Diferencias: por qué los holandeses son los más altos del mundo

October 20th, 20113:13 pm @

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Cuando Vincent van Gogh tenía 31 años, en el otoño de 1833, viajó a la inhóspita llanura del norte de Holanda y se alojó en una taberna de la villa de Suifzand. La campiña allí estaba apenas habitada –“Locus Deserta Atque ob Multos Paludes Invia,” según la describía un antiguo mapa: “Un desértico e impenetrable paraje lleno de ciénagas”–, pero unos pocos granjeros y ex convictos se las habían arreglado para forjarse un modo de vida. Revolvían las turbas, destilaban ginebra ilegal y marcaban las marismas con postes para poder navegarlas. Cualquier okupa que pudiera mantener la chimenea humeando todo el año se ganaba el título de las tierras que había limpiado.

Hay poco registro de lo que le pasó a van Gogh en Stuifzand (si es que se perdió en las marismas o si intercambió bocetos por tragos en el bar). Cuando visité la villa, los vecinos lo mencionaron pero sólo para ilustrar una obsesión todavía mayor: la estatura. En la vieja taberna, ahora una residencia privada, me mostraron un pequeño hueco en el cual el pintor probablemente  dormía. “Parece que ahí entrara sólo un chico”, me dijo el actual propietario, J. W. Drukker. Luego, con su esposa, Joke (un nombre holandés común, explicaron, que se pronuncia “Ioki”), me bajaron hacia el hall, hacia una serie de marcas de lápiz sobre una puerta vaivén. “Mi hijo mide dos metros”, me dijo Joke apuntando a la marca más alta, más de 1,95 metros desde el piso. “Tiene pies para esquí acuático”. La propia Joke mide 1,85 metros, con trenzas rubias y hombros como una valquiria. Drukker mide 1,88.

Holanda, como muchos europeos pueden dar fe, se ha convertido en una tierra de gigantes. En un siglo, los holandeses han pasado de figurar entre los más pequeños de Europa a ser los más altos en el mundo. Los hombres miden ahora un promedio de 1,85, unos 18 centímetros más que en la época de van Gogh, y las mujeres, unos 12 más. La organización nacional de altos, el Klub Lange Mensen, tiene un considerable poder de lobby. Desde Rotterdam hasta Eindhoven, los cielorrasos han tenido que ser elevados, los muebles rediseñados, los dinteles levantados para evitar golpes en la cabeza. Muchos hoteles ahora ofrecen camas de dos metros de largo y las ambulancias a veces tienen que mantener las puertas traseras abiertas para proteger las piernas de los pacientes. “No atravesaremos los cielorrasos”, me asegura el pediatra Hans van Wieringen, después de resumir investigaciones locales que él mismo coordinó sobre el asunto. “Pero es posible que crezcamos otros diez centímetros”.

Caminando entre los canales de Amsterdam y Delft, tuve la extraña sensación de ahogarme, no porque las multitudes allí sean tan grandes sino porque no pude levantar mi cabeza sobre ellos. Mido 1,79 –medio centímetro por encima de la media estadounidense–, pero a la mayoría de los hombres que conozco tiendo a superarlos. Los hombres altos, según ha mostrado una serie de estudios, se benefician con un notable prejuicio. Se casan más rápido, son promovidos más rápidamente y ganan salarios más altos. Según un estudio reciente, el, trabajador promedio de casi 1,83 metros gana 166 mil dólares más, en un período de treinta años, que el de 1,65 –unos 800 dólares más cada año por cada medio centímetro. Los petisos son desafortunados en política (sólo cinco de 43 presidentes han sido más bajos que el promedio en Estados Unidos) y tienen menos suerte en el amor. Una investigación entre seis mil adolescentes en los 60 mostró que los chicos más altos eran los primeros en conseguir citas. Los únicos más exitosos que ellos eran los que podían elegir sus propias prendas de vestir.

Como muchos prejuicios, éste tiene algunas bases en los hechos. Durante los últimos treinta años, una nueva clase de “historiadores antropométricos” han rastreado cómo poblaciones alrededor del mundo han cambiado de estatura. La altura, concluyeron, es como una taquigrafía biológica: un código compuesto por todos los factores que conforman el bienestar  de una sociedad. Las variaciones de estatura en una población son, en gran medida, genéticas, pero esas diferencias entre distintas poblaciones son en su mayoría ambientales, sugiere la historia antropométrica. Si Joe es más alto que Jack, es probablemente porque sus padres son más altos. Pero si el promedio de los noruegos es más alto que el de los nigerianos es porque los noruegos viven una vida más sana. Por eso es también que las Naciones Unidas usan la estatura como un indicador de nutrición en países en desarrollo. En nuestra estatura descansa el relato de nuestro nacimiento y de nuestro crecimiento, de nuestras clases sociales, de nuestra dieta diaria, de nuestra cobertura de salud. En nuestra estatura descansa nuestra historia.

Escuché por primera vez sobre la historia antropométrica de boca de John Komlos, el Papa en ese campo, como lo describe uno de sus colegas. Komlos, profesor de la Universidad de Munich, tiene la pinta de un sastre del Viejo Mundo –ojos profundos, entradas en su cabello, mostachos como cepillo– y el instinto académico de un carroñero de raza. Durante veinte años hurgó en archivos a ambos lados del Atlántico reuniendo cientos de miles de registros de alturas en búsqueda de tendencias que otros pudieron haber dejado pasar.

