El cadete Vargas Llosa, por Sergio Vilela

December 13th, 20111:58 pm @

0


 

1. “¿Quién te pegó más fuerte?”, le preguntó uno de sus verdugos. El cadete Vargas Llosa miró nervioso a los dos alumnos de Cuarto Año que tenía frente a él, y respondió como un novato que desconocía las reglas. “¡Usted, usted!”, dijo con obligada firmeza, haciendo una seña al que le había preguntado. “¡Ah! ¿O sea que yo no te pegué tan fuerte?”, reclamó el otro. “A ver, vamos a ver”.

Quería superar el golpe que su compañero había descargado contra el brazo del joven cadete, a quien estaban bautizando cumpliendo ese ritual del que eran víctimas todos los que ingresaban en el colegio. Al mismo tiempo, en el estadio, en los patios, en las cuadras, en los baños, por todas partes, decenas de cadetes del Cuarto Año se divertían dándoles una bienvenida de puñetes y patadas a los recién ingresados, los de Tercer Año, los perros. Durante doce meses los nuevos cadetes cargarían la cruz más pesada que existía en el Colegio Militar Leoncio Prado: ser perro era quedar confinado al último escalafón de esa jungla escolar donde reinaba el más macho.

“¿Y ahora, quién ganó?”, le preguntó el otro de Cuarto Año, sin dejar de enseñarle los puños.

“Sí, ahora usted”, dijo Vargas Llosa, presintiendo lo que vendría.

“¡Ajá! ¿Y yo nada? ¿O sea que yo nada?”, replicó el primer verdugo. “Pues vamos a empatar la cuenta”.

Era sólo el tercer golpe de quién sabe cuántos más el cadete Vargas Llosa tuvo que resistir aquella misma tarde. “Había un contraste entre la luminosidad del día y el miedo, la inseguridad”, recuerda el escritor ahora delante de mí. Vargas Llosa se acaba de sentar en una sala de su departamento de Barranco, frente al mar de Lima, donde suele recibir a los periodistas. Lleva puesta una camisa blanca de manga corta y un pantalón de dril azul, y, lejos de sus trajes y corbatas protocolares, su atuendo delata la comodidad de estar en casa. Quizá por eso, lo primero que me dijo al hacerme pasar a esa sala contigua al escritorio donde suele escribir fue “caramba, qué elegante has venido”, viéndome encajado en un traje que llevaba puesto sólo por visitarlo a él. Allí lo vi representar ese diálogo a tres voces que había rescatado del olvido de su adolescencia en el colegio militar. Sillones impecables formaban una medialuna que cercaba una mesita de vidrio. Sobre ella había gruesos libros ilustrados que más parecían ser decorativos.

Vargas Llosa recuerda el día del bautizo, esa mañana en que los cadetes lo golpearon, y su carcajada corta su relato como si fuera un espasmo de tos incontrolable. La distancia de los años le ha permitido combinar esos malos recuerdos con unas risas de nostalgia. Sus ojos se contraen ligeramente, como si recuperara en ese instante el flash de una fotografía perdida. Y parece como si se dijera a sí mismo: ¿Cómo pude haber tenido tanto miedo en una situación tan ridícula? La risa, sin duda, amortigua el rubor de su recuerdo. A nuestras espaldas, una pared de vidrio nos separa de los estantes repletos de su biblioteca.

Desde su terraza se puede ver cómo el cielo gris de Lima borra el horizonte. Su gusto por el mar había nacido con sus primeras lecturas. Vargas Llosa se involucraba tanto en las historias que leía que incluso pensó en ser marino. Las novelas de Dumas, que devoró durante esos dos años que estuvo en el Leoncio Prado —odiando las costumbres que allí se guardaban—, le hicieron codiciar la vida y las aventuras de sus personajes. Sin duda prefería ser el Capitán Nemo al cadete Varguitas.

Vargas Llosa dice que ésa no fue la única vez que lo bautizaron ni aquéllos sus únicos sacristanes. El bautizo era el nacimiento de la vida militar, y éste se repetía varias veces. Pocos se podían salvar de aquel ritual autorizado. “Recuerdo que me hicieron, desde los ángulos rectos, nadar de espaldas la cancha de fútbol, y pelear con otro perro como perros”, me dice el escritor de memoria.

Todo estaba permitido ese día, porque las autoridades desaparecían para evitar las sanciones por los posibles abusos. No era un secreto que los oficiales del colegio militar pensaban que el bautizo era cosa de hombres, que la vida era dura, que había que aprender a luchar, y que era necesario hacerse respetar a golpes.

