Viejos amigos, colegas escritores, el presidente Kennedy, ex mujeres, amantes, abogados, editores, hijos, alumnos, lectores, chiflados… los variados corresponsales del escritor norteamericano Saul Bellow (1915-2005), uno de los grandes del siglo XX, desfilan por las páginas de Cartas (ediciones Alfabia) componiendo un fresco –708 misivas, de 1932 a 2005– que se aproxima a lo que pudiera haber sido la autobiografía jamás escrita por Bellow porque, como solía comentar a sus amigos, “he estado muy ocupado desde mi circuncisión”. El libro, que se pone a la venta el lunes, se publicó el año pasado en EE.UU. y permite una visión íntima de un hombre poco pródigo a explayarse sobre su vida privada. El responsable de la edición, el ensayista y novelista Benjamin Taylor, sitúa a Bellow en la nómina de los escritores que excelen en el arte de la correspondencia, como Virginia Woolf, Evelyn Waugh o Beckett.
Diversas de sus grandes obras, como Las aventuras de Augie March, Herzog o El legado de Humbolt, son comentadas en diversas ocasiones. Pero muchas cartas son de tema social, político o personal. Por ejemplo, la causa judía fue una de sus preocupaciones. El 7 de enero de 1956, le escribe a William Faulkner (que era premio Nobel desde 1949, Bellow no lo ganaría hasta 1976) negándose a solicitar la liberación del escritor Ezra Pound, fascista y antisemita. Faulkner criticaba que “el gobierno de Estados Unidos encierre a uno de sus mejores poetas”. Pero Bellow juzga esa frase “un razonamiento realmente asombroso. Usted, señor Faulkner, fue merecidamente distinguido por esos gobiernos (Suecia, Francia y EE.UU). Pero usted, que yo
sepa, no intentó derrocar o debilitar a ninguno de ellos. Además, Pound no está en prisión, sino en un manicomio. Si estuviera cuerdo habría que volver a juzgarlo por traición; si está loco no habría que liberarlo simplemente porque es un poeta. En sus poemas y en sus emisiones radiofónicas Pound aconsejó la enemistad hacia los judíos y predicó a favor del odio y el asesinato. ¿Me pide que me una a usted para honrar a un hombre que pidió la destrucción de mis parientes? (…) En Francia Pound habría sido fusilado. (…) EE.UU. ha sido compasivo con Pound al reconocer su locura y perdonarle la vida”. En otras cartas de los años 80, se culpará por haberse ocupado demasiado de su carrera en los años 40 y no comprometerse suficientemente contra el exterminio judío en Europa. “Debía de haber sido el tema principal de nuestras vidas”, se lamenta.
Al joven Philip Roth (18 años de diferencia) le aconseja sobre sus relatos, que el primero le envía antes que a nadie, con el ansia del discípulo, esperando su visto bueno. Años después, en 1969, ya es Bellow, al contrario, el que espera y agradece la opinión de Roth (“no hay mucha gente en el oficio que respete”).
El 9 de diciembre de 1981, le escribe a otro de los grandes autores norteamericanos, John Cheever, tras conocer la gravedad de la enfermedad que éste sufría y le declara tiernamente: “No hemos pasado mucho tiempo juntos pero hay un vínculo significativo entre nosotros. Supongo que en parte se debe a que los dos practicamos el mismo oficio autodidacta. (…) Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo esa acción transformadora del alma. Te amé por eso. Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente”.
El 13 de marzo de 1996, tras la muerte de Kingsley Amis, el padre de Martin Amis, Bellow consuela al hijo: “Estoy dispuesto a asumir el papel de padre adoptivo. Tengo sentimientos paternales hacia ti. No es sólo el lenguaje lo que los une, o el estilo. Compartimos premisas más remotas pero también más importantes”.
