Irak: la retirada norteamericana y el fin de una ilusión, por Jon Lee Anderson

3 enero, 2012

El “ruido blanco” del desinterés de los medios y la política que ha envuelto a Irak durante los últimos cuatro años ha llegado a un perturbador final. Occidente comenzó a desviar la mirada cuando la insurgencia y el Despertar sunita de 2006-2008 empezaron a contener la carnicería sectaria en el país, y la cuenta de cadáveres de los militares norteamericanas empezó, también, a caer en picada. Con el Presidente Obama cumpliendo en apariencia su promesa de campaña de retirar todas las tropas de combate norteamericanas desplegadas allí justo cuando el esfuerzo en Afganistán estaba entrando en su propia espiral de muerte, Irak parecía menos vital, menos relevante –incluso como asunto colateral.

Durante los doce meses pasados, la Primavera Árabe, con todos sus dramas y héroes y personajes de Twitter y iPhone, ha absorbido una extraordinaria porción de la atención pública. Entre todos estos acontecimientos, no muchos norteamericanos se han sentido inclinados a mirar hacia atrás y reexaminar las animosidades profundas y no reconciliadas que todavía están en juego en Irak, y a considerar qué podrían significar en función de un enfrentamiento internacional con Irán por su programa nuclear o cómo la inconclusa pero letal guerra de influencias entre los Estados Unidos e Irán se librará en Irak una vez que nuestras tropas se marchasen.

Pero ahora todo está sucediendo con rapidez inesperada y, una vez más, está esa vieja sensación de fatalidad inminente. El 19 de diciembre (de 2011), un día después de que las últimas tropas norteamericanas  dejaran oficialmente Irak y apenas una semana después de que el Presidente Obama, con el primer ministro iraquí Nuri al-Maliki parado a su lado, en Washington, diera su propio discurso de “misión cumplida”, las cosas comenzaron a desbaratarse.

Quien inició todo fue no otro que el propio Maliki, cuyo gobierno dominado por los chiítas emitió una orden de arresto contra el vicepresidente sunita Tareq al-Hashimi y lo acusó de ser un cerebro del terrorismo. Varios de sus custodios fueron detenidos y luego paseados por la televisión nacional, donde confesaron sus supuestos crímenes. Hashimi, que no es tonto, sabía claramente que se venía algo porque arregló para estar fuera de la ciudad, en la región autónoma de Kurdistán, en el Norte. El martes organizó una conferencia de prensa allí, en la que negó los cargos y acusó a Maliki de buscar la creación de un régimen sólo chiíta bajo su control (la población de Irak, de unos treinta millones de personas, está dividida aproxiadamente así: un 60 por ciento chiíta, entre el 15 y el 20 por ciento sunita y un 18 por ciento kurdo). Hashimi debe su alto cargo en el gobierno de Irak al hecho de que encabeza el poderoso partido sunita Al Iraqiya, que posee 91 de las 325 bancas parlamentarias de Irak. Dijo que no volvería a Bagdad hasta que se retiraran los falsos cargos. En una base militar en Maryland, mientras tanto, el Presidente Obama encabezaba una ceremonia en la cual dijo que las tropas de los Estados Unidos podían estar orgullosas, porque habían “establecido las condiciones para que la democracia eche raíces en Irak” (antes de que acabara el día, sin embargo, el director de la CIA, David Petreaus, estaba volando a Bagdad para lidiar con el problema, y el embajador norteamericano, James Jeffrey, que se había ido de la ciudad por el receso de Navidad, también estaba en camino).

El miércoles, en lugar de optar por un diplomático retroceso, Maliki subió la apuesta todavía más con una conferencia de prensa de 90 minutos en la que reiteró las acusaciones contra Hashimi, amenazó con acabar los delicados acuerdos de reparto del poder con los kurdos y sunitas, y advirtió a los kurdos que si se permitía escapar a Hashimi habría problemas. Los últimos movimientos de Maliki muestran todas las características de lo que en los viejos tiempos se solía llamar una toma del poder. Aún antes de los acontecimientos de esa semana, las tensiones habían comenzado a escalar a medida que la policía de Maliki arrestaba a cientos de presuntos miembros del partido Baas (NDT: de Saddam Hussein) de la comunidad sunita.

