La revolución de Libia es sexual, por Ellen Knickmeyer

28 octubre, 2011

Janzour, Libia. Cuando se trata de amor, la Libia de Muammar Gadafi  no trajo suerte al camionero Ahmed Nori Faqiar, un soltero de 33 años. Su apariencia lo habría beneficiado si sus padres le hubieran conseguido un dentista. La falta de medios lo obligó a vivir infelizmente en su hogar paterno hasta bien entrada su adultez. Casarse, una casa propia, niños: sueños todos que, hace rato, armados de valor, los ásperos libios habían abandonado.

“Antes ni siquiera me atrevía a mirar a las mujeres como posibles esposas, porque sabía que no tenía con qué afrontar la boda”, dice Faqiar. En estos días, viste el desarreglado camuflaje de los rebeldes de Libia y luce un pañuelo envuelto en su cabeza, al estilo pirata. Lleva un arma. Es un veterano de las luchas para  liberar a los libios del régimen de Kadafi: y son las mujeres la que le hablan a él. “Las chicas del lugar vienen y te dicen ‘gracias, estamos orgullosos de vos, nos hiciste feliz’”, me dijo Faqiar noches atrás. Hablaba al pie de un festín de camello y cuscus  que la gente había servido en este suburbio de Trípoli para varios miles de jóvenes rebeldes, después de faenar a una decena de animales.

Desde unas tarimas improvisadas, algunos oradores elogiaban a los jóvenes combatientes rebeldes entrada la noche. Cientos de excitadas jóvenes y niñas con turbantes se mezclaban en torno de  jóvenes armados con rifles, una novedad irresistible para miembros de los dos géneros reunidos en la multitud.

Las relaciones entre los libios y las libias –profundamente distorsionadas por la negativa del excéntrico líder libio a asegurar  oportunidades a los jóvenes– han cambiado “ciento por ciento” en los días que han pasado desde la caída de Gadafi, dijo el joven rebelde. Sus camaradas lo escuchan y asienten.

“Gracias a Dios”, apunta Faqiar.

Muy cerca,  jóvenes –un grupo de primas y de vecinas, agrupadas, vistiendo polleras largas, camisetas y cabezas cubiertas– también asienten, y ríen sobre la posibilidad de escoger un marido entre los rebeldes cuando la guerra haya terminado.

Antes de la revolución, las jóvenes de su edad “sólo daban vueltas por las calles, sin futuro. No me importaba nada de ellos”, dijo Esra’a el-Gadi, de 20 años. “Ahora, los miro bajo una luz completamente distinta: ellos se enfrentaron a Kadafi. Eso dice algo”.

“Los veíamos como una juventud perdida”, comenta Rahana-el-Gadi, de 19 años, sobre los muchachos de su generación. “Ahora estamos sorprendidos, tanto como para notar de lo que son capaces”, agregó. “Soñamos con el día en que vuelvan, les vamos a dar la bienvenida”.

Bromas que corren por teléfonos celulares a través de Libia confirman la redescubierta elegibilidad de los jóvenes civiles devenidos en combatientes.

“Olviden a los doctores y a los ingenieros. Queremos casarnos con un rebelde”, cita uno de los mensajes de texto más reenviados. “¿Busca un rebelde para casarse?”, pregunta otro. “Presione M por un esposo en Misrata, B por un esposo en Benghazi”…

Pero Libia es, con todo, un país profundamente islámico y muy pocos –si acaso algunos– de los jóvenes y las jóvenes que no se conocen se dirigen la palabra, más allá de las reuniones nocturnas que siguieron a esos festines de carne de camello. Sólo una vez durante mi visita del  mes pasado, en la Plaza de los Mártires de Trípoli repleta de multitudes celebrando cada noche la destitución de Kadafi, pude ver a un esbelto rebelde armado y a una mujer con pañuelo en su cabeza intercambiándose números de teléfono, celulares en mano y discretamente, en un aparte. “Esto nunca hubiera pasado antes”, me dijo conmovido mi colega libio.

Pero el despertar de los romances en tiempos de guerra significa en Libia mucho más que el vértigo de derrocar a un viejo dictador que gobernó cuatro décadas.

Con dictadores cayendo en parte de Medio Oriente y el Norte de África, los hombres y mujeres árabes  en naciones liberadas esperan reparar una de las más profundas y dañinas inequidades forjadas por gobernantes como Gadafi: la falta de oportunidades que atrofió cada aspecto de la vida de los jóvenes de la región.

 

La region árabe tiene el segundo porcentaje más alto de jóvenes en el mundo. Casi dos de cada tres árabes tiene menos de 30 años, un nivel sólo superado en el África Subsahariana. Y Medio Oriente y el Norte de África exhiben la peor tasa de desempleo juvenil y general de todo el planeta.

Años atrás, algunos politólogos, incluidos Diane Singerman, comenzaron a usar el término “waithood” (algo así como “situación de espera”, NDT) para describir el horrible panorama de las jóvenes generaciones en el mundo árabe. Incapaces de encontrar trabajo, millones de jóvenes estaban condenados a vivir en un hogar infeliz porque no podían sufragar un matrimonio. Y en las conservadoras sociedades islámicas, casarse es para muchos la única manera que hay de independizarse dignamente y hacerse una vida propia.

Para el común de los jóvenes árabes esto significa que “si están desempleados, no tienen la posibilidad de convertirse en adultos”, me había dicho el año pasado Singerman, un profesor asociado de la American University de Washington D.C.

En la región, el promedio de matrimonios se ha hundido –y no porque la mayoría de los millones de jóvenes árabes, hombres y mujeres, estén disfrutando de sus años de solteros.

