El capitán Astiz y la pérdida del alma, por Gabriel Pasquini

26 octubre, 2011

No soy tan viejo, pero siento de un modo muy agudo que nací en un tiempo antiguo, una era anterior que ha desaparecido para siempre y de la que sólo quedan ruinas que algunos revolvemos con nostalgia y otros por mera arqueología.

Nací en 1966, es decir en el siglo previo a éste; pero ni siquiera esa separación de siglo alcanza a transmitir la dimensión del abismo que separa ese momento del actual.

Siempre hemos tenido narraciones que nos explicaran el mundo, que nos dijeran en términos épicos quiénes éramos, adónde íbamos, cuáles eran nuestras opciones en el corto tiempo de nuestras vidas.  Sin importar cuán escuálida fuera la realidad, en ellas se nos presentaba como parte de una trascendente aventura colectiva. Por siglos, nuestra parte de la humanidad vivió bajo alguna de las religiones del Libro –fuera Torá, Biblia o Corán. Y aun cuando su narrador y protagonista, el Dios único, fue declarado muerto en Occidente, nos dimos pronto otras Grandes Narraciones –como serían llamadas luego, cuando ya no estaban.

Esas narraciones –marxismo, psicoanálisis, etc.– contenían héroes como la clase obrera y villanos como la burguesía y sus esbirros; peripecias dramáticas, como la revolución o la alienación o la lucha de clases o la Guerra Fría; y mundos oscuros y complejos, como el inconsciente o el socialismo “real”. Hasta había un Fin de la Historia –¿qué auténtica narración carece de final?–, paradisíaco como en el Manifiesto Comunista o terrible como en 1984.

Uno podía adherir o combatir estos relatos en nombre de otros –la preservación del viejo orden, Dios, Estado o Nación–; si era más sofisticado, podía incluso discutir las ideas modernas que los sustentaban: la del progreso irrefrenable de la Historia, o la de que ésta posee un protagonista estelar, como la clase obrera o el pueblo elegido; o la de que el “yo” fuera expresión convincente y total de una voluntad más o menos homogénea. Pero lo que no podía –so pena de caer en la ingenuidad, la idiotez (útil o inútil) o la simple nulidad de una vida sin sentido—era sustraerse a ellas, negarlas, pretender que no estaban allí; porque, como se decía entonces, aún la no posición, la indiferencia, era, dentro de estas Narraciones, sólo un rol más, uno de los papeles que nos eran asignados, lo quisiéramos o no, por la poderosa marcha de la Historia.

Cuando, a mis 23 años, estaba más que listo para vivir mi  capítulo de la épica colectiva, esta se marchitó de un golpe, como había ocurrido con Dios. Tal vez había comenzado a morir antes, pero se expidió el certificado de defunción en ese año, 1989, y fue sepultada  oficialmente bajo los escombros del Muro de Berlín.

De pronto ya no había lucha de clases, progreso o sentido de la Historia; de pronto ya no íbamos en dirección alguna –excepto, quizás, de compras al shopping center o a sentarnos ante alguna pantalla.

De pronto, esas Grandes Narraciones que unían pasado, presente y futuro eran meros cuentos para niños –sólo se las podía mencionar con el tono risueño y condescendiente con que se recuerda uno a sí mismo en la edad de la inocencia.

De pronto, habíamos crecido –una extraña madurez, que nos exigía ser perpetuamente jóvenes. Habíamos acabado con las ficciones para siempre. Estábamos en la era del presente eterno y el absoluto yo –de las sensaciones, percepciones, íntimas inquietudes. Lo que puedo ver, tocar, sentir. Una crónica de yo- sobre-mí-en-lo-que-respecta–a-cuanto-me-abarca.

Como la luz, el gas, el aire y el agua, la narración se había privatizado. El guión había desaparecido: éramos actores librados a la improvisación. La desaparición del autor –Dios, Historia o Ideología— nos había dejado completamente solos.

Esta orfandad nos ha convertidos a todos en escritores. Ahora, cada quien debe fabricarse su propio libreto (o, en todo caso, creer que lo hace. La realidad, antes o ahora, era y es otra cosa).

El sentido de la existencia, entonces, ya no se encuentra en los grandes tomos de la filosofía y la ciencia –tal vez porque ya no hay grandes sentidos. La pequeña verdad de nuestras vidas contemporáneas había que buscarla en la literatura de ficción, porque esta era y es la tarea constante de estos días: inventarnos la ficción individual en que vivimos.

