza de Assad, sugirió, era una combinación de violencia despiadada hacia los rebeldes activos y más grandes reformas para persuadir a los moderados. La semana última, el régimen anunció que un borrador de la constitución revisada, que llevó meses hacer, será sometido a un referéndum público el 26 de febrero (de 2012). Mientras tanto, el Ejército procede con su ofensiva.
En Damasco, encontré a Aimad al-Khatib, un hombre de negocios sunita de unos cincuenta años que corporizaba el caótico juego de las facciones de Siria. Había sido secuestrado recientemente en Homs por tres hombres que subieron a su auto a punta de pistola. Después de hacerle entregar su dinero, su documento de identidad y su teléfono celular, tomaron su automóvil y se marcharon. Khatib se dirigió a las autoridades rebeldes locales y, una hora después, habían capturado a los culpables. “Me dieron las llaves de mi auto, el dinero, todo excepto el celular, pero me dieron dinero para compensármelo”, contó. “Me mostraron a los hombres que habían capturado y después de que los identifiqué comenzaron a golpearlos frente a mí. La gente que me robó era la misma que los que matan gente con documentos de identidad que muestra que son alawitas”.
Khatib es el líder del Partido de Solidaridad Nacional Siria, uno de los cuatro nuevos partidos
que obtuvieron estatus legal en diciembre. Me contó que había participado en un intento por organizar un diálogo entre el gobierno y la oposición, pero había renunciado cuando se hizo obvio que el régimen estaba decidido a utilizar la fuerza. Expresaba una suerte de resignación cínica. Los rusos apoyaban a Bashar a fin de preservar su prestigio internacional; Arabia Saudita estaba en su contra para debilitar a Irán; Turquía quería llevar a la Hermandad Musulmana al poder. Khatib deseaba “un gobierno de auténtica unidad nacional, en el que ni siquiera los alawitas serán excluidos”. Pero, con la violencia esparciéndose por todo el país, parecía demasiado tarde.
“¿Qué ocurrirá?”, pregunté.
“Habrá una guerra civil”.
“¿Cuándo comenzará?”.
“Ya ha comenzado”.
Poca gente en Siria hablaba tan abiertamente. Pregunté a Khatib si estaba preocupado por su seguridad. Sonrió débilmente y dijo: “Si Dios quiere tomar mi alma, que la tenga”.
Aquí, versión original de este artículo, en inglés.



Al-Bayt | El Café de Pascal
1 año atrás
[...] El Puercoespín, Jon Lee Anderson presenta un amplio y completo reportaje sobre la compleja realidad en Siria. De forma ágil proporciona el contexto de lo que sucede, e [...]