Los jóvenes libios la pasaron especialmente mal. Gadafi fracasó en crear trabajos bien pagos para los jóvenes y destruyó trabajos con esquemas socialistas erráticos que encorsetaron la economía libia.

 

Tanto es así, que el gobierno libio estimó oficialmente el desempleo en años recientes en el 20 por ciento, dos veces más que la tasa regional más alta. Como hicieron notar diplomáticos en Libia durante 2009, según cables  difundidos por WikiLeaks, más del 60 por ciento de los afortunados libios con empleo trabajaban para el Estado. Gadafi, de modo quijotesco, bloqueó el aumento de salarios por décadas en la mayoría de los trabajos. La mayoría de los empleados libios con los que hablé me dijeron que ganaban unos pocos cientos de dólares por mes. A pesar de la gran riqueza petrolera de Libia, el PIB per cápita es de menos de 10.000 dólares.

 

Una boda puede costar casi lo mismo en Libia, me dijo un joven. Casarse en Libia es particularmente caro, con días y días de celebración y dotes en oro. La vivienda es escasa y los pretendientes hacen largas filas para conseguir una antes de casarse.

El resultado son incontables historias de mala suerte. En una visita durante 2007, me encontré en Trípoli con una familia de seis hermanos y hermanas, instruidos, de entre 20 y 30, todos ellos con sus trajes de boda ya comprados pero sin esperanzas de poder usarlos. Las historias de la mayoría de los jóvenes libios que entrevisté, entonces y otra vez este año, eran variaciones sobre el mismo tema.

“Lo que él está diciendo, vale para todos nosotros”, comentó un chico libio de unos 20 años que traducía para mí mientras hablaba con Faqiar, el combatiente rebelde, sobre su falta de posibilidades antes de la revolución.

Nadie en el régimen de Libia parece haberse tomado la molestia de encarar el problema. Las jóvenes libias tienen la idea de que hay pocos jóvenes con los que casarse por la cantidad de víctimas que dejaron las aventuras militares de Gadafi en Chad o donde fuere, y por la falta de empleo.

“Si tratara de contar a los solteros entre nosotros, no podría, se equivocaría seguro… ¡hay demasiados!”, dice  Rahana el-Gadi, la joven de 19 años que asiste a la reunión de rebeldes en Janzour.

El malestar por la falta de oportunidades para casarse quedó reflejado en una inesperada declaración del último fin de semana, en un discurso triunfal del líder del opositor (hasta la  muerte de Gadafi, NDT) Consejo Nacional Libio, sobre la reinstalación de la poligamia en el país, limitada por Gadafi. Pero como, según el Islam, sólo aquellos con medios para sostener a todas sus esposas por igual pueden tener más de una, facilitar la poligamia podría hacerles las cosas todavía peores a los jóvenes solteros de modesto pasar.

¿Tendrá toda esta frustración impacto en el curso de la revolución en Libia?

En 2009, un artículo de la revista The Economist mencionó el problema de la “situación de espera”, pero descartó que pudiera tener algún impacto político. “No es el tipo de cosas de las que estén hechas las revoluciones políticas”, escribió la revista.

 

Los jóvenes árabes me dijeron algo distinto después de la Revolución. En Janzour, pregunté a Faquiar cuánto había influido su falta de esperanza de una vida normal (trabajo, matrimonio, hogar propio, niños) en su decisión de tomar las armas. “Ciento por ciento”, me dijo, sonriendo.

Este año en la región (Libia, Túnez, Egipto y Yemen), muchos –aunque no todos los– jóvenes manifestantes y combatientes me dijeron lo mismo. “Ninguno de ellos tiene nada que perder. Han visto desperdiciar sus vidas”, dijo Israa Khalil, una mujer de 25 años, en Trípoli, refiriéndose a sus amigos y conocidos. “Así es que se fueron todos a luchar”.

 

Durante años, los líderes árabes manejaron todo este asunto de la juventud y de la postergación de los matrimonios como “un asunto divertido”, me dijo Singerman. La actitud fue: “Es un asunto cultural, así que no deberíamos prestarle atención. Pero ya no se ríen más”.

Con el tirano fuera de circulación, los líderes de la transición han prometido aumentar los salarios artificialmente rebajados por Gadafi. Jóvenes libios –combatientes, activistas o simples espectadores– dicen que ahora esperan que sus vidas mejoren según el país se saca de encima la excentricidad y aislamiento de Gadafi.

Por lo pronto, me dijeron Khalil y un grupo de muchachas de Trípoli, hombres y mujeres se han desprendido de la noción de la era Gadafi de que el otro sexton implica enredos peligrosos o imposibles, visto que todos sabían que pocos pretendientes podían afrontar un matrimonio.

En la sección “familiar” de un café de Trípoli, Khalil me contó la historia de un episodio ocurrido en una tarde de agosto, durante la revolución. Al atardecer, con disparos sonando a su alrededor, ella y otras mujeres y niñas saltaron de sus casas con aguas y sandwiches para los jóvenes combatientes que habían estado observando durante el Ramadán.

Las mujeres, corriendo, gorjeaban con sus lenguas tratando de levantar el espíritu de esas bandas de rebeldes desconocidos en su camino al frente de batalla. Conmovidos, con lágrimas en sus ojos, ellos aceptaban la comida, contó Khalil.

Antes, “había una barrera”, y la desventura de los jóvenes merecía piedad, dice Khalil.

“Ahora, es el hombre que me protege. Desde la revolución, tengo la confianza de ir y decirles “gracias”  y que a cambio ellos ganen confianza en sí mismos. Sabemos que nosotros fuimos parte de esto. Y ellos también saben que fuimos parte de esto”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

http://www.foreignpolicy.com/articles/2011/10/26/libya_sexual_revolution?page=full

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