La lista de corresponsales es enorme. Aparecen desde el actor Marcello Mastroianni –que quiere comprarle los derechos cinematográficos de El legado de Humboldt– a escritores como James Salter o editores como Inge Feltrinelli. Las cartas no son algo intrascendente para Bellow. Hay cosas importantes que solo sabe hacer por escrito, como le explica a su novia, a los 17 años, cuando corta con ella a través del correo, en mayo de 1932. Ante la evidencia de un rival amoroso, le dice: “Tú a escuchar las arengas marxistas de Goldstein –así se llama– con un interés semifingido; yo a recostarme en los senos de los voluptuosos tiempo y espacio y a sofocar el deseo y la esperanza. (…) Algún día, cuando yo esté chocho y tú tengas varias papadas y estés obesa podremos reconciliarnos. En el ínterin, sé feliz”.
En 1953, responde una carta del escritor Bernard Malamud, a quien no le gustó… Las aventuras de Augie March. Aunque no suele responder ese tipo de misivas, hace una excepción porque “tu carta me pareció una de las mejores, una crítica terriblemente aguda”. Y, si bien le reconoce defectos, apunta que “tomé una posición al escribir este libro. Me declaré en contra de lo que llaman el enfoque constructivista. Una novela, como una carta, debería ser suelta, cubrir mucho terreno, avanzar rápidamente, asumir el riesgo de la inmortalidad y la decadencia. Me aparté de Flaubert, en la dirección de Walter Scott, Balzac y Dickens”.
Aquí, publicación original de este artículo.
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Saul Bellow (1915, Lachine, Canadá, 2005 – Brookile, EEUU) contaba apenas 17 años cuando escribió una larga carta a Yetta, la chica con la que entonces salía. Se trataba de algo que había estado fermentado en su pecho pero no se atrevía a decírselo a su novia a la cara. “Soy un cobarde confeso”, dice antes de sumergirse en la descripción del paisaje: “Ahora está oscuro y el viento solitario hace que los árboles susurren y silben suavemente. En algún lugar de la noche un pájaro grita al viento. En la habitación de al lado, mi hermano ronca suave, insistentemente”. Tras muchas vueltas a su estado de ánimo, casi en las últimas líneas de una carta de casi dos folios, corta relaciones con ella. “Podemos ser amigos ocasionales. Pero algún día, cuando yo esté chocho y tú tengas varias papadas y estés obesa podremos reconciliarnos. En el ínterin sé feliz”, le añade a modo de despedida final. La misiva, la más antigua que se conserva de escritor, abre el libro de su correspondencia publicado ahora por Ediciones Alfabia y en el que se reúnen mas de trescientas cartas inéditas en español.
Las cartas de Bellow pueden leerse casi como una biografía del autor de Las aventuras de Augie March y un recorrido por la época que le tocó vivir. La crítica en Estados Unidos ha comparado su aparición con el descubrimiento de una nueva obra del maestro. Todo lo que tocaba lo convertía en literatura y escribió casi hasta el final de su vida. Íntimo, distante, amargo, en esta correspondencia se muestran sus complejas relaciones con las mujeres, sus opiniones sobre temas candentes, sus gustos literarios, su opinión sobre algunos periodistas -”Le dije a esa putilla retorcida, que eres uno de nuestros mejores y más interesantes escritores”, le cuenta a Philip Roth, quejándose de cómo ha manipulado el texto la redactora-, su relación con otros narradores como Vargas Llosa o Martin Amis, a quien quería como un padre. Pero entre las cientos de páginas se encuentran también algunas a Marcello Mastroianni, en la que le informa sobre los derechos de El legado de Humboldt o de sus grandes preocupaciones como el asunto judío. Como hijo de emigrantes judíos que era, el tema fue recurrente y, durante gran parte de su vida, expresó abiertamente sus opiniones pero en lo que respecta al holocausto se hacía muchos reproches. Un ejemplo, en una misiva a la escritora norteamericana Cynthia Ozick, en julio de 1987, se expresa así: “Es totalmente cierto que “Los Escritores Judíos de Estados Unidos” (¡una categoria repulsiva!) se perdieron lo que para ellos debería haber sido el asunto central de su tiempo, la destrucción de los judíos europeos. No soy capaz de decir cómo puede evaluarse nuestra responsabilidad. Nosostros (ahora hablo de los judíos y no solo de los escritores) deberíamos haberlo afrontado de manera más completa y profunda”. Tras hacerse una sincera autocrítica -”estaba demasiado ocupado en convertirme en novelista como para tomar nota de lo que ocurría en los años cuarenta”- se reprocha qué debía hacer y cómo abordarlo: “No puedo ni empezar a decir qué responsabilidad pueda tener cualquiera de nosotros en un asunto así, en un crimen tan enorme”.