A su manera, Komlos nació para ese tipo de investigaciones. Mide 1,68 y lo atribuye en gran medida a la Historia. Sus padres eran judíos húngaros que vivieron en Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. En 1944, cuando su madre estaba embarazada de él, los nazis tomaron el control de la ciudad y los rusos estaban agazapados para contraatacar. “El bombardeo comenzó casi simultáneamente con mi nacimiento”, me dice Komlos (su inglés es perfecto, salvo por la pronunciación de algunas vocales, pero habla con un exagerado acento, como si hubiera aprendido el idioma mirando westerns). Sus padres se las arreglaron para llegar a un hospital seriamente dañado usando carnés falsos de identidad y volver a salvo con el bebé al escondite familiar. Pero había poco alimento y Komlos crecía sin cesar. Un pariente le dijo a su madre que abandonara al niño porque no iba a poder alimentarlo.

Los comunistas húngaros tomaron la ciudad en 1948, pero la dieta de Komlos mejoró apenas. Durante la guerra, su padre, Herbert, había pasado meses en un batallón de trabajos forzados en las afueras de Stalingrado y vuelto a pie cuando los rusos rompieron el sitio alemán, en el verano de 1943.  Después de la guerra, Herbert Komlos fue hecho prisionero otra vez, esta vez por los comunistas. “Le fabricaron varios cargos porque dijeron que era de clase media. Hacía diversos trabajos a la vez y sólo había hecho hasta cuarto grado”. Cuando la Revolución de 1956 llegó, Herbert la apoyó. Un mes después, cuando fracasó, reunió a su familia y escapó a los Estados Unidos.

Los biólogos dicen que alcanzamos nuestra estatura en tres tramos: la primera durante la infancia, la segunda entre los seis y los ocho años, y la última en la adolescencia. Cualquier dieta decente puede hacernos estirar en esos años, pero saquen uno de los 45 ó 50 nutrientes esenciales y los cuerpos dejarán de crecer (el déficit de iodo, solamente, puede quitar entre 10 centímetros de estatura y 15 de coeficiente intelectual). Komlos tenía 12 años  cuando dejó Hungría y había sido malnutrido la mayor parte de su vida. Su primer estirón había sido limitado. Su segundo fue apenas más exitoso. Pero si la estatura lo obsesionó los últimos veinte años es por lo que pasó en su adolescencia.

Cuando Komlos y sus padres llegaron a Chicago, en el invierno de 1956, Estados Unidos era una tierra de abundancia casi mística. Por más de dos siglos, su pueblo había sido tan sano y tan próspero que se erigían sobre el resto del mundo –unos 10 centímetros por encima de los holandeses, por ejemplo, durante la mayor parte del siglo XIX–. Para Komlos, quien creció con el pan negro y el flaco caldo de la Hungría comunista, los restaurantes de tenedor libre de Chicago eran increíbles. “Me maravillé de que esas cosas existieran”, dice. Pero descubrió que todavía más impresionantes eran los gigantes que iban a comer ahí.

Se percibe un tono compungido en su nostalgia. Su padre llegó sin dinero, sin hablar inglés y sin habilidades para ese mercado, dice Komlos. Durante un año, trabajó en una fábrica, haciendo cinturones, por un dólar la hora. Cuando estaba claro que no sería promovido, renunció y se puso su propio negocio para hacer pulseras de cuero en casa. En Hungría había habido siempre mercado para productos hechos a mano, pero las tiendas de Chicago estaban llenas de importaciones baratas. Para competir con Hong Kong, Herbert Komlos tenía que trabajar 16 horas por día, y su esposa otras 10, y John aportaba 25 horas el fin de semana. Comían mejor que en su país, pero sólo un poco. “Todos tienen una historia como la mía, si nacieron con mi religión en esa parte del mundo”, dice Komlos. Y esas experiencias quedaron escritas en sus cuerpos.

Komlos sabe ahora que llegó a los Estados Unidos en un momento clave de su historia. En los siguientes 50 años, según la mayoría de los indicadores apreciados por los economistas, el país siguió siendo el más rico del mundo. Pero según otras cifras –longevidad e inequidad en el ingreso–  empezó a quedarse atrás respecto del Norte de Europa y de Japón. Es ése cambio el que fascina a Komlos, y que emerge tan vívidamente en sus datos sobre estatura.

Un atardecer del último invierno, caminábamos con Komlos por el aeropuerto de Filadelfia, cuando nos detuvimos a mirar un grupo de reclutas de los Guardacostas enviados a Cape May, en Nueva Jersey. “Mire –me dijo–, casi ninguno llega a los seis pies (1,83m)”. Komlos tenía que tomar un vuelo a Munich, pero no pudo resistirse a tomar medidas al grupo. Permaneciendo a una distancia discreta, midió a cada hombre con su calibre. “Increíble –expresó–: cerca de 1,77. Estos chicos son más parecidos a mí”.

Por siglos, explicó, los gobiernos han mantenido un cuidadoso registro de las estaturas de sus soldados, proveyendo una línea de base a partir de la cual las poblaciones modernas se pueden comparar (los registros de las mujeres son muchos más escasos, pero tienden a seguir las mismas tendencias). Observando ahí abajo a esos hombres alineados, formados de cuatro en fondo, Komlos pudo ver los sombríos rangos de sus ancestros detrás de ellos, desde los cadetes de West Point y los graduados de Citadel hasta los soldados de la Unión, de la guerra de independencia, de los combatientes en Francia y de la guerra contra los indios.

