Libia: el hijo de Gadafi guarda los secretos de la complicidad de Occidente, por Jon Lee Anderson

November 23rd, 20116:31 pm @

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Pocos años atrás, mientras estudiaba teoría política y moral en la London School of Economics, una amiga mía de Pakistán, Rahilla Zafar, se halló preguntándose sobre el otro estudiante no caucásico de su clase. Era tranquilo, apenas mayor que los otros estudiantes y siempre vestía trajes Prada perfectamente entallados. Había algo indefinible en él que le sonaba mal, sin embargo, así que lo apodó, para sí, “El Sicario”. Eventualmente, descubrió que no era otro que Seif al-Islam, el segundo hijo del dictador libio Muammar Gadafi y su aparente heredero político. Retrató a Seif como solitario e inseguro y, a su pesar, sintió pena por él.

Ayer (el domingo 20 de noviembre de 2011), casi un mes después de la muerte brutal de su padre a manos de sus captores en Sirte (y, en forma separada, la de su hermano Muatassim), el egresado de L.S.E. fue capturado en el desierto del sur de Libia. Cuidaba una mano herida aparentemente en un ataque aéreo de la OTAN, pero estaba, en todo otro respecto, intacto. No opuso resistencia, de acuerdo con los combatientes que lo capturaron y transportaron por avión a la ciudad occidental  de Zintan, donde se proponían retenerlo hasta que sea sometido a juicio. Se han difundido unas pocas fotografías en que Seif Al Islam luce preocupado. Tiene derecho a estarlo, considerando los antecedentes de los milicianos de Libia: no sólo fueron asesinados su padre y su hermano después de su captura el mes pasado, sino que desde que Trípoli cayó, a fin de agosto, cuerpos de hombres ejecutados, a menudo con las manos atadas detrás de sus espaldas, han aparecido en toda Libia. Human Rights Watch ha investigado, documentado y denunciado cierta cantidad de casos similares.

La revolución de Libia ha decimado con creces a la familia Gadafi. Seif al-Islam era el último de los hijos de Gadafi de los que se desconocía el paradero. Además de Muammar y su hijo Muatassim, otro hijo, Saif al-Arab, murió en un ataque aéreo de la OTAN en Trípoli en abril pasado. Su hijo Khamis fue muerto en combate en Bani Walid en agosto. La hija de Gadafi, Aisha, y los hijos Hannibal y Mohammed lograron escapar a Argelia junto con su madre en agosto, y su hijo Saadi obtuvo refugio en el vecino Níger, adonde escapó en septiembre.

Si sobrevive a su detención en Zintan —no necesariamente una conclusión segura–, Seif al-Islam bien puede terminar en La Haya como acusado ante la Corte Penal Internacional, que ha emitido una orden para su arresto por crímenes de guerra en junio, junto con otras para su padre y su tío Abdullah al-Senussi, quien todavía se halla fugitivo. Si llega a la corte, Seif al-Islam podría llegar a comprometer a mucha gente, en Libia pero especialmente fuera de ella. Como un ejemplo de su disposición a hacerlo, cuando todavía se hallaba escondido, enojado por el liderazgo de Francia en la campaña de la OTAN para destronar a su padre, Seif afirmó que Libía había contribuido en secreto a financiar la última campaña electoral de Nicolas Sarkozy. Como pantalla de su padre en Occidente, Seif al-Islam también estuvo involucrado en las negociaciones que llevaron a la masiva compensación financiera a las familias de las víctimas del atentado de Lockerbie en 1988 y otros ataques terroristas de los que Libia había sido acusada. Seif también comandaba un fondo de inversión internacional libio que buscó –y encontró—amigos bien dispuestos y socios en todo el mundo.

Un rico amigo norteamericano de Seif que conocí en Gran Bretaña unas semanas atrás hablaba con envidia del estilo de vida de Seif. En Londres, dijo, este incluía una gran cantidad de “hermosas” ucranianas provistas por un club en el lujoso distrito de Mayfair, y en Trípoli, su propio zoológico privado con tigres blancos y una exuberante casa en la playa y otra en el campo de estilo marroquí. Fanfarroneaba con que Seif había disfrutado de tal influencia, de hecho, que “si hubiera pedido al presidente del Banco Central de Libia diez millones de dólares, éste se los hubiera dado sin hacer preguntas”. El amigo americano dijo que, pese a ser un “poco malcriado”, Seif era un “reformista de corazón” y que hasta que este año estalló la revolución y lo arruinó todo, había estado planeando tratar de convencer a su padre de aceptar una nueva constitución que había encargado a expertos para introducir un cambio real en Libia. “Hubiera traído reformas políticas y económicas extremadamente necesarias”, me aseguró su amigo, “aunque con su nombre atado al futuro” del país. Cuando se desató la revolución, Seif conmocionó a todos sus defensores y aliados en Occidente –y en Libia— al amenazar con aplastar a los rebeldes, a los que llamó “ratas”. Su amigo americano dijo en su defensa que Seif era el único hijo que no había tenido rol militar alguno, por lo que, convocado al lado de su padre apenas comenzó el levantamiento, se podía haber sentido obligado a cumplir con su parte y sobre-compensar con su estruendoso llamado a las armas.

Que Seif al-Islam no tiene ya futuro alguno en Libia parece fuera de duda. Pero será interesante ver cuántos otros futuros pone en riesgo si comienza a hablar. Si la Corte Penal Internacional quiere verlo alguna vez cara a cara, parecería prudente exigir garantías sobre su seguridad a las nuevas autoridades libias.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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