Un año antes de morir, en la última carta que escribió en su vida, Bellow se acordaba de unas sandalias que le compró su madre cuando era un niño y que él untaba con mantequilla para mantener fresco el cuero. Un recuerdo de infancia para terminar.
Aquí, publicación original de este artículo.
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A William Faulkner [Reno], 7 de enero, 1956
Estimado Sr. Faulkner:
Las primeras tres propuestas me parecen bastante bien aunque, con la excepción de la recomendación sobre la Ley McCarran, más bien vagas. Por supuesto, estoy de acuerdo en que sería bueno traer a gente de Bulgaria, Polonia y Hungría para que vieran Estados Unidos, siempre y cuando no sufran represalias de esos países cuando vuelvan.
Pero escribo esta carta para darle mi opinión sobre su propuesta, hecha, asumo, después de que yo me fuera de la reunión, de que pidamos la liberación de Ezra Pound. «Mientras que el presidente de este Comité [People to People] —dice usted— recibió un premio del gobierno sueco y una condecoración del gobierno francés, el gobierno de Estados Unidos encierra a uno de sus mejores poetas». Es un razonamiento realmente asombroso. Usted, senor Faulkner, fue merecidamente distinguido por esos gobiernos. Pero usted, que yo sepa, no intentó derrocar o debilitar a ninguno de ellos. Además, Pound no está en prisión, sino en un manicomio. Si estuviera cuerdo habría que volver a juzgarlo por traición; si está loco no habría que liberarlo simplemente porque es un poeta. En sus poemas y en sus emisiones radiofónicas Pound aconsejó la enemistad hacia los judíos y predicó a favor del odio y el asesinato. ¿Me pide que me una a usted para honrar a un hombre que pidió la destrucción de mis parientes? No puedo participar en algo así aunque sea buena propaganda en el extranjero, que lo dudo. Los europeos lo tomarán en cambio como un síntoma de reacción. En Francia Pound habría sido fusilado. ¿Liberarlo porque es un poeta? Vaya, quizá mejores poetas que él fueron exterminados. ¿No diremos nada en su nombre?
Estados Unidos ha sido compasivo con Pound al reconocer su locura y perdonarle la vida. Liberarlo es una idea tonta y débil. Identificaría este programa a los ojos del mundo con Hitler, Himmler, Mussolini y el genocidio. Lo que me deja estupefacto es que usted y el Sr. Steinbeck, que durante tantos años han trabajado con las palabras, no entiendan la importancia de las claras y brutales declaraciones de Ezra Pound sobre «kikes», que llevaban a los «gentiles» a la matanza. ¿Es eso —de los «Cantos Pisanos»— la materia de la poesía? Es una llamada al asesinato. Si lo dijera un granjero o un zapatero diríamos que está loco. El mundo entero conspira para ignorar lo que ha ocurrido, las guerras gigantescas, los odios colosales, los asesinatos inimaginables, la destrucción de la mera imagen del hombre. ¿Y nosotros —«un grupo representativo de escritores estadounidenses»— salimos para esto? ¡Vaya desastre!
Suyo sinceramente,
El periodista del New York Times Harvey Breit había pedido a Bellow que participara en «People to People», un comité de escritores y editores establecido para oponerse a la propaganda soviética y promover los valores proestadounidenses en el extranjero. El presidente norteamericano Dwight Eisenhower había nombrado presidente a Faulkner.
