Cosa de Mandinga: en Salta, el Diablo viste de gaucho, por Robustiano Pinedo

26 octubre, 2011

“Mandinga abrime la puerta, le dije cuando llegué. No le tengo miedo a nada cansado de padecer. Entrá nomás gaucho pobre, que nada te ha de pesar, viniendo a mi Salamanca ya nada te ha de faltar”, dice una chacarera. El diablo es centro de noche, por oposición a Dios, que es centro de luz. Uno arde en un mundo subterráneo y el otro brilla en el cielo. En Salta, Lucifer viste de gaucho y vive en su refugio: la salamanca.

Mandinga según el dibujante salteño José Serrudo

Pocas veces deja su madriguera: el primero de agosto y en carnaval, donde gusta lucirse en todas las artes del campo. Es diferente al llamativo mandinga jujeño que goza paseando entre los mortales, con su cola y sus espejos multicolores. El diablo salamanequero de Salta se caracteriza por ser gaucho, el mejor entre todos los gauchos, según dicen las voces vivas que mantienen la leyenda.

Cuentan que tiene un caballo bien puesto, sin imperfecciones, chispeante en las piedras y nervioso. Algunos dicen que es negro como la noche y que el ruido de sus pasos es musical. El ensillado derrocha plata y buen gusto. Lleva caronas de tigre con punteras chapeadas y lonja pescuecera grañada de tres vueltas, hecha con cuero de anta. Como buen gaucho luce sus prendas y ensilla para el carnaval, para hacer crecer la envidia y el deseo.

El Mandinga salteño es arisco, no se anda mostrando. Se lo ve en la Salamanca y en tiempos de carnaval, donde revive despertado por las coplas picarescas y el trance de la chicha. Ese es el momento para recolectar las almas de sus adoradores más despistados. Se aparece en las carpas y y en los grandes bailes, humanizado en forma de gaucho rico. Lleva una faja de seda negra cubierta de una rastra con monedas de plata. Viste traje oscuro con guarda de abejas y puñal “de filo y contra-filo”, con mango de plata terminado en una punta de asta de ciervo.

Va a la carpa a divertirse, para aprovechar su escaso tiempo humanizado, libre de sus pinchudas astas y filosa y hedionda cola. Conquista chinitas para su entretenimiento y hombres para comprarles el alma. Aprovecha la vida sencilla del gaucho y los tienta con ofertas de éxito y grandes habilidades. Gusta del alcohol, pero no del vino, “porque es sagrado”. Anda derecho, con buena postura y fuma. Luce poncho salteño.

Sólo se lo detecta por un defecto que siempre trata de ocultar, pero que en su vanidad por el baile termina descubriendo: una de sus piernas le termina en una pata de cabra y a veces de gallo. La disimula por debajo de la mesa. Pero al ser un eximio bailarín, la música lo hace zapatear y muchas veces no espera que se levante un poco de polvo en el patio antes de lanzarse a la pista. Camuflado en la polvareda “baila con una china, después con otra, después con la más linda y cuando tiene la atención de todos por su elegancia y su gracia… desaparece”. Es el gran creador de la discordia y generalmente lo consigue por la codicia de los hombres, tentados con ilusiones de riqueza y grandeza.

Los dones que cambia por un alma siempre tienen una relación con lo lúdico y la vida cotidiana del gaucho, porque tiene los mismos gustos y “porque es difícil tentar al que tiene”. El paisano vende su alma para ser dichoso en el amor; indescifrable jugador; pialador de lazo indestructible; bailarín o guitarrero; domador o imbatible cuchillero: “visteador de ley”, al que nadie le marca la cara. Pero la creencia dice que cuantos más beneficios se entregan en la vida terrena, más rápido se lleva el alma Mandinga.

Según los viejos, los contratos pueden ser de 5 a 20 años, dependiendo de las pretensiones y la habilidad para negociar de cada hombre. La plata y el poder son de la partida. Son conocidos los casos de hombres que hicieron “20 mil cabezas de ganado sin más que tres vacas”. Aunque, según dicen, esa fortuna “nunca les dura a los hijos del endiablado”.

El contrato se rubrica en tinta china indeleble, para que no se borre al momento de cobrar el alma. Es de una sola copia y la guarda siempre el diablo para mostrarlo a la hora señalada. Al vencimiento del maligno tratado los gauchos desaparecen “como por arte del diablo”. Algunos intentan recular y recuerdan cómo fueron tentados en el fervor opificante de la chicha, que hace pasar los días como horas, cuando la voluntad está blandita. Pero a Mandinga nadie le pisa el poncho. Es un excelente peleador que da brincos y cabriolas imposibles de igualar, por eso dicen que “quien se le anima es finado”.