Creo que este ha sido y es el gran tema de mi generación, el tema de una crisis colectiva pero sobre todo nuestra: la crisis narrativa. Hemos visto el abrupto final de una historia –es más: su virtual borrado, el esfuerzo colectivo de amnesia, el olvido deliberado de que alguna vez existió—y el brotar de otras nuevas, con su pretensión de inocencia, juventud, frescura, espontaneidad. Es como asistir al sucederse de las obras de teatro entre bambalinas, como presenciar  espectáculos de magia con los artilugios mecánicos a la vista. Los que nos siguen podrán disfrutar del espectáculo, gozar de su alegada ignorancia. Nosotros estamos arruinados.

Para entenderlo, también yo me dediqué a la ficción. Comencé por el principio. Si nuestra generación está  perdida, ¿qué pasó con las precedentes? ¿Qué, específicamente,  con esos hombres y mujeres que sellaron sus destinos, quemaron sus almas en nombre de una presunción que, de un día para el otro, fue sencillamente archivada como un error?

“Yo maté por un pronóstico y ahora me dicen que lloverá”, protesta el narrador de mi primera novela, “La Fe de los Traidores”, un ex guerrillero encerrado voluntariamente en una isla que es también la de su derrota –o la de su imposible supervivencia en una época ajena en todo posible sentido. En ella intenta, en vano, escribir en una novela digna del siglo XIX la historia que lo ha llevado hasta allí. Es un relato que por momentos se desborda en personajes y asuntos, e inevitablemente se interrumpe una y otra vez (¿cómo establecer un continuo, cómo tender una línea entre el pasado y el presente sin una idea de futuro?), en la que un italiano viaja en barco de inmigrantes a fundar el Partido Comunista en América por encargo de Lenin –y en ese último día de navegación antes de llegar al Nuevo Mundo se define su vida y acaso la de todos, entre la enfermedad agónica de su hijo, los recuerdos de la revolución que quizás ya fracasó, unos secretos a punto de ser develados y el microcosmos de una Europa que llega por mar a legarnos sus traumas.

El personaje ya no puede escapar de su encierro porque no hay forma de que su pasado terrible se justifique en este presente, que su vida aún tenga algún sentido en este mundo que ya no es suyo.

Pero ¿y los vencedores? ¿No era éste el mundo por el que habían estado dispuestos a todo?

Esta es la pregunta que me llevó a una segunda novela, en la que un capitán de la Marina reconstruye la historia (argentina) que lo ha convertido en un muy especial tipo de monstruo: un monstruo consciente de serlo, de haberse quemado en el fuego, para siempre, en nombre de una idea del deber o del país. Aún vencedor, era otra extraviada criatura de la Guerra Fría, uno de los tantos hombres seducidos y abandonados por la Historia.

Tuve que imaginarlo, porque jamás lo encontré. Padecí mi adolescencia bajo la dictadura militar; vi a mi madre conducida a un interrogatorio en un anónimo Falcon verde. Busqué respuestas. Fui periodista durante casi tres décadas. Entrevisté a militares y policías, torturadores y cómplices, víctimas y testigos para entender quiénes eran esos hombres que entraron en mi casa y que podrían haber acabado con mi vida o la de mi familia. Pero nunca logré encontrar a aquel que pudiera revisar o simplemente contar cuanto había hecho y vivido sin una hipócrita o embrutecida reivindicación. Contaba con la reivindicación, claro –el arrepentimiento está muy lejos aún, quizás en ese punto del espacio y el tiempo en que las paralelas se juntan–,  pero esperaba dar con alguien que, sin renegar de los motivos o, incluso, de los resultados, pudiera ver el tamaño de cuanto había hecho sin mentirse.

No lo encontré porque quizás no existía. En secreto, sin embargo, pensaba en alguien: en un hombre atroz y real del que había oído por demás.

Y no era el único que pensaba en él.

¿Qué volvió especialmente notorio al (ex) capitán Alfredo Astiz?  No era más cruel que otros y sólo tenía un rango menor en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), ese centro de cautiverio, tortura y exterminio en el que encontraron su muerte miles de personas. Hubo algunos motivos.

Astiz fue el primer “represor”, como se lo llamaría luego, con que los familiares de las víctimas trataron en forma directa. Obligando a una prisionera a pasar por su hermana, logró ser aceptado en las primeras reuniones de familiares que buscaban saber qué había sido de los secuestrados por la dictadura militar. Las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo,  Azucena Villaflor de VicentiEsther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco , las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, y los activistas Ángela Auad, Remo Berardo, Horacio Elbert, José Julio Fondevilla, Eduardo Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo fueron secuestrados y asesinados, tras ser señalados por el infiltrado Astiz. Poco después, su foto circulaba en el exterior como uno de los agentes secretos de la dictadura. En tiempos en que hasta algunos diarios y revistas negaban la existencia de los campos o de los “desaparecidos”, como los consideraba el gobierno, ese joven cuyo nombre verdadero aún desconocían fue el primer rostro claro, la primera encarnación viva de esa muerta oscuridad que había engullido a tantos.