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A John Cheever Chicago, 9 de diciembre, 1981
Querido John:
Desde que hablamos por teléfono he pensado incesantemente en ti. Podría decir muchas cosas, pero no lo haré, probablemente puedas arreglártelas sin ellas. Lo que me gustaría decirte es esto: no hemos pasado mucho tiempo juntos pero hay un vínculo significativo entre nosotros. Supongo que en parte se debe a que los dos practicamos el mismo oficio autodidacta. Permite que intente expresarlo mejor: sometimos nuestras almas al mismo tipo de educación, y esa formación esotérica en la que tuvimos el descaro de persistir, bajo la mirada hostil de la América exotérica, es lo que nos une. Sí, hay simpatías más profundas, pero soy demasiado torpe como para llegar hasta ellas. Ahora solo puedo ofrecer lo que está disponible. Ninguno de los dos respetaba las «condiciones» superficiales de los orígenes sociales. En tus orígenes había ciertas ventajas; fuiste demasiado decente como para explotarlas. Los míos, supongo, solo debían ser «superados», y no tenía el menor deseo de molestarme en ello. Sin embargo, estaba en posición de observar las desventajas de los aventajados (el orgullo idiota de los anglosajones blancos protestantes, las tradiciones sureñas). No había en ti ni rastro de ello. Estabas dedicado, como corresponde a un escritor, a transformarte a ti mismo. Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo esa acción transformadora del alma. Te amé por eso. Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente.
Hemos navegado de un lado a otro de estos mares estadounidenses durante muchas décadas; también hemos tenido nuestros malos viajes: absurdos inevitables, mal tiempo, pero eso no importa de verdad. Intento decir lo que importa.
Cuando le dije que te iba a escribir, mi hijo Adam, que ha venido a vernos a Chicago, quería que te dijera que le había encantado tu novela corta [Esto parece el paraíso]. A mí también.
Si no te resulta posible venir a Chicago, volaré a Nueva York cuando te vaya bien.
Con amor,
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A Philip Roth Chicago, 27 de abril, 1986
Querido Philip:
Me emocionó mucho tu artículo sobre Malamud en el Times. Me mostró la vida del hombre de una forma que no había podido ver. Al principio te parecía un agente de seguros. Yo pensaba íntimamente en él como en un Contador Público. Pero siento una debilidad secreta por las dimensiones ocultas de los agentes y los contadores. Nunca podría obligarme a juzgar por las
apariencias. No tengo fe en las categorías (las categorías sociales, quiero decir). Bueno, construyó algo con las migajas y los fragmentos descarnados de las empobrecidas vidas judías. Después sufrió porque no podía hacer más. Quizá no podría haber hecho más, pero esperaba con ilusión una estupenda vejez en la que lo imposible sería posible. La muerte se encargó de esa maravillosa aspiración. Todos podemos contar con eso. Quiero agradecerte de nuevo que cuidaras de mí en Londres. Como viste, estaba deprimido. El Royal Athletic Club era el lugar para mí. Los cuartetos de Shostakóvich me hicieron mucho bien. Casi hay suficiente arte como para cubrir los dolores mortales. Pero no es bastante. Siempre quedan huecos.
Y también la cena con Edna [O’Brien], la Juana de Arco del sexo irlandés, ejércitos de hombres cachondos hacen maravillosas imitaciones suyas. Eso fue encantador. Dick [Stern] dice que Claire [Bloom] la imita maravillosamente. Espero verlas un día.
Siempre tuyo,
Bernard Malamud había muerto el 18 de marzo.