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Cuentan que los acordes que se escuchan son de música sublime y que nunca se borran de la memoria. Adentro el entrevero, la degradación del hombre igualado con un zorro en un baile frenético de almas en pena y bestias sedientas. Es la puerta del infierno en la tierra, que revienta en un jolgorio cuando se corrompe un alma dejando escapar festivos alaridos y sincopados zapateos.

Físicamente se describe a la salamanca como una cueva o un socavón. También como un gran pozo cerca de un río o en una quebrada profunda. Ahí se refugia el diablo y las “almas endiabladas”. La salamanca vive su máximo esplendor durante el carnaval, aunque vibra en un festín diabólico cuando se transforma un alma al demonio.

Aparentemente, según testimonios, las salamancas van desapareciendo. “Son cosas de antes, ya no se acostumbra a escuchar”. Otros dicen que se mudaron a lugares más recónditos, lejos de las poblaciones. En San Lorenzo, por mencionar sólo dos, se recuerdan las de la Loma Balcón y la de la Quebrada. En Campo Quijano, el coleccionista de leyendas Ramón Aguilar menciona la salamanca de Las Bandurrias y la de Tres Zanjones.

En Cerrillos, el historiador y cronista Luis Borelli revive en sus memorables fábulas, las aventuras de un zorro y un tigre en la salamanca de Villa los Tarcos. Muy cerca de la loma que quedara pelada luego de la pelea entre Mandinga y el sacristán “Indio Miguel”. Según cuenta la leyenda, el indio-cura achuró a planazos con su cuchillo al diablo-gaucho, luego de mostrarle un crucifijo y por eso no crece el pasto en el lugar. También mencionan una salamanca cerca de donde se instalaba la Carpa La Barbarita, en épocas de antaño.

El embajador argentino en Bolivia, el jujeño Horacio Macedo tiene en su casa guardado como un pequeño tesoro un mapa antiguo que marca las 10 salamancas más importantes de Salta y Jujuy.

Pero a las salamancas no las detecta cualquiera. La entrada es aun más exclusiva que el casamiento de un príncipe inglés. “Tenés que andar buscando, tener el alma predispuesta al diablo”, cuentan los viejos. Para los que no están dispuestos, la música no se manifiesta. “El que lo busca, lo halla”. Es condición la valentía y algunos buscan al diablo para medir sus habilidades. Borelli describe que para entrar a la salamanca hay que “llevar ruda macho en la mano izquierda, una hoja de higuera en el ojal y perfume de flor de alfalfa”. La contraseña es: “Furia, furia, furia”.

Adentro el gran salón donde los animales están humanizados y suena la música de violines y bombos endiablados. Mandinga elige animales pillos y pícaros como el zorro; el quirquincho: el sapo o el yaraví y hasta a un zorrino le pone voz de tenor.

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El domador Julio Prada. Foto: Robustiano Pinedo

Julio Prada tiene 80 años y es domador. Fue tropero de la Finca La Unión, en tiempos del administrador Pablo Soria, cuando la hacienda atravesaba la ciudad para llegar al matadero de la Avenida Independencia, hasta los años 60. Está lleno de cuentos y por eso no le costó recordar el día en el que sintió a la salamanca. “Era de noche y yo venía por el río hasta que escuché una música bien linda. Era un bailongo con caja y todo. Me fui largando, como atraído, pero después no sentí más nada. Me contaron que para entrar hay que estar desnudo”, dijo.

Prada recuerda que un gaucho de antes, de apellido Chocobar, no fue tan afortunado. “Le vio la cara al diablo. Le mostró los dientes de fuego y quedó como loco. Un curandero yunga lo curó del susto, pero quedó tartamudo. Parece que estudiaba los libritos de magia y que lo andaba buscando, pero cuando lo encontró no le aguantó la mirada”, relató.

Pero el caso que más le llama la atención a don Prada es la historia de un peón de la finca La Falda, de nombre Virgilio. Según el gaucho, el tal Virgilio comía vidrio y se tragaba dagas de doble filo. El criollo era nacido y criado en Cerrilos, pero “parecía mago”, porque “hacía aparecer café en una taza vacía”. A los incrédulos y burlones se los tiraba en la cara pero en el aire el café se transformaba en papel picado. “Decían que aprendió los oficios en la salamanca porque nunca nadie le ganó en ningún juego y cuando zapateaba todos se quedaban mirando”, agregó.  

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De día se daban los desafíos gauchescos. Las corridas cuadreras, las pechadas y los juegos de azar. “Antes todo era a caballo”, cuenta don Prada. “Había caballadas de más de 200, en las carpas de antes”, recuerda Prada. “De noche se llegaba el Mandinga. Bien pintudo, guapo”.