Ya en democracia, Astiz, identificado con nombre y rango, fue acusado de causar la muerte de víctimas “inocentes”—como la sueca Dagmar Hagelin, a quien confundió con una militante montonera, o las monjas francesas. Era un tiempo en que ni los sobreviviente ni los familiares osaban referirse abiertamente a las eventuales vinculaciones de los “desaparecidos” con los grupos guerrilleros, razón alegada por los militares para justificar sus crímenes y aceptada parcialmente por el gobierno radical con su teoría de que al “demonio” de la lucha armada se le había opuesto el “demonio” del terror estatal. Para el criterio de la época, esos crímenes de Astiz parecían más “inexcusable” que otros por cuanto no habían tenido por víctimas a militantes armados.

Pese a esto, fue uno de los primeros beneficiados por la ley de obediencia debida impulsada por el gobierno radical, que absolvió a los oficiales de rango inferior, y la ley de punto final, que puso un plazo límite para acabar con las investigaciones. Así pasó de símbolo del horror “sin atenuantes” a símbolo de su impunidad. Y a esto contribuyó el tesón con que la Armada lo protegió hasta casi el fin de los ’90, cuando ya había sido indultado por el presidente Carlos Menem, junto con todos los demás. Aún recuerdo al miembro del Estado Mayor de la fuerza que, en esos años, me expicó que Astiz era  “un buen tipo” y que si lo defendían era porque “no hizo nada”.

Convertido así en emblema, Astiz fue acosado en público de un modo que otros oficiales no. A menudo terminaba a golpes en restaurantes y discotecas en los que era reconocido.

Pero hay otros motivos por los que persistía en el recuerdo y la imaginación de muchos. La ESMA no fue sólo una de las decenas de bases clandestinas de la contrainsurgencia, sino también uno de esos atroces laboratorios de la condición humana de los que hablaba Primo Levi al referirse a los Lager nazis.

En parte por la perversa (el adjetivo es preciso aquí) imaginación política y personal del jefe de la Armada, comandante Emilio Massera, que quería reconvertir mediante la tortura y el miedo –como en 1984 de Orwell—a montoneros en colaboradores de sus proyectos (aunque un testimonio sugirió que la idea fue de un oficial de la Esma ), en parte (según se tornó evidente) por inclinación de los propios ejecutores de sus designios, en la Escuela se produjo una experiencia única, un contacto entre victimarios y víctimas sin igual en el aparato de terror del Estado militar. En un sistema que suponía la condena a muerte de todos, los oficiales de la ESMA elegían a qué prisioneros (sólo un puñado) salvar. La elección no respondía sólo, como indicaba la teoría, a las posibilidades de “recuperación” de los cautivos. No era sólo la delación o, incluso, el cambio de bando, lo que preservaba de la muerte, sino la compleja construcción de relaciones personales entre prisioneros y guardias.

Una de las sobrevivientes declaró: nosotros sufríamos de Síndrome de Estocolmo, pero ellos también. Probablemente esto no alcanza siquiera a describir lo que ocurrió. Las detenidas eran llevadas a cenar; se formaron parejas mixtas que subsistieron al fin del campo; hubo discusiones políticas; los marinos se hacían confesiones personales — si obligaban a los prisioneros a hablar en el cuarto de torturas, fuera de éste los obligaban a escuchar. La tormentosa fascinación que los cautivos provocaban en sus captores  quedó mejor cristalizada en la exclamación furiosa del capitán Jorge “Tigre” Acosta, jefe operativo de la ESMA y personaje digno de Auschwitz o Treblinka: “¡Ustedes saben que nuestras relaciones con las mujeres, desde que las conocimos a ustedes, están prácticamente destruidas!”.

En ese micromundo al que cada quién había llegado con la identidad que la Gran Narración colectiva le había otorgado y ahora se encontraba en la situación de extrema realidad (o irrealidad) que obligaba a preguntarse de nuevo quién era, Astiz se destacaba –al menos para algunos—como aquel que trataba de mantener, hasta el final, la coherencia con su personaje original, el de combatiente anticomunista que seguía un particular código de honor.

“Era una especie de enemigo digno para nosotros  –contó la prisionera Miriam Lewin–. No era corrupto. No violó. Peleaba contra la subversión y el comunismo, no trataba de hacerse rico. Su visión del mundo era la de un Neanderthal, pero estaba convencido de lo que estaba haciendo. Estaba ahí para ‘salvar’ a su país”. Cuando Lewin fue liberada –aunque mantenida bajo vigilancia en el país–, Astiz la llevó a cenar para despedirse (se iba a Sudáfrica) y le dejó el teléfono de su casa familiar por si necesitaba algo. La consideraba “recuperada”.

