La Frontera, por Graciela Mochkofsky

January 12th, 20121:14 pm @

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Leí la semana pasada en La Voz del Interior que el centro vecinal de Urca, un suburbio acomodado de la ciudad de Córdoba, decidió crear un registro de los “trabajadores eventuales” que entren al barrio. Albañiles, jardineros, guardias y mucamas deberán presentar sus documentos cuando los patrones, es decir, cualquier vecino, se los exijan; la información será enviada a la policía para que rastree posibles antecedentes criminales.

Los vecinos de Urca esperan detener así una “ola” de asaltos que de otro modo no tendrá fin. “Los integrantes del centro vecinal –reportó el cronista de La Voz– desestimaron las críticas y ratificaron la intención de crear el polémico registro, aunque aclararon algunas cuestiones. Julia Soria, vicepresidenta de la institución, sostuvo que la medida no es discriminatoria, sino que busca ‘más responsabilidad de la ciudadanía respecto a la gente que contrata. Somos un poco cómplices a la hora de llamar a cualquiera porque cobra más barato para que haga la tapia y no saber quién es. Si uno contrata a un albañil, tiene que saber quién es’.”

Leí esta historia en Buenos Aires, a 700 kilómetros de distancia de Urca, el barrio en que pasé mi adolescencia y donde aún viven mis padres. El anuncio causó la natural polémica, pero los vecinos mantuvieron su decisión. Aunque la noticia llegó a los diarios nacionales, languideció pronto entre el no-cáncer de tiroides de la Presidenta y el asesinato pasional del gobernador de Río Negro.

Yo, sin embargo, no puedo quitármela de la cabeza.

***

Llegamos a Córdoba a mediados de 1983, nuestra sexta mudanza en mis catorce años de vida. Ese verano, Raúl Alfonsín asumió como primer presidente democrático luego de medio siglo de golpes militares y proscripciones políticas.

Poco después, la empresa en que trabajaba mi padre decidió enviarlo otra vez al sur. Sufrí tal acceso de angustia que mi familia decidió que ya no nos moveríamos. Habíamos vivido en tres obradores de la Patagonia, luego en el Norte, en Salta , y en el Oeste, en San Juan. El nomadismo no había sido un problema mientras éramos chicos, pero yo ya estaba cansada de no conservar amigos, de ser siempre la nueva en el colegio, de cambiar de tonada. Papá partió solo; volvería a casa cada dos semanas. Mamá lo aceptó –los hijos siempre estábamos primero para ellos—, pero creo que nunca me lo perdonó. Yo tendría mucho tiempo para lamentar mi decisión.

Mis padres eran profesionales –él, hijo de una familia judía de clase media cordobesa, ingeniero especialista en represas; ella, paraguaya criada en el campo por abuelos vascos, bioquímica–, muy competentes, serios, devotos del dios Trabajo. La practicidad era un valor principal y era todo lo que pedían de cada una de nuestras casas.

La que ocupé por más tiempo, los siete años que llevó construir la represa Planicie Banderita, fue al final despegada de su plataforma de hormigón, desarmada en tres pedazos y cargada sobre un camión monstruoso que se la llevó al siguiente obrador. Nuestros muebles,  también desmontables y enchapados, llenaron tres de esas casas en el Sur –se llaman casas “prefabricadas”, como si nunca llegaran a fabricarlas–.

En esos obradores donde pasé mi infancia, aunque estábamos divididos en “villa de abajo” y “villa de arriba”, todos los chicos íbamos a la misma escuela, los hijos de los ingenieros con los hijos de los obreros, todos  comprábamos en la misma proveeduría, todos nos atendíamos en el mismo hospital.

En Salta, vivimos en una casona alquilada de la que no me atreví a salir durante los primeros meses –el pánico: tenía que tomar el primer colectivo hacia una clase de inglés particular. ¿Cómo indicar al chofer dónde quería bajarme, si no se podía hablar con él?