Eso era el Perú en 1950, un país gobernado por militares y en el que la Iglesia, la prensa, la radio y todo el mundo apoyaba un régimen que prometía orden, paz y progreso. Era una época en que las mujeres se debían quedar en casa, como dictaban las normas sociales, y en la que había que salir adelante a empellones. Todos los perros, víctimas de tal ceremonia de admisión a la casta militar, guardaban el secreto consuelo de que al año siguiente serían ellos los anfitriones de los nuevos cadetes. Eran 352 los que formaban esa séptima promoción, dividida en once secciones de adolescentes separados por su estatura. Cuando los perros pasaban al Cuarto Año se convertían en chivos y esa nueva jerarquía les permitía devolver todos los castigos sufridos, el año anterior, a los recién llegados. Por eso los perros, que no tenían más opción que acceder al rito, participaban con la resignación de quien se sabe sólo un perdedor temporal. “Todos íbamos un poco preparados para esa prueba de fuego”, me cuenta el escritor.

2. Mario Vargas Llosa era el cadete Varguitas. Le decían flaco, Bugs Bunny o Conejo de la Suerte, por esos dos dientes delanteros que lo hacían sentirse una morsa entre los perros. Poco antes de entrar en el colegio militar, el doctor Lañas, padre de un amigo de su barrio de Diego Ferré en Miraflores, le prometió arreglárselos poniéndole fierros. “Pero algo ocurrió —recuerda el escritor— antes de empezar el tratamiento”. Una de esas súbitas tormentas familiares, provocadas siempre por el mal genio de su padre, le habrían quitado de la boca esa satisfacción.

El cadete Vargas nunca fue brutal como el Jaguar, pero tampoco se dejó ganar la moral como el Esclavo. Sus compañeros sobrevivientes, los cadetes egresados en la séptima promoción del colegio militar, recuerdan que destacaba por pasar desapercibido. Pertenecía a una categoría intermedia, el escalafón de los anónimos, en una ubicación inadvertida en la jerarquía liderada por los más avezados de su sección. La memoria colectiva de sus compañeros —ahora sesentones de cabezas grises— lo dibuja como un adolescente apacible, sin sobresaltos ni estridencias, aparentemente ajeno a las palomilladas ejecutadas por los demás cadetes. Ni líder ni secuaz, amigable pero sin exceso, un adolescente pacífico que daba la impresión de ser tímido, aunque aquello haya sido una coartada para protegerse de las posibles agresiones.

Tranquilo y normal son adjetivos que se repiten para un borroso retrato del artista adolescente. Nada que permitiera profetizar al gran escritor. Pero en lo que todos coinciden, por unanimidad, es que el cadete Vargas Llosa revelaba en su vestimenta una obsesión que hasta hoy subsiste: su evidente pulcritud. El régimen castrense obligaba a los cadetes a esmerarse en el brillo de las botas y en la limpieza de los uniformes color caqui. Y Vargas Llosa era el ganador en eso, de los más afanosos en cumplir con la prestancia en el aseo.

Pero hay otros excadetes que saben la verdad sobre él. Víctor Flores Fiol fue su mejor amigo mientras estuvo en Cuarto Año, alguien que recuerda que ya entonces Vargas Llosa era un adolescente de ideas rebeldes, un opositor precoz, agnóstico y afín a los pensamientos de izquierda en una época militarista y cucufata. Los libros lo habían hecho conocer tempranamente otros mundos que hacían ver miserable el suyo, en el que la libertad estaba restringida. A los quince años, edad con la que se fue del colegio militar al finalizar el Cuarto de Secundaria, Vargas Llosa era el autor intelectual de todas las palomilladas que Flores ejecutaba. “Si había algún laberinto en la sección, era siempre: ‘Flores, castigado una semana’ ”. Pero quien había planeado casi todas sus fechorías era el cadete Vargas Llosa.