“Era un pequeño señor marinero, un gentleman inglés –lo definió otra prisionera, Elisa Tokar–. Era muy superior con sus subordinados y muy respetuoso de sus superiores. Y solía decir ‘usted’ cuando hablaba con los prisioneros más viejos”. Tokar llegó a lamentar que Astiz hubiera sido convertido en símbolo de la ESMA. “Preferiría que hubiese sido Acosta”.

Años más tarde, una sobreviviente consideró que todos los marinos buscaban forma de exculparse y que los gestos caballerescos eran la de Astiz. Tal vez. Tal vez  a algunos jóvenes  la idea de un “enemigo digno” servía para salvar algo de la propia dignidad que la tortura y la anulación psicológica pisoteaban día tras día. Pero había algo había más en la atracción que ejercía Astiz. Tal vez él se sentía compelido a seducir: había dejado a su novia con el argumento de que seguro iban a matarlo y en años posteriores, cuando su nombre era una condena, atajaba a otras mujeres ilusionadas con retenerlos: era imposible que les hiciera eso; era un hombre marcado y debía morir solo. En cambio, buscaba chicas en las discotecas. Volvía antes de sus vacaciones para hablar con los prisioneros de la ESMA: le gustaba tener un público que lo escuchara.

Pero, impostura o no, engaño o autoengaño, ése fue el personaje con que atravesó una de las experiencias más extremas de la Historia argentina: como un juramentado caballero medieval que despedaza a sus enemigos en nombre de Dios y Occidente. En términos más mundanos, era un simpatizante de Margaret Thatcher que odiaba el populismo, escuchaba música clásica y hablaba en correcto inglés; un ex rugbier, rubio y apuesto, que iba a los museos de París, apreciaba a Van Gogh y los móviles de Calder, mientras servía a un régimen que había prohibido la matemática moderna.

Era, en suma, tan cercano en términos de cultura y de clase a sus víctimas como para ser admitido entre las familiares de éstas como uno más –el “muchachito rubio” por cuya suerte la monja Alice Domon preguntó hasta al fin de sus días en la ESMA.

Han pasado 35 años, las denuncias y juicios originales, la impunidad, los nuevos juicios. Astiz ha vuelto a prisión y a ser enjuiciado: por las circunstancias del país y su edad, parece que será definitivo. Yo esperaba, entonces, como una revelación, que hablara por fin: que diera su versión, sabiendo que las mentiras ya no importan. Como él mismo dice, “las condenas ya están escritas”. Ahora, lejos de la dictadura, la guerra fría, al cabo de una vida, ¿qué relato hacía, se hacía? ¿Qué idea de sí mismo queda a un hombre que decía combatir por la patria y la historia cuando esa idea de la patria y la historia han desaparecido?

Y no era yo el único que esperaba. Aunque quince acusados se dirigieron al tribunal –uno prefirió el silencio–, sólo la filmación del discurso de Astiz fue difundida por el Centro de Información Judicial: cuatro grabaciones en las que el acusado lee un discurso de más de dos horas sin interrupciones.

En esas imágenes, el “muchachito rubio” ya no está. Hay otro, aunque no tan distinto. Pese a los años, el cáncer, el aislamiento social y la prisión, todavía conserva algo de ese aire inglés que impactaba a algunos de sus cautivos. También está, todavía, esa mal equipada pretensión intelectual  de la que habló alguna vez otro sobreviviente, Martín Gras, quien recordaba a Astiz perorando sobre la situación política de Yemen –algo que sin duda iba más allá de la cultura de la mayoría de los marinos– pero señalando el país equivocado en el mapa. Como aquí: las erratas en su discurso leído, esas patéticas “láminas” que guían la exposición, los pastiches lógicos e ideológicos, los grandes principios seguidos de chicanas y ejemplos contradictorios.

Detrás de todo ello aún se siente, intacta, la misma ilusión sobre sí mismo, sobre su papel, sobre lo que hizo –el personaje sigue vivo. Mantenerlo en el vacío actual debe costarle todas sus fuerzas; exige una dedicación completa, extenuante, obsesiva. Comienza con los detalles, el lenguaje: no admite que lo llamen “represor” (aunque, aclara, el término no tiene nada de malo en sí) y reclama, en cambio, el de “combatiente”.

En esta sustitución uno ya ve el germen de todas las demás: engañar a un grupo de familiares desesperados es una tarea de infiltración de peligrosos grupos terroristas; disparar a la espalda de una joven que huye, un combate en las calles; el secuestro, la tortura, el exterminio con toda la fuerza de un Estado es la guerra.  Se comienza sustituyendo una palabra y se acaba por sustituir la realidad.

