Guatemala: la desesperación trajo a este Presidente, por Carlos Dada

10 noviembre, 2011

Si algo debería mover un proceso electoral es la ilusión. La posibilidad de un resultado, y un ejercicio, que permita a una comunidad incrementar su calidad de vida y su felicidad. La convicción de que el voto sirve para avanzar el bien común, para abrir caminos, para montar espacios que permitan nuevos acuerdos, nuevos diálogos y nuevas ideas. Para que los nobles, para que los grandes, para que los mejores administren lo de todos y decidan hacia dónde guiarán a nuestra comunidad. Para eso debería servir el voto (Y cómo saben en España de estas cosas: de cuando hay y de cuando no hay).

En América Latina, el derecho a votar libremente es muy reciente. Salvo excepciones notables como Costa Rica o México, los demás países tuvieron que atravesar dictaduras caracterizadas, casi todas, por ejércitos que mantenían con la bota y el fusil el control político y social. La democracia significó, pues, el triunfo de los civiles sobre los militares; de las instituciones sobre las autocracias; de la libertad de expresión y de pensamiento sobre la tortura y la muerte.

El domingo pasado, Guatemala eligió a un ex militar para la presidencia. El general Otto Pérez Molina pertenece a la llamada Promoción 73, un grupo de militares activos durante el conflicto armado que dejó más de doscientos mil muertos en ese país, y que registró la eliminación sistemática de comunidades indígenas sospechosas de filias comunistas por el hecho de ser pobres. Pérez Molina fue director de la temible inteligencia militar y, antes, estuvo a cargo de un destacamento en la zona indígena de Nebaj, que no se salvó de las operaciones de “limpieza” que significaron muertos y desaparecidos por puños.

A su favor hay que decir que se granjeó la enemistad del dictador Efraín Ríos Montt y de un superior suyo considerado como uno de los mayores capos del crimen organizado en Guatemala. A su grupo militar, que se autonombró “El Sindicato”, las agencias de seguridad de Estados Unidos (muy activas en Centroamérica en los ochentas) le llamó “los progresistas que crecieron con las manos manchadas de sangre”.

Este espacio es insuficiente para intentar explicar las complejidades de la política guatemalteca que permitan entender por qué han electo a un militar como presidente. Hay que decir que el otro candidato, Manuel Baldizón, es un empresario con mucho menos carisma, vinculado al crimen organizado y cuya prepotencia le ayudó muy poco para ganar votos. A veces uno se pregunta si de verdad eran estos los mejores hombres con los que Guatemala cuenta para gobernar el país.

En Guatemala los partidos políticos son simplemente vehículos para transportar aspirantes a caudillos y que se mueren y nacen con cada elección. Pérez Molina fundó el Partido Patriota para competir por la presidencia y supo mantener el partido, la presencia en el Congreso y la candidatura como el gran opositor al gobierno de Álvaro Colom. Ganó en segunda vuelta con casi el 55 por ciento de los votos válidos en una elección con participación de poco más de la mitad de los ciudadanos con derecho a hacerlo.

Guatemala es hoy el país latinoamericano más cerca de convertirse en un Estado fallido. La penetración del narcotráfico y el crimen organizado en las estructuras del Estado, y el control territorial de los carteles de la droga, lo han vuelto ingobernable. Muchos alcaldes están al servicio de los narcos. Muchos fiscales. Muchos policías. Muchos jueces. El presidente Álvaro Colom tuvo que despedir a su jefe de seguridad cuando supo que lo estaba espiando; el mandatario debió haber pensado que, si ni siquiera podía confiar en su jefe de seguridad, pues ya no había mucho más por hacer.

El general Pérez Molina, que en 2007 perdió las elecciones contra Colom, mantuvo un solo mensaje durante la campaña: Mano dura contra los criminales. Con eso bastó. Ni siquiera necesitó explicar el origen de los fondos de su campaña, una de las más caras en la historia de Guatemala. Pero hoy, ante el fracaso de los gobiernos civiles para garantizar la seguridad pública, un militar fácilmente se vuelve atractivo si promete mano dura, porque la historia de nuestros pueblos demuestra que no tienen reparos de ningún tipo para eliminar a sus enemigos.

La desesperación de las poblaciones sometidas a una constante agresión de pandillas y carteles de la droga, y la incapacidad del sistema político de frenar esta agresión permite el ascenso político de militares como Otto Pérez. En otros países, más uniformados comienzan a asomarse, con el fusil en la mano.Esta vez los enemigos ya no son los comunistas, sino los narcotraficantes y los pandilleros. Esos que han comprado a alcaldes, diputados, empresarios, policías, fiscales y jueces. Esos que actúan, también, con la complicidad de militares. En Guatemala, en Honduras y en El Salvador. “En tiempos de mi general…” Esta es una frase recurrente en el vocabulario de estos países. “En tiempos de mi general ya no quedaría ni un solo pandillero”.

En sus primeras declaraciones a la prensa, Otto Pérez ha dicho que no militarizará Guatemala y que exigirá a Estados Unidos que, siendo el principal consumidor de drogas, ponga tres dólares para combatir el narcotráfico por cada dólar que ponga Guatemala. Pero que ese dinero servirá para profesionalizar a las fuerzas de seguridad. “Aquí no hay ningún regreso al pasado”, dijo. “Tengo vocación democrática”. Estas palabras son paradójicas cuando las pronuncia un militar. Pero un presidente que no ha comenzado su mandato merece, ciertamente, el beneficio de la duda. El general Otto Pérez comenzará a gobernar Guatemala en enero. Los militares están de vuelta. Por desesperación. No por ilusión.

Publicación original de este artículo, aquí.

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