Si tensaran una cuerda desde la cabeza del primer soldado de esa fila hasta la cabeza del recluta más reciente, podrían esperar un trazado en línea ascendente. Los humanos son una especie que siempre mejora, según nos dicen las antiguas cartas de la Evolución. Cada generación es más inteligente y más alta que la anterior. Aun así, en el norte de Europa, durante los últimos 1.200 años la estatura humana ha seguido una curva en forma de U: desde lo alto cerca del 800, pasando por lo bajo en el 1600 y otra vez hacia arriba. Carlomagno medía más de 1,83 metros. Los soldados que tomaron la Bastilla un milenio más tarde medían un promedio de 1,53 metros y pesaban unos 45 kilos. “No se parecían a Errol Flynn y Alan Hale”, me dijo el economista Robert Fogel. “Se parecían a adolescentes de 13 años”.

Fogel, quien ganó el Premio Nobel de Economía en 1993, es el hombre que más influyó en el interés de Komlos por la estatura. En el otoño de 1982, cuando Komlos estaba trabajando en un doctorado en Economía en la Universidad de Chicago (había obtenido otro en Historia antes), Fogel dio una clase sobre estatura a la que Komlos asistió. La mayoría de los historiadores, si es que pensaban en la estatura, tendían a asumir que estaba vinculada con los ingresos. Cuanto más ganaba la gente, mejor comía; cuanto mejor comía, más alto crecía. “Los hombres crecen más alto y más rápido cuanto más rico es su país”, escribió el higienista y estadístico francés Louis-René Villermé, en 1829. “En otras palabras, la miseria… produce gente baja”.

Fogel sabía que no era así de simple. En 1974, con Stanley Engerman, publicó un exhaustivo estudio sobre economía esclava titulado Time on the Cross. Los historiadores habían insistido largamente en que la esclavitud no era solamente inhumana. Era un mal negocio (trabajadores hambrientos y brutalizados sólo producían los más empobrecidos granjeros). Fogel y Engerman encontraron que era casi lo contrario. Las plantaciones del Sur de Estados Unidos eran casi 35 por ciento más eficientes que las del Norte, según mostraban los análisis. La esclavitud era un sistema cruel e inhumano, pero más psicológica que físicamente. Para sacar el mayor trabajo posible de sus esclavos, los alimentaban y les daban alojamiento casi similar a los que tenían granjeros para ellos mismos.

El libro Time on the Cross fue saludado con singular furia entre los académicos—un comentarista la incluyó “en el círculo más lejano del infierno académico”. Aun así, cada punto que los críticos atacaban dejaba un rastro de incómodos datos detrás. El ejemplo más dramático provino de un alumno graduado de Fogel, Richard Steckel, ahora en Ohio. Steckel decidió verificar los planteos de su mentor estudiando las medidas de los cuerpos de los esclavos. Revisó más de diez mil registros de esclavos –los datos de embarques eran guardados por los tratantes en las colonias– hasta que tuvo las estaturas de casi 50 mil esclavos. Promedió las medidas por edad y sexo. Los resultados fueron sorprendentes: los esclavos adultos eran casi tan altos como los esclavos libres y de más de 7,5  centímetros a 12,7 centímetros más altos que el promedio africano de la época.

Ese estudio de estatura rescató y corrigió a Time on the Cross. Aunque los esclavos adultos estaban claramente bien alimentados, sus chicos eran extremadamente pequeños y malnutridos (para comer, aparentemente, tenían que ser los suficientemente grandes como para trabajar). Pero Fogel pretendía más que una corrección. Esto no era sólo otro conjunto de datos, advirtió. Los registros de estatura ofrecían un nuevo ángulo histórico y ellos lo tenían a la mano. Las mediciones de los conscriptos militares franceses databan de 1716  y los antropólogos habían reunido estadísticas de esqueletos mucho más antiguos. “Hay millones de esos datos  dando vueltas y nadie les está prestando atención”, recuerda Komlos que sugirió Fogel en la clase. Todo lo que hacía falta era reunir unos cuantos buenos graduados.

“Sonaba desesperanzador”, me dijo Komlos. “Estudiar la historia de la estatura humana sin fondos ni apoyo de verdad en ese campo. Sonaba muy desesperanzador”. Los historiadores antropométricos necesitan decenas de miles de medidas para estimar tendencias –suficientes como para aislar factores de edad, sexo y, sobre todo, ADN. Encontrar y tabular estaturas requiere garantías, asistentes de investigación e, idealmente, un puesto titular.

Así y todo, para la mayoría de los economistas el desafío sonaba sospechosamente como charlatanería, o peor: frenologistas y científicos nazis habían hecho lo suyo en medidas corporales.

“Al principio, había carcajadas”, recuerda Richard Steckel. “Los economistas no habían trabajado en países en desarrollo y no habían estudiado los registros históricos de estatura. La mayoría de ellos tenían orígenes privilegiados, donde la mayoría de las diferencias son genéticas. Entonces, la reacción refleja era ‘esto es ridículo. Es un monumental derroche de recursos’”. Entre algunos cientistas sociales, la investigación sobre estatura ya había quedado bien establecida. En los tempranos 50, Nevin Scrimshaw, quien organizó la Fundación Internacional de Nutrición, en Boston, había estudiado el desarrollo de los niños en el Tercer Mundo. Cada brote de diarrea o sarampión, descubrió, podía afectar la curva de crecimiento de un chico. Cada período de buena nutrición podía devolverlo al camino. La mayoría de los economistas e historiadores ignoraban estas tendencias de corto plazo, a la vez que los trabajadores de la salud pública ignoraban el largo plazo.  “Y las dos partes no se hablaban”, dice Steckel.