Lo más burdo de esta ficción –que nada ocurrió, que no hizo nada, salvo “derrotar al terrorismo”—sólo puede deberse a la esperanza de que habrá algún recurso futuro. Buena parte de la estrategia de los acusados consistió en demorar el juicio de la ESMA cuanto fuera posible, en la suposición de que, si los Kirchner dejaban el gobierno –lució posible varias veces en estos últimos cuatro años–, los juicios que impulsaron y defendieron desaparecerían con ellos. Al gobierno y a los “grupos de persecución y venganza” atribuían todos sus males. En el cripto-lenguaje de Astiz: “Las secuelas de esa guerra se encontraban razonablemente superadas y fueron artificialmente reavivadas por las perversas y espurias necesidades políticas de un nuevo gobierno así como por los intereses de grupos fundamentalistas”. ¿No estaban, acaso, todos ellos indultados y a salvo en el país –ya que no en el exterior, donde Francia, Italia y España habían iniciado sus propios juicios en nombre de sus ciudadanos desaparecidos en la Argentina?

En cualquier caso, para sostenerlo, Astiz apela a lo que los negadores del Holocausto: la gran conspiración mundial. Así, los juicios son producto del  deseo de venganza de los vencidos, que no soportan la derrota; las asociaciones de derechos humanos no son grupos de familiares y abogados, sino de “persecución y venganza”; las decenas de testigos han sido “entrenados” para repetir un mismo relato mentiroso; jueces y fiscales sirven al gobierno de los Kirchner, que cambió la Corte y anuló las leyes por “necesidades políticas”; y todos ellos sirven a las “potencias colonialistas”, que sostienen una “justicia universal” que sólo se aplica “a las naciones inferiores”.

Sí: las “potencias colonialistas” están detrás de todo ello. Nada queda de la vieja, sólida, impermeable ideología anticomunista en nombre de la cual, en esta lejana trinchera del extremo sur, se defendía a un Occidente que ahora se ha vuelto no sólo parte, sino verdadero poder detrás del “enemigo”  (Y aquí, Astiz arranca una página de Frantz Fanon, que sólo puede haber leído por interés en la ideología del “enemigo” –alguna vez se lo vio salir de la exhibición de una película sobre Rosa Luxemburgo– y que vuelve extrañamente suya):

Esta política colonial se disfraza bajo la capciosa y rimbombante denominación de un eufemismo, justicia universal. No se debe pasar por alto, además, que muchas de esas potencias tienen en su historia negros pasados colonialistas con crímenes muchos más graves que los que tienen la soberbia de endilgarnos falsamente y que demandan que apliquemos en nuestro país recetas que ellos nunca se hubieran atrevido a aplicar en el suyo.

Lo habitual es que los políticos, juristas y representantes de países que tienen sus fortunas obtenidas por el colonialismo y aún más antiguamente por el esclavismo critiquen a nuestro país, para tratar de que tengamos un sentimiento de inferioridad y subordinación, funcional a las políticas de dominación, sobre todo económicas, de esas naciones. Todas esas potencias coloniales han volcado buena parte de su intelectualidad para justificar su derecho a imponernos su justicia, por considerarnos países inferiores, llegando al atrevimiento de pedir extradiciones por hechos supuestamente ocurridos en nuestro país y hacer juicios en ausencia.

(Por si la referencia no fuera obvia, menciona las denuncias argelinas contra los crímenes del colonialismo francés, olvidando no sólo que esos crímenes eran uno de los modelos tomados por sus superiores para diseñar su propia “lucha antisubversiva”, sino también sus viejas ideas –que gustaba de exponer a su público cautivo en la ESMA– de que los negros y África eran inferiores)

Es el gran vacío de estos tiempos.

Hasta convoca en su defensa al “presidente constitucional Perón”. ..

Ya no hay conexión con el pasado: la realidad se ha reducido a este disminuido presente. En el lugar de la ideología perdida queda una primaria división entre dos bandos, ellos y nosotros, que no es otra que la que existe en la sala del tribunal. En la bandeja superior, los familiares y amigos de los acusados silban, cada tanto, a los testigos, las querellas o el fiscal; en el piso inferior, detrás de un vidrio, los familiares y víctimas aguardan el demorado día de justicia.

Ese es su mundo ahora, ese es el mundo todo.

Nuestros amigos y familiares son gente feliz, que educa a sus hijos para vivir pensando en el futuro, sin resentimientos, aún a pesar del hostigamiento y la privación ilegítima de la libertad que estamos sobrellevando. Por el contrario, cuando uno ve a las ilegítimas querellas y a sus allegados, situados detrás del cristal, uno ve rostros crispados, amargos y vengativos. En definitiva, son pobres personas, mayormente infelices.