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A Cynthia Ozick West Brattleboro, 19 de julio, 1987
Querida Cynthia:
En la Academia [de las Artes y las Letras] me alegró verte, pero después me alcanzó una oleada de vergüenza cuando recordé mi descuido y mis malos modales. No querías avergonzarme cuando me recordaste que te debía una carta (había habido un intervalo de dos años). La vergüenza llegó de dentro, un contraste con mi alegría. Me excitó tener tantos contactos maravillosos bajo la gran cima de la Academia. Demasiadas corrientes veloces, demasiada turbulencia, junto a un terrible arañazo en el corazón: una sensación de que los placeres del momento carecían de esperanza, demasiado ilimitados y salvajes como para disfrutarlos. Había gran cantidad de gente querida que ver pero tenía cuentas pendientes con todos ellos.
Debería haberte escrito una carta, era demasiado tarde para usar las muertes de mis hermanos como excusa. Tras su muerte, escribí un libro; ¿por qué no una carta? Una respuesta misteriosa pero cierta sería que, aunque puedo prepararme para escribir una novela, las cartas, las comunicaciones en la vida real, son demasiado para mí. Antes las solventaba con bastante facilidad, ¿por qué ahora el desafío de escribir a amigos y conocidos es demasiado para mí? Porque me he convertido en un solitario, y no en el sentido aristotélico: ni una bestia, ni un dios. Más bien, un solitario agitado por anhelos, incapaz de encontrar un lenguaje adecuado, y desesperado ante la imposibilidad de componer mensajes en una clave que pueda tocarse: como si ya no entendiera los códigos usados por gente estimable que quería saber de mí y que tendría tanto que responder si se eliminaran los impedimentos. Ahora solo tengo el estrafalario lenguaje de mis libros —las cartas en general de una personalidad oculta, un ser desesperadamente extrano que, como último recurso, ha inventado una técnica para representarse a sí mismo.
Eres el tipo de persona —y escritora— al que le puedo decir estas cosas, mi tipo de escritor (sin esclerosis en la cuestión de las cartas). No diré que seas humanamente mi tipo. No tengo base para eso, te conozco a través de tus libros, que siempre leo porque están escritos por lo auténtico. No hay muchas cosas auténticas por ahí. (Un hecho tan bien conocido que sería tedioso extenderme sobre él.) Podrías haber pertenecido a los deslumbrantes virtuosos, como [William] Gaddis. A mí podría haberme ido bien en esa línea si, por una razón u otra, no hubiera puesto mi corazón en ser uno de los auténticos. Quizá la vida en el circuito de salas de conciertos literarios habría resultado más sencilla. Pero Paganini no era judío.
Probablemente ves lo que insinúo torpemente. He estado leyendo tu Mesías [de Estocolmo], y hablo como admirador, no como crítico. Sobre Bruno Schulz tengo sentimientos muy parecidos a los tuyos, y aunque nunca hemos hablado de la cuestión judía (ni de ninguna otra), y estaríamos obligados a hallarnos en desacuerdo (como les ocurre invariablemente a los interlocutores judíos), es cierto que, en todo caso, nos pareceríamos bastante judíos el uno al otro. Pero tu Mesías me desconcertó. Le di vueltas. Me gustó el encanto a lo Hans Christian Andersen de tu joven pobre y serio que habita una capital escandinava, que es quijotesco, crédulo, fanático, que vive en una judeidad prestada, que lleva una existencia hidropónica e intenta de forma conmovedora diseñar su propio ser. Pero, cuando la realidad lo reta, vemos su peor parte: nueve veces nueve demonios (para pasar un momento al otro Testamento) corren hacia él, y, en su último estado, como no es el único y auténtico intérprete de Schulz, se convierte en un mero profesional de la literatura, es decir, en una no-entidad. Leí tu libro en el avión hacia Israel, y en Haifa le di mi ejemplar a A. B. Yehoshúa. Lo quería, y le animé a leerlo. Así que, cuando te escribo, no tengo un texto al que referirme, y debo confiar en mi memoria o en mi memoria de mis impresiones. Cuando lo leí me agradó mucho. Cuando volví a pensar en él me pareció que quizá habías confiado demasiado en tus poderes ejecutivos, en tu virtuosismo (a menudo me he dado ese veredicto a mí mismo) y que querías más del tema de lo que realmente daba. […]
