El evangelio del hip hop en aymara, por Liliana Carrillo Valenzuela
El hermano Benji ha cambiado su ancha chamarra plateada por un poncho colorado; y la gorra negra que dice ‘New York’, por un llucho de lana. “Nada es imposible para Dios, para Dios, para Dios…” corea su grupo y él traduce en aymara: “janiu kunas ch’ amaquiti, ch’ amaquiti, ch’ amaquiti”. Son las ocho de la noche del último viernes de noviembre de 2010 y hace frío en la Ceja de El Alto. Allí —entre el monumento al soldado, que nadie sabe quién es, y la pollería Pollomanía— seis jóvenes, que parecen salidos del Bronx, han armado un escenario y cantan. Cantan hip hop de alabanza.
Una semana antes, el hermano Benji se había presentado como Gonzalo Ernesto Aruquipa, ingeniero en comercio internacional, 25 años. “Tengo mi grupo, licenciada, hacemos hip hop cristiano; venga a vernos”. Lentes gruesos y cabellos bien peinados; muy formalito y muy distinto a este predicador-DJ que, en el escenario callejero de El Alto, se transforma en cantante, bailarín y actor con dotes de pajpaku.
“¡Askenaz clan está aquí para propagar el fuego de la verdad!”. Julio Conde —bandana blanca en la cabeza y polerón a juego— reta a la cumbia que sale de los parlantes del restaurant Goloso y a la charla de los comensales “un poco mareaditos” de un puesto de tripitas. Él y sus compañeros llegaron a la Ceja cuando aún brillaba el sol, cargados de cuatro parlantes, equipos de luces y pancartas con grafittis.
Durante dos horas, lucharon para cortar el tráfico y es que a los choferes poco les importaba el permiso municipal que autorizaba la actuación hiphopera. Más tiempo aún requirió conseguir que “les presten” energía eléctrica. Finalmente, los gerentes de Pollomanía les brindaron un enchufe y se ganaron, además de bendiciones, propaganda para sus pollos a la broaster (a 15 bolivianos la porción con papas).
“Difícil es, uno se ruega grave… pero vale la pena”. Richard Quispe Monasterios (23), DJ oficial y el más afanado en conectar los equipos, está en Askenaz tres de los cuatro años del grupo. “Una vez, nos ha llovido; otra nos han botado latas; pero al final, si podemos cambiar una vida con el mensaje de Dios, siempre vale la pena”.
Se conocen de toda la vida. José Luís Quispe, Edwin Conde, Freddy Mamani, Julio Conde, Richard Quispe y Gonzalo Aruquipa —que hoy bordean el cuarto siglo— crecieron en la zona Túpac Katari de la ciudad de El Alto y cinco de ellos estudiaron en el mismo colegio: el José Luis Suárez Guzmán, del barrio.
“De chicos nos pasábamos en la calles pateando pelota”. En esos años, Gonzalo Aruquipa se convirtió en Benji. “Era tan buen arquero que todos le decíamos Benji Price, como el de la serie Super campeones, ¿se acuerda?”. Una fractura de clavícula cortó la carrera de guardameta del joven; nunca su energía.
“Cuando teníamos unos 15 años, competíamos en los concursos de baile de Sábados Populares. Varios años nos hemos presentado y una vez hemos quedado cuartos”, cuenta Benji. “Esas épocas ya empezamos a andar mal; del baile pasamos a la discoteca y de la discoteca al trago; harto farreábamos. Después fija había pelea”. Freddy es el más joven del sexteto con 23 años, estudia Producción Audiovisual y no se guarda nada: “Esas veces éramos pandilla”.
*
Los chicos del clan crecieron oyendo alabanzas evangelizadoras en las mismas plazas donde jugaban a ser futbolistas. “Hay que llevar la palabra de Dios; por eso seguimos los pasos de nuestro pastor Luis; él también empezó en las calles”.
Primero Dios; después el pastor. Luis Guachalla fundó hace 30 años el ministerio del Nuevo Pacto Poder de Dios. Hoy esta iglesia cuenta con miles de fieles y varios templos; el mayor es “La Casa de Dios”, un monumental edificio en la plaza Riosinho. “Cuando abrimos nuestro corazón al Señor; decidimos difundir su palabra con música”. Ahí nació Askenaz Clan. Askenaz en hebreo significa “un fuego que se propaga” y Clan… ellos siempre fueron.