Ya no hay divisiones de clase, raza o ideologías; ya no hay geopolítica, sólo psicología. Pero, como en el pasado, aún quiere que los otros desaparezcan:

Creo que prefiero estar privado ilegítimamente de la libertad en el penal de Marcos Paz, acompañado de dignos camaradas, y no en lugares como este, que lamentablemente tengo que compartir con personas hipócritas, cobardes y vengativas.

Pero es él quien suena resentido: no deja de quejarse de todas las injurias, del lenguaje “soez y vulgar” del fiscal, de la humillación de que lo ingresen a la sala o lo expongan a los fotógrafos, de las pocas horas de sueño, el frío, la humedad y  la “maratón judicial” para acabar el proceso antes de las elecciones presidenciales.

El cruzado se vuelve mártir; proclama que ha vuelto a sentirse “un militar en actividad” (¿otro “combate”?), que se complace en “las persecuciones y las injurias”; que ya no busca un sobreseimiento o un indulto; que están allí para que los atormenten hasta matarlos.

Y tal vez, de un modo oscuro, tiene razón.

Más allá de la teatralidad política de su presentación, hay en él un auténtico disgusto.  Su co-imputado, el ex capitán Juan Carlos Rolón, lo explicó: los sobrevivientes que testificaron en su contra son “traidores”, porque antes colaboraron con la Armada y ahora con los juicios. Rolón, que en los ‘90 llegó a defender en una audiencia en el Senado la validez de su ascenso de grado que el gobierno de Carlos Menem  insistía en promover, había temido antes que nadie este final. Como testigo, Martin Gras recordó:

En el año 1978, cuando estaba a punto de salir hacia Bolivia, un oficial entró a verme en mi celda. Traía en la mano un diario. En la tapa había una foto muy impresionante. En ese momento se estaba cayendo el gobierno del Sha, en Irán, y era una foto en la cual un oficial de la policía está tratando de defenderse mientras la gente le arranca el uniforme.
El oficial me preguntó si yo pensaba que eso podía ocurrir en Argentina. Yo le dije que no lo sabía porque esos son avatares históricos en cuanto a cómo sucede. Pero que si la pregunta era más general, no si lo iban a atacar en la calle por usar uniforme, sino si en algún momento iba a tener que rendir algún tipo de cuentas por lo que había hecho, yo pensaba que sí. Entonces él me preguntó si yo pensaba en algo parecido al juicio de Nüremberg. Le repetí lo mismo: Nüremberg, etc., son avatares históricos; yo no sé qué forma va a tener pero sí que va a haber una rendición de cuentas.
‘Pero si hubiera un juicio, ¿vos testimoniarías?’, me preguntó.
Le dije que sí. No por un excesivo valor de mi parte, sino porque era un oficial inteligente, me conocía y si le decía que no, no me iba a creer.
‘¿Y vos dirías que yo te torturo?’, insistió. ‘Usted tortura’, le dije.
‘Pero vos sabés que a mí no me gusta torturar’.
‘Es cierto’.
‘Sabes que cuando estoy de oficial de inteligencia de turno, muchas veces me encierro en el camarote; apago la luz, cierro la puerta y no contesto las llamadas para no tener que torturar’.
‘Es cierto, pero también es cierto que a veces te han encontrado y a veces has torturado’.
‘¿Pero vos dirías eso, que a mí no me gusta torturar?’.
‘Sí, lo diría, pero también diría que llegado el caso torturaste’.

‘Bueno, me parece bien porque entonces dirías la verdad’

Quiero decirle al oficial con el que tuve ese diálogo que está presente en la sala, que he cumplido escrupulosamente con el compromiso que asumí con él en el año 1978.

Gras miró a Rolón a la cara, pero éste bajó los ojos.

También Astiz se sintió traicionado cuando alguien testificó contra él en el pasado. Silvia Labayru fue secuestrada y torturada a los 20 años, con cinco meses de embarazo. Astiz, que la obligó a pasar por su hermana menor cuando se infiltró en el grupo inicial de las Madres de Plaza de Mayo, aparentemente se enamoró de ella. Registró a su hija, cuando nació, como propia con un nombre falso; le indicó que no pidiera el “traslado” (código para ser asesinado) en la Esma; y la acompañó hasta el aeropuerto cuando los marinos decidieron liberarla y exiliarla en España. En 1984, Labayrú relató a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) la historia de la infiltración y el papel de Astiz.

Sin duda, Astiz  estaba seguro de haberse comportado como un caballero; sus amigos relataron luego que se sintió traicionado por esa declaración. En ese rencor y en el actual subyace, claro, el básico rencor del prisionero, pero también una desilusión, el duelo de aquellos días, de aquella conexión única; y acaso algo más.