Pero me adapté. Para cuando estalló la guerra de Malvinas, llevábamos allí más de dos años y Salta era mi lugar preferido en el mundo. Vivíamos en la calle, yendo de una casa de amigos a la siguiente, hasta las 11 de la noche, siempre había buen clima, siempre había gente riendo, siempre estábamos contentos. En diciembre de 1982, la misma semana que recibí mi primera invitación a “salir” –yo tenía doce; él, dieciséis; qué terror y qué euforia–, papá anunció que había que mudarse a San Juan. Lloré y me negué y rogué que nos quedáramos. Pero nos fuimos. Los siguiente ocho meses — que inauguraron, supongo, mi adolescencia—fueron un interminable período de llanto, de días demasiado calurosos o demasiado fríos, de aislamiento empecinado. Cuando me anunciaron que nos íbamos, me sentí mejor.

Durante los años nómades, papá había comprado un terreno en Urca, un suburbio lindante con el Cerro de las Rosas, uno de los barrios tradicionales de la clase media alta cordobesa. Urca apenas iniciaba su desarrollo. Era un parchado de lotes vacíos que, con los años, se fue llenando de casas de ladrillo y jardines con pileta. Papá compró y construyó con la mente en la inversión más que en la idea de un hogar para la familia –otra creencia familiar: no hay mejor inversión que una propiedad.

Aunque toda la vida habíamos pasado las vacaciones en Córdoba, donde vivían mis abuelos y tíos paternos, sentía que había llegado a otro planeta. Desde el primer día en el colegio, me di cuenta, con horror, de que allí se hablaba un idioma que yo no conocía.

Una de mis primeras amigas, Betina, se movía allí como pez en el agua. A los catorce años y más desesperada por aprobación de lo que he estado nunca en mi vida, yo la idolatraba. Betina tenía un novio alto, rubio y rugbier –eso era, entendí de inmediato, lo mejor a lo que se podía aspirar en este nuevo planeta—, que siempre llevaba con él dos botellitas de Coca-Cola fría. Nuestro primer encuentro fue como la escena de un western en que la carreta que lleva a los puritanos es atacada por apaches que la rodean en sus caballos mientras ululan y blanden sus hachas asesinas.

El novio de Betina y dos amigos nos interceptaron en una placita camino a la casa de ella; veníamos de la hora de gimnasia. Descubrí con espanto sorna en sus miradas. Me rodearon y comenzaron a girar a mi alrededor cantando algo sobre mis pantalones de gimnasia. Tardé un rato, aturdida por la humillación, en entender que no eran “verdaderos” Adidas: en lugar de tres rayas blancas en vertical, tenían cuatro. En conclusión, yo era una “groncha”.

Si algo condenaba al ostracismo en esa parte de Córdoba, era esto.

Cuando volví a casa en busca de ayuda, mi mamá me miró como si me hubiera vuelto loca: comprarme ropa de marca era una tontería. Nosotros no éramos así.

Entonces, pensé yo, por qué vivíamos ahí. Betina, su novio y sus amigos no eran una anomalía: eran la regla por donde mirara.

Mis abuelos tenían un chalet de dos habitaciones en las sierras, donde mi padre y mis tíos habían pasado sus vacaciones de niños y luego yo y mis hermanos y mis primos. En sus placares y cajones había un poco de ropa de todos –trajes de baño de los años cuarenta, ponchos y unos jeans Fiorucci de mi tío Adrián, que era joven y flaco y vestía ropa de marca. Es la única cosa que he robado en mi vida. Esos jeans descoloridos eran mi pase al nuevo mundo. Nadie se dio cuenta, y los usé hasta que fueron jirones, los convertí en shorts y los seguí usando, la etiqueta siempre visible.

Ese verano del 83-84 estaba de moda –al menos en Urca, en el Cerro—un traje de baño entero, blanco y con una estampa de Mickey Mouse. No sé cómo logré que me lo compraran. Lo llevé, triunfal, a casa de Betina. Lo usé toda la tarde. Escuché por primera vez Eiti Leda y fui intensamente feliz.

Esa noche, me quedé a dormir. A la mañana siguiente, el traje de baño no estaba por ninguna parte. Betina apareció con él a la semana siguiente, sin decir una palabra, como si hubiera sido suyo desde el comienzo. No me animé a reclamarlo. En el fondo, sentía que no me pertenecía.