Otra vez el frío de la Ceja. Los acordes rítmicos y la pinta del grupo han reunido a medio centenar de personas. Con voz de ángel, Jhoseline Poma corea: “Dios mío amo, te amo, te sirvo, te adoro…”. Tiene 17 años e irradia luz en sus alabanzas. “Mis papás están felices porque saben que estoy evangelizando; nada malo me puede pasar aunque sea tarde en la noche”.
— ¡Hermano Benji!, antes de aceptar a Dios, ¿usted qué hacía?
— ¡Hermano Julio!, yo pasaba los días borracho, sufriendo, haciendo sufrir a mi amá. Hasta que nuestro señor Jesucristo me sacó a la luz, me ha hecho descansar.
Los diálogos aprendidos de memoria e interpretados con ademanes de teatral declamación se intercalan con música. “Todo vale para que nos escuchen”, dirá después Julio. “Nosotros sólo somos la carnada de Dios”.
*
“Al Abraham (Bojorquez, el líder del grupo alteño Ukamau y ke, muerto trágicamente el 2009) lo conocíamos bien. Hemos compartido tarima con él; era un gran amigo”, recuerda Freddy y se remonta a fines de los 90 cuando el hip hop se coronó en la juventud alteña.
Hace 16 años, la casa juvenil de las culturas Wayna Tambo, de Villa Dolores, buscaba cambiar prejuicios con su radioemisora como punta de lanza y sus talleres rap y hip hop. Hijos de migrantes rurales, los jóvenes alteños encontraron en el ritmo nacido en el norte una vía para su propia expresión. Y nacieron varios grupos, muchos de ellos en Waynarap.
El 2002, los chicos de Askenaz habían dejado los duelos de cumbia y se habían convertido al hip hop. Estaba próxima su otra conversión, “la definitiva”.
“Nos gustaba 2Pac (Túpac Shakur rapero de EEUU asesinado en 1996) pero su música era violenta. Después hemos oído a Vico C (músico urbano estadounidense de raíces puertorriqueñas) que hacía rap para Dios”. Esa fue la señal que Benji compartió con sus amigos.
“Nuestro concepto es que mientras hay vida, hay esperanza en Jesucristo. Si alguien está mal, levantarle, animar a la juventud con cosas positivas fuera de las drogas y el alcohol”. Julio habla como pastor, oficio que no descarta aunque acaba de egresar de Ingeniería en Producción en la UPEA y ahora estudia Derecho.
Con el mensaje de conversión, Askenaz ha grabado ya un disco con 14 temas de su autoría y ahora prepara su segundo CD. “No le pedimos nada a la congregación pero seguro si lo hiciéramos nos ayudarían”, dice Benji. Para Julio, el horizonte es amplio: “Ya hemos ido a otros departamentos y vamos a llevar el hip hop de Dios de Bolivia a todas las naciones”. Nada menos.
Después de dos horas en la Ceja, el público de Askenaz ha pasado del rap al hip hop balada con intermedios de teatro popular. “Estos hermanitos son bien lindos; harto les queremos”. Doña Gladis Bonifacio reparte volantes del Ministerio del Nuevo Poder de Dios: “¿Qué cosa quieres, hermana?, Dios te va a dar. Mirame, a mí me ha dado mi casa”, predica e invita “el domingo al culto, ¡cuidado no vayas!”.
*
Ha dado ya la prédica, ha dirigido una sentida oración grupal, ha contado su testimonio y ahora, una vez más, el hermano Benji se transforma. Con poncho y llucho, rapea en aymara. Y brinca, y grita, y provoca las risas cómplices de su auditorio. “En mi casa sólo se habla aymara. Mi amá es del pueblo Ancoraimes; yo le traduzco todo, por eso sé y también canto en aymara”.
Los hiphoperos piden aplausos, pero “no para ellos sino para Él”. Agradecen el poder de la palabra, el enchufe de Pollomanía y se van del frío de la Ceja.
Dos días después, el hermano Benji ha vuelto a ser Gonzalo Aruquipa, ingeniero formal. “No sé qué pasa cuando estamos evangelizando, en el escenario todo puedo hacer, todo… Dios nomás tiene que ser, ¿no ve, licenciada?”.