En “Into that Darkness”, Ghitta Sereny reconstruye la historia de Franz Stangl, comandante del campo de exterminio de Treblinka. La tarea del campo era simple: cientos de miles de hombres, mujeres y niños desembarcaban de trenes atestados, eran puestos en fila y conducidos sin más ceremonia a la muerte. Stangl dirigió esa auténtica factoría de la muerte hasta su cierre; luego, se mudó con su familia a Brasil, donde fue detenido después de muchos años, enjuiciado y encarcelado. Sereny lo entrevistó en prisión. Allí le insistió en que sí había tenido contacto con los “judíos de trabajo” (los poquísimos hombres y mujeres preservados de la muerte para realizar tareas esenciales en el campo).

Sabe, relaciones realmente amistosas. Usted me preguntó, hace un rato, si había algo que disfrutara. Más allá de mi tarea específica, eso es lo que disfrutaba: las relaciones humanas. Especialmente con gente como Singer y Blau. Ambos eran vieneses: yo siempre traté de dar tantos empleos como fuera posible a los judíos vieneses. Despertó muchos comentarios entonces, lo sé. Pero, después de todo, yo era austríaco… A Singer lo había hecho jefe del Totenjuden; lo vi mucho. Creo que era dentista en Viena. O quizás ingeniero. Lo mataron durante la rebelión (en el campo) [Sereny aclara que Singer era alemán, no vienés, y un hombre de negocios] Con Blau hablaba más; él y su mujer. No, no sé cuál era su profesión; negocios, creo. Lo hice cocinero en el campo inferior. Él sabía que lo ayudaría toda vez que pudiera.

Hubo un día en que golpeó a la puerta de mi oficina a mitad de la mañana y se quedó en posición de firmes y pidió permiso para hablarme. Parecía muy preocupado.  Yo dije: ‘Por supuesto, Blau, entre. ¿Qué le está preocupando?’ Dijo que su padre de ochenta años había llegado en el transporte de esa mañana. Había algo que yo pudiera hacer. Dije: ‘En verdad, Blau, usted debe entender, es imposible. Un hombre de ochenta…’ Dijo rápidamente que sí, entendía, por supuesto. Pero podía pedirme permiso para llevar a su padre al Lazarett [Un falso hospital de campaña en que se mataba a enfermos e inválidos de un disparo]  en lugar de a las cámaras de gas. Y podía llevar primero a su padre a la cocina y darle de comer. Dije: ‘Vaya y haga lo que considere mejor, Blau. Oficialmente, no sé nada, pero extraoficialmente puede decirle al Kapo que yo dije que estaba bien’. Por la tarde, cuando volví a mi oficina, estaba esperándome. Tenía lágrimas en los ojos. Se puso en posición de firmes y dijo: ‘Herr Hauptsturmführer, quiero agradecerle. Le dí una comida a mi padre. Y acabo de llevarlo al Lazarett –ya está. Muchas gracias”. Dije: ‘Bueno, Blau, no hay nada que agradecer, pero, por supuesto, si usted quiere agradecerme, puede’.

Tras escuchar esta historia, Sereny tuvo que marcharse durante dos horas hasta recuperarse de lo que sintió como “el más nítido ejemplo de una personalidad corrompida”; pensó incluso en cancelar todo el proyecto. Pero luego comprendió que a “un hombre cuya visión estaba tan distorsionada” y que “pudiera contar esa historia de ese modo no se podían aplicar los relativamente sencillos términos de ‘culpa’ o ‘inocencia’, ‘bueno’ o ‘malo’”.

Sereny había convivido con el nazismo en Europa, había ayudado a hijos de refugiados en Francia y tuvo que huir durante la ocupación. Más tarde, cuando comenzaron los juicios a los criminales nazis, dedicó enormes esfuerzos para hablar con ellos y entender cómo habían sido capaces de hacer lo que habían hecho, y en qué los había convertido. Llegó a la conclusión de que

Hay un mal definido y poco entendido núcleo esencial en nuestro ser que, dada la libertad (de expandirse), sale a la luz, casi como en un  nacimiento, y que nos separa o incluso libera de influencias intrínsecas, y en consecuencia determina nuestra conducta moral y desarrollo. Un monstruo moral, creo, no nace, sino que es producido por una interferencia en ese desarrollo. No sé qué es ese núcleo: mente, espíritu o quizás una fuerza moral todavía innominada.

Stangl sólo había aceptado hablar con ella una vez que fue claro que no saldría de la cárcel. Y aunque mentía u ocultaba, pensó ella, si había comenzado a hablar, terminaría por tropezar con la verdad.

Toda esperanza de los acusados de la ESMA se extinguió tras las primarias de agosto, en las que Cristina Kirchner obtuvo el 50 por ciento de la votación. Con resentimiento, otro acusado, el ex capitán de fragata Adolfo Donda Tigel,  pidió una semana atrás que las “condenas se den después de la elección general, aunque sea una hora después” (se comunicó hoy, tres días después de la victoria de Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales del 23 de octubre de 2011).

