Los medios contra Wikileaks: Si Assange publicara en papel, no lo llamarían terrorista, por John Naughton

16 noviembre, 2011

Cuando un parlamentario le hizo notar a Ernest Bevin, ministro de Relaciones Exteriores laborista británico de postguerra, que su colega del gabinete Herbert Morrison era “su peor enemigo”, Bevin –que odiaba a Morrison– le dio esta famosa respuesta: “No mientras yo viva, seguro que no”.

Pienso en eso cada vez que Julian Assange, el fundador de  WikiLeaks, aparece en las noticias. El hombre parece, realmente, ser su peor enemigo, alejando a todos salvo a sus seguidores más fieles, repudiando su biografía “autorizada” y demás. La impresión que uno se lleva de la gente que ha trabajado con él es que, como compañero, hace que Steve Jobs se parezca a San Francisco de Asís. Pero la verdad es que Assange tiene enemigos mucho más formidables que sí mismo. Y muchos de ellos trabajan para lo que podríamos ahora llamar “los viejos medios”.

Esto quedó particularmente en evidencia cuando la controversia del “Cablegate” estalló, un año atrás. El gobierno de Estados Unidos, atravesado por su propia retórica al viento sobre la importancia de una Internet libre y abierta como el mejor azote para los regímenes autoritarios, se encontró de pronto en la picota del periodismo de la red. Y respondió lanzando un ataque feroz sobre WikiLeaks que ha sido analizado a fondo por el jurista de Harvard Yochai Benkler.

En su investigación, el profesor Benkler relata cómo el gobierno de Estados Unidos exageró por demás la dimensión de la real amenaza de WikiLeaks. Pero, más importante, también muestra la connivencia de los medios estadounidenses tradicionales en esta maniobra. Benkler analizó todas las coberturas de la época en la que se difundieron los cables diplomáticos y encontró que en los primeros quince días de la polémica unos dos tercios de las coberturas en Estados Unidos informaron erróneamente sobre lo que WikiLeaks había publicado y denunciaron que cientos de miles de cables habían sido “volcados” online cuando en realidad se había tratado de sólo unos pocos cientos de ellos, editados y sólo después de haber sido publicados por uno o más tradicionales diarios asociados con la iniciativa (The Guardian, The New York TimesEl País y Der Spiegel).

“El patrón de las malas coberturas en los medios noticiosos –sostiene Benkler– se corresponde con el patrón de exageración de los protagonistas gubernamentales, tanto funcionarios de la administración como senadores. Se alimentó una descripción de WikiLeaks como si se tratara de alguna organización terrorista, a diferencia de lo que es, un emprendimiento periodístico”. El vicepresidente Joe Biden describió a Julian Assange como “una especie de terrorista hi-tech“, una frase que para Benkler resume “la exagerada, subida de tono, irresponsable naturaleza de la respuesta pública y política a lo que fue, fundamentalmente, un momento de revelación periodística”.

Lo más deprimente del tratamiento que los viejos medios dieron a la controversia fue su implícita negación de que, en el fondo, WikiLeaks y las tradicionales organizaciones de noticias están en el mismo negocio –llámese publicar, por su interés público, información que otros grupos en la sociedad tratan de mantener en secreto. La idea de que WikiLeaks podría gozar del derecho a la misma protección de la Primera Enmienda que las organizaciones de noticias disfrutan no parece habérsele ocurrido a muchos de los periodistas de medios impresos que difamaron al sitio web y a su imprevisible fundador.

Y más aún, como expone Benkler, si Bradley Manning (el delator que supuestamente proveía a WikiLeaks información confidencial) “hubiera salido de una base militar de Oklahoma y le hubiera entregado un disco duro con archivos al editor de un pequeño diario local a 160 kilómetros de distancia, posiblemente no hubiéramos tratado a ese periódico de modo tan categóricamente diferente al New York Times. De hecho, reivindicamos al reportero local como a un baluarte contra la corrupción local”.

Totalmente. Al colaborar en el “montaje” contra WikiLeaks para pintarla como una organización terrorista, los viejos medios lo tornaban, implícitamente, en indigno de la protección constitucional (NDT: a la prensa). Y, peor todavía, esto les permitió pasar por alto lo que viene a ser una “tortura legalizada de Manning por parte de las autoridades estadounidenses”.

Lo más extraño de todo es que The New York Times, que-recuerdo- fue socio en la difusión de los cables diplomáticos editados, ha sido tal vez el medio tradicional más agudamente crítico de WikiLeaks. La semana pasada, su apreciado columnista de medios, David Carr, volvió a la pelea con un artículo sobre los actuales problemas financieros y otros de WikiLeaks y preguntándose: “¿es éste el WikiFin?”. Y pese a todo, el empleador de Carr es el mismo diario que reveló los Papeles del Pentágono en 1971, y que llegó hasta la Corte Suprema para defender su derecho a hacerlo. No puedo ver una gran diferencia entre lo que WikiLeaks hizo con los cables y lo que el New York Times hizo con los documentos del Pentágono.

La lección para los viejos y los nuevos medios por igual es simple: desde ahora, todos estamos juntos en esto.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

 


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