Es totalmente cierto que los «Escritores Judíos de Estados Unidos» (¡una categoría repulsiva!) se perdieron lo que para ellos debería haber sido el asunto central de su tiempo, la destrucción de los judíos europeos. No soy capaz de decir cómo puede evaluarse nuestra responsabilidad. Nosotros (ahora hablo de los judíos y no solo de los escritores) deberíamos haberlo afrontado de forma más completa y profunda. En Estados Unidos nadie asumió la tarea en serio y solo unos pocos judíos de otros lugares (como Primo Levi) pudieron entenderlo todo. Los judíos como pueblo reaccionaron justamente. Así, tenemos Israel, pero en el terreno de la comprensión más elevada… Bueno, como la vida mental del siglo ha sido desfigurada por las mismas fuerzas de la deformidad que produjeron la Solución Final, no había mentes preparadas para comprender. Y los intelectuales […] están entrenados para esperar y exigir del arte lo que el intelecto es incapaz de hacer. (Siguiendo las estúpidas convenciones de los altos principios.) Por tanto todas las partes se pasan la patata caliente y toda conciencia honesta siente la deshonra que hay en ello.
Estaba demasiado ocupado en convertirme en novelista como para tomar nota de lo que ocurría en los años cuarenta. Estaba comprometido con la «literatura» y mis preocupaciones eran el arte, el lenguaje, mi lucha en la escena estadounidense, las reivindicaciones del reconocimiento de mi talento, o, como en el caso de mis colegas de Partisan Review, el modernismo, el marxismo, el New Criticism, Eliot, Yeats, Proust, etc.: cualquier cosa salvo los terribles acontecimientos de Polonia. Cuando, lentamente, empecé a ser consciente de esa inefable evasión, ni siquiera sabía cómo empezar a admitirla en mi vida interior. No puede negarse ni una partícula de eso. ¿Y puedo realmente decir —puede decirlo alguien— qué había que hacer, cómo se debería afrontar esta «cosa»? Desde finales de los cuarenta medito sobre ello y a veces imagino que puedo ver algo. Pero lo que representa esa meditación es probablemente insignificante.
No puedo ni empezar a decir qué responsabilidad puede tener cualquiera de nosotros en un asunto así, en un crimen tan enorme que lleva a Juicio todo el Ser. […] La «ayuda metafísica», como dice alguien en Macbeth (que Dios perdone a la mente por recurrir a una fuente así en relación a este tema), sería más adecuada que la «responsabilidad»: la intercesión del mundo espiritual, asumiendo que haya aquí alguien capaz de sentirse conmovido por poderes que actualmente nadie toma en serio. Todo el mundo es tan «ilustrado». Si me libero de cierta cantidad de ilustración puedo al menos tener ideas de esta naturaleza. Las tengo de noche, cuando la censura racional duerme. La revelación está, después de todo, en el corazón del entendimiento judío, y la revelación es algo que no puedes pedir por correo. No te pueden ordenar que la consigas. […]
Unos párrafos más arriba he dicho que parecía que no conseguías lo que de verdad querías con tu novela El Mesías. No creo que te ofenda hablando como me hablo a mí mismo: a menudo me he apresurado en escribir un libro y al cabo de treinta o cuarenta páginas, justo después de despegar, he notado que había dado un salto loco, que me había rendido ante una convulsión demente, y que de esa convulsión de locura, absolutamente fuera de lugar y autogenerada, podría no recuperarme nunca. Al principio el rápido despegue parecía una hazaña maravillosa y emocionante. Todavía creía en ella. Pero ¿podría aterrizar seguramente o caería al mar? Experimenté la misma ansiedad en la mitad de tu novela (el Mediterráneo debajo). Estarías totalmente justificada si dijeras que esto es una proyección y lo usaras en mi contra. De todos modos, tuve la sensación de turbulencias, de una peligrosa tormenta de aire. Me pareció que estuviste brillante y valiente en el control. […]
