El 9 de junio de 2002, me topé con un problema que puso mi vida patas para arriba. Fue en el aeropuerto de Detroit, cuando entraba al país. Me di cuenta de que algo no estaba bien cuando el agente de migraciones en la Aduana estadounidense deslizó mi pasaporte por el lector electrónico y se paralizó. “¿Hay algo mal?”, pregunté. Seguía paralizado. Instantes después, dijo “sígame, por favor”, y terminé en la oficina del Servicio de Inmigración y Naturalización (INS, por sus siglas en inglés) del aeropuerto.
Era un amplio salón lleno de lo que parecían extranjeros, el miedo estaba escrito en sus rostros. Era mi primer día en Estados Unidos y las cosas, evidentemente, no marchaban bien. Es típico que haya alguna confusión entre el INS y ciudadanos estadounidenses como yo, y cuando traté de averiguar con uno de los agentes por qué me habían llevado allí, pareció tan confundido como yo.
Finalmente, un nombre de traje oscuro se me acercó y me dijo: “Esperaba que usted fuera más viejo”. Le pregunté si, por favor, podía explicar qué estaba pasando, y dijo: “Va a tener que explicar algo usted mismo”.
Entramos entonces en el cuarto de interrogatorios, desierto, desnudo y blanco,
con una cámara en una esquina. Se sentó frente a mí en una mesa con forma de L y me pidió que le describiera el trayecto que había hecho desde que había dejado Estados Unidos. Me hizo varias preguntas detalladas por más de media hora y, entonces, de la nada, preguntó: “¿Dónde estaba usted el 12 de septiembre?”.
Afortunadamente, soy neurótico con eso de guardar archivos. Tenía mi palm conmigo, así que busqué el miércoles 12 de septiembre de 2001 en mi agenda. Le leí todo el contenido. “Pagar el alquiler del depósito a las 10; encontrarme con Judith a las 10,30; en clase desde las 12 a las 3; clase avanzada desde las 3 a las 6”. Leímos unos seis meses de mi agenda de citas. No creo que esperara que le diera tanto detalle.
Agregó: “¿Usted tiene un depósito en Tampa, no?”.
“Sí, cerca de la universidad”.
“¿Qué tenía ahí?”.
“Cajas con ropas de invierno, muebles que no me entran en el departamento, algunos descartes y cosas para liquidar en una venta de garage”.
“¿Explosivos no?”.
“Estoy seguro de que no tengo ningún explosivo”.
“Bueno, nosotros recibimos un informe de que usted tenía explosivos y de que se fue el 12 de septiembre”.
Dado que yo era muy cooperativo, y que además tenía registros muy meticulosos que mostraban lo que había hecho y cuándo, creo que empezó a darse cuenta de que tenía un informe equivocado.
Unas pocas semanas más tarde, un oficial del Departamento de Justicia llamó a mi oficina en Tampa y me dijo que quería hablarme sobre mi entrevista en Detroit. Me pidió acudir al edificio del FBI en el centro, donde me llevó a un cuarto en el que, con otro agente federal, me interrogó sobre dónde había estado y cuándo, y si había sido testigo de actos que podrían ir contra los intereses de Estados Unidos o de otro país, y si me había reunido alguna vez con alguien de Al Qaeda, la Jihad Islámica o Hezbollah. El agente del FBI parecía tener bastantes detalles sobre asuntos como la diferencia entre la ruta de los autobuses regulares y los de Hezbollah en Beirut y las personas homenajeadas en la estatua de la entrada de la American University allí. Sus conocimientos me intimidaron.
Pude haber cuestionado la legalidad de la investigación y haberme procurado un abogado. Pero pensé que las cosas se enredarían más. Estaba claro quién tenía el poder en esa situación. Y cuando estás cara a cara con alguien con tanto poder, te comportás de una manera desacostumbrada. No te animás a dar un paso. Te recostás sobre tu instinto y hacés lo que haga falta para sobrevivir. Les dije todo.
Los interrogatorios continuaron por los siguientes seis meses y terminaron con una serie de examines poligráficos. Tenía que hacerlos para satisfacción de los agentes. Por fin, un agente interrogador me dijo que había quedado limpio, que todo estaba bien y que si necesitaba algo lo llamara. Yo planeaba viajar en las semanas siguientes y me ponía nervioso la entrada al país. Se lo comenté y me dijo que lo llamara con la información sobre mis vuelos para encargarse de todo.
Poco después, llamé al FBI para reportar mi paradero. Opté por eso. Quería asegurarme de que el buró supiera que no estaba haciendo ningún movimiento brusco y que no estaba huyendo a ningún sitio. Quería que supieran dónde estaba y qué estaba haciendo en ese lugar.
Pronto empecé a enviar mails al FBI. Empecé a enviarles mails cada vez más extensos, con fotos y links de websites que había hecho. Redacté un viejo código para devolverme una llamada y lo convertí en un sistema para rastrearme.