La historia antropométrica era, claramente, un campo de dos en esos años: Steckel y Komlos, con otros graduados haciendo estudios aquí y allá, y Fogel orquestando en paralelo. Steckel, después de su trabajo sobre esclavos, acudió a la Unión de Soldados y Americanos Nativos (Los hombres de Cheyenne, en el Norte, eran los más altos del mundo en el Siglo XIX: bien alimentados con bisontes y bayas, y aislados de enfermedades en las altas planicies, promediaban casi los 1,78 metros). Entonces, reclutaron antropólogos para reunir mediciones sobre huesos de diez mil años atrás. Tanto en Europa como en América, descubrió, los humanos habían crecido más bajos y sus ciudades, más grandes. Cuánto más se apretujaba la gente, más pobremente se alimentaba. La estatura también cayó en consonancia con las temperaturas globales, que alcanzaron su punto más bajo en la Pequeña Era del Hielo del Siglo XVII.

Mientras Steckel trabajaba hacia atrás en el tiempo, Komlos trabajaba hacia adelante, rastreando estaturas americanas y europeas desde el Siglo XVII. Al principio, fue como un “gitano contemporáneo”, moviéndose de archivo en archivo sin puesto fijo o fondos estables, ganándose la confianza de bibliotecarios  y contratando asistentes investigadores más bien indiferentes. En la Universidad de Viena, tabuló las estaturas de 140 soldados austríacos y sus hijos. En el Archivo Nacional de Washington, estudió 4.180 graduados de West Point. Durante 13 años, reunió y analizó las estaturas de 38 mil soldados franceses desde el final de 1700. Los conscriptos campesinos eran casi 7,6 centímetros más bajos que sus bien alimentados oficiales (razón suficiente para una revolución).

“¿Ve esto?”, me dijo Komlos una tarde, deslizándome una carilla de papel. “Este gráfico me tomó nueve años”. Estábamos sentados en su escritorio de la Universidad de Munich, siguiendo sus resultados de siglo en siglo y de continente en continente. A cada lado, y del piso al techo, los estantes contenían paquetes de estadísticas. Altas ventanas sin cortinas miraban hacia el arco triunfal de Siegestor e inundaban la habitación de una pálida luz dorada.

Era un extraño escenario, admitió Komlos, para un académico judío que casi muere de hambre con los nazis, aunque difícilmente desagradable. Los historiadores económicos, con toda su práctica, son una rareza en Alemania y muy valorados. Como profesor con dedicación completa, Komlos goza del estatus equivalente en los Estados Unidos a una cátedra patrocinada, con beca estatal de investigador. Enseña sus cursos en inglés, envía a sus dos hijos a una escuela internacional y edita la única publicación existente en su campo, Economics and Human Biology, también en inglés. “Vivimos en un pequeño enclave estadounidense”, me dice su esposa, Lillian. Pero dependen de Europa como medio de vida.

El gráfico en cuestión muestra las estaturas de esclavos, campesinos, soldados y aprendices estadounidenses a comienzos del 1700. Para hacerlo, Komlos investigó a través de periódicos coloniales que describían fugitivos y desertores, hasta reunir 10.742 estaturas.  “Uno se puede ahogar en tantos datos, pero también permiten acercarse a esas personas”, dice. Me mostró luego un aviso del Pennsylvania Gazette, del 26 de septiembre de 1771. Un irlandés llamado Nathaniel Anster había huido por tercera vez. Tenía 30 años, era de tez color arena y cabello  corto, pero tupido. Vestía sombrero de fieltro y una manta de abrigo deshilachada, “muy dado a la bebida” y con “una natural tendencia a robar”. También medía 1,70 metros. Cuando Komlos reunió suficientes estaturas, las promedió y las volcó en un gráfico.

Lo siguiente estaba claro: los Estados Unidos eran un buen lugar para vivir en el siglo XVIII. La caza abundaba, había tierra disponible y asentamientos lo suficientemente dispersos como para evitar epidemias. En el gráfico de Komlos, incluso los esclavos fugitivos medían 1,73 y los colonos blancos, 1,75, unos 7,6 centímetros más alto que el promedio europeo de la época. “Así es en el siglo XVIII”, dijo Komlos, agitando los archivos. “Esto no es problemático. Muestra que los estadounidenses estaban bien nutridos, notablemente nutridos”. Luego mete la mano en una carpeta y extrae otra serie de gráficos. “Lo que es problemático es lo que viene”.

En la época de la Guerra Civil, la estatura de los estadounidenses, predeciblemente, decreció: los soldados de la Unión cayeron de casi 1,73 a 1,70 metros, y patrones similares se aplicaban a cadetes de West Point, estudiantes de Amherst y negros libres de Maryland y Virginia. Para el final del siglo XIX, sin embargo, el país pareció acomodarse para ganar su preeminencia de altura. La economía se expandía a una tasa impresionante y las campañas de higiene pública alcanzaban hasta el último rincón de las ciudades: por primera vez en la historia de Estados Unidos, la población urbana comenzó a superar a los granjeros.

