Izquierda en EEUU (2): la nueva Obama es blanca y tiene 62 años, por Rebecca Traister

November 25th, 20111:33 pm @

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En la gira de campaña, en Massachusets, el mes pasado, con la candidata a senadora Elizabeth Warren, presencié actos de extremo encantamiento: una estudiante de veinte años saltando arriba y abajo, exclamando: “Mi Dios, estoy obsesionada con ella”; un estudiante de leyes de tercer año que la tuvo de profesora comparándola con un superhéroe (“La Mujer Maravilla desearía ser como la Profesora Warren”); un hombre parando a Warren en la calle y presentándose como el que recientemente le pasó una carta de amor en el avión (“Te estaba tratando de levantar”, dijo).

Warren ha sido algo así como un ídolo de la izquierda desde hace ya un par de años. Mientras encabezaba la revisión parlamentaria de TARP (NdT: Trouble Asset Relief Program, el programa creado por el presidente George W. Bush para comprar los activos de las compañías financieras en problemas en la crisis iniciada en 2008), ella, más que nadie, hacía las preguntas más duras sobre qué, exactamente, se hizo con todo ese dinero para salvar bancos. Y en su subsiguiente misión para crear un Bureau de Protección Financiera del Consumidor –que fue diseñado para hacer valer reglas largamente ignoradas que pretendían proteger a los consumidores de todo, desde acuerdos de tarjetas de crédito a hipotecas–, Warren se convirtió en invitada habitual de Bill Maher y Jon Stewart (NdT: conductores de programas progresistas sobre política), y ambos mostraron debilidad por la profesora que llamaba a las cosas por su nombre. Stewart le dijo que quería besarla.

Pero este otoño, exactamente cuando nuestro pronóstico económico comenzó a agriarse otra vez y Barack Obama parecía estar en su fase más ineficaz, la entrada de Warren en la carrera por la vieja banca de Ted Kennedy la convirtió de una cruzada de culto al héroe en algo más grande. Un video de Warren en una reunión de fondos en Andover, Massachussets, hablando sobre cómo “no hay nadie en este país que se haya hecho rico por sí mismo”, recordó a los liberales (progresistas) que había alguien allí afuera que todavía podía articular una fuerte visión del mundo pro-gobierno. “Si más demócratas fueran capaces de defender el contrato social subyacente de un modo tan efectivo, nuestro discurso sería muchísimo menos confuso”, escribió Steve Benen en un artículo del Washington Monthly que resumió lo que muchos liberales de todo el país estaban sintiendo.

Durante sus primeras semanas, la campaña de Warren reunió unos impresionantes 3.15 millones de dólares, 70 por ciento de los cuales vinieron de afuera del Estado y 96 por ciento de donantes que dieron 100 dólares o menos. Este último dato es crucial, porque una defensora de los consumidores que declaró recientemente que “la gente de Wall Street quebró a este país” no disfrutará, probablemente, de un gran respaldo del sector financiero. Para fines de octubre, tres de sus más grandes contendientes en la primaria habían abandonado.

Aun cuando compite por el Senado y no por la Presidencia, la temprana devoción a Warren recuerda el ardor alguna vez sentido por muchos respecto de Obama. De cara a ello, resulta extraño: Warren no es una oradora de alto nivel, no es joven ni brillante ni nueva, no burbujea con la promesa de una posibilidad norteamericana que hizo explotar la campaña de Obama. En cambio, es una profesora de leyes de quiebras de Harvard de modales suaves y una abuela con tres nietos, miembro del sector demográfico de la anciana dama blanca (tiene 62 años) que fue desestimado en 2008 como la antimateria de la esperanza y el cambio.

Y sin embargo, en un nivel más profundo, su popularidad tiene perfecto sentido. Abrazar a Warren como “la” próxima, es, en parte, una forma de sobreponerse a Obama; ella provee una distracción optimista del hecho de que bajo nuestro actual presidente demasiado poco ha cambiado, por razones que tienen que ver tanto con las limitaciones del sistema político como con las limitaciones del hombre en cuestión. Ella hace que la gente olvide que las estimaciones sobre él eran demasiado animadas, la confianza en sus poderes demasiado ferviente. Como me dijo la filántropa feminista Barbara Lee sobre Warren: “Este momento de desilusión es la razón por la que la gente la encuentra tan atractiva, porque saca lo mejor en la gente y le devuelva el entusiasmo”.