Flores no podía evitar ser asaltado siempre por una risa incontrolable que terminaba por culparlo cada vez que los oficiales interrogaban a ambos. “Siempre yo me perjudicaba por festejarle sus cojudeces”, acusa, con el tono de risueño cómplice. Recuerda que ya entonces el precoz escritor tenía una facilidad de palabra con la que le discutía y persuadía sobre lo que debían hacer. Con una modestia inverosímil, Flores dice sobre él y Vargas Llosa: “Yo era uno de los más brutos del salón. Pero ambos hacíamos competencia para no ir a clases, cuando era yo quien necesitaba ir”. Solían fugarse hacia la piscina —que estaba lejos de las aulas— para nadar un rato. O se iban a descansar en La Glorieta, un escondite cercano. Pero toda competencia produce un récord. Por eso, el cadete Flores Fiol recuerda que “hubo una semana en la que nos tiramos todas las clases, salvo la de premilitar”, en las que los convertían en unos robots adolescentes, de tanto repetir unos movimientos mecánicos dignos de los más gastados soldaditos de plomo.
3. Nadie recuerda haberlo visto pelear, ni siquiera Flores. “¿Y usted golpeó a alguien?”, le pregunto a Vargas Llosa, y él responde de inmediato como quien remonta una ofensa. “Sí, varias veces. Recuerdo que me trompeé una vez con un muchacho que era mayor que yo, y me dio una paliza”, dice con gracia, y suelta otra de esas risas breves y explosivas. “Nunca supe cómo se llamaba. Era un muchacho que era mi jefe de mesa [cadetes mayores que administran la comida durante los ranchos]. No recuerdo exactamente, pero creo que nos estábamos fastidiando, haciendo algo y entonces él me desafió”. Vargas Llosa se acomoda en el sillón, y sólo intenta recordar. En verdad, parece como si leyera en voz alta un guión de su adolescencia:

“¿Oiga, usted es muy machito, no? ¿Quiere que nos quitemos los galones y vayamos a arreglar esto, usted y yo solos, al baño?”.

“¡Ah, ya! Cómo no”.

Había llegado al Leoncio Prado desde el colegio La Salle, donde las peleas eran muy caballerosas. “Ésa fue una trompeadera absolutamente feroz y brutal. La recuerdo porque fue en los primeros tiempos del colegio. Era una cosa muy corruptora porque, si tú lo hacías, sentías que estabas bien, justificándote que eras un hombre, que eras un cadete. No te olvides que éramos chiquillos, trece, catorce, quince años. El que tiraba más patadas y mejores cabezazos automáticamente se convertía en héroe, en figura. Una figura respetada, adulada, porque estar cerca de esa figura te protegía y entonces era una manera que no te cogieran de punto. Ser débil era lo peor que podía ocurrirte allí, pues había muchachos que eran débiles, que no estaban preparados para esta especie de vida darwiniana, en la que vencía el más fuerte. Entonces eran muy maltratados, abusados. Toda la idea de las jerarquías, del orden militar, de la obediencia, del superior, se transformaba rápidamente, se convertía en un juego perverso”. Era el mismo juego perverso del Jaguar con el Esclavo, el mismo deLa ciudad y los perros.
Por esas similitudes entre la ficción y la realidad varios de sus compañeros de la séptima promoción se sintieron ofendidos, cuando en 1964 salió a la venta en el Perú La ciudad y los perros, la primera novela de quien iba a ser su más famoso alumno y escritor. Ese 14 de septiembre una asamblea de indignados leonciopradinos alzó su voz en contra del novelista. Al día siguiente el diario Expreso decía: “Durante el debate, que se prolongó por tres horas y media, se calificó la obra como una ‘enciclopedia de mentiras’ tildándose a Vargas Llosa de ‘oveja negra’ del colegio”. Uno de los fundadores del Leoncio Prado, el general José del Carmen Marín, no vaciló en decir que la obra era “un instrumento por el cual se ataca a las Instituciones Armadas, táctica típica del comunismo”. Pero hubo más. Durante la asamblea, el general Marín —autor de la célebre frase “las ideas se exponen, no se imponen”— reclamó el pronunciamiento de la Iglesia y el Poder Judicial sobre La ciudad y los perros, logrando una ovación de los cadetes de las veinte promociones que estaban presentes esa mañana. La intención era conseguir el veto. A pesar del mayoritario repudio de la novela, los cadetes de la sexta promoción —curiosamente, quienes habían bautizado a Vargas Llosa— presentaron una moción reconociendo el mérito indiscutible de la obra, la cual fue desechada de inmediato por la asamblea. Pero la mayor ocurrencia de los leonciopradinos no salió de esa reunión. Tres meses antes, en junio, cuando se voceaba la pronta llegada del libro al Perú, la Asociación de Exalumnos del Colegio Militar amenazó con romper las vidrieras de las librerías que vendiesen el libro.