Entonces, algo extraño pasó. Mientras las estaturas continuaban subiendo en Europa, dice Kosmos, “en Estados Unidos se estancaron”. En la Primera Guerra Mundial, el promedio de los soldados estadounidenses era todavía cinco centímetros más alto que en de los alemanes. Pero en algún momento alrededor de 1955 la situación comenzó a revertirse. Los alemanes y otros europeos comenzaron a crecer unos dos centímetros por década y algunas poblaciones asiáticas varias veces más, pero los estadounidenses no crecieron más en 50 años. Ahora mismo, incluso los japoneses –alguna vez los más bajos de los pueblos industrializados del mundo– casi alcanzan a los estadounidenses, y los europeos del Norte son siete centímetros y medio más altos y siguen creciendo.

El promedio del hombre en Estados Unidos es apenas 1,75 metros –menos de 2,5 centímetros  más que el promedio de los soldados durante la Guerra de la Independencia. Las mujeres, a su vez, parecen estar volviéndose más bajas. Según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud
–que lleva encuestas periódicas de 35 mil estadounidenses–, las mujeres nacidas al final de los 50 y principios de los 60 promediabas apenas debajo de los 1,65 metros. Las nacidas una década después son unos 0,8 centímetros más bajas.

Por si estaba pensando que se trataba de una tendencia sin importancia, Komlos me puso un último gráfico frente a mí. Su título era “Expectativa de vida 2000”. Comparada con la gente en 36 países industrializados, mostraba, los estadounidenses figuraban 28vos. en el promedio de longevidad –apenas por encima de los irlandeses y los chipriotas (los japoneses lideraban el ranking). “Pregúntese esto –me dijo Komlos, mirándome por encima de sus anteojos–. ¿Cuál es la diferencia entre Europa occidental y Estados Unidos que funciona en esa dirección? No son los ingresos, desde el momento en que, al menos en los papeles, los estadounidenses han sido más ricos por más de un siglo. Entonces, ¿qué es?”.

La respuesta obvia parece ser la inmigración. Cuanto más mexicanos y chinos hay en Estados Unidos, más baja se vuelve la población estadounidense. Pero las estadísticas de estatura que cita Komlos incluyen sólo a nacidos en Estados Unidos que hablan inglés en su hogar, así que toma el cuidado de aislar de sus cuadros a descendientes de asiáticos e hispanos. En cualquier caso, según Richard Steckel, quien ha analizado las estaturas de estadounidenses, el país tiene pocos inmigrantes como para explicar la disparidad con Europa del Norte.

En el siglo XIX, cuando los estadounidenses eran la gente más alta del mundo, el país recibió una marea de inmigrantes. Los europeos, también, eran pocos comparados con los nacidos en el país. La malnutrición en una madre puede causar que un chico no crezca tan alto como podría. Pero después de tres generaciones los inmigrantes te alcanzan.  En todo el mundo,  los chicos bien alimentados se diferencian del resto en 1,25 centímetros. En unos pocos, raros casos, toda una población podría compartir el mismo desorden de crecimiento. Los pigmeos africanos, por ejemplo, producen pocas hormonas de crecimiento y proteínas que ligan sus tejidos, por lo cual no pueden romper el techo de 1,52 metros con la mejor de las dietas. En general, sin embargo, una población puede crecer tanto como cualquier otra.

Este último punto podría ir contra la intuición. La estatura, como el color de piel, parece variar con la geografía. Pensemos en los rechonchos peruanos, los delgados masai, los fornidos inuit y los desgarbados brasileños.  Según los cánones de Bergmann y de Allen, los animales de climas fríos tienden a tener cuerpos más grandes y extremidades más cortas en climas cálidos. Pero aunque el clima todavía da forma a jirafas y bueyes –y un inuit esbelto es difícil de encontrar–, su efecto en poblaciones de países industrializados casi desapareció. Los suecos deberían ser bajos y fornidos, pero han tenido tan buen abrigo y protección por tanto tiempo que figuran entre los más altos del mundo. Los mexicanos deberían ser más altos y delgados, pero a menudo soportan un retraso del crecimiento a causa de dietas pobres y enfermedades que creemos que debieron haber nacido para ser bajitos.

En los tempranos 70, cuando el antropólogo Barry Bogin visitó Guatemala por primera vez, los dos principales grupos étnicos parecían vivir en planos sociales diferentes. Los ladinos, que reinvidicaban ancestros españoles, eran de estatura media. Los indios mayas eran tan bajos que algunos académicos los llamaban los pigmeos de América Central: los hombres promediaban sólo 1,57 metros y las mujeres, 1,42. Los ladinos y los mayas compartieron el mismo pequeños paí, así que sus diferencias fueron asumidas como genéticas. Pero cuando Bogin, quien ahora da clases en la Universidad de Michigan, empezó a tomar medidas pronto encontró otra causa.

“Había una Guerra solapada en marcha”, dijo. Los ladinos, que controlaban el gobierno, habían empujado sistemáticamente a los mayas a la pobreza. Mientras ellos vivían en la ciudad o en la campiña, los mayas disponían de menos alimentos y medicinas y tenían una tasa mucha más alta de enfermedades.