Mi idea era más o menos ésta: “¿Querés seguirme? Bueno, yo puedo vigilarme a mí mismo mejor que ustedes y puedo tener un nivel de detalle sobre mí que ustedes nunca van a tener”.
En el proceso de reunir datos sobre mí mismo y entregárselos al FBI, empecé a pensar sobre lo que los agentes de inteligencia podrían no saber sobre mí. Hice una lista de cada vuelo que tomé desde que nací. Para los vuelos más recientes, anoté el número de vuelo, registrado en mi cuenta de pasajero frecuente, además de incluir fotografías de comidas que consumí en cada vuelo, así como fotos de cada cuchillo provisto por cada aerolínea en cada vuelo.
En mi website, reuní varias bases de datos que mostraban los aeropuertos en los que había estado, los alimentos que había comido en casa, los alimentos que había comido en el camino, las camas de hotel donde me había tocado dormir, las cocheras de los estacionamientos de la Interestatal 80 donde había estado, las estaciones de tren vacías que había visto, así como detalladles como fotos de tacos que había consumido en Ciudad de México entre el 5 y el 7 de Julio, y los baños que había usado.
Estas imágenes parecían vacías, y podían ser de cualquier lugar, pero no. Eran archivos extremadamente específicos de mis viajes hacia determinados sitios. Hay 46.000 imágenes en mi sitio. Confío en que el FBI las haya visto a todas. Los agentes saben dónde compré mi pasta saborizada de pato, o el kimchi, o el detergente para lavar, porque les dije todo.
También les pasé las capturas de pantalla de mi información financiera, registros de comunicación y boletos de transporte. Los visitantes a mi sitio pueden cruzar estos registros con mis imágenes del mismo modo en que el FBI cruza sus datos. Les di información sobre terceros (mi banco, mi compañía de teléfonos, etc) que pueden certificar que estuve en los lugares indicados, en las fechas y horas detalladas en mi website.
La gente que visita mi sitio –y los registros de mi servidor indican repetidas visitas de parte del Departamento de Seguridad Interior, la CIA, la Oficina Nacional de Reconocimiento y la Oficina Ejecutiva del Presidente– no encuentran la información claramente organizada. De hecho, la interfaz que uso es deliberadamente poco amigable. Hace falta mucho trabajo para relacionar los miles de puntos de información disponibles. Poniendo todo sobre mí a la vista, les estoy diciendo a la vez todo y nada sobre mi vida. A pesar de la carrada de información hecha pública sobre mí, vivo una vida sorprendentemente privada y anónima.
En una era en la cual todo se archiva y se rastrea, la mejor manera de mantener la privacidad podría ser mostrarlo todo. Las agencias de información operan en una industria que valora los datos. El acceso restringido a la información es lo que los hace valiosos. Si elimino al intermediario e inundo el mercado con mi información, la inteligencia del FBI no tiene nada valioso sobre mí. Hacer pública mi información privada devalúa la moneda de información que los colectores de información han reunido.
Mis actividades podrían ser simbólicas, pero si los 300 millones de habitantes (de los Estados Unidos) empezaran a enviar información privada a los agentes federales, el gobierno necesitaría contratar a otras 300 millones de personas, posiblemente más, para lidiar con la información y tendríamos que rediseñar nuestro sistema de inteligencia.
Alemania del Este trató de hacerlo hace décadas. No resultó un gran plan para ellos. Tenemos agentes de inteligencia increíbles y sistemas de computación muy complejos en varias agencias de Washington, pero la cultura de esas oficinas nos advierte que podemos terminar envueltos por una mentalidad de la Guerra Fría (Hay gente en Washington que todavía se refiera a China como la “China Roja”). Por suerte, alguna gente en el gobierno ha empezado a advertir que reunir información es menos útil que averiguar cómo analizarla.
Cuando empecé hablando de mi proyecto en 2003, la gente pensaba que estaba loco. ¿Por qué alguien le diría a todos todo lo que estaba haciendo todo el tiempo? ¿Por qué alguien querría compartir fotos de cada lugar que visitó? Ahora, ocho años después, más de 800 millones de personas hacen lo que yo estuve haciendo cada vez que actualiza su estatus o postea una imagen o le da un toque a alguien en Facebook (sólo pongan esto en perspectiva: si Facebook fuera un país, sería el tercero más poblado del mundo, después de China e India). ¿Loco?
Lo que hago ya no es un proyecto. Crear mis propios archivos se ha convertido en lo más corriente, algo que todos –o al menos cientos de millones de nosotros– estamos hacienda todo el tiempo. Lo sepamos o no.
Hasan M. Elahi es un profesor asociado y artista interdisciplinario de la Universidad de Maryland.



November 1st, 2011 → 4:10 pm @ elpuercoespín
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