En la cena anual del Caucus Político de las Mujeres de Massachusetts, en el Fairmont Copley Plaza, Warren, que no era parte del programa de la noche, fue de mesa a mesa antes del evento, presentándose ante los invitados e ignorando alegremente un pedido del MC a la gente para que se sentara. Deslizándose fuera de la puerta cuando el programa comenzó, Warren fue rodeada por un trío de estudiantes universitarias. Hubo auténticos chillidos. Cuando mencioné a Warren que tenía fans, replicó: “Lo sé”, con una seguridad que las candidatas, a menudo, han encontrado difícil transmitir.

“Me hace sentir muy responsable”, dijo, mientras miraba a las jóvenes desaparecer en la noche. “Muy entusiasmada, pero muy responsable”.

Entre otras cosas, lo que Warren ofrece es una cara razonable y experta para el enojo que flota libremente y se halla a la vista pública actualmente en Occupy Wall Street y otros lugares. Se puede poner complicada sobre la economía cuando quiere, pero lo que la diferencia es su capacidad para contar una historia coherente y populista de un modo en que otros miembros de su partido no han estado dispuestos a, o han sido incapaces, de hacer.

Ha tenido mucha práctica hablando de estos temas. Cuando era una estudiosa de la ley de quiebras, Warren pasó décadas entrevistando no sólo a jueces y abogados, sino también a gente que declaraba la quiebra. En el proceso, dio vuelta la presunción de que los norteamericanos que cayeron en bancarrota eran sólo despilfarradores irresponsables. Ella y sus dos colaboradoras (Jay Lawrence Westbrook y Teresa A. Sullivan) argumentaron, mucho antes del colapso de los bancos y la crisis de las hipotecas, que años de desregulación dejaron una economía tan frágil que las familias podían ser empujadas a la quiebra por apenas un solo factor, como la pérdida del trabajo, el divorcio o la enfermedad.

También ayuda que Warren nunca antes compitió por un cargo. Como Obama en 2008, es una página en blanco sobre la que sus admiradores pueden proyectar lo que quieren ver. Durante el curso de su carrera, Warren ha sido capaz de abogar por gente en problemas sin realmene tener que trabajar para ellos –y, así, inevitablemente desilusionarlos. Lo que sus admiradores en la izquierda ven es una mujer que se eleva por encima de todo lo que es gusanil en Washington, incluyendo la lealtad partidaria indiscriminada. Como cabeza del Panel Revisor del Congreso sobre el TARP, Warren puso en la parrilla no sólo al jefe del Tesoro de Bush, Hank Paulson, sino también al nombrado por Obama, Tim Geithner. En audiencias públicas en 2010, presionó a Geithner sobre la exposición del sistema bancario ante malos préstamos comerciales y fallas del programa de ejecución de las hipotecas de hogares. Creyente en un mercado regulado que solía ser republicana, Warren rehusó decirme si votó por Ronald Reagan en 1980, y remarcó que aún su esposo de 30 años “no sabe a quién voté, y él duerme conmigo”.

En términos de temperamento, Warren se presenta como el opuesto de ciertos miembros rimbombantes y, algunos pueden decir, chauvinistas del equipo económico de Obama. Katherine Porter, una ex estudiante que ahora es profesora sobre ley de quiebras en la University of California, observó que, “para Elizabeth, un epíteto fuerte es ‘golly gee’ (NDT: “cáspita” o “recórcholis”)”. Warren me contó sobre una tarde, hace unos diez años, cuando levantó el teléfono de su oficina y quedó en shock al oír a un hombre insultar del otro lado. “Pensé ¡Few! ¡Mi primera llamada obscena!”. Justo antes de colgar, se contuvo. El acento sonaba familiar. Colocó el auricular de nuevo en la oreja y espero que su interlocutor tomara aire antes de preguntarle: “¿Senador Kennedy?”. Era en verdad el hombre por cuya antigua banca compite ahora, telefonéandole desde el baño del Senado para informar que los demócratas habían ganado inesperadamente una batalla por la legislación sobre quiebras. “¡Estaba tan acelerado!”, dijo Warren.