***
Bolivia a toda costa
(…) Ardua es la tarea de ponerse a desentrañar un país desde su historia, la concatenación de grandes hechos que lo constituyen y lo explican, la narrativa en que se condensa su experiencia, sus limitaciones y progresos. Ardua tarea es la revisionista, que en la lectura del pasado quiere encontrar las gotas que explican el torrente que hoy recorre el país, que en la disección de los hechos individuales encuentra la relación que los reúne y los convierte en la actual situación nacional. Ésa es, por supuesto, una tarea loable, y también una actividad consagrada, pagada de sí misma, que encuentra su fin en sus medios. Otra es, en cambio, la tarea que se ocupa de ese mismo país, de esa misma idea de nación, ya no desde la gran historia, sino quizás desde las pequeñas; ya no desde la concatenación de grandes sucesos, sino desde la individualización del detalle, desde los claroscuros, desde los lados menos visitados por la historiografía, desde el relato de la cotidianidad y la individualidad.
Bolivia a toda costa. Crónicas de un país de ficción, libro coeditado por las editoriales El Cuervo y Nuevo Milenio, pertenece a este segundo tipo de lectura. Seleccionados y prologados por Fernando Barrientos (1977), el director de El Cuervo, 14 autores se ocupan de leer al país desde algunas de sus pequeñas historias, desde el relato de la experiencia individual, desde concepciones muy particulares de la realidad y la nación. Catorce autores que, provenientes de campos diversos —como la literatura, la sociología, el periodismo, la música y más—, proponen en conjunto “un país de ficción”, que se reconoce en los detalles y las particularidades que lo constituyen. Aquí se cuentan diversas historias: la del conocido sastre paceño Sillerico, encargado desde hace décadas del vestuario personal de los presidentes de la nación; la de un grupo de hip-hop alteño que alaba a Dios cantando en aymara; la de las víctimas y victimarios de lo que se ha venido a conocer como “la masacre del Porvenir”, en el norte amazónico boliviano; la de un partido de fútbol del club Bolívar, narrada desde adentro, que en Potosí definía su paso a la siguiente ronda en un torneo reciente; la de un curandero menonita que, viviendo en Santa Cruz, intenta cada vez más perderse en la selva abigarrada de una tradición excluyente; la de la organización, desarrollo y resultados del primer “Día de la Reivindicación Marítima”; la de una escritora que recuerda su particular relación con las empleadas domésticas de su juventud y actualidad; la de un candidato campesino a alcalde que se traslada continuamente a los Estados Unidos, y más. Entre ellas, quizás la más sobresaliente sea la crónica de Javier Rodríguez, Kosmische cumbia, que se encarga de desentrañar los secretos vínculos que existen entre la cumbia boliviana y el post-punk, y que en el camino revela cómo los movimientos antes sincronizados del rock boliviano y la cumbia terminaron como antagónicos, con el rock llevando las de perder, en un escenario musical nacional que tiene mucho de distopía pluricultural.
Para conocer más a fondo esta nueva propuesta, en la que participan Álex Ayala, Maximiliano Barrientos, Willy Camacho, Liliana Carrillo, Liliana Colanzi, Christian Kanahuaty, Mario Murillo, Roberto Navia, Edmundo Paz Soldán, Darwin Pinto, Nicolás Recoaro, Giovanna Rivero, Javier Rodríguez y Leonardo de la Torre, Fondo Negro entrevistó a Fernando Barrientos.
—Entre los autores de Bolivia, a toda costa se reconoce a escritores, periodistas, sociólogos y otros. ¿Cómo se hizo la selección de los participantes? ¿Con qué criterios?
—Hace más de un año y medio convoqué a un grupo de autores, con trayectorias y oficios distintos, a que escribiesen, o me permitiesen incluir, textos de no ficción, crónicas, reportajes, etc. sobre algún “tema boliviano”. Algunos aceptaron, otros se excusaron, otros me hicieron esperar obligándome a dilatar el plazo de cierre del libro. En el camino también fui encargando textos específicos y visualizando poco a poco qué tipo de muestra quería conseguir. Intenté lograr cierto equilibrio y cierto contraste. Me parece que el criterio del antólogo es siempre arbitrario y autoritario.
—¿Por qué acercarse al país mediante el género de la crónica? ¿Habría algo en la naturaleza boliviana que privilegie un acercamiento de este tipo?
—Básicamente repliqué una idea que ya se hizo en libros como Dios es peruano, de Daniel Titinger, Dios es chileno (VVAA.); La Argentina, crónica de Maximiliano Tomas, entre otros. Tenía la intuición de que hacer el experimento acá podía resultar interesante y divertido. Estaba seguro que había historias que reflejaran de alguna forma lo que vivimos en el presente. Me interesaba lograr, con la selección de las crónicas, mostrar un retrato, limitado y falsamente real, como todo retrato, íntimo, del país.