Vargas Llosa le contó aquella anécdota a Mario Benedetti cuando éste lo entrevistó en París para el diario La Mañana de Montevideo. Pero el escritor no se quedó callado y respondió desde Francia, país donde vivía haciendo múltiples trabajos para sobrevivir desde finales de los años cincuenta: “Yo no soy la persona más indicada para responder a los reproches que se hacen a mi novela. En todo caso —afirmó Vargas Llosa, sin presentir que décadas después sus enemigos políticos harían lo mismo—, la acusación de traidor a mi país que se me hace me parece disparatada e infantil. Pero seguramente se trata de una broma. En el Perú hasta los generales tienen un gran sentido del humor”. Dijo, además: “Lo que más me sorprende es que aquellos que se sienten insultados por mi libro vean en él un panfleto o un reportaje contra un colegio. Yo he sido fiel al ambiente del colegio que conocí, pero lo único que no se me ocurrió jamás fue escribir un libro para atacar al Leoncio Prado”. Y su respuesta al debate concluía con una ironía: “Vale la pena extraer una conclusión de esta polémica: el hecho de que algunos militares peruanos se interesen por la literatura. Es un hecho inusitado y altamente positivo”. Ese punto final terminó por encender la cólera de los uniformados, quienes castigaron la ofensa encendiendo una legendaria hoguera en la que, se dice, docenas de sus libros fueron reducidos a cenizas.

4. Jugar a descubrir qué es realidad y qué es ficción en la novela de Vargas Llosa sigue siendo un deporte corriente entre los excadetes del Leoncio Prado. Varios de los excompañeros del escritor siguen buscándose entre los párrafos de La ciudad y los perros, y, en algunos casos, testimonian haberse encontrado como si la novela se tratara de un relato fiel con nombres cambiados. No son pocos los sobrevivientes de esa época que han confesado sentirse Jaguares, Poetas, Boas, Cavas y hasta Esclavos. Dicen, en voz baja, yo era tal o yo me parecía a cual. Y otros, que no se reconocen en la novela, creen saber quiénes eran los personajes. Lo cierto es que ni Jorge Callirgos ni Essio Porchile, presuntos Jaguares según sus compañeros de promoción, ni tampoco Hernán Escavino —como sugirió un entonces incauto reportero de prensa que hoy es estrella de la televisión — fueron la inspiración para crear al verdadero Jaguar.

El Jaguar fue Estuardo Bolognesi. De su abuelo Francisco Bolognesi, el héroe de Arica que vivió “hasta quemar el último cartucho”, había heredado cierta rudeza, pero, sobre todo, la terquedad. Ser el nieto de un héroe militar, en un país que ha coleccionado mártires en lugar de vencedores, parecía obligar secretamente a Bolognesi a ser el cadete más corajudo de la séptima promoción del colegio militar. Quienes lo conocieron de cerca recuerdan que se divertía con las debilidades ajenas. Era burlón y trompeador. Cada vez que era necesario repartía cocachos entre sus compañeros como un gesto para renovar su dominio frente a los demás perros. Y todos lo respetaban lo suficiente como para no desafiarlo. Pero además tenía una ventaja: era tres años mayor que el resto de cadetes de promoción, porque la destreza que tenía con los puños no era la misma que tenía en los estudios, lo cual hizo de él un permanente rezagado.

Estuardo Bolognesi murió hace años. Julio Blakz, un profesor del Leoncio Prado que en el 2006 espera poder cumplir sus bodas de oro como maestro activo, dice que el Jaguar murió de la impresión que le causó enterarse de que su hijo pidió a las autoridades del colegio militar que lo dieran de baja allá por los años setenta. Blakz me contó que Bolognesi no pudo soportar esa decepción y que fue sorprendido por un infarto luego de que intentara devolver a su hijo sublevado a la carrera militar. Esta historia suena casi a telenovela militar, del tipo de datos que Vargas Llosa suele eliminar de sus novelas por parecer inverosímiles. Bolognesi no tenía los ojos clarísimos ni el pelo amarillo del Jaguar de la película de Lombardi. Sólo era un adolescente de cara alargada, en la que sobresalían facciones gruesas como si fueran retocadas, tal como aparece en el álbum de exalumnos de la séptima promoción del Leoncio Prado. Fue el cadete real del que Vargas Llosa partió para garabatear los primeros trazos del Jaguar. De aquella estampa de Bolognesi, el novelista creó a un personaje más brutal, más feroz, más cruel, a alguien capaz de matar al más débil compañero de su sección. El Esclavo.

