Pasi Sahlberg, educador y autor finlandés, tenía una pregunta simple para los estudiantes de los últimos años de secundario a los que hablaba la semana pasada en Manhattan: “¿Quién de ustedes quiere ser maestro?”.
De una clase de 15, solo dos manos se levantaron –una, un poco reticente.
“En mi país, hubiera sido el 25 por ciento”, indicó el Dr. Sahlberg. “Y”, añadió, alzando la mano con entusiasmo, “hubiera sido más como así”.
En su país, contó más tarde el Dr. Sahlberg en una entrevista, los maestros típicamente pasan unas cuatro horas por día en el aula y se les
paga para que gasten otros dos horas por semana en su desarrollo professional. En la Universidad de Helsinki, donde enseña, 2.400 personas compitieron el año pasado por 120 puestos en el (totalmente subsidiado) programa de master para maestros de escuela. “Es más difícil entrar en la carrera de maestro que en la de derecho o medicina”, dijo.
Dr. Sahlberg ubica a los maestros de alta calidad en el corazón de la historia de éxito de la educación en Finlandia (…)
Desde que Finlandia, una nación de unos 5.5 millones de personas donde la educación formal no comienza hasta los siete años y se desdeña la tarea en casa y los exámenes hasta bien entrada la adolescencia, se colocó al tope del muy respetado test internacional de matemáticas, ciencia y lectura en 2001, ha sido objeto de fascinación entre los educadores y formadores de políticas en los Estados Unidos.
Pero la finlandofilia solo tomó vuelo cuando ese país se ubicó cerca del tope de nu8evo en 2009, mientras que los Estados Unidos se colocaron 15 en lectura, 19 en matemáticas y 27 en ciencia.
La embajada finlandesa en Washington hospeda seminaries con títulos como “¿Por qué los niños finlandeses son tan inteligentes?” y organiza viajes a Finlandia para periodistas de educación ansiosos por ver la cosa por sí mismos. En Helsinki, el Ministerio de Educación ha recibido 100 delegaciones oficiales de 40 a 45 países cada año desde 2005. Las escuelas locales solían apreciar la atención, cocinando tortas y ofreciendo danzas folklóricas a los extranjeros, contó el Dr. Sahlberg, pero actualmente el enamoramiento de los observadores es considerado una distracción nacional.
Los críticos dicen que Finlandia es un laboratorio irrelevante para los Estados Unidos. Tiene una economía minuscule, una baja tasa de pobreza, una población homogénea –cinco por ciento es extranjero—y fundamentos socialistas (las multas de tránsito son calculadas de acuerdo con los ingresos).
Su sistema escolar tiene aproximadamente el mismo número de maestros que la Ciudad de Nueva York, pero mucho menos estudiantes: 600.000, contra 1.1 millones. Los estudiantes finlandeses hablan finlandés y sueco y, usualmente, inglés (Patrick F. Bassett, director de la National Association of Independent Schools, con sede en Washington, un fan de lo que hace Finlandia, dijo que una de las cosas que aprendió en sus viajes allí fue que el residente promedio retira unos 17 libros por año de la biblioteca).
“Hay cosas que hacen bien”, observó Mark Schneiderman, vicepresidente de los American Institutes for Research, “pero no estoy seguro de cuántas lecciones son transferibles”. Frederick M. Hess, director de estudios de política educativa en el American Enterprise Institute, afirmó que la finlandofilia estaba “totalmente mitificada” y había “salido de toda proporción”.
Pero Linda Darling-Hammond, una profesora de educación en Stanford, apuntó que Finlandia podia ser un excelente modelo para algunos Estados, y observó que tiene el tamaño de Kentucky.
“El hecho de que tenemos más heterogeneidad racial, étnica y económica, y que tengamos este enorme problema de pobreza, no debería implicar que no queremos maestros calificados –las estrategias se tornan aún más importantes”, sostuvo la Dra. Darling-Hammond. “Hace treinta años, el sistema educativo de Finlandia era un desastre. Era bastante mediocre, muy inequitativo. Tenían muchas de las características que tiene nuestro sistema: exámenes muy de arriba hacia abajo, rastreo extensivo, maestros muy variables –y lograron relanzar el sistema entero”.
Tanto la Dra. Darling-Hammond como Dr. Sahlberg indicaron que un punto de inflexión fue la decisión gubernamental, en 1970, de exigir a todos los maestros que tuvieran títulos de posgrado –y de pagar para que los obtuvieran. El salario inicial de los maestros de escuela en Finlandia, 96 por ciento del cual está sindicalizado, era de unos 29.000 dólares en 2008, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y de 36.000 en los Estados Unidos.
Más oso que tigre, Finlandia desdeña casi todos los exámenes estandarizados antes de los 16 años y desalienta la tarea en el hogar, y se considera una violación de los derechos de los niños a ser niños el comenzar la escuela antes de los 7 años, indicó el Dr. Sahlberg (…).
“Los primeros seis años de educación no giran en torno del éxito académico”, detalló. “No medimos a los chicos para nada. Se trata de estar preparados para aprender y encontrar tu pasión”.
Dr. Sahlberg, de 52 años, un funcionario del Ministerio de Educación y un ex maestro de matemáticas, es autor de quince libros. Dijo que escribió el último, que vendió su primera edición en una semana, en respuesta al abrumador interés por el sistema educativo de su país. No pretendía afirmar que el camino de Finlandia sea el mejor, aclaró, y se apresuró a lanzar advertencias sobre cualquier intento de importar ideas à la carte y luego esperar resultados.
“No intenten aplicar cualquier cosa”, dijo a los maestros de Dwight. “No funcionará, porque la educación es un sistema muy complejo”.
Más allá de los maestros de alta calidad, Sahlberg destacó las inclinaciones luteranas de Finlandia, la casi religiosa creencia en la igualdad de oportunidades y una decisión de 1957 que exigió subtítulos en la televisión extranjera como ingredientes clave para la historia de éxito.
Enfatizó que el éxito de Finlandia es el de la educación básica, de los 7 a los 16 años, punto en el cual el 95 por ciento del país se dirige a escuelas secundarias o vocacionales. “El objetivo primario de la educación es servir como instrumento para la igualdad en la sociedad”, afirmó.
El Dr. Sahlberg ijo que otra razón por la cual el sistema funcionó fue que “sólo los peces muertos siguen la corriente” –una expresión finlandesa. Finland está yendo contra la marea del “movimiento de reforma educacional global”, basado en temas núcleo, competición, estandarización, medición mediante exámenes y control.
“Las políticas de educación norteamericanas están siempre escritas para ser ‘el mejor’ o ‘el que está en la cima de esto o aquello’”, apuntó. “Nosotros no somos así. Queremos ser mejor que los suecos. Eso es suficiente”.
Aquí, versión original de este artículo, en inglés.



December 28th, 2011 → 11:20 am @ elpuercoespín
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