Iraníes, británicos, la diplomacia internacional y los nuevos usos de la muchedumbre, por Jon Lee Anderson

5 diciembre, 2011

No es un secreto que los norteamericanos son bastante impopulares en los círculos oficiales de Irán. Desde que la Revolución Islámica, en 1979, derrocó al Sha respaldado por Washington y reemplazó su dinastía con una dictadura teocrática, el apodo oficial en Irán para los Estados Unidos ha sido “el Gran Satán”. El odio ritual contra los pérfidos yanquis es representado en vivo en la televisión nacional durante las sesiones de rezo semanales de los viernes, a las que asiste una panoplia de ayatolas importantes y ministros de gobierno, y en las que los cantos de “Muerte a Norteamérica” son una parte esencial de la liturgia. Pero ciertos iraníes reservan siempre sus más grandes miedo y asco para los británicos, sus otrora amos coloniales, a los que consideran todavía preeminentes en asuntos de vileza global –con los norteamericanos actuando meramente como sus monitos amaestrados.

Esto puede ayudar a explicar por qué, en una breve repetición de la crisis de rehenes de cuatrocientos cuarenta y cuatro días ocurrida tres décadas atrás, la embajada británica en Teherán fue tomada por asalto el martes (29 de noviembre de 2011) por “estudiantes” iraníes. Pudieron causar destrozos –quemar un vehículo, destruir ventanas, tirar abajo la Union Jack y alzar la bandera iraní, así como, aparentemente, destruir documentos oficiales—antes de que la Policía iraní finalmente interviniera y los sacara de las instalaciones. La intrusión llegó apenas días después de su el gobierno de Su Majestad promulgara un paquete de sanciones estrictas –la suspensión de todo contacto con el sistema bancario iraní—tras un informe de la I.A.E.A. (NDT : agencia de control atómico) que planteó nuevas preocupaciones sobre las ambiciones de Irán en material de armas nucleares. Pocos días atrás, Irán anunció que expulsaba al embajador británico. Luego, llegó el ataque.

La embajada, ubicada en un boulevard importante en el centro de Teherán (oficialmente rebautizado como Avenida Bobby Sands algunos años atrás, para provocar a los británicos [NDT: Sands fue un combatiente del IRA que hizo huelga de hambre hasta morir en una prisión británica en 1981]), es un lugar histórico notable, un legado de los días en que Teherán era una ciudad muy vivible, incluso atractiva, de villas y árboles, en lugar de una metrópolis extendida con tráfico congestionado y nada encantadoras torres de departamentos. En una manzana entera, el terreno de la embajada es como un parque de árboles añosos y la legación misma, un mansión de madera de un solo piso de la época de la dinastía Qajar, es un delicioso edificio amueblado con alfombras persas invaluables, tejidas especialmente para sus habitaciones; sus paredes están adornadas con pinturas al óleo de gran valor histórico. En una visita, varios años atrás, el entonces embajador me mostró el lugar y me permitió hojear los álbumes de fotos en una mesa: contenían los originales del famoso retrato de la conferencia en Teherán de los Grandes Tres: Winston Churchill, José Stalin y Franklin Delano Roosevelt, realizada entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943.

En esa cumbre, los líderes conversaron tanto en la embajada soviética como en la británica. Debe haber parecido apropiado, dado que ambas naciones tenían el control efectivo de Irán después de haberla invadido juntas en 1941 y forzado la salida de su líder pro-alemán, Reza Sha, para reemplazarlo con su hijo Mohammed Reza Shah. En camino hacia la amplia terraza con columnas, el embajador me llevó a cierto lugar y me dijo luego que estaba parado en el sitio exacto en que Stalin había posado para una de las sesiones de fotos. Fue allí, en Teherán, me recordó, que los tres líderes aliados habían comenzado a planear la estrategia de la guerra contra Hitler. Allí habían convenido también, en principio, la formación de las futuras Naciones Unidas que garantizarían la paz y la seguridad en el mundo de posguerra.

Para ciertos británicos, las duraderas teorías de conspiración iraníes sobre ellos son una fuente de cierto orgullo y de extravagante nostalgia, el recuerdo de un tiempo en que Gran Bretaña era central en la política mundial en lugar de un actor secundario en retroceso. De modo similar, para algunos iraníes que miran atrás en busca de un tiempo lejano en que su nación imperaba sobre un gran pedazo de Asia Central, los británicos son un blanco conveniente de sus quejas históricas y el programa nuclear de Irán está destinado a restaurar a su país en el lugar que le corresponde entre las naciones líderes.

Pero la escena de hoy no solo se refería a iraníes y británicos: era un nuevo, doloroso recordatorio de las limitaciones de la diplomacia internacional en un mundo crecientemente polarizado, en el que muchedumbres que lo arrasan todo han reemplazado de hecho, en algunos países, a la política exterior.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.


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