Ahora el Esclavo vive en Houston y se llama Alberto Lynch. Hace décadas que se fue del Perú, y quizá aún no sabe que Vargas Llosa ya lo delató. Hoy su hermano Daniel habla de él como si fuera un tío lejano, a quien ya ni siquiera extraña. “Hace años que no lo veo, nos escribimos muy poco, casi nada. Él ya ha hecho su vida por allá”, dice. Al Esclavo sus compañeros le decían el Nene. Su retrato en el libro de recuerdos de la séptima promoción justifica ese apelativo: unas finas facciones desvanecen el rastro de esa mutación física que suele atacar a los adolescentes y matarles la niñez. Quienes lo recuerdan dicen que era de los cadetes débiles y bondadosos. Una triste combinación de virtudes, inadmisibles entre unos adolescentes a quienes les inoculaban la ambición de ser algún día generales.
5. Vargas Llosa había sido invitado a Francia para escuchar a una treintena de especialistas hablar de él y de su obra como si estuviera muerto. El simposio se celebraba en Pau, una ciudad al sur de Francia, frente a los Pirineos. Viajé hasta allí como quien persigue por el mundo a la mujer de su vida, con incertidumbre y sin dinero. Iba sin haber pactado una entrevista, sin que me conociera, y sólo llevaba conmigo la seguridad de que lo iba a tener muy cerca para emboscarlo con preguntas. Había sido imposible entrevistarlo en Lima, y sólo él podía completar una de las piezas faltantes en el rompecabezas de su propia historia que yo intentaba reconstruir, la historia del cadete Vargas Llosa.

No fue hasta el segundo día de las conferencias cuando pude hablar a solas con él, después del almuerzo. La primavera empezaba a despertar en el sur, y, pese a las frías noches y a las mañanas heladas, durante el día el sol rebotaba contra esa muralla de puntas nevadas que son los Pirineos. Vargas Llosa vestía una camisa amarilla que desvanecía la oscuridad de su traje marrón chocolate. Mientras dejábamos atrás el Hotel de Ville, donde eran las conferencias, yo le contaba sobre algunos amigos de la adolescencia de quienes por décadas no había recibido ninguna noticia. Lo vi tan entusiasmado con las novedades que le traía desde Lima que sólo entonces me atreví a hacerle la pregunta. ¿Quién era quién en La ciudad y los perros?

Caminábamos en dirección a su hotel por la Rue des Cordeliers, cuando el escritor me reveló las identidades secretas de sus personajes. Sabía que Bolognesi había muerto, recordaba incluso su nombre. De Lynch, sólo su apellido. Vargas Llosa caminaba libremente por las calles antiguas pero intactas de Pau, una ciudad construida en el siglo XII y en la que no faltaba un castillo. Los comunes asedios para firmar libros y tomarle fotos, a los que se ha acostumbrado sin llegar a ser inmune, se veían disipados en esta ciudad tan pequeña como sus tres letras.

Primero me dijo lo del Jaguar, y después lo del Esclavo. Haciendo un esfuerzo de memoria, Vargas Llosa acabó con el misterio: “El Esclavo fue inspirado en un tal Lynch, un cadete muy callado y muy tranquilo”, me dijo, y parecía que se le acababan los recuerdos. “Era de los que siempre se convertían en víctimas de los abusos de los más grandes. Bolognesi, en cambio, era un tipo muy violento. Además, era de los que buscaban pleito a los demás cadetes, por fregar, por matar el rato”. Y, al contrario de la lógica dramática de sus novelas, como quien posterga algo sin importancia, dejó al Poeta para el final: “Ése era yo. Alberto Fernández fue inspirado básicamente en mi experiencia personal”, dijo, sabiendo que no era ninguna sorpresa.

Todas las semejanzas entre la realidad y la ficción que sus lectores han creído descubrir en La ciudad y los perros han hecho que Vargas Llosa se ganara por años maldiciones gratuitas. Lo han acusado desde mentiroso y vengativo hasta de maricón: “Mario Vargas Llosa fue separado del colegio militar por homosexual”, declaró el general Luis Cisneros Vizquerra a la desaparecida revista Vea. Pero el general sólo recogía un rumor que se habría ordenado desde el colegio militar. Esos detractores paridos con la primera edición de la novela creyeron que no había peor descrédito que socavar su hombría con tan fulminante invención. Según el general Cisneros, la expulsión del Leoncio Prado por homosexual había herido irreparablemente a Vargas Llosa, y por eso La ciudad y los perros fue escrita para descargar un antiguo rencor suyo contra las instituciones castrenses. Pero, para decepción de sus detractores, el Poeta no fue separado del Leoncio Prado por homosexual. Su libreta de notas de Cuarto Año diluye ese mito de la venganza literaria. En el reverso del documento, sobre las líneas punteadas del rubro Observaciones, antes de que vayan las firmas y los sellos de la Dirección de Estudios, se lee este manuscrito: “Dado de baja a su solicitud, el 6 de marzo de 1952”. Ése fue el auténtico final de la historia militar del cadete Vargas Llosa. Regístrese, comuníquese y publíquese.

Este texto fue publicado en la revista El Malpensante.

 

 

 

 

Posts relacionados: