¿Cuándo comenzó la primavera árabe?, por Jon Lee Anderson

27 enero, 2012

¿Cuándo celebrar el aniversario de la Primavera Árabe, entonces? El 25 de enero de 2011 fue el día del primer mitín contra Hosni Mubarak, que había sido presidente de Egipto por treinta años, y el comienzo del drama de la Plaza Tahrir. Esto condujo, tres semanas más tardes, a la extraordinaria caída en desgracia (y del gobierno) de Mubarak –hacia el exilio en su mansión de Sharm al-Sheikh— y a la asunción de las riendas por nada menos que los mismos generales que hasta ese momento habían servido fielmente a su dictadura por décadas. Pese a la continua mengua de la “revolución” egipcia, los acontecimientos del Cairo dieron al fenómenos que estaba comenzando a ser llamado “la Primavera Árabe” su peso y su emotiva iconografía, y, para sociedades similares que anhelaban ser libres, un precedente que hizo que pareciera posible el cambio también allí –Libia, Siria, Bahrein.

En realidad, fue la autoinmolación de Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas de Túnez, el 17 de diciembre de 2010, lo que desató esa extraordinaria cadena de eventos. La subsiguiente muerte de Bouazizi, más de dos muy lentas semanas más tarde, el 4 de enero, llevó a la salida y huida al exilio del déspota corrupto Zine el-Abidine Ben Ali, el 14 de enero de 2011. Así que podríamos elegir también cualquiera de estas fechas. Un hombre en Túnez, una multitud en Egipto –donde uno decida que comenzó todo puede depender de adónde uno sienta que ha conducido.

“La Plaza Tahrir” no volvió a aparecer, al menos no en una copia carbónica. En Baharein, la monarquía de la minoría sunita aplastó con violencia y torturas a los manifestantes de la mayoría chiíta que se habían reunido en la Rotonda Pearl, e invitó a tropas de su vecino inmediato, Arabia Saudita, a retomar el control. En Yemen, un astuto dictador, Ali Abdullah Saleh, peleó, contemporizó, negoció y cerró acuerdos, fue herido, huyó y volvió, solo para volver a partir de nuevo la semana pasado, aparentemente para siempre —pero dejando detrás tropas y un hijo ungido como sucesor para continuar con el juego de poder de la familia. Y en Siria puede que esté en marcha algo parecido a una guerra civil.

Presencié bastante de este proceso en Libia en forma directa, en viajes como periodista, el año pasado. Allí, un levantamiento contra Gadafi comenzó inmediatamente después de la salida de Mubarak del poder; las primeras protestas, el 17 de febrero, condujeron a una guerra civil de ocho meses, la intervención de la OTAN y el eventual colapso del régimen, seguido por la captura y el asesinato brutales del Hermano Líder.

Pero la caída de Gadafi no ha traído un país genuinamente nuevo, no todavía; más bien, algo así como un colapso continuo. Los poderes occidentales contribuyeron a la victoria de la variopinta pandilla de rebeldes con ataques aéreos –no tropas terrestres—y no tuvieron el peso, en las postrimerías, para contribuir a la construcción de la paz. Y los hombres grises y tecnócratas del autodesignado nuevo liderazgo libio, el Consejo Nacional de Transición (CNT), no tienen poder real, aparentemente, sobre los combatientes armados, que han emplazado milicias rivales en el terreno. Hay escaramuzas casi diariamente en la capital y en varias provincias; apenas unos días atrás, el pueblo de Bani Walid, apenas a noventa millas de Trípoli, fue retomado por leales a Gadafi. Marchas furiosas en Benghazi, la ciudad oriental donde comenzó el levantamiento libio, provocaron hace pocos días la renuncia forzada de Abdel Hafiz Ghoga, un ex apparatchik del régimen que se había convertido en vicepresidente del CNT.

Con gran cantidad de armas en manos de miles de jóvenes en todo el país y la ausencia –después de cuarenta y dos años de la peculiar clase de despotismo de Gadafi— de cualquier tipo de figura fuerte, carismática o unificadora, los problemas continuarán. Existe la posibilidad, cuanto menos, de una guerra civil de muchas caras más adelante, entre ciudades, tribus y grupos de interés armados. Vale la pena recordar que quien tenga control del poder en Libia tiene también acceso a una bonanza anual de ingresos petroleros equivalente a unos 50.000 millones de dólares.

Tampoco es igual el rol del Islam en cada uno de estos países. En Túnez, algo nuevo para nuestra era —islamistas aparentemente moderados—ha llegado al poder. Tanto en Egipto, donde la Hermandad Musulmana y los salafistas se han convertido en las fuerzas políticas en alza, y en Libia, el secularismo inclinado a Occidente está chocando con el Islam conservador, especialmente entre los jóvenes.

Y, por supuesto, en todos los países árabes, es la juventud la que rompió con la apatía y la inercia de la generación de sus padres para exigir un cambio, y la que compone la mayoría demográfica. Como en Irán dos años antes, en la desgraciada “Revolución Verde” de 2009, la juventud que usa Twitter, Google, teléfonos celulares, y sube videos a You Tube, y fue la que sirvió de catálisis para los levantamientos se ha encontrado de frente a sus propias limitaciones y la dura realidad de regímenes que pueden defenderse con astucia –con una combinación de tácticas que, más y más, incluye instrumentos de terror que atomizaron a la generación de sus padres.

Así como los jóvenes de la Primavera Árabe se han visto confrontados con las elites incrustadas en sus países y unos actores políticos vastamente más experimentados que han complicado su camino hacia la “revolución democrática”, las naciones árabes han recibido un recordatorio en el curso del levantamiento: no pueden resolver sus asuntos domésticos en forma aislada. En cada caso, descansan sobre, o son afectados por, fuerzas externas que tienen un rol, querido o no, en sus conflictos. Arabia Saudita y Catar y Turquía han emergido como voces poderosas y nuevos actores regionales en los conflictos –así como, desde Occidente, lo han hecho Francia y Gran Bretaña. Estos es un síntoma, sin dudas, del relativo asiento trasero ocupado por los Estados Unidos en la Era de Obama, después de las catastróficas guerras iniciadas en la Era de Bush, y de la crisis financiera occidental. Estos inesperados invitados a la mesa en que se resuelve la miríada de problemas de Medio Oriente pueden acabar realizando contribuciones de proporciones históricas o continuar jugando pequeños papeles. Pero el mero hecho de su llegada muestra que el mundo realmente ha cambiado.

¿Qué aniversario celebrar, pues? ¿Podemos encontrar una fecha para el momento en que las guerras de la última década y todas las cuestiones aledañas chocaron y comenzaron a fundirse con la Primavera Árabe? Si se evita un baño de sangre en Siria; si el gobierno de Maliki en Irak –¿recuerdan a Irak?— no termina en guerra con los sunitas; si los generales del Cairo tienen una iluminación interior y permiten que cambio auténticamente democrático atraviese Egipto y se arrojaran a sí mismo a un basurero de la historia a lo De Klerk (NdT: último líder del apartheid africano antes de la llegada al poder de Nelson Mandela) –entonces, quizás estará bien llamar todavía a esta serie de convulsiones “Primavera Árabe” y celebrarla el 25 de enero de cada año. ¿Por qué no? Si, en cambio, este aniversario es apenas el anticipo de un conflicto de tantas cabezas como Hydra, ya no hablaremos de la Primavera Árabe sino de la Guerra Árabe. Y entonces será cuestión de preferencia o debate cuál fecha, cuál acontecimiento, realmente la desató.

Aquí, versión original, en inglés, de este artículo.

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