Con mis mejores deseos,
***
A Philip Roth Brookline, 1 de enero, 1998
Querido Philip:
Siento ser tan lento. Janis cogió tu manuscrito primero y me comunicó todo su entusiasmo, simpatías y premoniciones. Un nuevo libro de Roth es un gran acontecimiento por estos lares. Somos tus hinchas y tus fans. Cuando se fue a Canadá el día de Navidad para ver a sus padres y a su hermana, su hermano, niños, dejó conmigo Me casé con un comunista para las vacaciones. Leer tu libro me consoló en esta casa vacía. Es una delicia leer uno de tus manuscritos —vaya por delante— pero esta vez el efecto general no fue satisfactorio. Era particularmente consciente de la falta de distancia. No quiero decir que el escritor deba poner espacio entre él y los personajes de su libro. Pero debería haber cierto distanciamiento con respecto a las pasiones del escritor. Hablo como alguien que cometió el mismo pecado en Herzog. Ahí esperaba que los efectos cómicos pudieran protegerme. Sin embargo, crucé la frontera demasiadas veces para asaltar el campamento enemigo. Pero Herzog era un bobalicón, un intelectual fracasado y en el fondo un sentimental. En tu caso, el hombre que nos entrega a Eve y Sylphid es un enragé, un verdadero fanático.
Ese no es el defecto más destacado de MCCUC. Tu lector, por respeto a tus poderes, está más que dispuesto a seguir a tu lado. No podrá, como yo tampoco pude, seguir junto a tu Ira, probablemente el menos atractivo de todos tus personajes. Asumo que no eres más capaz de soportar a Ira que los lectores. Pero apoyas lealmente a ese patoso forjado en hierro, un hombre grande, fuerte y estúpido que te atrae por razones invisibles para mí.
Existe un verdadero misterio con respecto a los comunistas en Occidente, para limitarme a ellos. ¿Cómo pudieron aceptar a Stalin, uno de los tiranos más monstruosos de la historia? Uno habría pensado que la división de Polonia por parte de Hitler y Stalin, y la derrota de los franceses que abrió paso a la invasión de Rusia por parte de Hitler, llevarían a los miembros del PC a reconsiderar sus lealtades. Pero no. Cuando aterricé en París en 1948 descubrí que los líderes intelectuales (Sartre, Merleau-Ponty, etc.) permanecían leales pese al mar de sangre de Stalin. Bueno, todo país, todo gobierno, tiene su mar, o lago, o estanque. Aun así, Stalin seguía siendo «la esperanza», pese a su claro paralelismo con Hitler.
Pero, en resumen. La razón: la razón residía en el odio por su propio país. Entre los franceses era el viejo enfrentamiento de los «espíritus libres», o artistas, con la burguesía dominante. En Estados Unidos era la lucha contra los McCarthys, los Comités que investigaban la subversión, etc., los que justificaban a la izquierda, a los seguidores de Henry Wallace, etc. El principal enemigo estaba en casa (el eslogan de Lenin en la PGM). Si te oponías al PC eras un mccarthysta, no había otra posibilidad.
Bueno, fue una estupidez profunda y perversa. No hacía falta ser muy inteligente para ver lo que era el estalinismo. Pero los militantes y los activistas se negaron a afrontar los simples hechos que estaban al alcance de todo el mundo.
Basta. Dirás que todo eso se reconoce en MCCUC. Sí, y no. Nos dices que Ira es un bestia, un asesino. Pero ¿quién más está? Ira y Eve están en el centro de tu novela: ¿y qué representa ese par?
Uno de tus temas persistentes es la purgación que solo se puede obtener a través de la ira. Las fuerzas de la agresión son liberadoras, etc. Y puedo verlo como un punto de vista legítimo. Está bien si tus personajes son titanes. Pero Eve es solo una mujer lamentable y Sylphid es una chica gorda, mimada y malvada con joroba de bisonte. No son titanes.