Pero la expectativa de que sea Mrs. Tiggy-Winkle (NdT: personaje de un relato infantil de Beatrix Potter: una erizo que lava la ropa para otros animales) también le permite llevar el cuchillo bajo el poncho. Carol Kenner, jueza retirada de quiebras, recordó haber contemplado a su amiga Warren, que fue a la Universidad gracias a una beca ganada por debate, enfrentar fieramente a otro académico que la atacaba. “Es un ejercicio para ella”, apuntó Kenner, “como nadar con una brazada más rápida”.

Mientras luchaba por la creación del Consumer Financial Protection Bureau (CFPB, Bureau de Protección Financiera del Consumidor), Warren contó a The Huffington Post que si no conseguía imponer una fuerte agencia defensora del consumidor, su segunda opción sería “ninguna agencia y un montón de sangre y dientes tirados en el piso”, una frase que ha sido impresa sobre imágenes de los manifestantes en Wall Street en un aviso republicano que la atacó. Cuestionada entonces en la CNBC por palabras que sonaban “innecesariamente agresivas”, Warren replicó: “Caramba, no sé. No me parecen agresivas para nada”.

La fiereza de Warren en la tierra de las demandas le ha ganado muchos enemigos, pero también ha movilizado una aspiración demográfica a tener una candidata que pudieran llamar propia. El Congreso sigue siendo apenas en un 16 por ciento femenino, y Massachusetts tiene una especialmente larga y mala historia de mujeres en política. Desde que los puritanos se asentaron aquí a principios del siglo XVII, más mujeres de Massachusetts han sido ahorcadas en los juicios de brujas de Salem (14) que elegidas para la Casa de Repesentantes (4), el Senado (0) o la residencia de gobernador (0, aunque Jane Swift sirvió como gobernadora sustituta de 2001 a 2003). Respaldada por mujeres comprometidas políticamente y frustradas recientemente por la deslucida campaña de Martha Coakley, quien perdió desastrosamente contra Scott Brown en 2010, Warren probablemente se beneficiará de cuatro siglos de energía contenida.

El costo de esta energía es que se le pedirá que esté a la altura de una fantasia que ha plagado a otros hacedores de la historia: que, en virtud de ser diferente de aquellos que los precedieron,  gobierne también de forma diferente.

“Si uno mira los países que han elegido mujeres presidentas”, me dijo Barbara Lee, “muy a menudo ha ocurrido cuando las cosas estaban tan mal que estaban dispuestos a darle una oportunidad a una mujer”. Sugerí que si el poder es entregado sólo porque se ha vuelto tan gastado que ha dejado de ser poder, se trata de una triste victoria.

Lee asintió. “Lo que sea que cueste”, replicó.

La pregunta de qué costará a Warren maniobrar en el Senado es particularmente espinosa dado que los objetivos de Warren suenan tan enormes, y quizás ingenuos, como las expectativas de sus seguidores.

“No quiero ir a Washington para ser co-promotora de alguna ley pequeña y tibia que no le importa a nadie”, me dijo. “No quiero ir a Washington para poner mi nombre en algo que haga un pequeño cambio en el margen”. En respuesta a mi sugerentencia de que debía hacer una campaña de base en parte porque no tendrá apoyo de los bancos, dijo: “Eso es absolutamente verdad si piensa que el objetivo es ganar. Para mí, se trata de más que eso”.

Y esas últimas palabras, que bordean el cliché, dan una pista de la tensión central que enfrentará el próximo año. Ha obtenido fuerza de la sinceridad y especificidad de su discurso, pero esa fuerza será socavada tan pronto como comience a lidiar con el lenguaje anodino de las campañas políticas. En el pasado, Warren ha sido clara en que no acepta que le pongan riendas. En el comienzo de una conferencia que dio en la University of California, Berkeley, en 2010, mientras estaba montando el C.F.P.B., refunfuñó sobre vivir “en un mundo en el que alguien tiene que leer mi discurso antes”. Veinte minutos después, se salió del guión, quejándose: “odio estar atada a algo; siento que este es un discurso aburrido”.

Ella insiste en que la regulación de sus palabras es menos un problema ahora que es candidata, técnicamente respondiendo a votantes y no al gobierno federal. Pero cuando le pregunté por teléfono si su equipo de comunicación no tenía ansiedad sobre su percibida libertad en esta materia, replicó: “Oh, están ansiosos, podés apostarlo”, y bromeó con que podía oír a su vocero de campaña “respirando fuerte en el otro lado de la línea”.