***

Había que usar ropa de marca y había que ser flaca, muy flaca, pero sexy y con curvas y con la carne firme y nada de celulitis. Había que tener el pelo largo en la cabeza y tener las piernas depiladas. Había que tener un novio rugbier.

El candidato perfecto era Mariano, rugbier de La Tablada, morocho de ojos verdes, pagado de sí mismo pero simpático y seductor hasta con las feas. Mariano tenía la novia perfecta, una morena de ojos claros, piernas larguísimas y el pelo lacio hasta la cintura. Era el epítome de la belleza tal como se concebía en Urca, en el Cerro: magra pero de proporciones perfectas, la expresión dulce de quien nada desea pero con una disposición natural a ser objeto de deseo.

Un día fatal del quinceavo año de mi vida fui con mis amigas a ver, como muchos  otros fines de semana, un partido de rugby en La Tablada, el club de Urca. Ahora que lo pienso es increíble que nunca haya aprendido las reglas del juego, aunque la verdad es que las chicas no íbamos a ver los partidos para mirar los partidos. En las gradas, de cara al campo de juego, dos tipos sentados detrás mío — habrán tenido… dieciséis o diecisiete años– hablaban de la novia de Mariano. Tengo su nombre en la punta de la lengua, pero no logro articularlo; era, de eso estoy segura, un nombre adecuado a su belleza porque nada en ella era imperfecto. Comentaban que se había separado de Mariano, es decir estaba disponible. Su agenda de citas estaba completa por los siguientes tres meses. Para salir con ella había que llamar ahora y ser paciente.

Este dato me resultó especialmente humillante, porque yo vivía inmersa en una pesadilla que comenzaba todos los martes y se prolongaba, salvo algunas semanas de suerte excepcional, hasta los sábados. Las chicas populares –salvo que tuvieran novio– comenzaban el martes a recibir llamados para salir el fin de semana –primero, a fiestas de quince; a partir de los dieciséis, a un boliche. Si hasta el jueves nadie te había llamado, sólo podías esperar llamados de descarte: tipos a los que habían fallado sus primeras opciones. Si te llamaban el mismo viernes, había que decir que ya tenías cita aunque no fuera cierto, o te estabas regalando. Pero yo tuve unos años muy malos, en los que la mayoría de las semanas no recibía ni llamados de descarte. La angustia de los viernes y sábados por la noche era un cuchillo en el corazón; esas noches yo confirmaba que no valía nada.

En las semanas de suerte, me invitaban a Fly. No sé si había otra disco en toda Córdoba, imagino que habrá habido un montón, pero en este mundo al que yo había ido a parar sólo ibamos a Fly. No ir a Fly era una pesadilla, pero ir a Fly –siempre invitada por un chico, las chicas no salíamos a bailar solas– era otra.

Había una angustiante cantidad de obligaciones que me llevó años dominar (si alguna vez lo logré): qué ponerse (ante mis ruego por un vestido adecuado, mi padre siempre retrucaba: “¿Realmente lo necesitás?”, y aunque lo necesitaba más que al aire, me daba vergüenza admitirlo ante él y me quedaba con lo puesto); cómo bailar; qué decir cuando tu cita te preguntaba qué música escuchabas; cómo lograr que no te metiera las manos encima y, a la vez, conseguir que te volviera a invitar.

Aquella tarde fatal, decía, del partido en La Tablada, ocurrió un milagro: el novio de una amiga que era amigo de Mariano, el popular, le dijo a mi amiga que Mariano me iba a invitar a salir.

A mí.

Al final del partido, nos iban a acompañar a casa –íbamos a la mía—y allí, al despedirse, me invitaría. Por fin, todo iba a estar bien. Caminamos las diez cuadras. Mariano era encantador. Una nueva noción maduraba en mí: todo había sido un malentendido. No había razón para que yo –¡yo!—no fuera popular. Saldríamos un par de veces, luego seríamos novios; nunca más tendría que esperar el llamado telefónico de la semana, ni sentirme inadecuada, fuera de lugar.

Cuando doblamos a la izquierda en la calle Cortejarena, se me paró el corazón.