—¿Crees que la crónica existe como género practicado y consumido en Bolivia?
—Existe en ambos casos (existe hasta un mínimo canon en mi opinión) pero me parece que aún está en una etapa poco explorada comparada con otras tradiciones y lugares. Por un lado, hay periodistas que practican dentro de su medio la cobertura de ciertas noticias desde la perspectiva del periodismo narrativo, y hay también algunos escritores de ficción que están interesados en probar otros registros que no sean la ficción. Además, desde las ciencias sociales se vienen probando métodos, como las etnografías, que con la observación participante intentan una mirada desde adentro, con una escritura casi directa de lo visto.
—¿Es, de alguna manera, Bolivia a toda costa una respuesta a Conductas erráticas (2009), antología de no ficción de recepción mixta? Te lo pregunto, sobre todo, teniendo en cuenta que varios de los autores de Conductas erráticas, que se anunciaba como la “primera antología boliviana de no ficción”, están presentes también en Bolivia a toda costa. Y también algunos de sus críticos.
—Es también un intento de respuesta a los críticos de Conductas erráticas, con los que hemos sostenido breves conversaciones levemente acaloradas. Había de su parte un reclamo hacía Conductas erráticas sobre el desvío de cierta rectitud que sonaba conservador y que sentí como una provocación. Más aún con un género tan anfibio, además de la cada vez más difusa frontera entre los géneros. La crónica, la no ficción, el relato de los hechos no es monopolio de ningún gremio. Igual no creo que se pueda cerrar un debate hasta ahora vigente sobre cómo tratar de plasmar por escrito, ética y estéticamente, sucesos y momentos pasados.
—En el prólogo se dice: “Acá se encontrarán distintas miradas y distintas graduaciones para narrar un presente agitado. Un tiempo con una carga intrínseca de novedad y cambio… Un momento irradiante desde la cultura, en el que se cuestionan estructuras de jerarquía y de legitimidad”. Así, ¿crees que la multiplicidad de miradas sobre el país y la plasticidad de un género como la crónica permiten cuestionar jerarquías que se levantan a pesar de la volatilidad del presente.
—Además del sesgo autorreferente, en la elaboración del libro estaba presente el sesgo sobre la actualidad (un dato que me parece importante es que todos los textos fueron escritos en el lapso 2006-2011). Creo que en los últimos cinco años, las cosas han cambiado, mucho o poco, nos guste o no. Y este cambio pasa por la cultura y la política. Somos un país que acaba de realizar su más reciente mutación estatal, y este update, de una u otra forma, podría estar reflejado en el libro.
—¿Por qué se dice que Bolivia es un país de ficción?
—Más allá del gesto provocador del slogan, creo que este país fue armado en la improvisación y en la contingencia. Territorialmente hablando, y como ya dijo alguien, éste es el país de lo posible. Aquí pasan cosas increíbles todo el tiempo.
—Si bien un par de crónicas lo tocan de frente, por lo general Bolivia a toda costa parece ser un libro alejado de ese deporte nacional por excelencia: la discusión política. Aunque esto no quiere decir, claro, que sea en absoluto un libro apolítico. ¿Por qué crees que se dio de esta forma? ¿Fue una elección consciente?
— Si bien, como dices, la política está tratada como tema específico sólo en un par de crónicas, en ocho de las 14 sale mencionado Evo Morales, lo que es algo que me parece sintomático y revelador. Yo no quería hacer un libro “político”, pero sabía que la política iba a estar presente, aún incluso cuando no estuviera específicamente tratada. La política es uno de nuestros temas diarios y hoy la sociedad está mucho más politizada que antes. Así que, por más que hubiese tenido otra intención, era inevitable que en un libro sobre Bolivia se vaya a registrar una de nuestras obsesiones como país.
—El Cuervo tiene ya diez títulos, y tres de ellos son antologías. ¿Por qué apostar fuerte por esta forma?
—Más allá de las críticas a las antologías como género (disolución del autor, sobrevaloración de la figura del antólogo, etc.), las antologías muchas veces permiten tomar posición colectiva sobre algún tema o posicionar tendencias que no estaban expresadas. Las que publicamos previamente, curadas por Salvador Luis, además de ser libros atractivos y notables, me parece que dotan al catálogo de una excentricidad que nos interesaba perfilar. Vamos a seguir con las antologías en la medida que sean propuestas interesantes y diferentes.




December 12th, 2011 → 8:46 am @ elpuercoespín
0