Uno puede ver la transformación en marcha ya. Cuando fue presionada sobre qué tipo de legislación formidable iba a buscar en concreto en el Senado, la organización de Warren entregó una adormecedora lista de prioridades de la que los demócratas han estado hablando por años: ella impulsará el gasto en infraestructura, educación y energía renovable. Trabajará para fortalecer los sindicatos y abogar por más regulaciones a los grandes bancos mientras se alivian las que hacen difícil a las pequeñas compañías y bancos comunitarios competir con los gigantes.

Estas son buenas ideas: hay una razón por la cual han sido durante largo tiempo los pilares de una imaginada revolución liberal. Pero también son las ideas que provocan que el Congreso se detenga con un chirrido y que, empaquetadas dentro del vago lenguaje de campaña, sean rápidamente vaciadas de sentido.

El declarado compromiso de Warren de marchar con el escudo en alto también la exponen a acusaciones de incoherencia o hipocresía. Warren ya ha sido golpeada en los nudillos por aceptar dinero de PAC (NdT: Political Action Committee o Comité de Acción Política, un mecanismo utilizado en los Estados Unidos para financiar las campañas eludiendo los límites puestos por la ley); por contratar a un lobbista, Doug Rubin, para aconsejarla en su campaña; y por aceptar una donación de 1.000 dólares de un lobbista de General Electric. Recientemente, la derecha ha sacado tajada de sus ingresos anuales de medio millón de dólares, argumentando de forma ilógica pero quizás efectiva que una persona rica que lucha por otras menos ricas debe ser un falso profeta.

Algunos críticos han argumentado también que Warren necesitará recalibrar su mensaje de modo que sea menos sobre las cosas terribles que han ocurrido a la clase media y más sobre cómo los votantes pueden ganar poder para sí mismos. “El peligro de su campaña es que está construida sobre la idea de que la gente es víctima”, dice Jim Kessler, un vicepresidente senior para políticas de Third Way y ex director de políticas para el senador Charles E. Schumer de Nueva York. “Si su entera campaña es sobre cómo la gente necesita ser rescatada de fuerzas poderosas que la rodean, creo que su atractivo será más limitado del que podría ser”. Kessler añade que cree, no obstante, que Warren ganará.

Cómo vender esperanza cuando tantos se sienten sin ella es el mayor desafío del mensaje de Warren. Sus simpatizantes puede estar dispuestos a olvidar los pasados cuatro años y renovar su fe en ella como su próxima salvación, pero Warren claramente es consciente de la disonancia respecto de lo que ocurrió cuando el último vendedor de cambios llegó a Washington.

“Pienso: 2008, eso es, ese es el momento clave”, dice Warren. “Pusimos gente sensata en Diputados, en el Senado, en la Casa Blanca”. Pero aún con el nuevo liderazgo, observó, “la gente que quebró el mercado redobló su apuesta en favor de políticas fallidas. No se suponía que ocurriera. Pero ocurrió”.

Warren contó cómo, en su trabajo para el C.F.P.B., quedó estupefacta por las “falanges” de lobbistas que la forzaron a correrse a un costado en los pasillos del Congreso; cómo, después de una reunión, podía dirigirse de regreso a su oficina para mirar números, mientras los lobbistas “llamaban por sus teléfonos celulares a un ejército de abogados bien entrenados que preparaban un memo a medida”.

La franqueza de Warren sobre las fuerzas alineadas contra la actual administración se enreda cuando habla sobre contra cuáles se hallará ella misma. De hecho, una de sus principales estrategias psicológicas parece ser mirar a otro lado ante realidades deprimentes. Me contó cómo, mientras trabajaba en Washington, unos informes decían que “había trillones de lobistas por cada miembro del Congreso”. Warren apuntó: “Tuve que mirar a otra parte, porque ninguna persona razonable hubiera seguido luchando en ese momento”. Cuando sugerí que si se convertía en senadora su oficina también estaría sobrepasada de lobbistas, se rió como si la idea fuera ridícula. “Mmm, va a ser divertido”, dijo. “Quiero saborear esa imagen”.

Pero los lobbistas estarán allí. Trillones de ellos. Y aunque Warren puede ver más allá de sus memos a medida, no significa que no perderá horas enfrentando a lobbistas o que no será forzada a negociar con ellos.