Osvaldo Saravia, conocido como El Mono Chuchuy es el dueño de la carpa El Gaucho, en la Florida, sobre la ruta 68, entre La Merced y El Carril. Saravia maneja el lugar desde hace 30 años. Con su padre vio empezar el negocio con carpas de Lona Pampero, hasta convertirlo en un complejo con tinglado, en donde los domingos de carnaval se juntan cerca de 2000 personas.

Al carpero no le gusta mucho la leyenda de Mandinga. “La gente tiene mucha imaginación. Llegaron a inventar que nosotros tenemos un viborón en el fondo”, contó. Existe la creencia de que el diablo baja a las carpas para carnavalear y “que se lleva una vida todos años”.  Saravia se fastidia con esa vieja historia. “Son cosas que inventa la gente, cosas del carnaval, pero en la carpa hay que laburar mucho y gracias a Dios decenas de familias pueden vivir de esto”, dijo. “Hay que tener cuidado porque hay gente que cree en eso y me puede atribuir desgracias de cualquier tipo”, advierte.

Osvaldo Saravia, alias El Mono Chuchuy. Foto: Robustiano Pinedo

Los paisanos le relataban a Saravia cuentos de Mandinga transformado en Gaucho pintudo. “Cuentan que bailaba con una y después con la otra y tenía a todos admirados, pero de pronto desaparecía, no estaba en ningún lado. Parece que lo descubrían por las patas de cabra o de gallo. Nosotros, por supuesto, nunca vimos nada por el estilo”.

En todos los años que lleva endulzando los carnavales, Saravia nunca escuchó que haya desaparecido alguien después de un jolgorio. “Está el cuento que todos los años se lleva una china. Acá nunca faltó nadie. La gente viene a divertirse. Ya hace años que se han olvidado del ‘pata y cabra’, ahora suben los videos por Internet”, concluyó.

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En el corral se detienen los gritos y se enrollan los lazos. La yerra en la Finca Chivilme, en Chicoana entra en un merecido descanso para recobrar las fuerzas a base de asado y vino. Los gauchos más grandes, después de comer y “asentar con un buen cigarrito” se prestaron para la charla. “Eso es de tiempos de antes, casi no existe ya. Se va perdiendo, ya casi no se siente”, contó Santiago Maidana, viejo potrerizo de la finca Las Moras, gaucho de los que no sueltan el pucho mientras se ciñe el lazo y el sacudón sienta de cara un animal.

Maidana recordó la experiencia de Abelino López, que a las 12 del día se vio obnubilado por una encantadora música que salía de una quebrada. “Ya se estaba mandando el gaucho para el baile, pero el perrito lo mordió y se despertó, entonces pudo salirse del ensueño”, contó. “La música te va llamando y se ve una fiesta bárbara que brilla y que es una tentación”, agregó el gaucho Fernando Funes, de la finca Chivilme.

En la zona recuerdan “patente” dos casos. El primero es el del gaucho Salomón Suárez, al que nadie le ganaba jugando al truco y era un asombroso guitarrero. Pero el más recordado es el de Ceferino Balderrama, que vive “para los cerros”. Según cuentan, Ceferino vive solo y baja por las sendas de noche sin ningún problema. Cuentan que agarra a los pumas sin ayuda y que “toca la guitarra con dos cuerdas”. Parece que Ceferino le ganó un duelo al diablo y que por eso lo tiene prisionero en su rancho. “A mi no me gana nadie porque yo estoy con mi amigo”, dicen que repite.

Pero un día. Tal vez cansado de los cuentos, el mecánico de Las Moras, conocido como “Toto”, se le plantó al gaucho. “Yo también tengo a mi amigo acá encerrado en el galpón”, le dijo. Tras el desafío el gaucho arrugó. “Yo sé que es cierto y que vos también le agarraste al mandinga”, dijo antes de retirarse.

Julio Maidana, oriundo de Anta y de 62 años asiente los cuentos con la cabeza. “Es verdad lo de la salamanca. De noche es mejor ir rameando el lazo para ir seguro. En la oración, sobre todo las noches en que cambiaba el tiempo, mi abuela sabía subir a un cerrito cerca del rancho. Él decía que se iba a escuchar música y de grande entendí que sentía la salamanca”.

Un paisano orejea cerca de la ronda y se va silbando una chacarera. “El alba se viene encima el lucero ya se va pásenme la tinta china que un contrato hay que firmar”.

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2 Comments → “Cosa de Mandinga: en Salta, el Diablo viste de gaucho, por Robustiano Pinedo”

  1. lee 1 year ago   Reply

    estas historias de personas que tuvieron esas experiencias no pueden ser todo invento ,siempre se escucharon y es parte de la vivencia de cada lugar a los que estudiamos el folklore nos interesa saber

  2. luz frutos 9 months ago   Reply

    es una farsa

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