Una década y media después, tras una guerra civil y la emigración a Estados Unidos de hasta un millón de guatemaltecos, Bogin tomó una nueva serie de mediciones. Esta vez, los medidos fueron los refugiados mayas, entre 6 y 12 años de edad,  en Florida y en Los Angeles. Resultó que eran mucho más altos que los mayas en Guatemala, dice Bogin. En el año 2000, los mayas estadounidenses eran 10 centímetros más altos que los de Guatemala a la misma edad y tan altos como los ladinos guatemaltecos.  “Hasta donde sé, es el más grande crecimiento de su tipo que haya medido alguna vez”, dice Bogin. “Demuestra que no eran genéticamente pequeños. No eran pigmeos. Simplemente, estaban sufriendo”.

Muchas otras transformaciones parecidas han ocurrido en la población mexicano-estadounidense. Desde los 90, la estatura media de los adolescentes mexicano-americanos ha alcanzado casi  la norma de los estadounidenses. Es esa norma, y no los inmigrantes, la que no ha podido trepar.

Si hay una respuesta al acertijo de la estatura de los estadounidenses, probablemente está en Holanda, donde  cada uno tiene una teoría sobre la altura. Cuando hablé con Hans van Wieringen, el pediatra, atribuyó el crecimiento de su gente al cuidado de los chicos: el holandés dispone de las mejores clínicas prenatales y de postparto del mundo, de libre acceso para sus ciudadanos. Otros apuntan al paisaje (los habitantes de los llanos son naturalmente altos, dicen, así como los montañeses son naturalmente bajos), a la religión calvinista (los protestantes son más altos que los católicos porque sus familias tienen muchas menos bocas que alimentar) o al amor de los holandeses por la leche (un estudio en Bavaria encontró una relación directa entre la estatura y el número de vacas per cápita). Los holandeses son más altos que los italianos, sugiere un hombre, porque ellos se van a dormir a una hora razonable.

El argumento más convincente fue el de J. W. Drukker, el dueño de la vieja posada en Stuifzand donde se alojó van Gogh. Drukker es un profesor de historia económica en la Universidad de Groningen, que hizo su propio estudio sobre la estatura en Holanda. Se parece a un Phil Donahue de exagerado tamaño, cabellos largos y gruesos y anchos anteojos,  aunque con un aire sofisticado. Su oficina está adornada con posters ligeramente eróticos, y lleva pasta en las uñas de su mano derecha para tocar la guitarra clásica. “Un virtuoso del siglo XIX no podía haber tocado este instrumento”, me dijo, apuntando a la guitarra apoyada en su escritorio, junto a una pila de estudios. “Sus manos hubieran sido demasiado pequeñas”.

La investigación de Drukker sobre estatura comenzó como un despilfarro. Al final de los 70, cuando las universidades holandesas estaban particularmente bien financiadas, se daba el lujo de tener dos asistentes. “A veces no tenían nada que hacer –recuerda–, así que pensamos, esto es raro, podemos reconstruir las estaturas de los soldados y compararlas con sus ingresos. Eso nos encanta”. En los siguientes meses, puso a sus asistentes a reunir estaturas desde 1800 hasta 1950 y los volcaron a un gráfico. Al final, la curva que construyeron tomó tanto trabajo que uno de los estudiantes le cambió el nombre formal por un acrónimo, dutch (holandés) por yuck (¡puaj!). Como fuere, los resultados fueron shockeantes.

El estirón en Holanda empezó sólo a mediados de 1800, cuando se estableció su primera democracia liberal. Antes de 1850, el país creció a costa de sus colonias, pero la riqueza permanecía en manos de los ricos y el promedio de los ciudadanos se achicaba. Después de 1850, la estatura y los ingresos entraron en paralelo: cuando los ingresos crecían, la estatura crecía (después de un predecible lapso de tiempo) y siempre en el mismo grado. “Pensé que estaba cometiendo un error. Tal vez había relacionado una variable consigo misma”. Pero no. Holanda, como el resto de Europa del Norte, simplemente había desparramado su prosperidad. En estos días, la estatura de los holandeses ya no mantiene el paso de la economía (“No podemos crecer hasta los cuatro metros sólo porque nuestros ingresos se cuadriplicaron”). Pero la ecuación esencial es la misma: cuando el PIB crece, todos crecemos.

A medida que los Estados Unidos ricos y los Estados Unidos pobres se distancian más, la curva de crecimiento podría apuntar en direcciones opuestas, dicen Komlos y otros. Los 8 millones de estadounidenses sin empleo, los 40 millones sin seguro de salud, los 35 millones que viven por debajo de la línea de pobreza están teniendo seguramente problemas con su estatura. Y no son los únicos.  Según más y más estadounidenses adoptan una dieta de comida chatarra, sus efectos podrían ser progresivos en la escala social, de tal modo que hasta los más ricos podrían estar ensanchándose en lugar de estirándose.

“He visto lo mismo en Guatemala” dice Bogin. “Los chicos ricos sufren ahora las mismas enfermedades. Cuando salen a la calle, comen la misma comida al paso que el resto. Podrían disponer de antibióticos, pero van a seguir expuestos”.

