Tibetanos: ahora también los persiguen en Nepal, por Jon Krakauer

December 29th, 201111:49 pm @

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La fricción entre las autoridades de China y los cinco millones de tibetanos que viven dentro de las fronteras chinas aumenta y en ninguna parte el conflicto es más evidente que en la vecina nación de Nepal. El mes pasado, en Katmandú, hablé con cinco jóvenes tibetanos que terminaban de atravesar el Himalaya para escapar de las medidas draconianas impuestas por el gobierno de Beijing en su patria.  Más de 600 tibetanos huyeron hacia Nepal este año, aun cuando es una empresa peligrosa. Quienes buscan asilo perdieron extremidades por congelamiento, corrieron peligro en tormentas de nieve y fueron arrestados por patrullas de frontera chinas. Algunos han sido ejecutados. El refugiado más joven que conocí era una chica de 14 años. Era consciente de los riesgos, pero enfrentó igual la frontera con la esperanza de que si entraba en Nepal encontraría por fin un paso seguro hacia la India, donde en 1959 el Dalai Lama estableció el gobierno tibetano en el exilio y donde residen actualmente más de cien mil refugiados.

En un acuerdo informal, hace veintidós años, entre el gobierno de Nepal y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR, por sus siglas en inglés), Katmandú se comprometió a permitir el paso a los tibetanos en viaje hacia la India y facilitar su tránsito. Últimamente, sin embargo, este protocolo ha sido ignorado con creciente frecuencia. La policía nepalesa se ha dedicado a detener a los tibetanos bien adentro de Nepal, a robarles y y devolverlos a punta de pistola al Tibet, donde terminan generalmente detenidos y con frecuencia torturados. Según Tibet’s Stateless Nationals, un informe de 133 páginas emitido por el Centro de Justicia del Tíbet, algunos de ellos han sido apaleados, violados y/o ejecutados por la policía nepalesa, abusos confirmados por varios refugiados con quienes hablé durante mi reciente visita a Nepal.

Estas violaciones de los principios del UNHCR y de las leyes internacionales fueron financiadas por Beijing. Según un cable confidencial de la embajada de Estados Unidos publicado por WikiLeaks en 2010, China “premia con incentivos económicos a funcionarios que capturan a tibetanos que intentan salir de China”. Otro cable señaló que “Beijing ha pedido a Katmandú reforzar las patrullas… y tornar todavía más difícil a los tibetanos el ingreso a China”.

Con un ingreso anual per cápita de 645 dólares –menos de dos dólares por día–, Nepal se desespera por cualquier limosna que le arroje China, sin importar lo que implique. En 2009, Beijing prometió promover el turismo a Nepal, invertir en grandes proyectos hidroeléctricos y aumentar su asistencia financiera en unos 18 millones de dólares anuales. A cambio, Katmandú se comprometió a apoyar la política de “una sola China” (que determina que Taiwán y el Tibet son “parte inalienable del territorio chino”) y prohibir las “actividades anti-chinas” dentro de Nepal. Las actividades consideradas inaceptables incluyen reunirse para rezar en el cumpleaños del Dalai Lama e izar la bandera tibetana. El 10 de noviembre, después de que un monje budista en Katmandú incendiara sus prendas con kerosene y se diera fuego para protestar por la violenta prepotencia china, un vocero del Ministerio del Interior nepalés declaró que el gobierno estaba considerando revocar “todos los derechos garantizados a los tibetanos que residían en Nepal”, pese a que la Constitución de Nepal garantiza los derechos de libertad de expresión y de reunión pacífica de todas las personas, y de que la Corte Suprema nepalesa estableció que restringir los derechos civiles de los tibetanos es ilegal.

Unos 20 mil refugiados tibetanos residen actualmente en Nepal, la mayoría en asentamientos creados después de que la invasión de Lhasa en 1959 por el Ejército Popular de Liberación compeliera a muchos tibetanos a escapar. Durante los siguientes 30 años, Nepal recibió a los tibetanos, y a cada uno se entregaba un “certificado de identidad de refugiado”, conocido como “R.C.”. Pero dejó de aceptar nuevos refugiados en 1989, cediendo a las presiones de Beijing, y esa presión ha ido en aumento. Desde 1998, el gobierno nepalés se niega a emitir nuevos R.C. a los tibetanos, incluyendo a los niños nacidos en Nepal de padres refugiados que han estado en el país por décadas.

El resultado es que una generación de tibetanos que ha pasado su vida entera en Nepal no existe para la burocracia estatal nepalesa. A falta de R.C.s, estos jóvenes refugiados no pueden obtener licencias de conducir, solicitar empleo o abrir cuentas bancarias. Es difícil o imposible para ellos asistir a escuelas nepalesas. Sin un R.C., un tibetano no tiene derecho a permanecer en Nepal y puede ser deportado a China en cualquier momento. Aun así, Katmandú se niega a darle a estos refugiados documentos para viajar que les permitiría emigrar a países como los Estados Unidos, Canadá e India, donde se les ha ofrecido asilo.

Estaba programado que el premier chino, Wen Jiabao,  visitara en forma oficial Katmandú el 19 de diciembre pasado, al frente de una delegación de 101 miembros. Wen debía firmar un acuerdo para conceder a Nepal una línea de crédito de 5 mil millones de dólares, a cambio de promesas de ponerse todavía más duros con los refugiados tibetanos. A última hora, sin embargo, Beijing pospuso la visita indefinidamente y, según un funcionario citado por la agencia francesa AFP, la postergación tuvo que ver con cuestiones de seguridad, específicamente la “posibilidad de protestas de tibetanos en el exilio”. El embajador chino en Katmandú, Yang Houlan, había  advertido previamente que “Nepal se está volviendo escenario de actividades antichinas”, lo que alentó las especulaciones de que Beijing estaba usando la postergación de la visita de Wen para desalentar con fuerza la posibilidad de que suavizara sus medidas contra los refugiados tibetanos.

En el asentamiento de refugiados de las afueras de la ciudad de Pokhara, un tibetano veinteañero propuso algo simple para bajar la tensión: “Si el gobierno está preocupado por las amenazas de los tibetanos a la seguridad de Nepal, que nos den los R.C.s”. Esa medida sería beneficiosa para todas las partes –sugirió- porque permitiría a las autoridades “saber lo que estamos haciendo y a nosotros conseguir educación y trabajo”.

“¿Cómo perjudicaría a China que yo tuviera un documento de identidad?”, se preguntó otro refugiado adolescente del asentamiento. “Nací en Nepal. Tengo 17 años. Todo lo que quiero es la oportunidad de estudiar y trabajar. ¿De qué le sirve a alguien negarme esas cosas?”.

Tiene razón. El atropello de Nepal contra la comunidad tibetana alentará una rebelión dentro de China antes que desalentarla. El Dalai Lama ha declarado repetida e inequívocamente que él y sus seguidores “no buscan la independencia del Tíbet”. Pero pocos chinos se toman esto en serio viniendo de un hombre a quien sus líderes han caracterizado siempre como un monstruo conspirador. Beijing está convencido de que garantizar concesiones a cualquier tibetano, incluso los del exilio, supone una amenaza directa. El gran temor es que el disenso tibetano incite a otros grupos étnicos dentro de China e inicie una reacción en cadena que haga que la República Popular termine sufriendo el mismo destino que la ex Unión Soviética. Dadas la percepción china de lo que está en juego y la habilidad de Beijing para comprar una influencia sin límites en Katmandú, el futuro no parece brillar para los jóvenes tibetanos que crecen en Nepal.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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