“Como su amigo, me preocupa si estar en el Senado de los Estados Unidos es el mejor o más alto uso de las capacidades de una persona extraordinaria”, dice Rob Johnson, un ex economista del Comité de Bancos del Senado. Añadió que no cuestiona la integridad de Warren, “pero respecto de la capacidad de cualquiera de ser funcional en Washington, es un largo trecho en la dirección opuesta”.

Si Washington fuera un lugar donde un político valiente fuera capaz de triunfar, Warren no estaría compitiendo por el Senado; estaría manejando la agencia de protección al consumidor que creó. Pero Obama ni siquiera la candidateó para el cargo. Quizás no quiso tener una pelea con los republicanos decididos a bloquearla; quizás estaba desgastado por aquellos miembros de su propio equipo a los que no les iba Warren o por demócratas como Chris Dodd, que sugirieron en público que ella carecía de la experiencia gerencial para dirigir la agencia. Pero ese es el punto: Warren se dirige hacia un cuerpo legislativo que muy probablemente la desgastará también. Estará empujando sus intentos de cambio sustancial directamente contra los mismos republicanos cuya existencia intimidaron a un presidente, en un Senado que ahora exige 60 votos para pasar una tarjeta de bienvenida.

Y no son sólo los republicanos los que no se alinearán del lado de Warren. Hay demócratas que hablan mucho de reforma financiera pero siguen profunda y firmemente comprometidos con los bancos. Miembros de su propio partido pueden odiar a Warren más que sus opositores ideológicos, porque si, de hecho, ella es tan libre como sus acólitos creen que es, los hará lucir mal.

Se rumoreó que Tim Geithner se opuso a la designación de Warren para dirigir el C.F.P.B. después del escrutinio público al que ella lo sometió, mientras que demócratas como Dodd hallaron formas de desacreditarla sin atacar públicamente su visión de unos Estados Unidos económicamente justos. Las críticas a Warren ya han incluido flechazos con algún tinte de género pensados para disminuirla, como las anónimas filtraciones del Departamento del Tesoro sobre cómo Warren se concentra más en las apariciones en los medios o en repintar su oficina que en montar una agencia.

Warren describió su motivación para entrar en política recordando la época en que Barney Frank la llamó al Capitolio durante los primeros días en que se escribía la última ley de regulación financiera. Warren no entendía mucho sobre el proceso, pero observó cómo los representantes discutían sobre temas específicos hasta que Frank preguntó: “¿Todo el mundo puede vivir con esto?”. Cuando recibió asentimientos, dijo: “¡Hecho!”, y los asistentes pusieron el acuerdo por escrito. Warren presenció el proceso varias veces antes de que Frank preguntara si alguien tenía algo que añadir.

“Dije: ‘¿Qué hay de las agencias de informe de crédito?’”, contó, tras advertir que el proyecto debía incluir el  monitoreo para asegurarse de que las compañías se comprometieran con prácticas justas. “Barney mira a toda la sala y dice: ‘¿Alguien tiene un problema con eso?’ y ellos dicen ‘No’, y él dice ‘¡Hecho!’, y todo el mundo lo anota. Pensé: ‘Guau’. La jurisdicción del informe de crédito fue añadida a la ley. “Esa fue la primera vez”,  dijo, “que entendí –y realmente bien—lo que significa estar en la habitación” (donde se deciden las cosas).

Tener a la persona correcta en la habitación puede significar algo. Pero no cambia todo.

No es que los simpatizantes de Warren no deban babearse por ella. Un aprecio formal por candidatos competentes jamás ha hecho explotar las urnas, y la dedicación política, por su naturaleza, requiere cierto grado de pensamiento mágico: privilegiar el optimismo sobre la experiencia de vida.

Pero mucha de la gente que mira a Warren, como hicieron con Obama antes que con ella, esperan cosas materiales –como ofertas de tarjeta de crédito legibles, o puentes seguros, o trabajo, o un voto para una ley que cree trabajos—que son, por el momento, tan imaginarios como los dragones y los que los matan. Y eso es peligroso, porque cuando la persona que decidimos que iba a arreglar las cosas no es capaz de cambiar mucho, no sólo nos deprimimos sino que nos rendimos. Confundimos los errores de nuestras propias estimaciones desmesuradas con promesas rotas. Y en lugar de aprender, razonablemente que una persona no puede hacerlo todo, nos convencemos que nadie puede hacer nada (…)

Aquí, versión original de este artículo. 

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