Steckel descubrió que los estadounidenses pierden la mayor parte de su altura respecto de los europeos del Norte en la infancia y en la adolescencia, lo que implica cuidados pre y post natales y hábitos de alimentación adolescentes. “Si la comida rápida invade el espacio de frutas y vegetales, entonces podrían quedarse sin los micronutrientes necesarios”, dice. En un reciente estudio británico, a un grupo de estudiantes se le dio hamburguesas, papas fritas y otras conocidas comidas rápidas. Otro fue alimentado con raciones de tiempo de guerra de los 40, como zapallo hervido y corned beef. Pasadas ocho semanas, los chicos con las raciones eran más altos y más delgados que los de la dieta común.

La inequidad podría estar en la raíz del problema de estatura estadounidense, pero es muy pronto para estar seguros. Si los pobres nos están arrastrando hacia abajo con ellos, dicen algunos economistas, ¿por qué no se estiraron después de la guerra contra la pobreza en los 60? Komlos no está seguro. Pero hace poco quitó de sus datos a la gente que escapaba a la tendencia nacional. Subdividió las estaturas por raza, sexo, ingresos y educación. Observó por separado a los blancos,a los negros, a los de más estudios y a los de mayores ingresos. Debe haber algún grupo en el país suficientemente aislado como para estar creciendo más alto, pensó. Pero todavía no encontró a ninguno.

“La mejor medida de una sociedad justa es si estarías dispuesto a ser arrojado en ella al azar”, me dijo Komlos un día almorzando en un restaurant italiano en Munich. Estaba parafraseando al filósofo estadounidense John Rawls. Los Estados Unidos sacan notas mezcladas si se toma ese estándar. Su padre pasó diez años haciendo pulseras con salarios de explotación y no estaba mucho mejor que antes. En Hungría, al menos, su pobreza era compartida. En Estados Unidos,  su familia estaba rodeada por la riqueza.

Aun así, la historia de su padre, como la de los maya en Florida, tiene una segunda parte. Herbert Komlos descifró el American system. Pidió dos mil dólares prestados a un amigo, abrió una tienda en Logan Square y empezó a importar pulseras desde Hong Kong. En los siguientes diez años, ahorró suficiente dinero como para mudarse a una casa de Lakeshore Drive. Cuando murió, a los 86 años, vivía en un condominio cerca de Palm Beach.

“Hubo 25 mil refugiados húngaros como nosotros, y ninguno de los que conocimos dejó de salir adelante”, me dijo Komlos. “Ninguno de nosotros aspiraba a ser clase media y la alcanzó. Esta fue la generación de George Soros. Fue la generación del tipo que fundó Intel. Tenía primos y primos segundos: todos se convirtieron en abogados, contadores, profesores”. Regresó hace poco a Chicago, y la pobreza y decadencia urbana lo golpeó, viniendo de pequeñas ciudades del interior de Alemania. “Pero, si se presta atención a los turcos en Alemania o a los argelinos en Francia, no hay muchos que avancen en la pirámide social. Estados Unidos –acepta– es todavía una tierra de oportunidades”.

La última vez que lo vi estábamos en el centro de Munich. Había salido el sol y los comerciantes inundaban la Marienplatz luciendo en pleno invierno tostados de Mallorca y las Islas Canarias. Cuando salía del subterráneo, miré hacia la multitud hasta que sólo la parte superior de su cabeza me resultó visible, moviéndose suavemente bajo la marea. Recordé la broma que me había hecho antes, cuando mencioné que mis padres eran inmigrantes, también. “Si se hubieran quedado en Europa, usted podría haber sido cuatro centímetros más alto”. Entonces, me enderecé y me puse detrás de él.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.
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En “The Changing Body”, (Fogel y otros autores) argumentan que el aumento en la altura promedio de hombres y mujeres puede ser tomada como una medida confiable del éxito de diferentes sociedades, específicamente la productividad de sus economías, la distribución justa de sus recursos y el más amplio acceso a los avances científicos en la atención de la salud y el lugar de trabajo.

La voluminosa información citada en The Changing Body para apoyar estadísticamente sus tesis viene de investigaciones observacionales. Estas extraen información de las alturas de reclutas militares, trabajadores de fábricas y residentes de áreas geográficas del 1700 al presente de registros históricos y otros documentos, no de experimentos científicos. Nadie ha realizado (o debería) pruebas controladas al azar para valorar más científicamente el impacto de factores como los nutrientes dietarios sobre la salud y la productividad, al, digamos, asignar a un grupo de madres una dieta robusta y a otro grupo una comida limitada. Pero es necesario tomar extremas precauciones para evitar sobreinterpretar correlaciones estadísticas de información como pesos de nacimiento y posteriores enfermedades como índices de causalidad.

Esta prevención respecto de confundir correlación y causalidad es tomada por los autores, pero la tentación es, no obstante, suficientemente poderosa para llevar su atención a una investigación que se sostiene en un terreno etiológico delgado. Y es aquí que el libro tambalea. Por ejemplo, los autores citan un estudio que muestra “que hay una asociación negativa entre la altura y ciertas causas de muerte prematura, como el cáncer de próstata, el linfoma y el cáncer colo-rectal”. Pero cada uno de estos males es muy diferente en su biología. Más aún, las edades de los pacientes en el momento del diagnóstico de cada cáncer no son similares, y la creciente adopción en décadas recientes de estudios como el PSA y la colonoscopía han cambiado la incidencia de estos tumores, resultado en un así llamado “lead time bias”, en el que parece que el tiempo de supervivencia cambia pero en verdad sólo refleja un diagnóstico más temprano.