Astiz parece dirigirse sólo a la platea de arriba al soñar con un futuro de reparación: “¿Quién puede asegurar que muchos de los presentes en esta sala [Se refiere a fiscales, querellas y jueces] no van a ser juzgados por delitos de lesa humanidad?”. Imagina que “cuando vuelvan las instituciones republicanas, les va a ser imposible sostener la legalidad de estas parodias” y que se llegará a “declarar la ilegalidad de todos estos falsos juicios”. En ese porvenir venturoso, la ESMA volverá a su “función original” (desvirtuada hoy que ha sido puesta en manos de los organismos defensores de los derechos humanos).

¿Lo sostienen esas fantasías?¿O las regala a ese pequeño círculo de fieles? ¿Expresan, quizás, la esperanza de todos ellos a lo largo del juicio: que cuando se acabe el régimen de los Kirchner volverá la impunidad? El triste récord de los anteriores gobiernos democráticos, su cobardía o complicidad lo convalidan. Pero pronunció estas palabras días antes de la reelección ya anunciada de Cristina Kirchner. ¿La fantasía es, entonces, su opción final: la que lo sostendrá en el encierro y la vejez? ¿O traerán las condenas algo de realidad?

En 1998, cuando gozaba del indulto pero la Armada ya no lo protegía –había sido destituido y le hacían juicio por unas supuestas declaraciones a la prensa–, admitió que hubo detenidos en la ESMA, pero aclaró que él era sólo un “empleado administrativo” de baja graduación. Por un momento, había descubierto que estaba realmente por las suyas, sin los “camaradas” (que por entonces gozaban de libertad y empleos, y no se preocupaban por él).

Pero el penal de Marcos Paz es, ahora, una microsociedad en la que los autores de crímenes terribles se prestan apoyo mutuo y reciben el de sus familiares; es el mundo paralelo en que mantienen viva una ficción sobre sí mismos, cada día más distorsionada y difícil, para sobrevivir.

¿Podrá Astiz ver algún día? ¿O sufrirá a ciegas el tormento, no de la celda o la humedad, sino el auténtico tormento de esa culpa silenciada?

Carlos Lordkipanidse, sobreviviente de la ESMA, recordó que mientras lo torturaban tomaron a su hijo recién nacido y amenazaron con reventarle la cabeza contra la pared o el piso si no revelaba lo que le pedían. “Como me negué, a instancias del Capitán Acosta, lo ponen a Rodolfo encima mío, en el catre metálico en el que estaba atado, y me empiezan a pasar la picana eléctrica mientras sonaba a todo volumen ‘Chiquitita’ de Abba entre los gritos y aullidos de Astiz, Febres, Federico, Manuel y algunos más que se me olvidan. Estaban en el éxtasis del salvajismo humano. Estaban torturando a un bebé. Habían alcanzado el escalón más alto de su propia degradación, pensé”.

Al final, Sereny consiguió que Stangl viera. Todavía negaba haber hecho algo malo personalmente; volvió a negar y negar, pero acabó por tambalear, se aferró a la mesa con ambas manos y exclamó: “Pero yo estaba allí. Así que sí… Porque mi culpa… mi culpa… sólo ahora, en estas charlas… ahora que he hablado de todo esto por primera vez… “. Después de una pausa, de más de un minuto, lo dijo:

“Mi culpa es que todavía estoy aquí. Esa es mi culpa”.

“¿Todavía aquí?”, preguntó Sereny.

“Debería haber muerto. Esa fue mi culpa”.

Y horas más tarde,  murió en su celda de un fulminante ataque al corazón.

 

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4 Comments → “El capitán Astiz y la pérdida del alma, por Gabriel Pasquini”

  1. Sonia 2 years ago   Reply

    Precisa y conmovedora descripción de algo que transcurre casi en
    silencio,mientras recibimos andanadas diarias de escandaletes, des-
    nudos pueriles y discusiones livianas sobre lo que los periodistas
    hacen ó deberían hacer

  2. gabriel 2 years ago   Reply

    gracias…una excelente nota

  3. G. P 2 years ago   Reply

    Hay un estudio, que conozco en inglés, de Frank Graziano, que se llama “Divine Violence”, que hace hincapié en todo lo de la sustitución de la realidad por la palabra durante la “guerra sucia”. Es un libro interesantísimo pero espeluznante. Su excelente texto me lo recordó…

  4. Mario 2 years ago   Reply

    Excelente. Más que otras plumas, otras cabezas. Buenas noticias en, a veces, malos tiempos. O no tan malos

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