Mis padres habían sacado las sillas a la vereda y tomaban mate, o café, o quién sabe qué, con sus invitados. Ya me avergonzaba lo suficiente que la nuestra fuera una casa sin pretensión. Pero esto –la familia en la vereda, como en un barrio… pobre– me pareció un acto deliberado de sabojate, un bochorno del que no habría vuelta atrás.

Sin necesidad de mayores explicaciones, Mariano y su amigo nos dejaron en la puerta y se despidieron.

Sólo volví a verlo desde lejos, en los partidos de fin de semana.

***

En Urca, había que cuidarse de las obras en construcción.

Detrás de las chapas cerradas con alambre, se escondía el mayor de los peligros: los violadores. Allí estaban agazapados, esperando que una chica del Cerro, una chica de Urca, pasara desprevenida. No sé cuántas historias escuché de chicas –chicas abstractas, de las que se sabía por rumores, nunca una vecina concreta– violadas por albañiles en obras en construcción, de noche o de madrugada. En invierno, antes de que saliera el sol, cuando caminábamos hasta la parada para tomar el colectivo hacia el colegio, nuestras madres nos seguían a corta distancia (por qué no caminaban a nuestro lado, no me explico) para asegurarse de que no nos secuestraran y nos metieran en una obra en construcción.

Durante años, cada vez que pasaba frente a una obra en construcción y estaba oscuro, temblaba de miedo. El colegio al que me habían enviado era de monjas, y allí enseñaban que acostarse con un hombre era pecado mortal y que el deseo era una cosa sucia contra la que había que luchar. Mis amigas hablaban de novios, de lucir sensuales, de liposucciones, pero nunca de sexo. Había que ser deseadas, nunca ceder al deseo.

Yo había decidido que si un albañil me metía por la fuerza en una obra en construcción debía lograr que me matara –imaginé muchas maneras, la más frecuente: a cuchillo– antes que dejar que me violara.

***

Frankie, un amigo de mi primo y novio de una compañera del secundario, era el hijo de un médico que había hecho fortuna. Vivía en el barrio, en una gran casona con un parque que llegaba hasta el río. Era galante y encantador. Las dos veces que vino a mi casa me besó la mano y me regaló una flor. Pero algo en él me hacía temblar de miedo.

A los diecisiete, escuché una historia inquietante sobre él. Supuestos testigos decían que había organizado una fiesta en su casa, había invitado sólo a sus amigos varones y había atado a una mujer –una puta, según decían, ofrecida a todos los invitados—en un árbol del parque; la había tenido allí durante todo un día. Pero un amigo me insistió en que no le tuviera miedo: a las chicas como yo, Frankie las respetaba –su novia seguía siendo virgen.

En mi último año de secundaria, la policía detuvo su auto una madrugada de un fin de semana y encontró en el asiento trasero a dos chicas desnudas y aterrorizadas. No eran chicas “como yo”: no eran de Urca ni del Cerro. Habían salido de una bailanta y Frankie y un amigo las habían violado en un descampado. Fueron condenados a diez años de prisión. Lo último que supe de él fue que estaba resentido porque ninguno de sus amigos lo había visitado en prisión.

***

Vuelvo a Urca todos los años a ver a mi familia. Me impresiona cuánto ha crecido en estos veintidós años; ya no quedan baldíos, casi no hay obras en construcción. Está todo habitado prácticamente hasta el río, una gran casa con jardín tras la otra, hasta una última franja ocupada por una villa miseria, donde la gente toma fresco en las calles y hay carritos tirados por caballos. De este lado, en el último tiempo se agregó un nuevo personaje, desconocido en mi época: el guardia de seguridad privado, que se pasa día y noche yendo de un lado al otro de la cuadra, escrutándolo todo, vigilando quién dobla por la esquina y quién toca el timbre a qué puerta. De noche, se lo reconoce porque al verte llegar te hace señas de luces con una linterna.

Este año, el guardia de la cuadra de mis padres fue el primero en desearme feliz navidad. Como todos los trabajadores externos, si el proyecto del centro vecinal no naufraga, el próximo 24 de diciembre habrá mostrado sus documentos para cruzar la frontera del barrio. Luego, pasará Nochebuena en la calle, escuchando cómo festejan ahí adentro, en las casas con jardín.

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