Cuentas, por Gabriel Pasquini

21 octubre, 2011

Ésta es la explicación de una demora.

A los ocho años comencé a escribir una novela que no terminé, pero que germinó en una decisión. A los 14, anuncié a una chica, con quien viviría una década más tarde, que sería escritor y me ganaría el pan como periodista.

Tres años después parecía encaminado. Conseguí mi primer puesto de redactor en una agencia y luego otro y luego otro. Pero no escribía literatura. Aparentemente, no era demasiado joven para reportar la realidad, pero sí para inventarla.

Entré en la universidad para aprender lo que me faltaba. En la carrera de Letras me dijeron de mil modos que la escritura de la crítica era más valiosa y consistente que la incoherente y vulnerable ficción. No hacía falta mucho para convencerme. Cada día componía por un sueldo las historias con que la Argentina se contaba la dictadura militar de la que emergía. ¿Qué monstruo imaginario podía superar a los reales?

(Un secreto pulso se mantenía vivo en mí, pese a todo. Despertaba en la noche con la idea de un párrafo que debía anotar, el comienzo de un nuevo libro que nunca vería la luz. Lo reprimí cuanto pude.)

Para 1989, cuando cayeron el gobierno radical y el Muro de Berlín, trabajaba en un diario apoyado o financiado -la ambigüedad es connatural a estas cosas- por el Partido Comunista. También allí la realidad superaba las invenciones (de la ideología). A comienzos del año siguiente, la crisis del periódico, similar a la de tantos que los lectores no eligen, se hizo evidente. Un veterano de la crónica policial me lo resumió mientras esperábamos cobrar el sueldo en una muy lenta fila:

-¿Ves, pibe? -cabeceó hacia la administración-. Por eso cayó el Este.

Concerté mi renuncia poco después. Tenía 24 años. Ya había sufrido las visitas de la policía de la dictadura militar y un exilio intermitente, había liderado una huelga y pagado por ello, había sido editor de periodistas que casi me doblaban la edad, me había casado y separado por primera vez, veía acabarse un mundo y un siglo (la Unión Soviética estallaba en repúblicas, la clase obrera desaparecía por encanto, el socialismo dejaba de ser, para muchos, no sólo un fin posible sino hasta deseable…) pero no había escrito una línea de lo que me había prometido.

Comencé, otra vez, una novela; rápidamente, llené veinte páginas. Pronto perdí interés. ¿Cómo podía competir con la atracción de las nuevas realidades? Había un nuevo mundo y nuevas formas de vivirlo, entenderlo, contarlo. Yo había nacido en la Guerra Fría e imaginado en ella mi futuro. …ste había llegado, en cambio, en la ebullición de un imperio que se desgajaba en pedazos unidos por tecnologías de ciencia ficción.

Otra vez elegí el periodismo. Comparada con las intrigas de la política, la corrupción y el espionaje, o con la crónica de las guerras que redefinían las fronteras, la literatura parecía un mero ejercicio de la vanidad.

En 2001 volvieron a derrumbarse la Argentina y el pretendido orden mundial. Nuevas y fascinantes realidades asomaban, tentadoras. ¿Para qué una novela? ¿Para qué dedicarle esfuerzo, tiempo, deseo?

Necesitaba un salto de fe. En 2003 abandoné las redacciones en que había pasado la mayor parte de mi vida para convertirme en… profesor. Me llevó los siguientes tres años concluir la tarea que había postergado tres décadas. Escribí en mi mente sin interrupción; me detuve un mes antes de cumplir los cuarenta.

Ahora, en la vigilia del fin, llegando muy tarde a esta cita conmigo establecida tanto tiempo atrás, me pregunto qué será la novela para otros, qué ha sido para mí. En La fe de los traidores , una serie de enigmáticos cuadernos cuenta alternativamente dos historias distantes en el espacio y el tiempo. En el último día de su viaje a América como falso inmigrante, Vittorio, revolucionario comunista, recorre el barco en busca de ayuda para su hijo enfermo. Mientras éste agoniza arropado en la bandera roja que ondeará sobre el Nuevo Mundo, Vittorio se sumerge en intrigas -amorosas, policiales, políticas- que le develarán claves ocultas de su pasado, en el que se enhebran el Sur y el Norte italianos, la Gran Guerra y el Octubre Rojo, la revolución y sus enemigos, la pasión y las traiciones, la verdad y el destino. Escondido en una isla, un líder guerrillero de los años setenta escribe en papeles dispersos su diario íntimo de la derrota, a la espera de ser capturado en cualquier momento. La culpa, la deserción, la fe perdida, el heroísmo, la capacidad de amar y la de matar llenan páginas que guardan además una inesperada revelación personal.

¿Cómo, cuándo, se conectan este angustioso, contemporáneo balance con aquel día lejano y esperanzado antes de América? En el presente. Porque si intenté reconstruir la pasión de generaciones anteriores, fue para dar algún sentido a la específica experiencia de la mía, que vivió el tránsito entre dos eras, dos mundos, dos horizontes; que ha debido adaptarse a la desaparición súbita de causas por las que se mataba y moría.

La novela me ha acompañado a lo largo de este viaje; me ha ayudado, quizá, a entenderlo. Supe siempre que, llegado este momento, debería despedirme de ella: será ahora de los pocos o muchos lectores que la elijan. Tal vez sea la congoja que se clava como puñal en la felicidad de hoy la verdadera razón de una demora que pretendí no buscar y prolongué cuanto pude, que me reproché y reprocharon, que fue mi karma, mi decisión, mi falla y mi vida, y de la que aquí, por fin, me rindo cuentas.

, , , , , , , , blogs, Gabriel Pasquini, literaturas1

Leave a Reply