Hasta ahora, el gobierno de Irak ha ofrecido sólo una quimera de unidad nacional. Su remedo e estabilidad depende de una serie de pactos negociados por los norteamericanos sobre ítems de presunto interés común, como la atribución de cuotas de ingresos petroleros y ministerios y acuerdos de defensa (otro incentivo para la cooperación mutual ha sido el enriquecimiento personal: ya desde los primeros días posteriores a la invasión, la Autoridad Provisional de la Coalición dirigida por los Estados Unidas, en los que se repartió miles de millones de dólares en efectivo a colaboradores iraquíes que, en algunos casos, se “perdieron”, la corrupción oficial ha sido sistemática. Muchos de los principales líderes políticos de Irak y sus entornos inmediatos han amasado una gran riqueza en sus cargos. La corrupción de Irak es considerada una de las peores del mundo tanto por Transparency International como por el Banco Mundial). Pero el hecho es que el gobierno de Irak está dominado por los chiítas y mantiene estrechoz lazos –incluyendo algunos parcialmente insondables—con los regímenes hermanos de Irán y Siria, y tiene un opaco primer ministro, Maliki, con el cual los norteamericanos nunca se han sentido cómodos y mucho menos han llegado a “conocer”. En Washingotn, se dice que ha discutido con Obama a puertas cerradas por el respaldo norteamericano a la oposición al presidente Assad de Siria, al que considera un aliado, así como por su cercanía a Irán y al clérigo chíita militantemente antinorteamericano Moqtada al-Sadr. Incluso las declaraciones públicas de Maliki respecto del futuro de las relaciones iraquíes-norteamericanas han sido perturbadoramente parsimoniosas, del estilo de “un capítulo concluye, uno nuevo comienza; miramos con interés hacia el futuro”.

El 22 de diciembre por la mañana, hubo estallidos de bombas coordinados en toda Bagdad. Fue el peor de tales ataques en muchos meses: escuelas, concentración de trabajadores y una oficina anticorrupción del gobierno fueron los blancos, así como mercados públicos. Otras bombas explotaron por la noche. Al menos 73 personas murieron y unas doscientas resultaron heridas. La naturaleza indiscriminada de los ataques tiene las características de Al Qaeda, que o bien tenía su destructivo arsenal de atacantes suicidas y explosivos listos para golpear como una despedida para los norteamericanos, o –igualmente preparado—analizó rápidamente el fermento político iraquí y pegó, sabiendo que tenía todo para ganar con la inestabilidad.

Las explosiones gemelas que golpearon a la vecina capital siria de Damasco a la mañana siguiente y mataron a 30 personas, a su vez, parecen más que una coincidencia. Si los ataques vinieron de Al Qaeda, muestran una extraordinaria capacidad de esa organización terrorista para aprovechar las oportunidades. Si fueron destinados a ayudar a los extremistas sunitas que, como ha estado afirmando el régimen de Assad, están aprovechando el movimiento antigubernamental sirio para su propios fines, ciertamente dieron en el blanco, pero también fortalecieron los argumentos oficiales. Si, por otro lado, estaban coordinados con los ataques de Bagdad para escalar las tensiones entre chiítas y sunitas en la región, todas las apuestas están abiertas respecto de lo que pueda pasar a continuación.

Para aquellos que pueden –breve, vanamente– haber deseado un “intervalo decente” tras la partida norteamericana de Irak, el momento de la ilusión ha terminado.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

, , , , , , , , , , , , antropologías, blogs, jon lee anderson

Trackbacks For This Post

  1. Irak: la retirada norteamericana y el fin de una ilusión, por Jon Lee Anderson « El sitio de Stangalini - 2 years ago

    [...] leer la nota completa haciendo clic acá. Compártelo:TwitterFacebookMe gusta:Me gustaSé el primero en decir que te gusta esta [...]

Leave a Reply