Raros son los hallazgos de estudios observacionales de tal magnitud que el alto grado de correlación en conjunción con investigación biológica sólida mitigue el peligro de confundir correlación con causalidad. Fumar cigarrillos y su correlación con el desarrollo de cáncer de pulmón o enfisema es –podría decirse— el mejor ejemplo. En ese caso, estudios epidemiológicos, complementados con investigación de laboratorio sobre toxinas en el humo del tabaco, mostraron abrumadoramente una relación de causa y efecto.

En contraste, en 2000, Peter C. Austin, un estadístico médico de la University of Toronto y sus colegas condujeron un estudio de todos los 10.674.945 de residentes de Ontario de edades entre 18 y 100. Los residentes fueron asignados al azar a diferentes grupos, en los cuales fueron clasificados de acuerdo con sus signos astrológicos. El equipo de investigación buscó luego a través de más de doscientos de los más comunes diagnósticos de hospitalización hasta que identificaron dos en que los pacientes bajo un signo astrológico tenía una probabilidad significativamente más alta de hospitalización comparada con aquellos nacidos bajo los restantes signos combinado: Leo tenía una más alta probabilidad de hemorragia gastrointestinal mientras que Sagitario tenía una más alta probabilidad de fractura en el antebrazo comparado con todos los otros signos combinados.

Es, pues, relativamente fácil general correlaciones estadísticamente significativas pero espurias al examinar un conjunto muy grande de información y un número similarmente grande de potenciales variables. Por supuesto, no hay mecanismo biológica por el que los de Leo podrían estar predispuesto al sangrado intestinal o los de Sagitario a la fractura de hueso, pero Austin observa: “Es tentador construir razones biológicamente plausibles para los efectos del subgrupo observado después de haberlos observado”. Tal ejercicio es denominado “data mining” (minería de datos), y Austin advierte: “Nuestro estudio, por consiguiente, sirve como un nota de atención respecto de la interpretación de hallazgos generados por la minería de datos y sugiere que las conclusiones obtenidas de la minería de datos debería ser utilizada con un saludable grado de escepticismo” (…)

Mientras que The Changing Body está escrito como un manual, con numerosos gráficos y ecuaciones, el intrigante tema de la antropometría ha sido examinado en obras populares. Stephen S. Hall, en su libro Size Matters: How Height Affects the Health, Happiness, and Success of Boys—and the Men They Become (El Tamaño Importa: Cómo la Altura Afecta la Salud, la Felicidad y el Éxito de los Niños –y de los Hombres que Serán), dedica un capítulo a su encuentro con Richard Steckel, un estudiante de Fogel en la época en que éste escribióTime on the Cross. Steckel es actualmente historiador económico en la Ohio State University, y recorrió con Hall el Museo Nacional del Indio Americano del Smithsonian Institution en Manhattan. Se quedaron frente a un gran imagen en acuarela y tinta de la Batalla de Little Big Horn de los 1880 de Oso Sentado, quien, a los diecisiete años, había participado en ella. “Mientras que la mayoría de los visitantes de museos (incluyéndome)”, escribe Hall, buscan, previsiblemente, la similitud de George Armstrong Custer en la pintura, Steckel vió en ella la cristalización de todos los factores invisibles que pueden contribuir a una calidad de vida única,  y esa cualidad se revelaba por sí misma en una sola característica de las figuras que poblaban la pintura: la altura… Los guerreros Lakota Sioux parecen ser tan altos, o más altos, que sus adversarios norteamericanos.

Steckel atribuye su forma robusta a varios factores: la dieta alta en proteínas de las tribus de las Praderas; su excelente salud dental; los modos en que usaban sus caballos reducían su esfuerzo laboral y pueden haberles permitido dispersarse rápidamente al primer signo de enfermedad epidémica. Los indios de las praderas también pueden haberse beneficiado, en términos nutricionales, de su costumbre de amamantar por largo tiempo.

Hall señala que los datos sobre altura de los llamados a filas del 7º. de Caballería muestran que los soldados promediaban poco más de CINCO PIES Y SIETE PULGADAS de altura, una pulgada o dos menos que el promedio de altura de las tribus que combatían, utilizando medidas de altura de los nativos norteamericanos reunidas en el siglo XIX. En verdad,

las tribus de las praderas estaban en promedio entre la gente más alta del mundo en su época –más altos que los norteamericanos blancos nativos, más altos que los europeos, más altos que virtualmente cualquier grupo nacional para el que existe información confiable.

Aunque los nativos norteamericanos eran vistos como “pobres”, Steckel y su colega Joseph M. Prince de la University of Tennessee escribieron que “altura y salud, es sabido, son sensibles a la desigualdad”, y sugieren que los valores igualitarios, la provisión estable de comida y “la fluidez social y económica” permitió a los nómades nativos norteamericanos construir una red de seguridad social más fuerte que la de sus contrapartes europeo-americanas”. La salud y el bienestar de la sociedad, de acuerdo con Steckel y Prince, puede ser mejor medida no monitoreando números tales como el ingreso promedio o el producto bruto interno, sino por el compromiso comunal y la capacidad colectiva para cuidar a los jóvenes, resistir la enfermedad y maximizar los efectos saludables de una buena nutrición. Todos estos factores ayudan a una sociedad dada a maximizar el potencial genético de su gente, y ese potencial maximizado se traduce en una específica característica saliente: una mayor altura promedio (…)

Aquí, versión original y completa de este artículo, en inglés.


 

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