No hay mucha gente con la que pueda ser tan franco. Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro y espero que sigamos, los dos, diciendo lo que pensamos. Estarás dolido conmigo, pero creo que no te desharás de mí para siempre.
Siempre tuyo,
***
A Martin Amis Brookline, 7 de febrero, 2000
Querido Martin:
Era un correspondiente dispuesto pero, por alguna razón, a lo largo de los años, perdí la costumbre de escribir cartas. Quizá en el fondo de eso estuviera la muerte de tantos amigos, una primera generación y luego una segunda y después incluso una tercera. Sospecho que he perdido la cuenta. Quizá hasta las confidencias que hago a mis amigos sean ahora ofrecidas a mis lectores. Eso, si es cierto, no es una tendencia positiva, pero no estoy preparado para ir más lejos en esa dirección. Basta decir que tengo ganas de hablar contigo y que muchas veces veo que vuelvo hacia ti en busca de alivio. Es un juego de niños tener conversaciones imaginarias, por alguna razón convencidos —como los ninos— de que lo imaginario es fielmente traducido a las mentes de nuestros amigos.
Pero todo el tiempo pienso en Ravelstein. Nunca he escrito algo como Ravelstein, y la mezcla de hechos y ficción se me ha ido de las manos. Hay además otros elementos, porque los hechos son muy impuros. Existen los hechos, y después existen los hechos periodísticos con sus acentos habituales. Puedes incluso ver a los periodistas transformando los hechos en escándalo y, hacia la cima, escándalos que se convierten en mitos, trasladándose al territorio medieval reservado para la peste. No estoy preparado para oír la campanilla de un leproso en los cruces del afecto y el encanto excéntrico.
Parece que mucha gente conocía la verdad sobre Allan. Si no la pura verdad, la clase flexible y
versátil con la que está familiarizada la política universitaria. Así que me vi retado por gente fanática. Descubrí muy pronto que Allan tenía enemigos que se preparaban para revelar que había muerto de SIDA. En ese momento perdí la cabeza; cuando el New York Times me llamó para resolver el asunto me desmoroné: no supe ser más astuto que los periodistas. Así que aquí estoy, el autor de un homenaje que se ha transformado en uno de esos civilizados desastres para los que nadie puede estar preparado.
Como bien sabes, la atención del público y de la prensa es pocas veces agradable, y con raras excepciones (el Papa, por ejemplo) no le concede un respiro a nadie. Le digo a la gente que Ravelstein me pidió que escribiera una memoria y que habría sido falso y perverso omitir del relato que hacía de su vida la enfermedad que lo mató. Con una sabiduría omnisciente como la suya habría sido imposible no predecir qué saldría de esto. Pero yo estaba preparado, o eso pensaba, para manejar todos los bochornos que iban a abalanzarse sobre mí. No podría haberme mirado al espejo si me hubiera apartado de un personaje de la estatura de Ravelstein. Hace mucho entendí que lo que llamamos el arte de la ficción se marchitaba porque… bueno, porque las democracias modernas no son heroicas.
Pero descubro que debo explicar la democracia no heroica a los periodistas y el público, y eso me deprime más allá de todos los límites de las depresiones previas. Obtengo todo el consuelo que puedo reflexionando que en todo caso a mi edad la tienda está a punto de cerrar las puertas. La semana pasada vi a mi anciana hermana en Cincinnati. Tiene nueve anos más que yo, y cuando me enteré de la noticia del accidente de un avión de Air Alaska en la costa del Pacífico pensé: «¿Por qué no también Delta Airlines, en el Río Ohio?». Pero no. Aterricé sin peligro y me llevaron al manicomio de lujo donde vive mi hermana. Se alegró de que hubiera ido a verla y quería ver fotografías del nuevo bebé. De lo que no hablamos es de que no queda ni una sola tumba libre en el terreno familiar.
Janis cree que esta es una carta opresiva, pero me ha levantado el ánimo.
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December 21st, 2011 → 8:30 am @ elpuercoespín
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